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Medicamentos comúnmente prescritos para Diabetes tipo 1
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de usar cualquier medicamento.
Forma farmacéutica: INYECTABLE, DesconocidaPrincipio activo: insulina glarginaFabricante: Sanofi-Aventis Deutschland GmbhRequiere recetaForma farmacéutica: INYECTABLE, 100 UI/mlPrincipio activo: insulina humanaFabricante: Sanofi-Aventis Deutschland GmbhRequiere recetaForma farmacéutica: INYECTABLE, 40 UI/mlPrincipio activo: insulina humanaFabricante: Sanofi-Aventis Deutschland GmbhRequiere receta
En la diabetes tipo 1 el propio sistema inmunitario destruye las células del páncreas que fabrican insulina. Sin insulina, la glucosa no puede pasar de la sangre al interior de las células: sobra en la sangre, a los órganos les falta energía y el cuerpo empieza a quemar grasa. No la provoca el azúcar, ni el exceso de peso, ni nada de la crianza de un niño. La diabetes tipo 1 no se puede prevenir y ningún padre tiene la culpa de ella. Suele empezar en la infancia o en la juventud, aunque puede debutar a cualquier edad. La insulina hace falta desde el primer día y de por vida, y con ella se trabaja, se hace deporte y se tienen hijos como cualquier otra persona.
Las primeras semanas: lo que se pasa por alto
La diabetes tipo 1 se instala deprisa, en semanas y a veces en unos pocos días. Los primeros signos parecen tan inocentes que se atribuyen al calor, al estirón, al estrés o al cansancio del colegio. En un niño el cuadro es este:
- sed constante: bebe mucho y pide más todo el rato;
- orina abundante y frecuente, también de noche; se levanta varias veces al baño;
- vuelve a mojar la cama un niño que llevaba mucho tiempo seco: es uno de los signos más reveladores y el que más se confunde con un capricho o con un retroceso;
- adelgaza pese a un apetito normal o incluso aumentado;
- cansancio, apatía, irritabilidad, bajón en el rendimiento escolar;
- visión borrosa;
- en lactantes, pañales muy cargados de orina, mala ganancia de peso, succión floja;
- heridas que tardan en cerrar, candidiasis de repetición, picor en la zona genital.
A un adulto en la misma situación se le suele etiquetar de diabetes tipo 2 porque «a su edad no empieza así». Si una persona adelgaza y tiene la glucosa alta, el tipo de diabetes hay que precisarlo, no suponerlo.
El diagnóstico en sí es sencillo: basta medir la glucosa en sangre, incluso con una tira y una punción en el dedo, y comprobar los cuerpos cetónicos en la orina. Se hace en minutos y en cualquier consulta. Aquí no cabe esperar a una cita ni a unos resultados «la semana que viene»: con una glucosa alta confirmada se deriva a atención especializada el mismo día. Es justo en ese intervalo, entre los primeros síntomas y la consulta, donde se producen la mayoría de los debuts graves.
Cetoacidosis: cuando cuentan las horas
Sin insulina el organismo pasa a quemar grasa y se acumulan cuerpos cetónicos en la sangre, que se vuelve ácida. Es la cetoacidosis diabética, y aparece o bien en un debut no reconocido, o bien más tarde, cuando alguien con diabetes se ha saltado la insulina o ha enfermado.
Llame a una ambulancia — en Europa el número único es el 112 — si a la sed, la orina abundante y la debilidad se suma cualquiera de estos:
- vómitos, sobre todo repetidos, e incapacidad para beber;
- dolor abdominal, que en los niños puede ser tan intenso que se sospeche una apendicitis;
- aliento con olor a acetona, como quitaesmalte o fruta pasada;
- respiración profunda, lenta y ruidosa, como si nunca entrara aire suficiente;
- somnolencia creciente, confusión, comportamiento extraño;
- piel y labios secos, ojos hundidos; en un niño, decaimiento y rechazo de la bebida.
La cetoacidosis responde bien al tratamiento, con sueros e insulina en el hospital. Lo que la vuelve peligrosa es aguantarla en casa. No intente resolverla por su cuenta ni lleve usted mismo en coche a una persona somnolienta: llame a una ambulancia y coja todos sus medicamentos.
