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El cáncer de vejiga empieza en la mucosa, la capa que recubre la vejiga por dentro y que está bañada de orina de forma permanente. Por eso las sustancias que llegan a la orina tienen que ver directamente con esta enfermedad: pasan horas en contacto con esa pared. Aparece sobre todo a partir de los sesenta y con más frecuencia en hombres. En la mayoría de las personas el tumor, cuando se descubre, todavía no ha invadido la capa muscular. Y casi siempre quien avisa primero es un único signo: sangre en la orina.
Sangre en la orina que no duele
La orina puede volverse rosada, del color del agua de lavar carne, o tan oscura como el té. A veces la sangre es tanta que se ven coágulos. El rasgo característico es la ausencia de dolor: con una piedra o una infección la sangre viene acompañada de escozor; con un tumor, por lo general, no molesta nada.
Ahí está la trampa principal. La sangre aparece una vez y al día siguiente la orina vuelve a estar limpia, así que la persona da el asunto por zanjado. Pasan unos meses, el episodio se repite y se ha perdido tiempo. Que la sangre desaparezca no significa que haya desaparecido la causa. Un solo episodio visible basta para estudiarlo, sobre todo a partir de los cuarenta.
La sangre puede ser también invisible: se detecta en un análisis de orina hecho por otro motivo. Ese hallazgo tampoco se deja pasar.
Los demás signos llaman menos la atención y se confunden con facilidad con cosas de siempre:
- ganas frecuentes de orinar, también de noche, y la sensación de tener que ir de inmediato;
- escozor o molestia al orinar sin signos de infección en los análisis;
- «cistitis» que vuelven una y otra vez o que no responden a los antibióticos: en un hombre es un motivo especialmente serio para investigar, porque una cistitis corriente es rara en ellos;
- dolor sordo en la parte baja del abdomen, en la región lumbar o en el periné;
- en fases avanzadas, pérdida de peso sin causa, debilidad, dolor en los huesos, hinchazón de una pierna.
Ninguno de estos signos significa por sí solo un cáncer: mucho más a menudo detrás hay una infección, una piedra o una próstata agrandada. Pero quien debe aclararlo es el médico.
Qué aumenta el riesgo
La causa principal es el tabaco. Los carcinógenos del humo pasan a la sangre, los riñones los filtran y se concentran en la orina, donde permanecen largo rato en contacto con la pared de la vejiga. El riesgo de un fumador es varias veces mayor y, tras dejarlo, baja despacio, a lo largo de años, pero baja sin falta.
El segundo factor en importancia es laboral. Son peligrosas las aminas aromáticas y los compuestos emparentados con ellas, presentes en la fabricación de tintes, caucho y cuero, en la pintura, la imprenta, la refinería y en la peluquería con manejo continuo de tintes. Lo peculiar de este riesgo es que entre la exposición y la enfermedad pasan de veinte a treinta años. Si usted trabajó hace mucho en una actividad así, dígaselo al médico: por su cuenta no se le ocurrirá preguntarlo.
Con menos frecuencia influyen:
- una sonda urinaria mantenida mucho tiempo y las infecciones urinarias repetidas;
- la esquistosomiasis, una enfermedad parasitaria de las aguas dulces de África y Oriente Medio; en Europa se ve en quienes vivieron o se bañaron allí, y da lugar a un tipo particular de tumor;
- haber recibido radioterapia sobre la pelvis o algunos fármacos de quimioterapia en el pasado;
- cáncer de vejiga en familiares directos, y también el síndrome de Lynch hereditario;
- arsénico en el agua de bebida procedente de fuentes no controladas.
Qué puede hacer uno mismo: dejar de fumar, la medida con más peso demostrado; usar protección en los trabajos de riesgo y no saltarse los reconocimientos médicos; beber suficiente agua y no aguantar las ganas durante horas.
Cómo se busca la causa
El estudio empieza con un análisis de orina y una ecografía. Importante: una ecografía normal no descarta un tumor. Las lesiones pequeñas y planas no se ven en ella, y un «en la ecografía está todo limpio» con sangre visible en la orina no es motivo para quedarse tranquilo.
