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El tartamudeo es una interrupción en el flujo del habla: un sonido se repite, se alarga o la palabra se queda atascada, aunque quien habla sabe perfectamente qué quiere decir. Suele empezar entre los tres y los cuatro años, justo cuando el niño pasa en pocos meses de las palabras sueltas a las frases largas. En la mayoría de los niños desaparece por sí solo. Pero lo más útil que se le puede decir a un padre no es «espere»: alargar la espera más de unos meses no compensa, porque la ayuda iniciada en edad preescolar funciona bastante mejor que esa misma ayuda dos años después.
Cómo se manifiesta
El tartamudeo se compone de tres cosas, y lo habitual es que una misma persona las tenga las tres en distinta proporción:
- repeticiones: «ca-ca-ca-casa»; a veces lo que se repite es una palabra corta entera;
- alargamientos: el sonido se estira más de la cuenta, «mmmmamá»;
- bloqueos, lo más duro: la boca ya está colocada para el sonido, pero el sonido no sale, y la pausa dura un segundo, dos, a veces más.
Con el tiempo se añade todo lo que la persona hace para empujar la palabra o disimular el atasco: apretar los ojos, asentir con la cabeza, golpear el suelo con el pie, muletillas como «bueno» o «es que», cambiar de repente una palabra por otra, apartar la mirada. En un niño eso no es una payasada: es esfuerzo.
El tartamudeo no es constante, y eso desconcierta. Casi desaparece al cantar, al recitar un poema aprendido o al hablar con el perro, y se agrava justo donde importa: delante de la clase, por teléfono, al decir el propio nombre, cuando le interrumpen. De ahí que algunos padres concluyan que el niño «puede cuando quiere». No puede: la diferencia no está en el empeño, sino en cuánta atención se le va en ese momento al habla en sí.
Por qué aparece
Hablar exige la coordinación de varias zonas del cerebro con la respiración, la voz y la articulación, y todo ello tiene que encajar en fracciones de segundo. En un niño pequeño ese sistema todavía se está montando: el vocabulario y la longitud de las frases crecen más deprisa que el control motor del habla. Donde ese desajuste se nota es donde aparecen las repeticiones y los bloqueos.
La herencia se ve a simple vista: la mayoría de las personas que tartamudean tiene un familiar cercano que tartamudeó de pequeño o tartamudea ahora. Entre los preescolares hay aproximadamente el doble de niños que de niñas, y entre los adultos la diferencia es todavía mayor, porque en ellas el habla se normaliza sola con más frecuencia.
Igual de importante es lo que el tartamudeo no causa, porque todavía se repite:
- no lo provoca un susto. La coincidencia en el tiempo con una mudanza, un susto o el nacimiento de un hermano es frecuente, pero el susto no crea el tartamudeo: como mucho coincide con su inicio;
- no es consecuencia de que los padres hayan hecho algo mal;
- no se contagia de un compañero que tartamudea;
- no es señal de poca inteligencia: la comprensión del lenguaje y el razonamiento son los mismos que en los demás niños.
Si se le pasará y cuánto se puede esperar
Alrededor de uno de cada doce niños pequeños atraviesa una etapa de disfluencias, y en la mayoría el habla se normaliza sola. El problema es que no hay forma de saber de antemano si un niño concreto estará en esa mayoría, y el tiempo juega en contra de la espera.
Una referencia razonable es esta: si el tartamudeo se mantiene más de dos o tres meses, se acude al logopeda sin esperar a la escolarización. No porque el caso sea grave, sino porque el habla preescolar todavía es maleable: en esa etapa la intervención lleva menos tiempo y termina más a menudo en un habla normal. El tartamudeo que llega a la edad escolar cuesta más y desaparece del todo con menos frecuencia.
