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Los padres llegan con una de estas dos historias. O bien el niño se incorpora en la cama en mitad de la noche y grita de forma que se oye en toda la casa, con los ojos abiertos, sin dejarse coger en brazos y como si no reconociera a su propio padre. O bien se despierta llorando, se abraza y cuenta con detalle que lo perseguían. Son dos fenómenos distintos y hay que abordarlos de manera distinta: el primero suele desaparecer solo con la edad, el segundo puede acompañar a la persona hasta la vida adulta. A continuación, cómo distinguirlos, qué hacer de noche, qué cambiar de día y cuándo detrás de un episodio nocturno se esconde otra causa.
Dos sucesos nocturnos distintos
El sueño avanza en oleadas. Su parte profunda ocupa las primeras horas después de dormirse; los sueños, las horas previas al amanecer. De ahí viene la diferencia.
El terror nocturno irrumpe desde el sueño profundo, normalmente entre una y tres horas después de que el niño se haya dormido. La persona está dormida todo el tiempo, por muy despierta que parezca. Por la mañana no recuerda nada: preguntar «¿qué has soñado?» no sirve de nada, porque no hubo sueño. Afecta sobre todo a niños de entre tres y ocho años aproximadamente, y casi siempre hay en la familia alguien que de pequeño gritaba de noche o caminaba dormido.
La pesadilla es un sueño de verdad del que la persona se despierta de verdad. Llega más cerca de la mañana, el niño le reconoce, tiene miedo, pide que se quede y al día siguiente puede contar el argumento. Las pesadillas aparecen a cualquier edad, también en adultos.
Con el terror nocturno suele confundirse la parálisis del sueño: la persona ya se ha despertado, lo entiende y lo oye todo, pero durante unos segundos o minutos no puede moverse ni hablar. Da miedo, pero es inofensiva y no tiene relación con los terrores nocturnos.
Cómo se ve un episodio desde fuera
El terror nocturno asusta mucho más a los padres que al propio niño, sencillamente porque el niño no lo vive de forma consciente.
- Un grito brusco, sin nada que lo anuncie: hace un momento había silencio y ya no lo hay.
- Ojos abiertos y una mirada que parece atravesarle. El niño se sienta, se levanta de golpe, se agita, intenta salir corriendo de la habitación.
- Cara enrojecida, piel húmeda, corazón acelerado, respiración pesada.
- No responde cuando se le habla o responde sin sentido, aparta las manos y el consuelo solo empeora las cosas.
- Dura desde unos segundos hasta un cuarto de hora y a veces se repite dos veces la misma noche. Termina con el niño tumbándose y siguiendo a dormir.
La pesadilla se ve justo al revés: el niño está completamente despierto, busca sus brazos, se calma con el abrazo y la voz conocida, y luego tarda mucho en dormirse porque teme volver a ver lo mismo.
Qué desencadena los episodios
Los terrores nocturnos no vienen de «los nervios» en el sentido cotidiano. Los provoca todo lo que impide al cerebro atravesar con calma la fase profunda del sueño.
- Falta de sueño y horarios descolocados. Es con diferencia la causa más frecuente. Los episodios se agrupan tras una siesta perdida, acostarse tarde, una mudanza, las vacaciones o un cambio de huso horario.
- Enfermedad y fiebre. En los días de un catarro con fiebre aparecen terrores nocturnos incluso en niños que nunca los habían tenido.
- Vejiga llena, habitación cargada, un ruido brusco, luz. Todo lo que empuja hacia un despertar incompleto.
- Estrés y sustos. Una guardería nueva, discusiones, exámenes, la separación de un progenitor, una película o un vídeo que da miedo antes de acostarse, una conversación de adultos que el niño ha oído. Esto pesa más en las pesadillas que en los terrores nocturnos.
- Medicamentos. Dan sueños vívidos y pesados algunos antidepresivos, algunos fármacos para la tensión y los tratamientos para dejar de fumar. Retirar somníferos o alcohol también provoca una oleada de sueños.
