Cáncer de piel no melanoma
El cáncer de piel no melanoma es el tumor maligno más frecuente del ser humano y, a la vez, el más benévolo: casi siempre se cura y casi siempre basta con una…
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El cáncer de piel no melanoma es el tumor maligno más frecuente del ser humano y, a la vez, el más benévolo: casi siempre se cura y casi siempre basta con una intervención pequeña. El nombre agrupa dos enfermedades distintas, el carcinoma basocelular y el carcinoma espinocelular. Las dos nacen en la capa superior de la piel, las dos tienen que ver con el ultravioleta acumulado a lo largo de la vida y las dos aparecen allí donde el sol ha dado durante años. Lo único malo de esta historia es que la gente confunde el tumor con un arañazo o una irritación y acude al cabo de uno o dos años, cuando una manchita ha tenido tiempo de destruir el ala de la nariz o un párpado.
Qué aspecto tiene el tumor
No hay un aspecto único, pero sí unos rasgos reconocibles.
El carcinoma basocelular suele presentarse como un nódulo brillante y translúcido con un borde en rodete por el que asoman vasos finos. A veces es una mancha plana rosada o parduzca y otras una herida que se cubre de costra, sangra al tocarla, parece cerrarse y a la semana vuelve a abrirse. Crece durante años y prácticamente no da metástasis, pero solo al principio profundiza de mala gana: en la nariz, el párpado y la oreja puede llegar a destruir el cartílago y el hueso.
El carcinoma espinocelular es más duro y más apresurado: un nódulo o una placa con una costra córnea áspera, a menudo dolorosa, que crece en semanas o meses. Este sí puede extenderse a los ganglios linfáticos cercanos, sobre todo si se asienta en el labio, la oreja, una cicatriz antigua o la piel de alguien que toma medicamentos que frenan el sistema inmunitario.
También existen los precursores: la queratosis actínica, unas manchitas secas y rasposas en la calva, la frente, las orejas y el dorso de las manos, más fáciles de notar con el dedo que de ver. No son cáncer, pero una parte de ellas acaba transformándose, y por eso se tratan.
Todos estos tumores prefieren los mismos sitios: la cara, las orejas, la calva, el cuello, los hombros, la espalda, los antebrazos, el dorso de las manos y las piernas.
Qué debe llevarle al médico
Es motivo para pedir cita cualquiera de estas cosas:
- una lesión en la piel que crece, se endurece o cambia de color;
- una herida o una llaga que no ha curado en cuatro semanas, sangra y se cubre de costra;
- una mancha áspera que no se va en meses, se descama y reaparece;
- un bultito que pica o duele sin motivo aparente.
Capítulo aparte son los lunares. Un lunar nuevo en un adulto, o uno antiguo que ha cambiado, ya no corresponde al cáncer no melanoma sino al melanoma, y con eso no se puede esperar. Preocupan la forma asimétrica, los bordes irregulares y difuminados, la mezcla de varios colores en una misma mancha, un tamaño mayor que la goma de un lápiz y cualquier cambio en los últimos meses: crecimiento, picor, sangrado.
El cáncer de piel no necesita una ambulancia, pero tampoco tiene sentido esperar medio año. Enseñe cuanto antes lo que esté situado en el párpado, la nariz, el labio o la oreja: ahí la cuenta se lleva en milímetros de tejido que habrá que extirpar.
Por qué aparece
La causa principal es una sola: el ultravioleta, el del sol y el de las cabinas de bronceado. Daña el ADN de las células de la piel, y ese daño se va sumando durante décadas, por eso la enfermedad es más frecuente en personas mayores, en quienes trabajan al aire libre y en los aficionados al bronceado. Las quemaduras solares de la infancia y la juventud cuentan aparte: castigan la piel más que un bronceado uniforme.
El riesgo es mayor si usted tiene:
- piel clara que se quema en vez de broncearse, pelo rojizo o rubio, ojos azules o verdes, muchas pecas;
- el sistema inmunitario debilitado: tras un trasplante de órgano el riesgo de carcinoma espinocelular se multiplica por decenas, y por eso a estas personas las revisa el dermatólogo de forma programada;
- radioterapia previa sobre esa zona de piel, cicatrices antiguas, quemaduras y úlceras que no cierran;
- un cáncer de piel o queratosis actínicas ya tratados;
- enfermedades hereditarias raras como el xeroderma pigmentoso o el síndrome de Gorlin;
- tratamientos que aumentan la sensibilidad al sol; pregunte por ello a su médico si pasa mucho tiempo a la intemperie.
En la piel morena y negra este cáncer es mucho menos frecuente, pero existe, y allí aparece más a menudo en zonas cubiertas y en cicatrices, de modo que se detecta más tarde.
Cómo protegerse del sol
La protección sigue sirviendo después de curado el tumor: reduce la probabilidad de que aparezca el siguiente.
- Busque la sombra en las horas centrales del día. Una regla sencilla: si su sombra es más corta que usted, el sol está demasiado alto.
- La ropa protege mejor que cualquier crema. Camisa de manga larga, sombrero de ala ancha que cubra orejas y nuca, gafas con filtro ultravioleta.
- Crema con factor de protección 30 como mínimo y con protección frente a los rayos UVA en todo lo que quede descubierto. Aplíquela sin escatimar y repítala cada dos horas, y también después de bañarse y de secarse con la toalla.