No lo posponga si aparece cualquiera de estas cosas:
- el tartamudeo dura más de unos meses o va a más en lugar de a menos;
- han aparecido bloqueos con tensión visible, muecas o apnea antes de la palabra;
- el niño se ha dado cuenta de cómo habla: se disgusta, se enfada consigo mismo o se calla donde antes hablaba;
- el tartamudeo empezó tarde, después de los cuatro o cinco años;
- alguien de la familia tartamudeó y no lo superó;
- usted está preocupado. Con eso basta: una valoración con el logopeda no perjudica en nada, y esperar puede costar el mejor momento.
Qué ayuda en casa
El ambiente familiar no crea el tartamudeo, pero influye mucho en lo difícil que le resulta hablar al niño ahora mismo. Todo lo que sigue apunta a lo mismo: quitarle al habla la prisa y la evaluación.
- Hable usted más despacio y con más calma, no marcando las sílabas sino sencillamente sin prisa. Los niños se acoplan al ritmo del adulto.
- Deje pasar un segundo o dos antes de responderle. Desde fuera casi no se nota y funciona mejor que casi todo lo demás.
- Escuche hasta el final, sin completarle la palabra aunque sea evidente cuál es.
- Mírele igual que cuando habla con fluidez y responda a lo que dice, no a cómo ha sonado.
- Procure que en casa no se interrumpa y se hable por turnos. Esto importa especialmente cuando hay varios hermanos.
- Reserve cada día un rato de conversación tranquila a solas, sin televisión y sin preguntas de examen.
- Encadene menos preguntas: una pregunta exige respuesta inmediata, y esa es la situación más difícil para el habla.
- Si el niño saca el tema de cómo habla, respóndale con naturalidad: «sí, se te ha atascado la palabra, pasa, te escucho». Es mejor que cambiar de conversación.
Qué conviene no hacer
Casi todos los consejos habituales no ayudan al habla, y algunos la entorpecen directamente, porque desplazan la atención de lo que el niño dice a cómo lo dice.
- «No corras», «respira y dilo con calma», «empieza otra vez»: parecen apoyo, pero hacen más difícil el siguiente intento.
- Terminarle la frase, soplarle la palabra, asentir con un «venga, sigue».
- Pedirle que repita, que lo diga bien o que «practique» la palabra difícil.
- Imitarle en broma o reírse, incluidos los hermanos mayores: eso hay que cortarlo de inmediato y sin rodeos.
- Obligarle a actuar, a recitar delante de las visitas o a hablar por teléfono si lo evita.
- Instaurar por su cuenta «respiración pautada» o cantar en lugar de hablar. Existen técnicas parecidas en terapia, pero se eligen una a una, y en casa acaban siendo una exigencia más sobre el habla.
Cómo trabaja el logopeda
No hay medicamentos contra el tartamudeo; de él se ocupa la logopedia. El plan depende de la edad.
Con los preescolares suele empezarse por la vía indirecta: no se cambia el habla del niño, sino el entorno de comunicación que le rodea, más o menos lo enumerado arriba, pero adaptado a esa familia concreta y con frecuencia comentando vídeos de una conversación cotidiana en casa. Si eso no basta o el tartamudeo va en aumento, se pasa al trabajo directo. Su forma más conocida es un programa en el que los padres, siguiendo la pauta del logopeda, señalan cada día durante el juego, de forma breve y amable, el habla fluida del niño. Quien conduce el tratamiento no es el especialista una vez por semana, sino los padres en casa, y ahí está su fuerza.
Con escolares y adolescentes se añade la otra mitad de la tarea. A esa edad, a las disfluencias se les suman el miedo a hablar, la evitación y la vergüenza, y trabajar solo la fluidez deja de tener sentido. Las sesiones incluyen técnicas que facilitan el habla, el análisis de lo que ocurre durante el bloqueo, práctica en situaciones reales (pedir algo en una cafetería, preguntar una dirección) y, aparte, acuerdos con el centro escolar: no preguntar por sorpresa, no obligar a leer en voz alta contrarreloj, dar tiempo para responder.
