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Cáncer de hígado

«Cáncer de hígado» son en realidad dos diagnósticos distintos bajo un mismo nombre, y la diferencia entre ellos determina todo lo demás: de dónde viene la…

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Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

«Cáncer de hígado» son en realidad dos diagnósticos distintos bajo un mismo nombre, y la diferencia entre ellos determina todo lo demás: de dónde viene la enfermedad, con qué se trata y si se podía haber evitado. Las molestias de ambos tipos se parecen tanto que distinguirlos sin pruebas es imposible.

El tumor propio y el que llega de fuera

El cáncer primario nace en el propio hígado y, en la inmensa mayoría de los casos, no crece sobre tejido sano sino sobre tejido cicatrizado: ocho de cada diez de estos tumores aparecen en personas con cirrosis o con una hepatitis vírica de muchos años. De ahí la regla práctica más importante de esta página: cuando el hígado ya está enfermo, el tumor deja de ser una casualidad y pasa a ser un acontecimiento previsible, que hay que buscar por adelantado en lugar de esperar a los síntomas.

El secundario, o metastásico, está formado por células de un tumor ajeno traídas por la sangre desde el intestino, el estómago, el pulmón, el páncreas o la mama: el hígado recoge la sangre de todo el abdomen, por eso anidan en él más que en ningún otro sitio. No habla del hígado, y se trata según su origen: las metástasis de un cáncer de intestino se tratan como cáncer de intestino. Aquí hay una noticia que rara vez se dice en voz alta: los focos aislados procedentes del intestino se extirpan a menudo con intención curativa, y hace tiempo que eso no es una excepción.

Existe además un tipo raro, el carcinoma fibrolamelar, que aparece en personas jóvenes con el hígado completamente sano; como nadie lo espera, se descubre tarde. Si se encuentra un tumor en alguien menor de cuarenta años sin un solo factor de riesgo, conviene preguntar por esta variante directamente: tiene tratamiento, pero con otras reglas.

Cómo se delata la enfermedad

Un tumor hepático precoz no duele ni molesta: el tejido del hígado carece de terminaciones de dolor y el órgano sigue funcionando aunque haya perdido buena parte de su volumen. Por eso no conviene confiar en los síntomas, porque llegan con muy poca ventaja.

  • Ictericia: el blanco de los ojos y la piel se vuelven amarillos, la orina se oscurece, las heces se aclaran y la piel pica sin ninguna erupción. En pieles morenas y oscuras el tono amarillo se ve mejor en el blanco de los ojos y debajo de la lengua.
  • Pérdida de apetito y adelgazamiento que nadie ha buscado.
  • Cansancio y agotamiento que el descanso no arregla.
  • Dolor sordo o pesadez bajo las costillas derechas, a veces irradiado al hombro y al omóplato.
  • Un bulto palpable bajo el reborde costal derecho.
  • Saciedad rápida, náuseas, rechazo a la comida.
  • Un abdomen que crece al margen de las comidas: así se manifiesta la acumulación de líquido.
  • Febrícula y sudores nocturnos sin infección aparente.

Hay una situación aparte y muy frecuente: una persona con cirrosis conocida deja de repente de mantenerse con el tratamiento de siempre, vuelve el líquido en el abdomen, aumenta la ictericia, aparece la confusión. Ese empeoramiento sin causa visible es por sí solo motivo para buscar un tumor.

Hay que ver al médico en los próximos días si aparece ictericia, un bulto en el abdomen, pérdida de peso sin explicación o molestias abdominales que no se van en dos o tres semanas. Hay que llamar a una ambulancia (en los países europeos, al número único 112) si hay vómito con sangre o heces negras y alquitranadas, dolor abdominal intenso y repentino con debilidad y palidez, confusión y somnolencia, o fiebre alta en alguien con líquido en el abdomen. Un dolor súbito con caída de la tensión puede indicar la rotura del tumor: es raro, pero se cuenta por horas.

