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Medicamentos comúnmente recetados para Sabor metálico
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de tomar cualquier medicamento.
Forma farmacéutica: CAPSULA, 20 MGPrincipio activo: OmeprazolFabricante: Kern Pharma S.L.No requiere recetaForma farmacéutica: CAPSULA, 20 mgPrincipio activo: OmeprazolFabricante: Aristo Pharma Iberia S.L.Requiere recetaForma farmacéutica: CAPSULA, 20 mgPrincipio activo: OmeprazolFabricante: Mabo Farma S.A.No requiere receta
La sensación de haber tenido una moneda en la boca o de haber chupado un clavo oxidado le resulta familiar a mucha gente. Casi siempre hay detrás algo sencillo: un medicamento empezado la víspera, una encía que sangra, la nariz taponada. En esos casos el sabor desaparece solo en cuanto se resuelve la causa y no hace falta tratarlo aparte. Pero esta molestia tiene otra cara: de vez en cuando el sabor a metal es lo único que la persona nota mientras dentro ocurre algo serio. Aquí se explican las dos situaciones: por dónde empezar a buscar la causa, qué puedes corregir por tu cuenta y cuándo el sabor es motivo para no aplazar la visita al médico.
De dónde sale el sabor a metal
Lo que llamamos sabor solo lo produce en parte la lengua. La lengua distingue lo dulce, lo salado, lo ácido, lo amargo y el sabor de los alimentos proteicos; toda la riqueza restante de matices la aporta el olfato, porque los olores suben desde la boca hacia la nariz por dentro y el cerebro los suma a las señales de la lengua en una sola sensación. Por eso un fallo en cualquiera de los dos canales da el mismo resultado: un fondo metálico persistente que no se quita con agua.
De ahí salen tres mecanismos distintos. El primero es que el metal esté realmente en la boca. Su fuente más frecuente es la sangre: contiene mucho hierro y basta una gota procedente de una encía inflamada para dar ese sabor inconfundible. El segundo es que la sustancia llegue a la saliva desde dentro. Muchos medicamentos se eliminan en parte por la saliva y se saborean con independencia de la forma en que se hayan tomado, así que el sabor aparece tanto con un comprimido como con una inyección. El tercero es que se distorsione la propia transmisión de la señal: el olfato se debilita tras un catarro, las vías nerviosas se irritan y el cerebro reconstruye mal la información.
La consecuencia práctica es que la causa no hay que buscarla solo en la boca. Si los dientes están bien y las encías no sangran, lo siguiente es revisar la lista de medicamentos, la nariz y el estado general.
Los medicamentos son la causa más frecuente
Si el sabor ha aparecido con un fármaco nuevo, en nueve de cada diez casos el responsable es ese fármaco. La pista es sencilla: intenta recordar qué cambió en tu botiquín una o dos semanas antes de que apareciera el sabor. El inicio de un tratamiento, un aumento de dosis o el cambio de un medicamento por otro sirven igual.
El sabor metálico está descrito en muchos grupos de medicamentos. Lo provocan con más frecuencia algunos antibióticos y antiprotozoarios, los antifúngicos, los fármacos para la tensión alta del grupo de los inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina, algunos tratamientos de la diabetes, el litio, los somníferos, los suplementos de hierro y de zinc y los inhaladores. La lista no se agota ahí: cientos de fármacos tienen ese efecto, y la respuesta exacta está en el prospecto o la da el farmacéutico.
Lo más importante aquí es no abandonar por tu cuenta un medicamento prescrito. El sabor metálico es molesto pero inofensivo, mientras que un antibiótico interrumpido o un antihipertensivo suspendido salen mucho más caros. El orden correcto es otro: leer el prospecto, preguntar al médico o al farmacéutico si ese efecto se conoce con tu fármaco y decidir juntos si conviene esperar al final del tratamiento, cambiar la hora de la toma o buscar una alternativa. Por regla general el sabor desaparece unos días después de terminar el tratamiento; en tratamientos largos puede mantenerse, pero se va atenuando porque el cerebro se acostumbra y deja de destacarlo.