La desaparición total del tartamudeo no es el único resultado posible ni siempre el principal. Hay personas a las que las disfluencias les quedan pero dejan de estorbarles: se va el miedo y vuelven el teléfono, las presentaciones y los trabajos en los que hay que hablar. Eso se considera un buen resultado, y conviene saberlo de antemano para no vivir como fracaso todo lo que no sea un habla perfectamente lisa.
Adultos que tartamudean
El tartamudeo en un adulto es, casi siempre, el mismo tartamudeo infantil que no llegó a irse. Persiste en aproximadamente una de cada cien personas.
Va acompañado de un malentendido muy resistente: tartamudear no es señal de ansiedad, de timidez ni de «tener los nervios flojos». Causa y efecto van aquí en sentido contrario. Años de conversaciones en las que una palabra puede atascarse delante de otros sí generan miedo a hablar, y ese miedo ya es real. La persona calcula la frase por adelantado, sustituye palabras por otras menos precisas pero «más transitables», renuncia a llamar por teléfono y calla donde querría hablar. Desde fuera parece retraimiento; en realidad es un rodeo.
Con los adultos se trabaja, y no solo la fluidez. El logopeda selecciona técnicas de habla, y con el miedo y la evitación acumulados ayuda la psicoterapia, normalmente la que enseña a revisar los pensamientos automáticos y a volver poco a poco a las situaciones evitadas. Aparte son útiles los grupos en los que la gente habla entre sí sin esconder las disfluencias: buena parte del miedo se sostiene en la sensación de ser el único al que le pasa.
Cuándo el tartamudeo indica otra cosa
Todo lo anterior se refiere al tartamudeo que empezó en la infancia. Las disfluencias que aparecen por primera vez en un adulto son otra historia y son motivo para acudir al médico, antes que al logopeda.
Llame a una ambulancia (en Europa, el número único 112) si el habla se ha alterado de forma repentina y además ocurre algo de esto:
- la cara se ha torcido, un brazo no se levanta, media parte del cuerpo se ha quedado sin fuerza o dormida;
- el habla se ha vuelto ininteligible, la persona confunde palabras o no entiende lo que se le dice;
- dolor de cabeza intenso y repentino, visión doble, pérdida del equilibrio.
Así se presenta un ictus, y aquí se cuenta por minutos. No conduzca usted mismo ni espere a la mañana siguiente.
Sin urgencia, pero sin falta, consulte al médico si el habla ha empezado a trabarse:
- después de un traumatismo craneal, aunque sea antiguo y aparentemente leve;
- de forma progresiva, junto con temblor, rigidez, cambios en la letra, torpeza en las manos o inestabilidad al andar;
- poco después de empezar un medicamento nuevo o de cambiar la dosis: algunos fármacos que actúan sobre el cerebro tienen este efecto adverso. Se resuelve cambiando de tratamiento, nunca suspendiéndolo por cuenta propia;
- en un niño, junto con la pérdida de habilidades ya adquiridas, convulsiones o un retraso del desarrollo evidente.
Distinguir de oído un tartamudeo adquirido de uno infantil que ha vuelto es difícil incluso para un especialista, así que lo que orienta no es cómo suena, sino cuándo empezó y qué había alrededor.
Consulta en línea
A distancia se resuelven precisamente las dudas con las que más se demora la gente. El médico repasará desde cuándo y de qué manera se traba el niño, qué han probado ya en casa, si esto entra dentro del desarrollo normal del habla o toca ya ir al logopeda y con qué urgencia, y le ayudará a formular qué pedir a la guardería o al colegio. A un adulto le compensa hablar del miedo a hablar y de la evitación: qué se hace con ellos y por dónde se empieza. Es también una forma cómoda de pedir una segunda opinión si le han dicho «ya se le pasará» y usted lleva medio año esperando. Las alteraciones del habla de aparición súbita acompañadas de signos neurológicos no se valoran a distancia: en ese caso se llama directamente a una ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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