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Angina de pecho

La angina de pecho es una opresión o un dolor en el pecho que aparece cuando al músculo cardíaco le falta sangre.

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Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

La angina de pecho es una opresión o un dolor en el pecho que aparece cuando al músculo cardíaco le falta sangre. El corazón no está gastado ni enfermo por sí mismo: lo que se ha estrechado es la arteria que lo alimenta. En reposo la luz que queda todavía basta; al subir un tramo de escaleras, ya no. Esto no es un infarto. Pero es el aviso de que puede llegar, el más claro que el cuerpo sabe dar, y el motivo para ocuparse del corazón ahora y no algún día. Si de momento solo le duele el pecho y no está claro si es cosa del corazón o no, empiece por la página vecina, dolor torácico, donde se repasan todas las causas frecuentes y no solo las cardíacas.

Por qué al músculo le falta sangre

La sangre para sí mismo el corazón no la toma de sus cavidades, sino de una red propia de vasos que discurre por su superficie: las arterias coronarias. Con los años se acumulan en sus paredes placas de colesterol y la luz se estrecha. Mientras la persona está sentada, la demanda del músculo es pequeña y el cauce estrechado alcanza. En cuanto acelera, el corazón necesita más oxígeno y la arteria no puede dar más. Esa falta es lo que se siente como un peso en el pecho.

De ahí la propiedad principal de la angina: está atada al esfuerzo. El episodio llega cuando el corazón trabaja más de lo habitual y se va cuando la demanda cae; por eso dura minutos y no horas.

El infarto funciona de otro modo: la cubierta de la placa se desgarra, sobre la rotura crece un coágulo, el flujo se interrumpe del todo y una zona del músculo empieza a morir. Ahí el reposo ya no arregla nada. Son dos etapas del mismo proceso, y todo el sentido de esta página es que la segunda no llegue.

Cómo se siente

La palabra «dolor» se usa aquí menos de lo que cabría pensar. Es más frecuente oír: aprieta, quema, comprime, como si le hubieran puesto una losa encima o le ciñeran el pecho con un aro. Una parte de las personas describe el episodio sin dolor ninguno: como falta de aire o como un cansancio repentino que obliga a pararse. Por eso la angina pasa años tomada por la falta de forma o por la disnea de la edad.

  • el sitio es detrás del esternón, en el centro del pecho, y no un punto a la izquierda que se pueda señalar con el dedo;
  • irradia al brazo izquierdo, a los dos brazos, al cuello, a la mandíbula, a la espalda, bajo el omóplato y a veces a la parte alta del abdomen;
  • aparece con el esfuerzo: escaleras, cuesta arriba, bolsas de la compra, salir al frío o al viento, una comida copiosa, un disgusto, las prisas;
  • dura unos minutos, ni segundos ni media tarde;
  • cede en reposo o al minuto o dos de tomar la nitroglicerina, si el médico se la ha recetado.

El rasgo más útil es que resulta previsible. Quien tiene angina conoce su medida: dos tramos de escalera, cien metros de cuesta y hay que pararse. Mientras esa medida no cambie, la situación es una; si se ha movido, es otra muy distinta, y a ella va dedicado el apartado siguiente.

Estable e inestable: la distinción que importa

Todo lo que hay que decidir en esta página se decide aquí. Un cuadro idéntico en sensaciones tiene dos versiones, y exigen actuaciones opuestas.

Angina estable. El episodio surge con un esfuerzo habitual y conocido, dura unos minutos, cede con fiabilidad en reposo o con nitroglicerina, y el patrón no cambia durante meses. No es motivo de ambulancia, pero sí motivo obligado de acudir al médico y estudiarse: es justo en esta fase cuando el infarto todavía puede evitarse.

La angina inestable es una urgencia. Se llama así a cualquier cambio a peor del patrón conocido:

  • los episodios se han vuelto más frecuentes, más intensos o más largos;
  • aparecen con menos esfuerzo que antes, allí donde antes no aparecían;
  • han empezado a darse en reposo, de noche o de madrugada;
  • la nitroglicerina ayuda menos, exige repetir la dosis o no ayuda en absoluto;
  • el episodio ha ocurrido por primera vez en la vida.