- No use cabinas de bronceado: no existe una dosis segura de ultravioleta artificial.
- Cuide especialmente a los niños: su piel es más sensible y las quemaduras de la infancia influyen en el riesgo décadas después.
Si evita el sol por completo, hable con su médico sobre un suplemento de vitamina D: con la piel cubierta no se produce suficiente.
Cómo se llega al diagnóstico
El médico pregunta desde cuándo existe la lesión y cómo ha ido cambiando, explora no solo esa zona sino toda la piel, cuero cabelludo incluido, y palpa los ganglios linfáticos vecinos. Para mirarla se usa el dermatoscopio, una lente iluminada que muestra el dibujo de los vasos y las estructuras que el ojo no ve.
Pero ninguna exploración sustituye lo esencial: el diagnóstico solo lo da la biopsia. Una lesión pequeña suele extirparse entera de entrada, con un margen de piel sana; de una grande se toma un fragmento. El material lo estudia el patólogo, que determina el tipo de cáncer, su agresividad y hasta dónde ha profundizado y, si se extirpó entera, comprueba si los bordes están libres.
De aquí se desprende algo muy práctico. Si una lesión sospechosa se quema, se congela o se vaporiza con láser sin mandarla a analizar, el tejido desaparece junto con la respuesta. Por fuera todo parece resuelto, pero al cabo de un año el tumor vuelve desde el fondo y ya nadie sabe qué era aquello. La eliminación estética de "lunares y verruguitas" sin estudio histológico es la causa más frecuente de diagnóstico tardío.
Los análisis de sangre no detectan el cáncer de piel; se piden por otros motivos.
¿Hacen falta más pruebas?
La mayoría de las veces no. El carcinoma basocelular casi nunca sale de su sitio, así que una vez confirmado el diagnóstico se planifica directamente el tratamiento.
Otra cosa es el carcinoma espinocelular, sobre todo si es grande, profundo, recidivado o está en el labio o la oreja. Entonces el médico revisa con atención los ganglios linfáticos y, si hay dudas, pide una ecografía, una tomografía computarizada o una resonancia magnética, y a veces una biopsia del ganglio. Todo ello sirve para saber cuánto hay que operar, no porque la cosa vaya mal.
Con qué se trata
La elección depende del tipo de tumor, de su tamaño y localización y de si es el primero o ha vuelto a aparecer.
- Extirpación. El método principal: se retira el tumor junto con una franja de piel sana alrededor y se manda a analizar. Si el defecto es grande, se cubre con un colgajo o un injerto de piel.
- Cirugía micrográfica de Mohs. El tumor se retira en capas finísimas y cada capa se mira al microscopio en el acto, hasta que los bordes quedan limpios. Así se saca todo conservando el máximo de tejido, algo insustituible en la nariz, los párpados, los labios y las orejas, en las recidivas y cuando los límites no están claros.
- Curetaje con electrocoagulación y crioterapia, para focos pequeños y superficiales y para la queratosis actínica.
- Cremas de acción antitumoral o inmunitaria, que se aplican durante varias semanas en los basocelulares superficiales y en las lesiones precancerosas.
- Terapia fotodinámica: se extiende sobre la piel una sustancia que se acumula en las células tumorales y después se ilumina con una lámpara de determinada longitud de onda, con lo que esas células mueren.
- Radioterapia, cuando operar no es posible por la localización o por el estado de salud, y también después de la cirugía si el riesgo de recaída es alto.
- Fármacos dirigidos e inmunoterapia, para los casos raros y avanzados en los que el tumor ha profundizado mucho o ha dado metástasis.
Qué hacer después del tratamiento
Quien ha tenido un cáncer de piel pasa a formar parte del grupo en el que un segundo tumor de este tipo es cosa corriente. Por eso el seguimiento dura años y la mitad del trabajo recae en el propio paciente.
Una vez al mes revise toda la piel con buena luz, con un espejo o con la ayuda de alguien de confianza: la espalda, detrás de las orejas, la nuca, la calva, el dorso de las manos, las piernas y los pies. Fíjese en cualquier bultito o endurecimiento dentro de una cicatriz, en una herida que no cierra y en un ganglio linfático aumentado cerca del sitio donde estuvo el tumor.
A partir de ahí, lo mismo que antes de la enfermedad, pero con más rigor: sombra, ropa, crema y ninguna cabina de bronceado. Si toma medicamentos que frenan la inmunidad, las revisiones dermatológicas deben ser periódicas y con fecha, no cuando surja. Y no se calle si el resultado estético le molesta: las cicatrices de la cara pueden corregirse, y consultarlo es un motivo legítimo y no un capricho.
Consulta en línea con el médico
La consulta a distancia ayuda a decidir con qué urgencia hace falta una visita presencial y a quién acudir: enseñar la lesión, contar su historia, repasar el informe de anatomía patológica donde la mitad de las palabras resultan incomprensibles, hablar del cuidado de la herida, de los plazos de cicatrización, de la protección solar y del seguimiento posterior.
Los límites están claros. Ni la cámara del móvil ni una descripción sustituyen a la dermatoscopia y mucho menos a la biopsia: por una fotografía no se puede ni diagnosticar ni descartar. Por eso cualquier lesión que crezca, sangre o no cure habrá que enseñarla al final en persona.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.





