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Encefalitis

La encefalitis es la inflamación del propio tejido del cerebro. Ocurre pocas veces, pero pertenece a ese grupo de cuadros en los que todo se juega en…

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Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

La encefalitis es la inflamación del propio tejido del cerebro. Ocurre pocas veces, pero pertenece a ese grupo de cuadros en los que todo se juega en cuestión de horas: el cerebro está encerrado en una caja rígida, no tiene hacia dónde hincharse, y desde el inicio de la enfermedad hasta las lesiones irreversibles pasa menos tiempo del que suele creerse. Puede afectar a cualquiera, aunque los cuadros más graves se dan en los niños pequeños, en las personas mayores y en quienes tienen las defensas bajas por un tratamiento o por otra enfermedad. La buena noticia es que empezar el tratamiento a tiempo cambia el desenlace por completo, de modo que este texto tiene un único propósito: enseñar a reconocer la encefalitis lo bastante pronto como para no llegar tarde.

Qué le ocurre al cerebro

Inflamarse significa hincharse y recibir células del sistema inmunitario allí donde no hay sitio libre para ellas. Las neuronas dejan de funcionar como es debido y algunas mueren. De ahí sale todo el cuadro: como el cerebro se encarga de la consciencia, del habla, del movimiento, de la conducta y de la memoria, cualquiera de esas funciones puede fallar, y por cuál falla el médico deduce qué zona está afectada.

Las causas de la inflamación son en el fondo dos. La primera es una infección que ha alcanzado el cerebro: casi siempre un virus, mucho menos a menudo una bacteria, un hongo o un parásito. La segunda es un error del propio sistema inmunitario, que empieza a atacar el tejido nervioso tomándolo por ajeno. La segunda posibilidad suena rara, pero no es tan infrecuente como parece y se trata de una manera completamente distinta, así que distinguir una de otra es la tarea principal de los médicos en los primeros días.

Y algo que preocupa siempre a las familias: la encefalitis en sí no se contagia de persona a persona. Sí pueden contagiarse las infecciones que la provocan —el herpes, la varicela, el sarampión—, pero la inmensa mayoría de quienes las cogen pasan la enfermedad corriente y la cosa no llega al cerebro.

Cómo empieza y qué aspecto tiene

Lo traicionero de la encefalitis es que empieza de forma banal. Las primeras horas o los primeros días parecen un catarro o una gripe: fiebre alta, dolor de cabeza, dolores musculares y articulares, náuseas y a veces una erupción. Nada que ponga a nadie en alerta.

El giro llega cuando entra en escena el cerebro. Puede tardar unas horas o alargarse durante días y semanas, y en la variante autoinmunitaria incluso meses. Debe alarmar todo aquello que cambia a la persona:

  • confusión, desorientación en el tiempo y en el lugar;
  • una somnolencia rara de la que cuesta sacarla o, al contrario, una agitación intensa;
  • una crisis convulsiva, sobre todo la primera de la vida;
  • un cambio brusco de conducta y de carácter: agresividad, miedo, actos sin sentido, un habla que no viene a cuento;
  • dificultad para hablar: no encuentra las palabras, las confunde o articula mal;
  • debilidad en un brazo o una pierna, desviación de la cara, pérdida de sensibilidad;
  • alucinaciones: ve u oye cosas que no están;
  • movimientos incontrolados de los ojos, visión doble, pérdida de parte del campo visual;
  • pérdida de consciencia.

Con frecuencia se añaden los signos de inflamación de las meninges: un dolor de cabeza insoportable, molestia con la luz fuerte, rigidez del cuello que impide llevar la barbilla al pecho, y una erupción que no palidece al presionar sobre ella un vaso transparente.

En los bebés el cuadro es distinto y más difícil de leer: rechazo del alimento, un llanto agudo y monótono poco habitual, decaimiento o una inquietud que no cede en brazos, la fontanela abombada, convulsiones.

Cuándo llamar a una ambulancia

Llame a una ambulancia de inmediato (en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania funciona el número único europeo 112) si una persona, con fiebre o sin ella, presenta confusión, convulsiones, comportamiento extraño, dificultad para hablar, debilidad en las extremidades, somnolencia intensa o pérdida de consciencia. Lo mismo vale para la combinación de dolor de cabeza fuerte con rigidez de cuello y molestia con la luz, y para cualquier erupción que no palidezca bajo el cristal. En un niño son motivo de llamada las convulsiones, un decaimiento inusual, el llanto continuo y la fontanela abombada.

