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Cataratas: cuando el cristalino se vuelve opaco

Detrás de la pupila hay una lente transparente, el cristalino. Enfoca la luz sobre la retina y cambia de forma cuando pasamos la mirada del libro a la ventana.

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Detrás de la pupila hay una lente transparente, el cristalino. Enfoca la luz sobre la retina y cambia de forma cuando pasamos la mirada del libro a la ventana. Con los años las proteínas que lo componen pierden su orden y la lente se enturbia y amarillea. Eso es la catarata. Desde fuera no se ve nada: no aparece ninguna película, el ojo no se enrojece ni duele, solo cambia la imagen, y lo hace tan despacio que la persona se acostumbra y lo atribuye al cansancio o a la edad. Conviene dejar clara una cosa desde el principio: la catarata quita visión poco a poco, así que si la vista cae en un día o en unas horas, la causa es otra y hay que resolverla con urgencia.

Cómo cambia la visión

Las molestias varían porque el cristalino puede opacificarse por el borde, por el centro o bajo la cápsula posterior. Lo que más se nota es esto:

  • la imagen parece cubierta por una neblina, se pierde contraste y cuesta reconocer caras a distancia;
  • alrededor de farolas y faros aparecen halos, la luz de frente deslumbra más que antes y conducir de noche resulta incómodo;
  • para leer hace falta cada vez más luz y con la iluminación normal las letras se juntan;
  • los colores se apagan y tiran a amarillo; los azules y los violetas son los que peor se distinguen;
  • un objeto se ve doble o triple con un solo ojo: la duplicación sigue ahí aunque se tape el otro;
  • hay que cambiar las gafas más a menudo de lo habitual y cada graduación nueva dura poco;
  • a veces ocurre lo contrario: la persona empieza a leer sin gafas y se alegra. No es una mejora, sino la señal de que el núcleo, al endurecerse, ha desplazado el enfoque hacia la miopía.

Los dos ojos no se enturbian por igual y el mejor tapa mucho tiempo al peor. Compruebe la vista de un ojo cada vez, cubriendo el otro con la mano: mucha gente descubre así el problema.

Por qué el cristalino pierde transparencia

El factor principal son los años vividos: a partir de los setenta se encuentran opacidades en casi todo el mundo, y la cuestión es solo si molestan. Pero la velocidad depende de más cosas.

  • la radiación ultravioleta: años de sol sin gafas, trabajo en el agua o en la montaña, soldadura sin protección;
  • el tabaco;
  • la diabetes, sobre todo mal controlada: la catarata llega años antes y avanza más deprisa;
  • el uso prolongado de glucocorticoides en comprimidos, en colirio o inhalados a dosis altas; esa catarata se sitúa bajo la cápsula posterior, justo en el eje óptico, y estorba muy pronto;
  • cualquier traumatismo ocular, incluido un golpe cerrado de hace muchos años, y las cirugías dentro del ojo;
  • la inflamación crónica de la úvea y la miopía magna;
  • la radioterapia sobre la cabeza;
  • antecedentes familiares de catarata a edad relativamente joven.

Ninguna dieta, gimnasia ocular o suplemento devuelve la transparencia. Solo cabe actuar sobre lo anterior: no fumar, controlar la diabetes y usar gafas con filtro ultravioleta.

Cuándo no se puede esperar a una cita

La catarata no produce episodios bruscos. Lo que aparece de golpe es motivo de atención urgente, no de cita programada.

  • La vista cae en unas horas o en un día, una cortina oscura avanza desde abajo o desde un lado, aparecen destellos y una lluvia de moscas volantes: así se comporta un desprendimiento de retina, y ahí se cuenta por horas.
  • Dolor intenso en el ojo y en media cabeza, enrojecimiento, halos de colores alrededor de las luces, náuseas y vómitos, ojo duro al tacto: es un ataque agudo de glaucoma de ángulo cerrado. Una catarata muy avanzada e hinchada puede provocarlo, y esa es una razón para no aplazar la cirugía indefinidamente.
  • Pérdida de una zona del campo visual, líneas rectas que se ven onduladas, una mancha gris en el centro: el problema está en la retina, no en el cristalino.
  • Dolor, molestia con la luz y enrojecimiento sin traumatismo: inflamación dentro del ojo.
  • En un niño, una pupila que sale blanca o amarillenta en las fotos en vez del reflejo rojo habitual, un ojo desviado, un bebé que no sigue las caras con la mirada. Hay que llevarlo a revisar en los días siguientes: detrás de ese reflejo puede haber una catarata congénita, que se opera pronto, o un retinoblastoma, tumor de retina en el que la rapidez no solo decide la visión.

