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Medicamentos comúnmente prescritos para Enfermedades cardiovasculares
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de usar cualquier medicamento.
Forma farmacéutica: COMPRIMIDO, 2,5 mgPrincipio activo: ramiprilFabricante: Laboratorios Cinfa S.A.Requiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO, 10 mgPrincipio activo: atorvastatinaFabricante: Viatris LimitedRequiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO, 40 mgPrincipio activo: atorvastatinaFabricante: Viatris Healthcare LimitedRequiere receta
No son una enfermedad, sino un grupo de trastornos con un mismo escenario: el corazón y las arterias. Ahí entran la angina de pecho y el infarto, el ictus, la afectación de las arterias de las piernas y las enfermedades de la aorta. Todas se sostienen sobre el mismo proceso en la pared del vaso y se alimentan del mismo conjunto de hábitos y alteraciones del metabolismo. Por eso, a quien tiene estrechadas las arterias del corazón conviene preguntarle también por las piernas y por la cabeza: los cambios suelen avanzar por todo el árbol arterial a la vez, y solo llegan a dar molestias en sitios distintos y en momentos distintos.
Un solo proceso, órganos diferentes
En la base está la aterosclerosis. En la pared de una arteria —sobre todo donde el flujo se bifurca y se vuelve turbulento— se deposita colesterol, hacia él acuden células de la inflamación y poco a poco crece una placa. Durante años no estorba: el vaso tiene luz de sobra. El problema llega por dos caminos.
El primero es lento. La placa estrecha la arteria hasta el punto de que en reposo la sangre todavía basta, pero con esfuerzo ya no. Así aparecen la opresión en el pecho al subir escaleras y el dolor en las pantorrillas que obliga a pararse a los doscientos metros.
El segundo es súbito y mucho más peligroso. La cubierta de la placa se rompe, la sangre entra en contacto con su contenido y en minutos crece allí un trombo que cierra la arteria por completo. Así ocurren el infarto y la mayor parte de los ictus. De ahí una peculiaridad que desconcierta a mucha gente: la catástrofe le sucede a menudo a quien la víspera subía al quinto piso sin ahogarse. La estabilidad de la placa pesa más que su tamaño.
Hay un tercer camino, silencioso. Los años de tensión alta y de azúcar elevado estropean los vasos más finos: los del riñón, los de la retina, los del interior del cerebro. No ocurre ningún episodio dramático, pero la vista, la memoria y la función renal empeoran despacio.
Las cuatro formas principales
- Cardiopatía isquémica. Sufren las arterias del propio corazón. Se manifiesta con angina —pesadez o ardor detrás del esternón al esforzarse, con el frío, tras una comida copiosa—, con el infarto y, con el tiempo, con insuficiencia cardíaca, cuando el músculo debilitado bombea peor y aparecen la falta de aire y los edemas.
- Ictus y ataque isquémico transitorio. Una zona del cerebro se queda sin sangre por un trombo o, con menos frecuencia, por una hemorragia. El ataque transitorio se ve igual, pero los síntomas se van solos en minutos u horas. No es «me libré», es un aviso: el riesgo de un ictus verdadero es máximo en los días siguientes y hay que estudiarlo de inmediato, aunque la persona ya se encuentre bien.
- Enfermedad arterial periférica. Se estrechan las arterias de las piernas. El primer signo es el dolor en la pantorrilla o el muslo al andar, que cede con dos minutos de pie. Después se cae el vello de las piernas, el pie se vuelve frío y pálido, y aparecen dolores nocturnos en los dedos y úlceras que no cierran en meses.
- Enfermedades de la aorta. El vaso más grande del cuerpo puede dilatarse —eso es el aneurisma— o disecarse. El aneurisma calla durante años y con frecuencia se descubre por casualidad en una ecografía de abdomen; en cambio, si se rompe, el tiempo se cuenta en minutos.
Cuándo se llama a emergencias en lugar de esperar a mañana
Estos signos no se vigilan en casa ni se aguantan.
- Dolor opresivo o quemante en el pecho que dura más de unos minutos, sobre todo si se irradia al brazo izquierdo, al cuello, a la mandíbula o a la espalda, con sudor frío, náuseas y debilidad brusca. En las mujeres, en las personas mayores y en quienes tienen diabetes, el infarto cursa a menudo sin el dolor clásico: solo falta de aire, mareo, un agotamiento que no se explica.
- Se ha torcido la cara de golpe, ha perdido fuerza un brazo, el habla se ha vuelto confusa, aunque a los cinco minutos todo haya pasado. Aquí entran también la ceguera súbita de un ojo, la visión doble, la pérdida del equilibrio y la incapacidad de entender lo que se le dice.
- Dolor de cabeza súbito e intensísimo, distinto a cualquier otro, especialmente con vómitos y embotamiento.
- Dolor desgarrante en el pecho o entre los omóplatos que baja por la espalda: así se manifiesta la disección de aorta.
- Una pierna o un brazo se han puesto de pronto pálidos, fríos, dormidos y dolorosos: un trombo ha cerrado la arteria, y el tiempo hasta restablecer el flujo se cuenta en horas.
Tanto en el infarto como en el ictus, el tratamiento es tanto más eficaz cuanto antes llega la persona al hospital: disolver el trombo y extraerlo funcionan dentro de una ventana de tiempo estrecha. Esperar por si «se pasa solo» es aquí lo más caro de todo.
Lo que de verdad mueve el riesgo
Los sumandos son muchos y, cuantos más se juntan, más se potencian entre sí: el riesgo no se suma, se multiplica.
- La tensión arterial. El factor modificable de mayor peso. Durante años daña la pared de las arterias y sobrecarga el corazón sin apenas notarse: la cabeza no duele en la mayoría de los casos, y la persona se considera sana durante años.
