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Difteria

La difteria es una infección bacteriana contagiosa que afecta sobre todo a la garganta y a la nariz y, a veces, a la piel.

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Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

La difteria es una infección bacteriana contagiosa que afecta sobre todo a la garganta y a la nariz y, a veces, a la piel. Donde se vacuna a casi todos los niños, un médico puede terminar su carrera sin haber visto un solo caso. Pero la enfermedad no ha desaparecido: vuelve cada vez que la cobertura vacunal baja, y el último gran brote europeo no ocurrió en un siglo remoto sino dentro de la memoria de quienes viven hoy. Lo peligroso, además, no es la bacteria en sí sino el veneno que fabrica: pasa a la sangre y llega al corazón y a los nervios. Por eso aquí se cuenta por horas y no por días.

Qué hace esta bacteria

El causante es el bacilo de la difteria. Algunas de sus variedades producen toxina y otras no, y de eso depende que la enfermedad sea grave o leve.

Allí donde la bacteria se instala, la toxina mata las células, y con el tejido muerto, la sangre y los microbios se forma una membrana densa, de color blanco grisáceo, soldada a la mucosa. Ese es el rasgo que separa la difteria de una amigdalitis corriente: las placas de la amigdalitis se desprenden con facilidad, la membrana diftérica no se desprende, y al intentar arrancarla la superficie sangra. Bajo ningún concepto hay que retirarla por cuenta propia.

Después la toxina pasa a la sangre y se reparte por el cuerpo. Quien más la sufre es el músculo cardíaco, los nervios y los riñones, y son esas lesiones, no el dolor de garganta, las que deciden el desenlace. Cuanto más tiempo actúa la toxina sin antídoto, mayor es la parte de ella que alcanza a unirse de forma irreversible a las células.

La misma enfermedad la provoca también una bacteria emparentada, Corynebacterium ulcerans. Esta no se contagia de persona a persona sino de animales, vacas, cabras, gatos y perros, y a través de la leche sin pasteurizar. Los casos son raros y casi nunca se piensa en ellos. La vacuna protege también frente a esta variante.

Cómo se transmite

La vía principal es el aire: al toser, al estornudar, al hablar, en el trato cercano. También se contagia por compartir tazas, cubiertos, toallas o ropa de cama, porque la bacteria aguanta un tiempo sobre los objetos. La forma cutánea se transmite por contacto directo con las úlceras y en condiciones de hacinamiento circula incluso con más facilidad que la faríngea.

Hay un detalle que dificulta mucho frenar la infección: una persona puede llevar la bacteria en la garganta sin enfermar y contagiar igualmente a los demás. Los portadores suelen ser precisamente los vacunados, porque la vacuna los protege a ellos de la toxina pero no impide que la bacteria se instale en la garganta. Por eso, cuando aparece un caso, se estudia a todo el entorno y no solo a quien se encuentra mal.

Desde el contagio hasta los primeros signos pasan por lo general de dos a cinco días, a veces hasta diez.

Cómo empieza la enfermedad

El comienzo es engañosamente tranquilo. La fiebre suele ser moderada y la garganta duele de forma soportable, pero la persona se debilita mucho más de lo que cabría esperar con esa fiebre. Ese desajuste es un dato importante.

Después se suma lo demás:

  • una membrana blanco grisácea sobre las amígdalas que se extiende al velo del paladar y a la campanilla, y a veces hacia la nariz o hacia abajo, a la laringe;
  • ganglios del cuello aumentados y dolorosos; en los casos graves el cuello se hincha hasta perder su contorno;
  • dificultad para tragar, sensación de nudo y un aliento dulzón desagradable;
  • ronquera, tos perruna y respiración ruidosa, lo que significa que la laringe ya está afectada y es el camino más rápido hacia el desastre, sobre todo en niños pequeños;
  • en la forma nasal, secreción sanguinolenta o purulenta por una sola fosa y costras bajo la nariz, cuadro que en los más pequeños parece un catarro que no termina.

La difteria cutánea tiene otro aspecto: una úlcera que no cierra, de bordes netos y fondo gris sucio, casi siempre en piernas, pies y manos y sobre una herida pequeña, una picadura o un roce. Puede casi no doler y arrastrarse durante meses. Las complicaciones graves en esta forma son raras, pero quien la tiene contagia igual que el resto.

Complicaciones y señales que exigen una ambulancia

Tres cosas hacen mortal a la difteria. La primera es la membrana que tapona la vía respiratoria. La segunda es la inflamación del músculo cardíaco, que se acerca sin ruido hacia la segunda o tercera semana, cuando la garganta ya está bien y la persona se cree curada; da arritmias y debilidad del corazón y es la causa de muerte más frecuente. La tercera es la lesión de los nervios: primero se paraliza el velo del paladar, la voz se vuelve nasal y los líquidos salen por la nariz, luego se emborrona la visión de cerca, después flojean brazos y piernas y, en los casos graves, los músculos de la respiración. Los nervios se recuperan despacio, pero por lo común del todo.