- Alteraciones de la respiración y del movimiento durante el sueño: ronquidos con pausas respiratorias, síndrome de piernas inquietas. No son un telón de fondo, sino causas por derecho propio, y se tratan aparte.
Qué hacer mientras dura el episodio
La regla principal en un terror nocturno es no despertar a la persona. Quien se despierta en mitad de uno no sabe dónde está ni quién tiene delante, se asusta más y luego tarda mucho más en volver a dormirse.
- Quédese cerca en silencio y espere. Normalmente termina solo en unos minutos.
- No le hable, no le zarandee, no le sujete, salvo que exista un peligro real.
- Retire el peligro en lugar de forcejear con el niño: apártele del borde de la cama, cierre la puerta de la escalera, colóquese entre él y la ventana.
- No le cuente por la mañana lo que ocurrió. No recuerda nada, y el relato le creará un miedo donde no lo había.
Con la pesadilla es al revés: acercarse, abrazar, encender una luz tenue, dejar que lo cuente y quedarse hasta que se duerma. El argumento se desmonta mejor de día, e incluso se puede inventar otro final para el sueño: a partir de la edad escolar eso funciona mejor que insistir en que «no era verdad».
Si los episodios son frecuentes, prepare la habitación de antemano: quitar cables y objetos pequeños del suelo, no poner al niño en la litera de arriba y cerrar ventanas y puerta de entrada con un cierre que no se abra al primer intento.
Qué ayuda a que haya menos episodios
En una situación corriente no hace falta ningún medicamento contra los terrores nocturnos. Lo que funciona es poner orden alrededor del sueño, y el resultado se nota a las dos o tres semanas.
- La misma hora de acostarse y de levantarse, fines de semana incluidos, y horas de sueño suficientes para la edad: un niño con sueño atrasado grita de noche más a menudo.
- Una hora tranquila antes de dormir. Luz suave, sin pantallas, sin juegos ruidosos y la misma secuencia corta cada noche: baño, dientes, un cuento.
- Un diario de sueño durante dos semanas: a qué hora se acostó, a qué hora ocurrió el episodio, qué hubo durante el día, si estaba enfermo. El patrón suele verse enseguida, y al médico ese registro le ahorra una consulta entera.
- Ir al baño antes de acostarse y no beber mucho a última hora.
- Despertar programado. Si los episodios ocurren aproximadamente a la misma hora, pruebe a despertar al niño unos quince minutos antes: moverle suavemente, esperar a que murmure algo y dejar que se duerma de nuevo. Se hace durante una o dos semanas. Es un recurso sencillo y con frecuencia rompe la cadena.
- Hablar de lo que le preocupa. Ni en la cama ni en forma de «cuéntame qué te inquieta», sino durante actividades compartidas corrientes, en las que los niños empiezan a hablar por sí solos.
Cuándo detrás del episodio hay otra cosa
Esta es la parte más importante. Varios cuadros se parecen, pero exigen un enfoque completamente distinto.
- Una crisis epiléptica nocturna. Deben alertar los episodios breves que se repiten varias veces por noche y son casi idénticos entre sí: los mismos movimientos, la misma postura; movimientos rígidos o de pedaleo; episodios no solo en las primeras horas de sueño, sino también de madrugada; lengua mordida, cama mojada, saliva con sangre; recuerdo del episodio que se conserva. Con el relato no se distingue de una parasomnia, así que hace falta grabar un episodio con el móvil y acudir al neurólogo.
- Pausas respiratorias durante el sueño. Ronquido fuerte, respiración por la boca, pausas seguidas de un ronquido de recuperación, sudoración, posturas inquietas, somnolencia diurna o, al contrario, sobreexcitación. En los niños la causa habitual son las adenoides y las amígdalas grandes, y una vez tratadas los terrores nocturnos suelen desaparecer solos.