Boca, nariz y senos paranasales
El segundo gran grupo de causas es lo que ocurre justo al lado de los receptores.
- Enfermedad de las encías. Gingivitis, sarro, periodontitis: las encías sangran al cepillarse o incluso solas, y es la sangre la que da el sabor a hierro. Es la causa local más frecuente y también la más fácil de resolver, con higiene y una visita al dentista.
- Los dientes y lo que se les ha puesto. Caries profundas, inflamación alrededor de la raíz, un empaste viejo con filtraciones, una corona mal ajustada. Capítulo aparte son los distintos metales conviviendo en la boca: una corona de una aleación y un empaste de otra funcionan en la saliva como una pila débil, y la persona nota sabor y hormigueo. Eso lo resuelve el dentista cambiando la restauración.
- Sequedad de boca. La saliva arrastra y diluye continuamente las sustancias sápidas; cuando hay poca, cualquier sabor se percibe más intenso. Resecan la boca los medicamentos, respirar por la boca, la deshidratación, el tabaco, la radioterapia y algunas enfermedades autoinmunes.
- Catarro, sinusitis, pólipos. La nariz taponada elimina la mitad del sabor y lo que queda parece deformado. Después de una infección vírica el olfato a veces no vuelve de golpe ni del todo: durante un tiempo los olores conocidos se leen mal y la comida sabe a producto químico o a metal. Suele recuperarse en semanas o meses.
- Reflujo del contenido ácido del estómago. Ardor, sabor ácido o amargo por la mañana, sensación de nudo en la garganta, ronquera: aquí el sabor es solo uno de los signos y lo que hay que tratar es el reflujo.
Embarazo, carencias y tratamiento del cáncer
Embarazo. La alteración del gusto en el primer trimestre es habitual: la comida cambia de sabor, lo que antes gustaba resulta repugnante y en la boca queda un fondo de metal. La causa es el cambio hormonal, no supone ningún daño y hacia la mitad del embarazo la sensación suele irse sola. Ayuda todo lo que refuerce las impresiones gustativas: bebidas ácidas, chicle de menta sin azúcar, comida de sabor marcado.
Carencias. El gusto depende de varios micronutrientes. Con falta de zinc el sabor se debilita y se distorsiona; con déficit de vitamina B12 se añaden ardor y enrojecimiento de la lengua, debilidad, palidez y hormigueo en manos y pies; la falta de hierro da palidez, ahogo al esfuerzo, uñas frágiles y a veces el impulso de masticar hielo. Todo esto se comprueba con un análisis de sangre corriente, y conviene corregir la carencia según el resultado y no a ciegas: un exceso de zinc dificulta por sí mismo la absorción de otros minerales.
Quimioterapia y radioterapia. La alteración del gusto es uno de los acompañantes más frecuentes del tratamiento oncológico, sobre todo cuando se irradia la zona de cabeza y cuello, donde sufren tanto las papilas como las glándulas salivales. Es un efecto secundario esperable, no una señal de empeoramiento. El gusto se recupera de forma gradual al terminar el tratamiento, a veces en varios meses. Mientras esté alterado, lo importante es no perder peso: conviene hablarlo con el médico que lleva el caso, porque en el tratamiento del cáncer la alimentación forma parte del tratamiento.
Cuándo el sabor no es una minucia
El sabor a metal por sí solo no exige alarma. Lo que importa es lo que lo acompaña.
Llama a una ambulancia por el número único europeo 112 si:
- el sabor metálico aparece junto con hinchazón de labios, lengua o garganta, erupción, respiración sibilante, sensación de falta de aire o mareo intenso: así puede empezar una reacción alérgica grave, y se desarrolla en minutos;
- a la vez que el sabor se tuerce de repente la cara, se debilita un brazo o una pierna, se enreda el habla, se ve doble o aparece por primera vez en la vida un dolor de cabeza muy intenso;
- cuesta respirar en reposo y la cara y las piernas se han hinchado de forma llamativa.
