Herpes genital
De todas las infecciones de transmisión sexual, esta es la que más miedo despierta, y casi siempre más del que merece.
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Medicamentos comúnmente prescritos para Herpes genital
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de usar cualquier medicamento.
Forma farmacéutica: COMPRIMIDO, 125 MGPrincipio activo: famciclovirFabricante: Towa Pharmaceutical S.A.Requiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO, 800mgPrincipio activo: aciclovirFabricante: Laboratorio Stada S.L.Requiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO, 200 mgPrincipio activo: aciclovirFabricante: Laboratorios Cinfa S.A.Requiere receta
De todas las infecciones de transmisión sexual, esta es la que más miedo despierta, y casi siempre más del que merece. El virus se queda en el cuerpo para siempre: esa es la única mala noticia. Lo demás encaja mejor de lo que suena. El primer episodio puede ser doloroso, los siguientes son más cortos y suaves, en muchas personas acaban desapareciendo, y existen fármacos que acortan el brote y reducen el riesgo de contagiar a la pareja. La pregunta útil no es «cómo eliminarlo para siempre», sino qué hacer ahora, qué hay que temer de verdad y cómo seguir viviendo sin transmitirlo.
Qué aparece en la piel y qué se nota
Rara vez empieza por las ampollas. Empieza por una sensación: unas horas o un día antes, la piel de una zona concreta pica, hormiguea o tira. Después salen vesículas pequeñas de contenido transparente que se rompen enseguida y dejan úlceras redondas y dolorosas, que más tarde se secan y cicatrizan. El sitio puede ser cualquiera de esa región: genitales, periné, alrededor del ano, cara interna de los muslos, nalgas. En pieles morenas y oscuras el enrojecimiento alrededor de las llagas se aprecia menos, y las lesiones pasan más fácilmente desapercibidas.
El primer episodio de la vida no se parece a los siguientes. Dura más, hasta dos o tres semanas, las úlceras son más numerosas y duelen más, y a lo local se suma un malestar general: fiebre, dolores musculares, ganglios inflamados y dolorosos en la ingle. Suele escocer al orinar, porque la orina cae sobre las llagas abiertas. En las mujeres las lesiones pueden estar dentro, y entonces lo único que se nota es dolor y un flujo distinto del habitual.
Las recaídas son mucho más leves: un par de vesículas en el mismo punto de siempre, sin fiebre, curadas en una semana o menos. Con los años se espacian y se suavizan. Lo que las desencadena no es nada exótico: un catarro o cualquier otra enfermedad, el estrés y la falta de sueño, la menstruación, el roce y el sol fuerte sobre la zona, el tabaco, el alcohol. Y, aparte, las defensas bajas, por ejemplo durante un tratamiento que deprime el sistema inmunitario.
Cómo se transmite
El contagio ocurre por contacto de piel con piel y de mucosa con mucosa: sexo vaginal, anal y oral, y también las manos y los juguetes sexuales compartidos. La capacidad de contagiar es máxima desde el primer hormigueo hasta que las llagas cierran del todo, pero no es cero en los periodos tranquilos: el virus sale a la superficie de la piel de vez en cuando sin dar ningún síntoma, y la persona no lo sabe. Por eso el razonamiento «mi pareja no pudo contagiarme, no tenía nada» es falso.
Hay un detalle que arruina relaciones sin motivo real: el herpes labial al que casi nadie da importancia produce herpes genital si hay sexo oral. Es el mismo virus, solo que en otro sitio. Y un segundo detalle son los plazos. Entre el contagio y las primeras lesiones pueden pasar unos días o pueden pasar años, porque el virus es capaz de permanecer callado mucho tiempo. La aparición de las llagas no demuestra ninguna infidelidad, y discutir sobre esa base no lleva a ninguna parte.
Lo que no ocurre: no se coge por una toalla, un asiento de váter, una piscina, una sauna ni unos cubiertos. Fuera del cuerpo el virus sobrevive unos minutos, y ahí no hay contacto directo de piel con piel.