- Síndrome de piernas inquietas. El niño se queja de «hormigas», de cosquilleo por dentro, no aguanta quieto por la tarde y mueve las piernas. Aquí conviene comprobar las reservas de hierro: cuando están bajas, los síntomas ceden después de reponer el déficit.
- Representación de los sueños en un adulto. Si alguien agita los brazos, golpea, salta de la cama, se lesiona o lesiona a su pareja y al despertar recuerda un sueño que coincidía exactamente con esos movimientos, eso no es un terror nocturno. Esa conducta surge en la fase de los sueños y en personas mayores puede ser un signo precoz de enfermedades del sistema nervioso, así que hay que enseñárselo al neurólogo y no atribuirlo al estrés.
Cuándo hace falta el médico
Pida cita si:
- los episodios ocurren casi todas las noches o varias veces en la misma noche;
- durante un episodio el niño ya se ha golpeado, se ha caído, ha salido de la habitación o ha intentado salir de casa;
- los terrores nocturnos han empezado por primera vez en un adolescente o un adulto: a esa edad son raros y necesitan explicación;
- el niño sueña siempre lo mismo y tiene miedo de acostarse;
- un adulto tiene pesadillas de forma regular y le estropean el sueño y el día;
- usted nota ronquidos con pausas, respiración por la boca o somnolencia diurna;
- los episodios comenzaron poco después de empezar un medicamento nuevo.
Hace falta una ambulancia si, durante un episodio nocturno: comienzan convulsiones de todo el cuerpo y no ceden en unos minutos; después de la crisis la persona no vuelve en sí; los labios se ponen azulados o se detiene la respiración; ha habido un golpe en la cabeza con pérdida de conocimiento o vómitos. En España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania la ambulancia se pide en el número único 112.
Pesadillas en adolescentes y adultos
En un adulto, una pesadilla suelta después de un día duro es algo corriente y no requiere tratamiento. Conviene investigarlas cuando se repiten, despiertan cada noche y acostarse empieza a dar miedo.
Lo primero es buscar la causa, no el remedio. Se revisa la lista de medicamentos: algunos antidepresivos, algunos fármacos para la tensión y los tratamientos para dejar de fumar producen sueños vívidos y pesados, y la cuestión se resuelve cambiando el fármaco o la hora de la toma. El alcohol se mira aparte: corta la fase de los sueños y de madrugada esa fase vuelve con exceso, de ahí las pesadillas al final de la noche. También se comprueba si hay ronquido con pausas respiratorias.
Si las pesadillas guardan relación con algo vivido, ayuda la psicoterapia. Existe un método en el que la persona, de día y en un ambiente tranquilo, reescribe con detalle el argumento del sueño con un final nuevo y seguro y repasa mentalmente esa versión: se creó precisamente para las pesadillas repetidas y funciona sin medicamentos. En el trastorno de estrés postraumático el médico añade a veces un fármaco que reduce la actividad nocturna del sistema de estrés; esa es una decisión del especialista. Los somníferos no resuelven nada: no quitan los sueños y sí generan dependencia.
Consulta en línea
Los episodios nocturnos son justo el caso en que al médico le importan más el relato y el registro que la exploración. En una consulta a distancia se puede repasar con calma el diario de sueño, enseñar el vídeo grabado de noche con el móvil y obtener respuesta a la pregunta principal: ¿es un rasgo de la edad que pasará o una causa que hay que buscar? De paso, el médico revisará la lista de medicamentos, valorará los signos de respiración alterada durante el sueño y dirá si hace falta un neurólogo, un otorrinolaringólogo o un especialista del sueño.
Lo que la consulta a distancia no sustituye: la exploración de la nariz y la garganta, los estudios de sueño y las pruebas cuando se sospechan crisis epilépticas. Y ante los signos urgentes enumerados arriba, no hay que empezar por una consulta, sino por una ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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