Consulta a un médico el mismo día si:
- al sabor metálico se suman ahogo, hinchazón de cara y piernas, una disminución brusca de la cantidad de orina, picor de piel persistente, náuseas y debilidad. Esa combinación aparece en la insuficiencia renal: cuando el riñón deja de eliminar los productos de desecho, estos se acumulan en la sangre y el sabor a metal es uno de los primeros signos. Es el caso en que la molestia aparentemente insignificante importa más que todo lo demás de la lista;
- el gusto y el olfato han desaparecido a la vez y no vuelven, sobre todo si además hay adormecimiento de la cara, debilidad en las extremidades, inestabilidad al andar o cambios de memoria;
- el sabor apareció tras la picadura de una garrapata, y más aún si hay fiebre, dolores musculares o una mancha roja que se extiende alrededor de la picadura;
- el sabor surgió después de una intoxicación: comida en mal estado, setas, pescado de mares tropicales (en esa intoxicación al sabor metálico se suma la confusión entre frío y calor), productos de limpieza o vapores en el trabajo. Especial cuidado en trabajos con contacto con plomo, mercurio y otros metales pesados: allí el sabor se acompaña de dolor abdominal, náuseas, dolor de cabeza e irritabilidad;
- hay en la boca una llaga que no cicatriza, una mancha blanca o roja, un diente que se mueve sin motivo o un bulto en el cuello;
- el sabor dura más de unas semanas y no se le ve ninguna causa.
Qué puedes hacer tú
- Pon orden en la boca: cepillo dos veces al día, seda o cepillos interdentales, limpieza suave de la lengua, higiene profesional y revisión con el dentista. Si las encías sangran, hay que empezar precisamente por ahí.
- Bebe más agua y no dejes que la boca se seque. El chicle sin azúcar y los caramelos ácidos estimulan la saliva, y la saliva diluye el sabor.
- Enjuagarse con agua templada y una cucharadita de bicarbonato por vaso alivia un rato la sensación y no reseca la mucosa, al contrario que los colutorios con alcohol.
- Prueba comidas con sabor propio marcado: encurtidos, ácidos, especiados, jengibre, cítricos. La carne, que en estas circunstancias a mucha gente le sabe especialmente metálica, se tolera mejor marinada o puede sustituirse por aves, pescado, huevos y legumbres.
- Cambia los cubiertos y la vajilla metálicos por plástico, vidrio o madera: cuando el sabor viene de un tratamiento, se nota bastante.
- Toma la comida y la bebida frías: los alimentos fríos huelen menos y la distorsión del gusto molesta menos.
- Deja el tabaco: embota y distorsiona el gusto por sí mismo, y a las encías las perjudica doblemente.
- Anota cuándo apareció el sabor y qué estabas tomando esos días, incluidos vitaminas, suplementos y productos de herbolario. Con esa lista el médico se orienta en unos minutos.
Consulta en línea
El sabor metálico es justo el tipo de molestia en la que casi todo lo resuelve la conversación: no suele haber nada que explorar, pero sí se pueden cruzar a distancia las fechas, los medicamentos y los síntomas acompañantes. El médico de Oladoctor repasará contigo el botiquín y te dirá si ese efecto se conoce con tus fármacos, si conviene esperar al final del tratamiento o si tiene sentido plantear un cambio con quien te lo prescribió. Te ayudará a ver hacia dónde mirar después —dentista, otorrinolaringólogo o análisis de sangre—, te indicará qué pruebas tienen sentido en tu caso e interpretará los resultados que ya tengas. Y comprobará expresamente aquello por lo que valía la pena leer esta página hasta el final: si el sabor va acompañado de ahogo, hinchazón y cambios al orinar, porque con esa combinación la conversación se acaba y ese mismo día hay que acudir a un médico en persona.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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