Llame a una ambulancia de inmediato si aparece cualquiera de estas cosas:

  • cuesta respirar, la respiración es ruidosa o silbante, se hunden los espacios entre las costillas y el hueco por encima del esternón, la persona se sienta y se apoya en los brazos para tomar aire;
  • no consigue tragar ni la saliva y esta le cae de la boca;
  • el cuello se ha hinchado de forma llamativa;
  • labios o cara azulados, piel pálida, fría y sudorosa;
  • desmayo, pulso bruscamente lento o al contrario rápido e irregular, dolor en el pecho, ahogo al tumbarse;
  • los líquidos salen por la nariz, se atraganta al beber, ve doble o borroso y la debilidad de brazos y piernas va a más.

Diga desde el primer momento que sospecha una difteria: hay que avisar con antelación tanto a la ambulancia como al hospital. El número europeo único de emergencias es el 112, y funciona en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania.

Cómo se trata

Solo se trata en el hospital y en aislamiento. Los dos pilares del tratamiento hacen trabajos distintos.

El primero es la antitoxina diftérica, el antídoto propiamente dicho. Neutraliza la toxina que todavía circula por la sangre, pero no puede nada contra la que ya se ha fijado a las células del corazón y de los nervios. De ahí la regla principal: se administra por el cuadro clínico, sin esperar al resultado del cultivo, porque cada día perdido aumenta el riesgo de complicaciones. Se obtiene de la sangre de caballo, así que la tolerancia se comprueba antes y se pone donde están preparados para una reacción alérgica.

El segundo son los antibióticos, en general del grupo de las penicilinas o de los macrólidos, en una pauta de unas dos semanas. Matan la bacteria y cortan el contagio, pero no neutralizan la toxina ya fabricada, de modo que no sustituyen a la antitoxina.

A todo eso se añaden el reposo y la vigilancia del corazón: los electrocardiogramas se repiten incluso cuando la persona ya se encuentra bien, y el esfuerzo se limita durante semanas precisamente por esa inflamación cardíaca tardía. Si la respiración amenaza con cerrarse, se coloca un tubo en la vía aérea o se abre un orificio en el cuello. Las úlceras de la piel se limpian y se curan; cicatrizan en dos o tres meses y a menudo dejan marca.

Y lo que más se olvida: haber pasado la difteria no deja una protección fiable. Se puede volver a enfermar, así que después de curarse hay que vacunar a la persona de nuevo con la pauta completa. Antes de volver al colegio o al trabajo se toman cultivos de control.

La vacuna: qué ofrece y cuánto dura

Esta vacuna está construida de una manera peculiar: enseña al organismo a neutralizar no la bacteria sino su toxina. De ahí las dos caras de la moneda. La buena: quien está vacunado prácticamente no corre riesgo de morir de difteria aunque se contagie. La que obliga a pensar: la bacteria puede instalarse igualmente en su garganta y esa persona puede pasársela a un niño sin vacunar.

Las primeras dosis se ponen en el primer año de vida y después vienen los recuerdos, en la edad preescolar y en la adolescencia. Los plazos exactos son propios de cada país, y hay que guiarse por el calendario nacional de vacunación y no por el de otro sitio.

En el adulto la protección se renueva aproximadamente cada diez años, normalmente con una vacuna combinada junto con el tétanos. La mayoría se vacunó por última vez en el colegio y ni lo recuerda, lo que significa que su protección lleva tiempo apagándose. Conviene comprobar la fecha:

  • antes de viajar a un país con cobertura vacunal baja o con un brote en curso;
  • ante cualquier herida por la que se acuda al médico, aprovechando la revisión del tétanos;
  • al planear un embarazo: en muchos países la vacuna combinada se administra también durante la gestación, sobre todo para proteger al recién nacido de la tosferina, y de paso renueva la defensa frente a la difteria;
  • si se trabaja con personas procedentes de zonas donde la difteria sigue apareciendo.

Se tolera bien: molestia e hinchazón en el punto del pinchazo y, a veces, algo de fiebre durante un día o dos.

Si alguien cercano enferma

Todos los que hayan tenido trato estrecho con el enfermo, la familia, la pareja, quien haya bebido del mismo vaso, necesitan tres cosas: un frotis de garganta y nariz, vigilarse durante alrededor de una semana y una tanda preventiva de antibiótico. Y además una dosis de vacuna si hace muchos años de la última; el plazo concreto lo fija el médico. Todo eso se indica aunque la persona se encuentre perfectamente, y precisamente por eso se indica, ya que el estado de portador no da síntomas.

El antibiótico lo elige el médico y se entrega junto con el control de los frotis: si el resultado sale positivo, la pauta se prolonga hasta que la bacteria deje de crecer en el cultivo. Mientras tanto, en casa conviene repartir vajilla y toallas por personas, lavar la ropa con agua caliente y ventilar; para la limpieza bastan los productos domésticos de siempre.

Consulta en línea

A distancia se resuelve bien todo lo que se hace con antelación y sin prisas. El médico revisa su cartilla de vacunación y le dice si necesita un recuerdo antes de un viaje y con cuánto margen ponérselo; aclara qué hacer si en su entorno ha aparecido un caso; y ayuda a entender a qué se debe un dolor de garganta que se alarga cuando no hay ni membrana ni contacto con un enfermo. También tiene sentido acudir después del alta, con la pregunta de cuándo volver al esfuerzo y qué pruebas del corazón quedan por delante. Lo que no se valora a través de una pantalla es una membrana en la garganta, un cuello hinchado o cualquier dificultad para respirar: con eso hay que ir directamente a urgencias.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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