Qué aumenta el riesgo

La lista de causas del cáncer primario de hígado es peculiar porque casi todo lo que contiene es evitable: casi cada punto es una enfermedad concreta que hoy se sabe tratar o prevenir.

  • Hepatitis B crónica: es la única causa capaz de producir un tumor incluso sin cirrosis, por lo que el seguimiento hace falta aunque los análisis estén tranquilos.
  • Hepatitis C crónica: hoy se cura con pastillas en pocos meses en casi todo el mundo, pero si ya hay cirrosis el riesgo persiste después de la curación.
  • Cirrosis de cualquier origen, incluidas la alcohólica y la autoinmune.
  • Enfermedad del hígado graso ligada al metabolismo: exceso de peso, diabetes tipo 2, triglicéridos altos. Es la causa que más deprisa crece, y produce tumores incluso sin cirrosis franca.
  • Consumo habitual de alcohol durante años, sobre todo junto a una hepatitis o al exceso de peso: las causas no se suman, se multiplican.
  • Exceso hereditario de hierro y, con menos frecuencia, déficit de alfa-1-antitripsina.
  • Aflatoxinas, el veneno de unos mohos que crecen en frutos secos, maíz, cereales y especias mal conservados. Lo enmohecido no se recorta: se tira.
  • Tabaco y contacto prolongado con cloruro de vinilo en la industria.
  • Duelas hepáticas, parásitos que se adquieren con pescado de río crudo en algunas regiones.
  • Edad por encima de los sesenta y sexo masculino: los hombres enferman unas tres veces más.

Lo que no está en la lista, aunque algunos textos lo cuelen ahí, son los cálculos biliares: con el cáncer de hígado no guardan relación.

Qué se puede hacer por adelantado

La vacuna de la hepatitis B fue la primera vacuna de la historia que demostró reducir la incidencia de un cáncer: donde se vacuna a los niños, los tumores de hígado en adultos jóvenes se han vuelto una rareza. Está en el calendario de los seis países, y a los adultos no vacunados se les pone a cualquier edad.

La hepatitis C hay que buscarla y curarla. Avanza décadas sin síntomas, y basta con hacerse la prueba una vez en la vida, más otra si hubo transfusiones, cirugías antiguas, tatuajes en condiciones dudosas o consumo de drogas.

El seguimiento en la cirrosis es lo que de verdad salva. A todas las personas con cirrosis, y a una parte de las que tienen hepatitis B crónica, se les hace una ecografía de hígado cada seis meses de por vida, se encuentren como se encuentren, a veces junto con un análisis de alfafetoproteína en sangre. El sentido está en la regularidad: un tumor de un par de centímetros no da señal alguna y en cambio se trata con intención curativa, mientras que ese mismo tumor un año después ya no. Si tiene cirrosis y nunca le han indicado este seguimiento, pregunte usted por él.

Lo demás se sabe, pero no por eso es menos eficaz: controlar el peso y tratar la diabetes, dejar el alcohol ante cualquier enfermedad del hígado, no fumar y no comer nada enmohecido.

Cómo se estudia

La conversación suele empezar con el médico de cabecera: preguntas, exploración del abdomen y análisis de sangre con las enzimas del hígado, la bilirrubina y la coagulación. Ante la sospecha de un tumor se deriva al especialista.

  • La ecografía es la primera herramienta y la principal; con ella se hace también el seguimiento de la cirrosis.
  • La tomografía con contraste, computarizada o por resonancia magnética, es la prueba clave. El hígado tiene una particularidad rara en oncología: el comportamiento característico del contraste dentro de la lesión, en un hígado cirrótico, permite hacer el diagnóstico sin biopsia.
  • La biopsia hace falta cuando la imagen es ambigua o cuando importa saber de qué tejido está hecha la lesión, y también al buscar el origen de un tumor secundario.
  • La alfafetoproteína no diagnostica nada por sí sola: puede ser normal habiendo tumor y estar alta sin él.
  • Valorar la reserva del hígado importa tanto como el tamaño del tumor: de cuánto tejido sano queda depende lo que se puede ofrecer.