No espere a la mañana siguiente, no pruebe a bajar la fiebre a ver qué pasa y no se ponga usted al volante si va a llevar al enfermo. Mientras llega la ambulancia, coloque a la persona de lado para que un vómito o una convulsión no le obstruyan la respiración, y no le dé de comer ni de beber. Equivocarse y llamar sin necesidad no es motivo de vergüenza aquí: el precio de esperar no guarda ninguna proporción con el de una llamada de más.

De dónde sale

No siempre se llega a saber la causa, y el tratamiento se inicia igualmente. Cuando se identifica, suele ser una de estas.

El virus del herpes simple. La causa más frecuente en personas sin factores de riesgo particulares. El mismo virus que produce las calenturas en los labios y que vive en el organismo de la mayoría de los adultos. En casos rarísimos asciende por los nervios hasta el cerebro, y entonces la enfermedad es grave. Por eso el antivírico se empieza a administrar de inmediato, sin esperar a los análisis.

El virus de la varicela y el herpes zóster. El mismo agente que causa la varicela en la infancia y la culebrilla en la edad adulta.

Los virus del sarampión, las paperas y la rubéola. Hoy reaparecen allí donde baja la cobertura de vacunación.

Virus transmitidos por animales e insectos. La encefalitis por garrapatas en zonas boscosas de Europa y Asia, la encefalitis japonesa en varios países asiáticos, la rabia tras la mordedura o el lametón de un animal. De la rabia conviene saber una cosa: una vez que aparecen los síntomas no tiene cura, pero se previene por completo si se lava la herida enseguida y se acude a vacunarse. Cualquier mordedura de un animal desconocido o salvaje obliga a buscar atención ese mismo día, no a vigilar la herida.

Bacterias, hongos y parásitos. Causa poco habitual, aunque en personas con las defensas bajas se busca con especial atención.

El propio sistema inmunitario. Merece la pena detenerse aquí, porque es la variante que más se pasa por alto. El sistema inmunitario puede empezar a fabricar anticuerpos contra los receptores de las neuronas. La enfermedad no arranca entonces con fiebre, sino por la esfera psíquica: a una persona, habitualmente joven, le cambia el carácter en pocas semanas y aparecen ansiedad, insomnio, ideas extrañas, alucinaciones. Con frecuencia se la toma por un primer episodio psiquiátrico y se la trata de lo que no es, y después llegan las convulsiones, los movimientos involuntarios de la cara y las manos, las alteraciones del ritmo cardíaco y de la respiración. En una parte de los casos, sobre todo en mujeres jóvenes, el desencadenante es un pequeño tumor de ovario, y al extirparlo junto con el tratamiento que frena el ataque inmunitario las personas se recuperan. Por eso una psicosis de aparición reciente y rápida, más aún si se acompaña de convulsiones, fiebre o movimientos anómalos, es motivo para que la valore un neurólogo y no solamente un psiquiatra.

Cómo se distingue de lo que se le parece

Los síntomas de la encefalitis no son exclusivos suyos: así puede presentarse un ictus, un tumor o un absceso cerebral, una intoxicación grave, una bajada brusca de la glucosa o una meningitis. El estudio se organiza, por tanto, para descartar deprisa esas posibilidades.

  • Pruebas de imagen de la cabeza. La tomografía computarizada se hace primero porque es rápida y descarta de entrada una hemorragia. La resonancia magnética aporta más: en la encefalitis herpética muestra a menudo alteraciones características en los lóbulos temporales.
  • Punción lumbar. La prueba clave. Con una aguja fina se extrae un poco de líquido del espacio que rodea la médula, por debajo del nivel en que esta termina, y se analiza buscando células, proteínas y rastros del microorganismo. Es aquí donde con más frecuencia se encuentra el virus. Se hace con anestesia local, dura unos minutos y, en contra del miedo más extendido, no se toca la médula espinal.
  • Electroencefalograma. Unos sensores colocados en la cabeza recogen la actividad eléctrica del cerebro. Ayuda a localizar la zona afectada y a detectar actividad convulsiva que por fuera no se ve.
  • Análisis de sangre y de otros líquidos en busca del microorganismo y de anticuerpos y, si se sospecha una causa autoinmunitaria, estudios específicos de anticuerpos contra el tejido nervioso y búsqueda de un tumor oculto.

El tratamiento en el hospital

La encefalitis se trata únicamente ingresado, con frecuencia en una unidad de cuidados intensivos, y el ingreso puede durar desde unos días hasta varios meses. El tratamiento avanza por dos vías a la vez: atacar la causa y sostener al organismo.