Detrás de esto hay una placa desgarrada y un coágulo creciendo sobre ella: lo mismo que en el infarto, solo que la luz aún no está cerrada del todo. Por eso aquí no se pide cita ni se espera a mañana: se llama a una ambulancia. La diferencia entre ir hoy al hospital y ver al médico dentro de una semana es, en esta situación, la diferencia entre un músculo cardíaco conservado y uno perdido.

Cuándo ya es un infarto

Signos ante los que se llama a la ambulancia de inmediato:

  • el dolor o la opresión en el pecho duran más de quince o veinte minutos;
  • no ceden en reposo ni con la nitroglicerina;
  • el episodio es más fuerte que todos los anteriores;
  • se le han sumado sudor frío y pegajoso, náuseas o vómitos, debilidad brusca, falta de aire, mareo;
  • ha aparecido un miedo sin causa, la sensación de que algo grave se acerca.

El 112 es el número europeo único y funciona en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania; en otros países marque el número local de emergencias. Llamar y equivocarse no es vergonzoso; pasar por alto un infarto es irreversible.

Y aparte, aquello por lo que la ayuda llega tarde con más frecuencia. En las mujeres, en las personas mayores y en quienes tienen diabetes el infarto cursa a menudo sin dolor torácico intenso. En la diabetes los nervios que conducen el dolor están dañados y el episodio puede pasar casi sin dolor. Entonces pasan a primer plano la falta de aire donde antes no la había, una debilidad inexplicable, náuseas, peso y ardor en la parte alta del abdomen parecidos a una mala digestión, sudor frío, desmayo y, en una persona mayor, una confusión repentina. Si algo así aparece por primera vez y no le encuentra explicación, hay que tratarlo como un asunto del corazón.

Qué hacer durante el episodio

El orden es sencillo y conviene sabérselo de antemano: en pleno episodio no hay tiempo de pensarlo.

  • Deje lo que esté haciendo. No «terminar de subir la escalera», sino pararse en el acto.
  • Siéntese. No se quede de pie ni se tumbe del todo: de pie es fácil perder el conocimiento y tumbado el corazón lo tiene más difícil.
  • Tome la nitroglicerina si se la ha recetado su médico, y hágalo siempre sentado. Dilata los vasos de golpe, la tensión baja y de pie no es raro caerse con ella.
  • Afloje el cuello de la ropa, abra la ventana, pida a alguien que se quede cerca.
  • Si en unos minutos o tras repetir la dosis no ha cedido, llame a la ambulancia.

No se ponga al volante: ni durante el episodio, ni justo después, ni para llegar usted mismo al hospital. Por el camino se puede perder el conocimiento, mientras que la ambulancia hace el electrocardiograma y empieza el tratamiento ya dentro del vehículo.

Lo que no hay que hacer. No aguante ni intente «andar hasta que se pase»: en la angina el esfuerzo no disuelve el dolor, lo mantiene. No lo deje para mañana; un dolor torácico nocturno es el peor motivo para esperar a que amanezca. No trate una acidez en lugar del corazón: el infarto se siente muchísimas veces como una mala digestión, y esa es la excusa más común para no llamar. Y no tome la nitroglicerina de otra persona, «al vecino le fue bien, a mí también»: con la tensión baja, con ciertas enfermedades de las válvulas y junto a los fármacos para la disfunción eréctil es peligrosa.

Qué estrecha las arterias

La lista se conoce, y casi entera se puede modificar.

  • El tabaco, en primer lugar, incluidos los vapeadores y respirar a diario el humo ajeno;
  • la tensión arterial alta;
  • el colesterol elevado;
  • la diabetes y la prediabetes;
  • el exceso de peso, sobre todo en el abdomen;
  • la vida sedentaria;
  • la enfermedad renal crónica, la apnea del sueño, las enfermedades inflamatorias crónicas;
  • infartos e ictus en padres o hermanos a edad joven.