Qué ocurre en la consulta

El médico mide la agudeza visual con y sin gafas, toma la presión intraocular y examina el ojo con la lámpara de hendidura: bajo ella el cristalino se ve como en un corte y queda claro dónde está la opacidad y cuánto ha endurecido. Después se instilan gotas que dilatan la pupila para revisar la retina; durante unas horas la luz deslumbra, así que ese día no se conduce.

El fondo de ojo no se mira por la catarata, sino por todo lo demás: degeneración macular asociada a la edad, glaucoma, retinopatía diabética. Ahí está la clave, porque cambiar la lente retira el cristal turbio pero no repara la retina ni el nervio óptico. Si la visión está bajada por más de un motivo, el pronóstico realista debe conocerse antes de operar, no después. Cuando la catarata es tan densa que no deja ver el fondo, se hace una ecografía ocular. Antes de la cirugía se añade la biometría, la medición del ojo con la que se calcula la potencia de la lente.

La cirugía, lo único que elimina la catarata

No existen gotas ni pastillas que disuelvan la opacidad; los productos que lo prometen solo hacen perder tiempo. La lente turbia solo puede sustituirse.

Se hace con anestesia local: la persona está despierta y no siente dolor. Por una incisión de un par de milímetros se fragmenta el cristalino con ultrasonidos y se aspira, y en la cápsula conservada se despliega una lente artificial plegable. Suele durar menos de media hora, casi nunca hacen falta puntos y se vuelve a casa el mismo día. El segundo ojo se opera aparte. La lente implantada no se desgasta ni hay que cambiarla.

La lente se elige de antemano. Una monofocal corriente da visión nítida a una distancia y para el resto hacen falta gafas, normalmente para cerca. Existen lentes de óptica más compleja que reducen la dependencia de las gafas, pero el precio son los halos alrededor de las luces y la pérdida de contraste en penumbra. Diga al cirujano sin rodeos si conduce mucho de noche o trabaja frente a una pantalla: la elección sale de ahí y no del precio.

El momento de operar no lo marca la «madurez» de la catarata, regla ya superada, sino que la visión estorbe para vivir: conducir, leer, trabajar, reconocer a la gente. Tampoco conviene aplazarlo años: cuanto más duro el núcleo, más difícil la intervención y mayor el riesgo.

Después de la cirugía se ponen gotas durante unas semanas según la pauta, no se frota el ojo, no se levantan pesos y no se baña uno en aguas abiertas hasta que el médico lo autorice. La visión mejora ya en los primeros días y las gafas se gradúan al cabo de un mes. Las complicaciones son raras, pero hay dos señales que conviene saber de memoria. Un dolor que va a más con enrojecimiento y caída de visión, más aún con secreción purulenta, en los primeros días o semanas significa infección dentro del ojo; los destellos y la cortina, un desprendimiento de retina. Ninguna de las dos espera a la próxima cita. Cosa distinta y nada grave es la opacificación de la cápsula posterior meses o años después: la vista se vuelve a nublar, pero no es una «catarata que ha vuelto» y se resuelve con láser en unos minutos, sin incisiones.

Mientras la operación aún queda lejos

Una catarata incipiente puede molestar poco durante años, y ayudan cosas sencillas.

  • actualizar las gafas: a menudo basta con eso durante bastante tiempo;
  • añadir luz: la lámpara se coloca por detrás y a un lado, iluminando la página y no los ojos;
  • letra grande y contraste alto en las pantallas, superficies mates en lugar de brillantes;
  • gafas con filtro ultravioleta y visera en la calle, contra los reflejos que deslumbran;
  • retirar cables y alfombras que resbalan e iluminar la escalera y el pasillo: una caída con fractura sale más cara que la catarata;
  • decidir con honestidad sobre el coche: lo primero que se deja son los trayectos nocturnos, porque los reflejos de noche delatan la catarata antes que nada. La aptitud para conducir la valora el médico según la agudeza y el campo visual, con las normas de cada país.

Consulta en línea

A distancia se puede aclarar mucho antes de ir al cirujano. El médico preguntará cómo ha cambiado la visión y valorará si las molestias encajan con una catarata; explicará qué dice el informe del oftalmólogo: tipo de opacidad, agudeza y estado de la retina; y ayudará a entender si ya toca operar o se puede esperar, y qué preguntar sobre la lente que se va a implantar. De paso revisará su medicación habitual, en especial los corticoides, y le indicará qué hacer si algo inquieta después de la intervención. La lámpara de hendidura y el fondo de ojo no se sustituyen a distancia, y con las señales del apartado de urgencia hace falta atención presencial inmediata.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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