Insulina todos los días, también estando enfermo
La insulina se administra bajo la piel, con pluma varias veces al día o con una bomba que la libera de forma continua. La pauta habitual combina una insulina basal de acción prolongada con una rápida antes de las comidas, cuya dosis se calcula según los hidratos de carbono del plato y la glucosa del momento. La insulina no se puede tomar en pastillas: el estómago la destruye.
Dos reglas, y saltárselas es lo que más ingresos provoca:
- La insulina basal no se omite nunca, ni siquiera si no se come. No está para la comida, está para que el cuerpo no empiece a quemar grasa. Saltarse un día lleva derecho a la cetoacidosis. Si las náuseas impiden comer, la dosis se ajusta con el médico, no se suprime.
- Durante una enfermedad la necesidad de insulina suele subir, no bajar. Un catarro, una gastroenteritis, fiebre, un traumatismo, una operación: todo eso eleva la glucosa aunque no haya nada de apetito. Esos días se mide la glucosa más a menudo, se comprueban los cuerpos cetónicos, se bebe mucho y se mantiene el contacto con el equipo.
El punto de inyección se cambia cada vez: pinchar siempre en el mismo sitio forma bultos bajo la piel desde los que la insulina se absorbe de manera imprevisible, y la glucosa empieza a oscilar sin motivo aparente. Tenga en casa reserva de insulina y de material, y en los viajes llévelo en el equipaje de mano junto con un informe del médico.
Hipoglucemia: reconocerla y no perder la calma
La hipoglucemia es una glucosa demasiado baja, en general por debajo de 70 mg/dL. Los motivos son sencillos: más insulina de la necesaria, una comida saltada o retrasada, un esfuerzo poco habitual, alcohol. Los episodios leves los tiene todo el mundo y no son peligrosos en sí mismos si se reconocen a tiempo.
Los signos: temblor, sudoración, palpitaciones, hambre repentina e intensa, palidez, flojera de piernas, irritabilidad o, al contrario, aturdimiento, dificultad para concentrarse y dolor de cabeza. La hipoglucemia nocturna se delata con pesadillas, sudoración y la cabeza pesada por la mañana. En los niños pequeños se manifiesta más bien como palidez súbita, llanto o una somnolencia inesperada.
Mientras la persona esté consciente: dele hidratos de absorción rápida — un vaso de zumo o de refresco azucarado normal, tabletas de glucosa, unos terrones de azúcar. Ni chocolate ni galletas: la grasa que llevan retrasa la absorción. A los quince minutos vuelva a medir y repita si sigue baja, y después que tome algo más lento, un bocadillo o unos cereales.
Si la persona está inconsciente, no puede tragar o tiene convulsiones, no le meta nada en la boca. Ni agua, ni zumo, ni azúcar debajo de la lengua: se atragantará. Colóquela de lado, llame a una ambulancia y, si hay glucagón en casa y le han enseñado a usarlo, adminístrelo. El glucagón existe en inyección y en pulverizador nasal, no es difícil de usar, y conviene enseñar a la familia con antelación, porque son ellos quienes tendrán que ponerlo.
Cómo se vigila la glucosa
El medidor con punción en el dedo es sencillo y fiable, y lo sigue usando todo el mundo. Se mide antes de las comidas, antes de dormir, antes de conducir y siempre que uno se note raro; con más frecuencia durante una enfermedad, con deporte y con alcohol.
La monitorización continua consiste en un sensor sobre la piel que envía un valor al móvil cada pocos minutos y avisa cuando la glucosa cae o sube demasiado rápido. Muestra lo que las punciones no dejan ver: las bajadas nocturnas, la subida después de un plato concreto y hacia dónde va la glucosa en este momento. Las bombas administran insulina de forma continua y dosifican con más precisión cantidades pequeñas, y algunas trabajan junto a un sensor y ajustan solas la administración. La disponibilidad no es igual en todas partes, pero merece la pena preguntar a su equipo: facilita mucho la vida, sobre todo a los niños y a quienes tienen hipoglucemias nocturnas.
Cada pocos meses se hace una hemoglobina glicosilada: refleja la glucosa media de los dos o tres meses anteriores y dice cosas que las mediciones sueltas no dicen. Los objetivos se acuerdan de forma individual, pero en general se busca en torno a 70–130 mg/dL antes de las comidas y hasta unos 180 mg/dL un par de horas después. Cumplirlos siempre es imposible, y tampoco es la meta: cuenta la proporción de tiempo dentro de rango, no las cifras perfectas.