Cómo se confirma
Lo mejor es tomar una muestra directamente de una vesícula o una úlcera reciente y buscar el virus por PCR. De paso, la prueba identifica el tipo de virus, y del tipo depende en parte con qué frecuencia cabe esperar recaídas. Conviene acudir en los primeros días, con las lesiones frescas: sobre una costra seca el resultado puede salir falsamente negativo, y sobre piel ya cicatrizada no hay nada que recoger.
El análisis de sangre de anticuerpos responde a otra pregunta: si el organismo se ha encontrado alguna vez con el virus. No dice qué ha provocado las lesiones de hoy, ni cuándo se produjo el contagio, ni de quién. Por eso no sirve como prueba principal, aunque en situaciones concretas el médico la pide, por ejemplo para valorar el riesgo de una embarazada cuya pareja tiene herpes.
Una advertencia más: no todas las úlceras genitales son herpéticas. Se parecen la sífilis, algunas otras infecciones y también enfermedades de la piel y las mucosas que no se contagian. Por eso, ante un primer episodio, tiene sentido estudiar el resto de infecciones de transmisión sexual, incluido el VIH; no por desconfianza, sino porque suelen ir juntas y se tratan de manera muy distinta.
Qué hacen los medicamentos
No existe ningún producto que elimine el virus del cuerpo, y cualquier promesa en ese sentido es motivo suficiente para levantarse y marcharse. Lo que funciona son los antivirales en comprimidos: impiden que el virus se multiplique, así que acortan el episodio y lo hacen más llevadero. Las cremas antivirales aportan poco en esta zona; el tratamiento serio va por vía oral.
Hay dos pautas posibles, y la elección depende de la frecuencia con la que la enfermedad molesta.
- A demanda: una tanda corta al inicio de cada brote. Solo tiene sentido si se empieza pronto, en el primer o segundo día, mejor aún en la fase del hormigueo. Por eso a quien tiene recaídas frecuentes se le suele dar la receta por adelantado, para que el fármaco esté en casa y no se pierdan días esperando una cita.
- Continua: una dosis pequeña a diario durante varios meses. Se plantea cuando los brotes son muchos, aproximadamente seis al año o más, o cuando son muy intensos. Esta pauta casi suprime las recaídas y además reduce de forma apreciable la probabilidad de contagiar a la pareja. Pasados unos meses se interrumpe para ver cómo se comporta el cuerpo sin ella.
En el primer episodio el tratamiento se inicia cuanto antes, orientativamente dentro de los primeros cinco días o mientras sigan saliendo vesículas nuevas. Si ya ha pasado ese plazo, merece la pena consultar igualmente: hay que confirmar el diagnóstico, y calmar el dolor y hacer pruebas se puede en cualquier momento.
Cómo sobrellevar un brote
El objetivo de esos días es doble: que duela menos y que las llagas no se sobreinfecten.
- Lave la zona con agua limpia o ligeramente salada y séquela con toques suaves, sin frotar.
- Aplique frío envuelto en un paño durante unos minutos. El hielo no se pone directamente sobre la piel.
- Si escuece al orinar, hágalo echándose agua templada por encima, o directamente dentro de un baño tibio. Beba más líquido: la orina diluida molesta menos.
- Una base grasa tipo vaselina antes de orinar protege las úlceras. Una crema anestésica local también alivia, pero pregunte antes al médico de cabecera o al farmacéutico cuál conviene.
- Los analgésicos habituales sin receta son razonables; consulte la elección si toma otra medicación de forma continuada.
- Use ropa interior de algodón holgada y deje esos días los pantalones ajustados y los tejidos sintéticos.
- Lávese las manos antes y después de tocar las lesiones. No se frote los ojos con esas manos.
- No reviente las vesículas ni arranque las costras.
- Evite las relaciones sexuales hasta que todo haya cicatrizado: es el periodo de máximo contagio.
Cuándo hay que buscar ayuda urgente
Un brote normal se maneja en casa y no exige prisa. Pero hay situaciones que no admiten espera.
- Imposibilidad total de orinar, con la vejiga llena y dolorosa. Ocurre en primeros episodios intensos: el dolor y la inflamación impiden vaciarla. Es una urgencia y hay que acudir de inmediato.