- El tabaco. Daña el revestimiento interno de los vasos y vuelve la sangre propensa a coagular. La cachimba, el vapeador y el tabaco calentado entran en el mismo apartado, igual que estar a menudo en un ambiente cargado de humo.
- El colesterol. Las lipoproteínas de baja densidad son el material con el que se construye la placa. Su nivel no depende solo de la comida, también de la herencia.
- Diabetes y prediabetes. El azúcar alto estropea los vasos y de paso amortigua el dolor, así que un infarto puede pasar casi inadvertido en una persona con diabetes.
- Enfermedad renal crónica. Va de la mano de la enfermedad del corazón: cada una empeora a la otra.
- El peso y el perímetro de la cintura. Lo peligroso no es tanto el peso en sí como la grasa del abdomen, que se entromete activamente en el metabolismo.
- El sedentarismo. Arrastra consigo la tensión, el peso y el azúcar a la vez.
- Edad, sexo, herencia. Los hombres se topan antes con la enfermedad; las mujeres los alcanzan después de la menopausia. La enfermedad precoz en familiares directos —hombres antes de los 55 años, mujeres antes de los 65— es una señal de peso y conviene contarla al médico.
- El alcohol. Sube la tensión y el peso; no se ha encontrado una dosis segura que proteja el corazón.
- El sueño. Roncar con pausas respiratorias es una causa frecuente de una tensión que responde mal a los fármacos.
Causas de las que casi nadie se acuerda
A veces la enfermedad llega pronto y no se explica por los hábitos. Vale la pena conocer estas situaciones: en todas ellas hay algo que hacer.
- Hipercolesterolemia familiar. Un trastorno hereditario del metabolismo del colesterol: está alto desde el nacimiento y el infarto llega a los cuarenta años o antes. Conviene sospecharla ante infartos precoces en la familia, ante un colesterol muy alto en una persona delgada que come de forma corriente, ante engrosamientos duros sobre los tendones de Aquiles y un anillo claro en el borde del iris en edad joven.
- Inflamación crónica. La artritis reumatoide, la psoriasis, el lupus, la enfermedad inflamatoria intestinal y la infección por VIH sin tratar aceleran por sí mismas la aterosclerosis.
- Complicaciones del embarazo. La preeclampsia, la diabetes gestacional y el parto prematuro elevan el riesgo durante décadas, algo que a la mujer no suele contarle nadie.
- Tratamiento del cáncer. Parte de los quimioterápicos y la radioterapia sobre el tórax dañan el corazón y los vasos años después de la curación.
- Cocaína y anfetaminas. Provocan espasmo e infarto en personas jóvenes con arterias sin lesiones.
- Debilidad hereditaria del tejido conjuntivo, como el síndrome de Marfan, causa de disección aórtica en edad joven.
Lo que más rentabilidad da
- Dejar de fumar. Ningún medicamento produce una mejora semejante, y la ganancia se nota ya en el primer año, se deje a la edad que se deje.
- Moverse. La referencia son unos 150 minutos semanales de actividad moderada: caminar deprisa, bicicleta, natación. Es mejor empezar por lo que uno puede y añadir poco a poco; media hora de paseo al día rinde más que una carrera heroica una vez al mes.
- Comer. Verduras, legumbres, cereales integrales, pescado, frutos secos y aceites vegetales, en lugar de carne procesada, bollería y bebidas azucaradas. Sal, hasta 5 gramos al día, y la mayor parte no viene del salero, sino del pan, los embutidos y las salsas preparadas.
- El peso. Bajar un 5–10 por ciento mejora de forma apreciable la tensión y el azúcar; no hace falta volver al «peso de los veinte años».
- El alcohol. Cuanto menos, mejor; dejarlo del todo resulta más sencillo que llevar la cuenta cada día.
- Medirse con regularidad la tensión, el colesterol y el azúcar a partir de los cuarenta, y antes si hay antecedentes familiares o exceso de peso. Los tres pueden estar alterados durante años sin dar señal, y solo se descubren midiendo.
Cuándo hacen falta medicamentos
El estilo de vida no lo cubre todo. Si el riesgo global es alto o la enfermedad ya se ha manifestado, se le añaden fármacos, y la decisión se toma con el cuadro completo delante, no por una cifra suelta de un análisis.
Suele tratarse de varios grupos: los que bajan el colesterol, en primer lugar las estatinas; los antihipertensivos; los antiagregantes tras un infarto, un ictus o la colocación de un stent; los anticoagulantes en la fibrilación auricular, que por sí sola dispara el riesgo de ictus. La elección y las combinaciones son cosa del médico: una pauta copiada de un conocido o de la receta de otro es aquí más peligrosa que en ningún otro sitio.
Dos advertencias. Estos medicamentos no se toman «en cura»: actúan mientras se toman, y suspenderlos devuelve el riesgo a donde estaba. Y si aparecen efectos adversos, hay que decírselo al médico: casi siempre existe un recambio dentro del mismo grupo, mientras que abandonarlos en silencio deja a la persona sin protección en el peor momento posible.
Consulta en línea
En la consulta a distancia el médico desmenuza su situación por partes: recoge los factores de riesgo, revisa los análisis ya hechos y los registros de tensión, valora hasta qué punto lo que usted describe se parece a una angina y le dice qué pruebas tiene sentido hacer en las próximas semanas. También le explica qué significan las cifras de colesterol y de azúcar en su caso concreto, y le ayuda a armar un plan claro de alimentación, ejercicio y toma de los fármacos indicados. La consulta a distancia no sirve para una situación aguda: ante un dolor en el pecho o signos de ictus hace falta una ambulancia, no un mensaje.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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