Comida, ejercicio y alcohol
No existe una «dieta para diabéticos» aparte. Se puede comer lo mismo que los demás; la habilidad está en saber cuántos hidratos lleva la ración y ajustar la dosis. Eso se aprende en los cursos de educación diabetológica, y es la destreza que da libertad: con ella se puede ir a casa de un amigo, a un restaurante o de excursión.
- El ejercicio baja la glucosa, durante y también varias horas después, a veces de noche. Se mide antes, durante y después; antes suele hacer falta algún hidrato extra o una dosis reducida.
- El alcohol es traicionero porque impide al hígado liberar glucosa, de modo que la hipoglucemia llega horas más tarde, a menudo de noche, y quien está alrededor la confunde con una borrachera. No beba con el estómago vacío, acompañe con hidratos, mida antes de dormir y no supere las recomendaciones generales sobre alcohol de su país.
- Conducir es posible siempre que note venir la hipoglucemia y sepa evitarla. Si ha dejado de notarlas o tiene episodios graves, no conduzca hasta haberlo revisado con su médico. Mida antes de salir, lleve hidratos rápidos en el coche y deténgase al primer signo. En la mayoría de los países hay que comunicar a la autoridad que expide el permiso que se tiene diabetes tratada con insulina.
- Lleve siempre hidratos rápidos y una identificación: una pulsera o una tarjeta que indique que tiene diabetes tipo 1 y usa insulina. Enseñe a los suyos a reconocer una hipoglucemia y a usar el glucagón; en el colegio y en el trabajo también deben saberlo.
- El tabaco daña los vasos más que en ninguna otra situación cuando hay diabetes, y dejarlo pesa tanto como el control de la glucosa.
Qué puede venir después y cómo alejarlo
Los años de glucosa alta dañan los vasos y los nervios. Ni es una condena ni es inevitable: las complicaciones tardan en desarrollarse y todo lo que las previene se conoce y funciona — glucosa estable, tensión normal, colesterol controlado y no fumar.
- Ojos. Los cambios en la retina no dan síntomas durante mucho tiempo, así que el fondo de ojo se revisa con regularidad, desde la adolescencia o pasados unos años del diagnóstico, según las normas de su país. La retinopatía detectada pronto se trata bien; la avanzada, ya no.
- Riñones. El signo precoz es la proteína en la orina, que no se nota de ninguna manera. El análisis de orina y la valoración de la función renal se hacen cada año.
- Nervios y pies. Adormecimiento, hormigueo, quemazón, pérdida de sensibilidad. El peligro está en que una herida pequeña o una dureza pasen inadvertidas y se conviertan en una úlcera. Mire sus pies a diario y revíselos una vez al año con un profesional; una herida en el pie que no cierra hay que verla pronto.
- Corazón y vasos. El riesgo de infarto y de ictus es superior al habitual, por eso la tensión y el colesterol se tratan con la misma seriedad que la glucosa. La glucosa alta favorece además la enfermedad de las encías, y por eso el dentista entra en las revisiones habituales.
- Otras enfermedades autoinmunes, en especial las de tiroides y la celiaquía, son más frecuentes con diabetes tipo 1 y se buscan de forma rutinaria.
La revisión anual no es un trámite: casi todo lo de esta lista es silencioso al principio y solo se encuentra cuando alguien lo busca.
Consulta en línea
Casi todo, salvo lo urgente, encaja bien en una consulta en línea. Si ha notado sed, orina frecuente o que un niño vuelve a mojar la cama, el médico le dirá qué análisis pedir hoy y adónde acudir. Si el diagnóstico ya está hecho, puede repasar con usted la pauta de insulina y el recuento de hidratos, revisar un diario de glucemias o la descarga del sensor, explicar cómo actuar los días de enfermedad y en los viajes, comentar las hipoglucemias frecuentes o nocturnas y dejar por escrito el plan de revisiones anuales. Los signos de cetoacidosis — vómitos, dolor abdominal, aliento a acetona, respiración ruidosa, somnolencia — no esperan a una consulta: son motivo para llamar a una ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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