- Dolor de cabeza intenso con náuseas, rigidez de nuca, intolerancia a la luz o confusión. El virus provoca en raras ocasiones una inflamación de las meninges: es infrecuente, pero grave, y se trata en el hospital.
- Fiebre alta que no cede mientras las llagas se extienden y se cubren de pus.
- Primer episodio de la vida durante el embarazo, sobre todo en las últimas semanas.
- Lesiones en una persona con las defensas muy bajas: tras un trasplante, con tratamiento inmunosupresor o con infección por VIH no tratada. En estos casos la evolución es peor y el tratamiento debe iniciarse antes y con más intensidad.
Ante una retención de orina, confusión o convulsiones, llame a la ambulancia; en Europa funciona el número único 112. En el resto de los casos basta con ser visto por un médico ese mismo día.
Embarazo y recién nacido
Si el herpes ya existía antes del embarazo, la situación es tranquila: los anticuerpos de la madre pasan al bebé y lo protegen, la gestación transcurre como cualquier otra y el parto suele ser vaginal. El riesgo para el niño es muy bajo.
El escenario peligroso es otro: el primer contagio de la vida al final del embarazo. Entonces no da tiempo a fabricar anticuerpos y el bebé puede infectarse durante el parto. El herpes neonatal es raro pero grave: afecta a la piel y los ojos y a veces al cerebro y a los órganos internos, y sin tratamiento puede acabar con la vida del recién nacido. Por eso hay que contarle al equipo que atiende el embarazo que se ha tenido herpes, aunque lleve años sin dar señales, y sin falta si las lesiones aparecen por primera vez.
Lo que suele ofrecerse es un antiviral durante las últimas semanas de gestación, para que no haya brote en el momento del parto, y una cesárea si el contagio se produjo poco antes de la fecha o si hay lesiones activas cuando empieza el parto. La decisión es individual: no existe ninguna norma que obligue a operar a todas.
Tras el nacimiento, las señales de alarma en el bebé son decaimiento, rechazo del pecho, fiebre o, al contrario, temperatura demasiado baja, irritabilidad inusual y vesículas en la piel o en los ojos. Con cualquiera de ellas hay que llevarlo al médico sin demora. Y una regla que vale para toda la familia: quien tenga un herpes labial activo no debe besar a un recién nacido.
Cómo reducir el riesgo para la pareja
Eliminar del todo la transmisión no es posible, pero rebajarla sí, y bastante.
- Nada de sexo desde el primer hormigueo hasta que las llagas hayan cerrado. Es la medida más eficaz de todas.
- Preservativo en cada relación. No cubre toda la piel que puede contagiar, así que no protege al cien por cien, pero reduce el riesgo de manera importante.
- El tratamiento antiviral continuo de la persona que tiene herpes es una forma de proteger a la otra; conviene plantearlo con el médico, sobre todo si la pareja no está infectada.
- Los juguetes sexuales, de uso personal; si se comparten, hay que lavarlos y cambiarles el preservativo.
- Hablarlo. Cuesta más que cualquier medida, pero es lo que permite a la otra persona decidir con información y lo que quita de encima aquello que a muchos les pesa más que la propia enfermedad: el secreto.
Y algo que conviene oír: el herpes genital lo tiene muchísima gente, no convierte a nadie en un peligro para quienes le rodean en la vida diaria, no impide trabajar, ni tener hijos, ni llevar una vida normal. Es una molestia cutánea crónica, no una condena.
Consulta en línea
A distancia se resuelven bien las dudas por las que muchas personas retrasan meses la visita. El médico valorará si lo que usted ve encaja con un herpes y le indicará qué prueba conviene y en qué plazo, mientras las lesiones siguen frescas. Revisará la pauta de tratamiento si las recaídas se han vuelto frecuentes y explicará cómo tener el fármaco preparado en casa. Responderá a las preguntas sobre el embarazo, sobre el riesgo para la pareja y sobre cómo y cuándo contárselo. Si es el primer episodio, conviene hablar también del resto del estudio. Las situaciones urgentes de la lista anterior no se manejan por pantalla: con ellas hay que acudir presencialmente.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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