La prueba decisiva es la cistoscopia: se introduce por la uretra un instrumento fino y flexible con una cámara y se mira la vejiga por dentro. Antes se aplica un gel anestésico; el procedimiento resulta desagradable, pero en general no doloroso, y dura unos minutos. Si se ve una zona sospechosa, se toma un fragmento de tejido.
Completan el cuadro el estudio de las células de la orina al microscopio y una tomografía con contraste, que muestra los riñones, los uréteres y los órganos vecinos. El médico puede hacer además una exploración por el recto o por la vagina: forma parte del estudio habitual y no es excepcional; usted puede pedir un médico de su mismo sexo y la presencia de una tercera persona en la sala.
No hay que avergonzarse de hablar de la orina: para el urólogo es el tema de cada día, y una visita aplazada es tiempo perdido.
Por qué no es una sola enfermedad
Tras extirpar la zona sospechosa, el patólogo mira hasta qué profundidad ha penetrado el tumor en la pared. De esa respuesta depende todo lo demás.
En la mayoría de los pacientes el tumor se queda dentro de la mucosa y no alcanza la capa muscular. Esas formas por lo general no ponen en peligro la vida, pero tienden a reaparecer: hay que vigilar la vejiga durante años. Si el tumor ha invadido el músculo, la enfermedad se comporta de forma bastante más agresiva y el tratamiento es acorde. Aparte se valora el grado de malignidad de las células: incluso un tumor superficial, si es de alto grado, exige un abordaje activo.
Cómo se trata
El tumor que no ha invadido el músculo se extirpa a través de la uretra, sin incisiones. Después, para reducir la probabilidad de que vuelva, se introduce en la vejiga a través de una sonda un medicamento: o un citostático o la vacuna BCG, que empuja al sistema inmunitario a atacar las células que hayan quedado. El ciclo se extiende durante meses y conviene llevarlo hasta el final, porque es lo que mantiene la enfermedad a raya.
Cuando hay invasión del músculo se abren dos caminos principales: extirpar la vejiga creando una nueva vía para la salida de la orina, o combinar radioterapia con quimioterapia, lo que permite conservarla. Antes de la cirugía es frecuente administrar quimioterapia basada en platino, que mejora las posibilidades. La elección depende de dónde esté el tumor, de la edad, de otras enfermedades y de lo que sea más importante para la persona; es una decisión que se toma con los médicos, no en lugar del paciente.
En la enfermedad extendida se usan quimioterapia, inmunoterapia y fármacos dirigidos. Incluso cuando la curación completa no es posible, el tratamiento puede frenar el crecimiento del tumor y aliviar los síntomas, y el equipo de cuidados paliativos entra en escena no «al final», sino cuando hace falta mejorar el bienestar.
Por qué el seguimiento no termina
El rasgo propio de este tumor es la frecuencia con que reaparece. Por eso, después del tratamiento se programan cistoscopias periódicas: primero cada pocos meses, luego más espaciadas. No conviene saltárselas ni encontrándose perfectamente, porque un tumor que vuelve tampoco produce, en su fase inicial, ninguna sensación aparte de la misma sangre en la orina.
Dejar de fumar después del diagnóstico reduce la probabilidad de recaídas. Entre visitas, fíjese en el color de la orina y avise al médico de cualquier episodio de sangre sin esperar a la fecha prevista.
Consulta en línea
La consulta en línea resulta útil en el momento en que el signo de alarma ya ha aparecido y no está claro qué hacer con él. El médico repasa qué aspecto tenía la orina y cuántas veces ha ocurrido, lo relaciona con la edad, los años de tabaco y los trabajos anteriores, explica qué pruebas se piden en esa situación y por qué una ecografía sola no basta, ayuda a leer análisis e informes ya hechos e indica con qué acudir al urólogo. Si del relato se desprende que hace falta atención presencial urgente —por ejemplo, ante una retención de orina o un sangrado abundante con coágulos—, lo dirá con claridad.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.