El antivírico se administra por vena sin esperar a los resultados, en una pauta de dos a tres semanas: si se confirma el origen herpético se habrá ganado un tiempo decisivo, y si no, lo perdido es poco. En la variante autoinmunitaria se emplean dosis altas de antiinflamatorios hormonales, la administración de inmunoglobulinas y la plasmaféresis, un procedimiento con el que se retiran de la sangre los anticuerpos que atacan al cerebro; si aparece un tumor, se extirpa. Cuando la causa es bacteriana o fúngica se pautan antibióticos o antifúngicos.

El tratamiento de soporte no es menos importante: sueros por vena, antitérmicos y analgésicos, anticonvulsivos, fármacos para bajar la presión dentro del cráneo, oxígeno con mascarilla y, si hace falta, ventilación mecánica y sedación. En casos excepcionales, cuando la presión intracraneal no cede con medicación, el cirujano retira temporalmente una porción de hueso para dejarle sitio al cerebro.

Qué queda después

El desenlace depende mucho de la causa y de la rapidez con que se empezó a tratar. Una parte de las personas se recupera del todo, aunque la recuperación lleve meses. En la encefalitis herpética el pronóstico es más serio: aun con tratamiento fallece aproximadamente una de cada cinco personas, y una proporción considerable de quienes sobreviven conserva secuelas. Justamente por eso este texto dedica tanto espacio a reconocerla pronto.

Lo que suele quedar es:

  • problemas de memoria, sobre todo para lo reciente;
  • cambios de carácter y de conducta, irritabilidad, pérdida de la contención de antes;
  • dificultades con el habla y con la comprensión de las palabras;
  • crisis convulsivas repetidas, es decir, epilepsia;
  • problemas para tragar;
  • alteraciones del equilibrio, la coordinación y el movimiento;
  • ansiedad, depresión, cambios de humor;
  • un cansancio intenso, que es lo que más tarda en irse.

De todo esto se ocupa la rehabilitación, que empieza ya en el hospital. El neuropsicólogo ayuda a recuperar memoria y atención y a construir estrategias de rodeo; el logopeda, con el habla y la deglución; el fisioterapeuta, con el movimiento y el equilibrio; el terapeuta ocupacional, con la autonomía en la vida diaria. Hay una tarea aparte que casi siempre se subestima: sostener a la familia. Los cambios de carácter de un ser querido pesan más a los suyos que la debilidad física, y ellos también necesitan ayuda.

Lo que sí puede evitarse

Evitar la encefalitis por completo no es posible, pero algunos de los caminos que llevan hasta ella se cierran con solidez.

  • Las vacunas del calendario infantil contra el sarampión, las paperas y la rubéola protegen también de la encefalitis que esas infecciones pueden provocar. Los plazos y el número de dosis varían de un país a otro: guíese por el calendario local.
  • La vacuna contra la encefalitis por garrapatas tiene sentido para quien vive en una zona donde el virus circula o va a viajar allí, sobre todo si hay bosque, excursiones o trabajo al aire libre por medio.
  • La vacuna contra la encefalitis japonesa se recomienda antes de una estancia prolongada en zonas rurales de los países donde esta infección existe.
  • La vacuna antirrábica, de antemano para quien trabaja con animales o viaja a regiones donde la rabia está presente, y después de una mordedura, para todo el mundo y cuanto antes.
  • Protegerse de las picaduras. Ropa que cubra, repelentes, revisarse el cuerpo al volver del campo, retirar bien una garrapata, mosquitera en los viajes. Cosas sencillas que funcionan.
  • La vacuna de la varicela y la del herpes zóster, allí donde estén incluidas en los programas, también reducen el riesgo.

Conviene tener presente lo contrario: la encefalitis tras una vacuna es una rareza extrema, mientras que después de las propias infecciones se produce muchísimo más a menudo. Es uno de esos casos en los que la cuenta a favor de vacunarse resulta evidente.

Consulta en línea

En este tema la cita a distancia encaja en dos momentos, y ninguno de los dos es el agudo. Antes: aclarar si hacen falta vacunas para un viaje, cuáles y con cuánta antelación ponerlas, qué hacer tras la picadura de una garrapata o la mordedura de un animal, cómo valorar el riesgo de un destino concreto. Y después del alta: el médico repasa los informes hospitalarios, explica qué significan los resultados, ayuda a montar el plan de recuperación, revisa el tratamiento anticonvulsivo, la vuelta al trabajo y a la conducción, el apoyo a la memoria y al ánimo, y responde a las preguntas de la familia, que suele ser quien peor lo lleva. También sirve cuando alguien duda de si debe preocuparse por el dolor de cabeza y la fiebre de un niño: el médico indicará qué señales vigilar. Los síntomas propios de la encefalitis, en cambio, no se valoran por pantalla: ante ellos se llama a una ambulancia de inmediato, y ese es el único orden correcto de las cosas.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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