La espera de los resultados se alarga semanas y por sí sola no significa nada malo. A la consulta en que se comentan conviene ir acompañado: lo que se oye se retiene mal, y entre dos se recuerda más.

Cómo se trata

El plan lo elabora un equipo: hepatólogo, cirujano, oncólogo, radiólogo y especialista en radioterapia. Se tienen en cuenta tres cosas a la vez: el tumor, el estado del resto del hígado y las fuerzas generales de la persona. En eso el cáncer de hígado se diferencia de casi todos los demás: a veces ni siquiera un tumor pequeño se puede operar, porque el tejido restante no lo resistiría.

  • La resección, es decir, extirpar una parte del hígado, es posible cuando el órgano está bien conservado; luego recupera en parte su volumen.
  • El trasplante de hígado es el único método que elimina el tumor y la cirrosis a la vez. Se plantea con nódulos pequeños en personas cuyo hígado funciona mal, y conviene hablar de él pronto.
  • La ablación destruye el nódulo con calor a través de una aguja guiada por ecografía o tomografía. En lesiones pequeñas iguala el resultado de la cirugía y se tolera mucho mejor.
  • La quimioembolización: se lleva un catéter hasta el tumor por el interior del vaso, se inyecta el fármaco y se cierra la arteria que lo alimenta. Se usa cuando hay varios nódulos y no se puede operar.
  • La radioembolización sigue el mismo camino, pero introduce partículas microscópicas con una sustancia radiactiva que irradian el tumor desde dentro.
  • El tratamiento farmacológico del tumor extendido es hoy, más que la quimioterapia clásica —que aquí funciona mal—, una combinación de inmunoterapia con fármacos dirigidos.
  • La irradiación de precisión se emplea menos: en nódulos mal situados y para calmar el dolor.

En el cáncer secundario lo decide todo el tumor de origen: unas metástasis se extirpan o se queman con intención curativa y otras se tratan con fármacos dirigidos contra el tumor primitivo. Preguntar si su caso se ha comentado en un comité de tumores es del todo razonable.

Qué ayuda durante el tratamiento

  • El picor de la ictericia agota más que el dolor. Además de restablecer la salida de la bilis con una prótesis, ayudan ciertos medicamentos, la ducha fresca, la ropa ligera y las uñas cortas.
  • La analgesia. Los antiinflamatorios son peligrosos para el riñón y el estómago cuando el hígado está enfermo, así que suele preferirse el antitérmico habitual, aunque en la cirrosis se reduce su dosis diaria: consúltela con su médico.
  • La alimentación. La proteína no se restringe, al contrario: con el hígado enfermo hace falta más de lo normal, o se pierde músculo. La sal se limita solo si hay edemas o líquido en el abdomen. Los suplementos «para el hígado» y las mezclas de hierbas es mejor no tomarlos: no han demostrado beneficio y sí se han descrito casos de daño hepático.
  • Los equipos de cuidados paliativos se ocupan de la calidad de vida, no solo de sus últimas semanas; llamarlos pronto hace más llevadero todo el tratamiento.

Consulta en línea

La consulta a distancia no hace ni descarta este diagnóstico: para eso hacen falta imágenes y análisis. Pero es útil en varios momentos, y antes que nada en el más importante: si tiene cirrosis o una hepatitis crónica, el médico comprobará en línea si el seguimiento se está haciendo como debe y le ayudará a ordenar el calendario de ecografías, para que los intervalos de seis meses no se conviertan en dos años. Si en los análisis o en una imagen han aparecido cambios en el hígado, le explicará qué significan y qué pruebas cierran la cuestión. Con el estudio ya hecho, le ayudará a descifrar las palabras desconocidas de un informe y a preparar preguntas para el oncólogo; durante el tratamiento, a manejar los efectos secundarios, el picor, las náuseas, la alimentación y la seguridad de los medicamentos que toma. Aquí caben también las preguntas sobre la vacuna de la hepatitis B para usted y los suyos. Las situaciones del apartado de urgencias no se resuelven en línea: en ellas se llama a una ambulancia.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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