Sobre este último punto conviene hablar al médico de cabecera sin esperar a que pregunte: detrás de las catástrofes cardíacas tempranas en una familia está a veces la hipercolesterolemia familiar, un trastorno hereditario en el que el colesterol es alto desde el nacimiento. Tiene tratamiento, y lo habitual es que simplemente no se busque.

Y lo más incómodo. Dejar de fumar rinde más que cualquiera de las pastillas que le vayan a recetar, y actúa antes que ellas. Merece la pena a cualquier edad y con cualquier número de años fumando, incluso después de un infarto ya ocurrido, y el médico puede ayudar con fármacos y no solo con palabras.

Qué suele hacer el médico

Lo que más decide es la conversación. El médico preguntará con detalle dónde aprieta exactamente, qué desencadena el episodio y qué lo quita, cuánto dura, si el patrón ha cambiado en las últimas semanas. Con esa sola descripción un médico con experiencia ya sabe si se trata de angina y si es estable; lo demás lo precisa.

Después se eligen las pruebas según el caso: electrocardiograma en reposo y de esfuerzo, análisis de sangre con perfil de colesterol y glucosa, ecocardiografía y, si hace falta, el estudio de las propias arterias coronarias. Conviene saber una cosa: un electrocardiograma normal en reposo no descarta el diagnóstico. Fuera del episodio, en la angina suele verse completamente corriente, y sobre esa base se ha mandado a casa a mucha gente durante años.

Con qué se trata

El tratamiento tiene tres partes y solo funcionan juntas.

Los fármacos. Unos cortan el episodio ya empezado: se toman bajo la lengua en el momento del dolor. Otros se toman a diario para que el episodio no llegue: enlentecen el pulso y bajan la demanda de oxígeno del corazón, o dilatan los vasos. Aparte se recetan los que bajan el colesterol y los que dificultan la formación de coágulos; esos no quitan el dolor, pero son precisamente los que alejan el infarto. Ajustarlo lleva su tiempo, los efectos adversos se hablan con el médico y casi siempre hay alternativa.

Y esta es la advertencia principal del apartado: los fármacos recetados no se abandonan por cuenta propia cuando uno se encuentra mejor. «Ya no tengo episodios, luego estoy curado» es el error más frecuente y más caro de la angina. No los tiene precisamente porque los toma; suspenderlos devuelve todo al punto de partida, y algunos, retirados de golpe, dejan peor de lo que se estaba antes de empezar. Cualquier cambio de pauta, a través del médico.

La intervención sobre los vasos. Cuando los fármacos no bastan o el estrechamiento es demasiado grande, la arteria se abre desde dentro con un balón y se coloca un stent; si la afectación es extensa se hace un bypass, cosiendo un camino alternativo que rodea el tramo estrecho. Nada de esto sustituye a las pastillas ni a dejar de fumar.

La vida diaria. Actividad física regular y a su medida, verdura, pescado y cereales integrales en lugar de carne procesada y bebidas azucaradas, bajar peso si sobra, y la tensión y la glucosa controladas. Con qué esfuerzo empezar, pregúntelo aparte: con angina hay que moverse, pero con reglas.

Consulta en línea

La angina es uno de esos casos en los que preguntar vale más que explorar, de modo que la conversación con el médico funciona bien también a distancia. En la consulta en línea el médico repasará en detalle a qué se parecen sus episodios, distinguirá el dolor cardíaco del costal y del reflujo, recogerá sus factores de riesgo, le explicará los electrocardiogramas y análisis ya hechos y le dirá qué pruebas merece la pena hacer y en qué orden. Aparte revisará su pauta de fármacos: para qué sirve cada uno, qué no se combina con qué, cómo tomar bien la nitroglicerina. Y le nombrará los signos que en su caso concreto obligan a llamar a una ambulancia: ese límite es mejor conocerlo antes.

Lo que la consulta en línea no sustituye: ante un dolor en el pecho que no cede en reposo no se puede esperar a una cita, hace falta una ambulancia.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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