Cáncer de huesos
Se llama cáncer de huesos al tumor maligno que empieza en el propio hueso. Los médicos lo nombran con más precisión: sarcoma óseo, porque no nace de los…
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Se llama cáncer de huesos al tumor maligno que empieza en el propio hueso. Los médicos lo nombran con más precisión: sarcoma óseo, porque no nace de los tejidos de revestimiento como la mayoría de los tumores conocidos, sino del hueso y del cartílago, y se comporta de otra manera. Son tumores poco frecuentes, más habituales en adolescentes y adultos jóvenes, y su rasgo característico es un inicio silencioso: el dolor se atribuye al entrenamiento, a un golpe o al crecimiento, y entre las primeras molestias y el diagnóstico pasan meses. Es precisamente esa distancia la que conviene mirar de cerca.
Qué se esconde detrás de este nombre
Los tumores primarios del hueso son varios y se parecen poco entre sí.
- Osteosarcoma: el más frecuente. Aparece en adolescentes durante el estirón, sobre todo cerca de la rodilla o en el húmero. Hay un segundo pico, mucho más raro, en edades avanzadas, casi siempre sobre un hueso ya enfermo.
- Sarcoma de Ewing: también propio de niños y jóvenes. Crece en la pelvis, las costillas, la columna o los huesos largos; con frecuencia se acompaña de fiebre y debilidad, por lo que al principio se confunde con una infección del hueso.
- Condrosarcoma: tumor del cartílago, que aparece sobre todo a partir de los treinta o cuarenta años, más a menudo en la pelvis, el fémur o el hombro. Crece más despacio, pero responde mal a los fármacos, de modo que aquí la apuesta principal es la cirugía.
Importa además otra cosa: la mayoría de las lesiones malignas del hueso no son tumores primarios, sino metástasis procedentes de la mama, el pulmón, la próstata, el tiroides o el riñón. En una persona de más de cincuenta años la lesión ósea suele ser precisamente eso, y entonces el estudio sigue otro camino: se busca el tumor de origen. Las metástasis óseas también se tratan de forma distinta al sarcoma.
El dolor que se confunde con una lesión deportiva
Los primeros signos son escasos, así que conviene saber en qué se distingue un dolor "raro" de uno corriente.
- Dolor en el hueso, no en el músculo ni en la articulación: profundo, sordo, difícil de señalar con el dedo.
- Dolor que aumenta por la noche y despierta, que no se calma con el reposo: es el signo más preocupante.
- Dolor que crece semana tras semana en lugar de ceder como cedería un golpe.
- Hinchazón o un bulto sobre la zona dolorida, a veces perceptible solo al tacto.
- Cojera o pérdida de movilidad en la articulación vecina.
- Fractura con un esfuerzo mínimo: un signo raro pero muy importante, porque el hueso se rompe justo donde el tumor lo ha destruido.
Con menos frecuencia se suman síntomas generales: fiebre sin infección aparente, sudores nocturnos, pérdida de peso, un cansancio que no se repara con el sueño. Los golpes y los tirones se resuelven en una o dos semanas; un dolor que dura más de un mes y va a peor exige una radiografía, haya habido traumatismo o no.
Cuándo acudir al médico sin aplazarlo
- el dolor óseo persiste más de dos o tres semanas, aumenta de noche o ya dificulta caminar;
- ha aparecido sobre el hueso un bulto o una hinchazón que crece;
- el hueso se ha roto con un golpe leve o sin ninguno;
- el dolor de espalda o de pelvis se acompaña de adormecimiento, debilidad en la pierna o problemas para orinar: puede indicar compresión de estructuras nerviosas y requiere atención el mismo día;
- en un niño o un adolescente, el dolor de una pierna o un brazo no cede en más de un mes, sobre todo si ha aparecido cojera.
Casi siempre la causa resultará ser mucho más benigna. Pero el tiempo perdido sale caro: cuanto antes empiece el tratamiento, más veces se conserva la extremidad.
Qué aumenta la probabilidad
En la mayoría de los enfermos no se encuentra ningún factor previo. Solo se conocen unas pocas circunstancias que realmente elevan el riesgo.
- Radioterapia recibida en el pasado, sobre todo en la infancia: el tumor puede aparecer en la zona irradiada diez o más años después.
- Enfermedad ósea de Paget, una remodelación del hueso propia de personas mayores. Detrás de la mayoría de los osteosarcomas tardíos está precisamente ella.
- Síndromes hereditarios: retinoblastoma hereditario, síndrome de Li-Fraumeni, síndrome de Werner. Si varios familiares han tenido tumores malignos a edades jóvenes, hay que decírselo al médico.
- Tumores benignos y malformaciones del hueso, sobre todo las formaciones cartilaginosas múltiples: se vigilan porque una parte puede transformarse con el tiempo.
Ni los traumatismos, ni el deporte, ni la alimentación causan un sarcoma. Un golpe a veces solo llama la atención sobre un punto donde el tumor ya estaba creciendo.
Cómo se confirma el diagnóstico
El estudio avanza por escalones, y aquí el orden importa.
- Radiografía: el primer paso y el más accesible; un tumor óseo casi siempre deja cambios visibles en la placa.
- Resonancia magnética: muestra el tamaño real del tumor y su relación con vasos, nervios y articulación, de lo que depende que se pueda conservar la extremidad.
- Tomografía computarizada de tórax: los pulmones se revisan siempre, porque es allí donde los sarcomas se extienden en primer lugar.
- Gammagrafía ósea o PET para ver si hay otras lesiones en el esqueleto.
- Biopsia: una muestra del tumor para estudiarla al microscopio. Solo ella da la respuesta definitiva sobre qué tumor es y cómo de agresivo resulta.
Sobre la biopsia conviene saber algo que rara vez aparece en los textos divulgativos y que influye directamente en el resultado: debe planificarla y realizarla el mismo centro que después vaya a operar. La aguja deja un trayecto que se considera contaminado por células tumorales y que se extirpa junto con el tumor. Si se ha hecho en mal sitio, conservar la extremidad puede volverse imposible. Por eso lo correcto no es hacerse la biopsia en el hospital más cercano a casa, sino llegar primero a un centro que trate tumores óseos.
En qué consiste el tratamiento
El plan lo elabora un equipo: oncólogo, cirujano ortopédico, radioterapeuta, patólogo y rehabilitador. La combinación depende del tipo de tumor, su tamaño y su localización.
La cirugía sigue siendo la base. En la mayoría de los casos se logra evitar la amputación: se retira la parte afectada del hueso junto con un margen de tejido sano y el defecto se sustituye por una prótesis o por hueso propio o de donante; en los niños se colocan dispositivos que se alargan a medida que crecen. La amputación es necesaria cuando el tumor ha invadido vasos y nervios, pero también después de ella la protetización y la rehabilitación permiten volver a una vida activa.
La quimioterapia, en el osteosarcoma y el sarcoma de Ewing, suele administrarse antes y después de la cirugía: reduce el tumor, hace la intervención menos agresiva y elimina focos microscópicos. Por la cantidad de células tumorales muertas en la pieza extirpada se juzga hasta qué punto ha funcionado. En el condrosarcoma la quimioterapia suele ser poco eficaz.
La radioterapia es especialmente importante en el sarcoma de Ewing, sensible a la irradiación: se emplea si el tumor no puede extirparse por completo o si está en una localización difícil, como la columna o la pelvis. Los fármacos dirigidos se añaden en determinados tipos de tumor y cuando la enfermedad reaparece, según el estudio del tejido tumoral.
Cuando el tumor se ha extendido mucho y no es posible retirarlo del todo, el tratamiento se orienta a frenar su crecimiento y controlar los síntomas: la analgesia, el refuerzo del hueso y la irradiación del punto doloroso mejoran de forma notable el bienestar, y ese apoyo conviene incorporarlo pronto.
Qué conviene preguntar de antemano
- La posibilidad de tener hijos. La quimioterapia y la irradiación de la pelvis afectan a la fertilidad, y la congelación de semen u óvulos se plantea antes del primer ciclo: después puede ser ya imposible.
- La rehabilitación. La recuperación dura meses y se sostiene en el trabajo con el rehabilitador; conviene averiguar de antemano dónde se hará.
- Las consecuencias a largo plazo. Algunos fármacos afectan al corazón, al oído y a los riñones, y una prótesis puede necesitar recambio con los años: es motivo de seguimiento programado, no de angustia.
- El seguimiento. Las revisiones y las imágenes de pulmón se repiten según un calendario durante varios años: una recaída detectada pronto se trata mejor. Ayuda también hablar con un psicólogo o con quienes han pasado por lo mismo.
Consulta en línea
En la consulta en línea el médico analiza el carácter del dolor y su evolución, ayuda a entender qué signos obligan a hacerse una radiografía en los próximos días, explica con palabras sencillas los informes ya obtenidos y por qué, ante la sospecha de un tumor óseo, conviene acudir desde el principio a un centro especializado.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.





