Síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL)
El síndrome de muerte súbita del lactante es la muerte repentina de un bebé de menos de un año, aparentemente sano, que sigue sin explicación después de todas…
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El síndrome de muerte súbita del lactante es la muerte repentina de un bebé de menos de un año, aparentemente sano, que sigue sin explicación después de todas las comprobaciones. Antes se le llamaba muerte de cuna. Es poco frecuente, y la probabilidad de que le ocurra a una familia concreta es baja. Pero hay algo que se sabe con certeza: unas cuantas condiciones sencillas de sueño reducen el riesgo de forma notable, y funcionan de verdad; allí donde se explican a las familias, estas muertes se han reducido varias veces. De eso trata toda esta página. Está escrita tanto para quienes esperan un bebé como para quienes han perdido uno; si la lee por este segundo motivo, empecemos por lo esencial: usted no tiene la culpa.
Qué se sabe de esto
Nadie conoce la causa exacta, y lo más honesto es decirlo así. La explicación más aceptada habla de la coincidencia de tres circunstancias. La primera es el propio bebé: en algunos lactantes las zonas del cerebro que regulan la respiración, el ritmo cardíaco y el despertar maduran un poco más despacio, y el niño responde peor a la falta de aire, no se despierta donde otro sí lo haría. La segunda es la edad: casi todos los casos se concentran en los primeros seis meses, sobre todo entre el mes y los cuatro meses, y a partir del año ya no se habla de SMSL. La tercera es una circunstancia externa durante el sueño: la postura boca abajo, la cama blanda, la cabeza tapada, el exceso de calor, el humo del tabaco.
Las dos primeras no se pueden cambiar. La tercera sí, por completo, y por eso tiene sentido hablar de sueño seguro. El riesgo es algo mayor en los bebés nacidos antes de tiempo o con bajo peso, y en los niños algo más que en las niñas. No es una condena ni un motivo para vivir angustiado, sino una razón para cuidar con más atención las condiciones del sueño.
Dormir boca arriba y en su propia cuna
Dos medidas concentran casi todo el efecto, y son sencillas.
- Acueste al bebé boca arriba para dormir, tanto de noche como en las siestas, y también cuando lo acuesten los abuelos o la persona que lo cuida. De lado no es una alternativa segura: desde esa postura el lactante rueda con facilidad hacia boca abajo. Cuando el bebé sepa girar solo hacia los dos lados, no hace falta pasar la noche recolocándolo; basta con seguir acostándolo boca arriba al principio del sueño.
- Lo mejor es que duerma en su propia cuna, pero en la habitación de los padres, durante los primeros meses y, si es posible, hasta los seis. Cerca, al alcance de la mano, pero en su propia superficie. Esa combinación, cuna separada y habitación compartida, reduce el riesgo de forma apreciable.
La superficie debe ser plana y firme: un colchón consistente, del tamaño exacto de la cuna, sin huecos en los bordes, cubierto solo por una sábana bien tensa. Lo blando, lo que se hunde y lo inclinado no sirve. El sofá, el sillón, un colchón de agua o hinchable, un nido y el cojín de lactancia no pueden ser lugares de sueño.
En la silla del coche, la hamaca o el columpio la cabeza del bebé puede caer sobre el pecho y dificultarle la respiración. Si se ha dormido ahí, en casa conviene pasarlo a una superficie plana.
Qué debe haber en la cuna y qué no
La cuna ideal parece vacía, y no es una exageración. Retire de ella almohadas, mantas y edredones, protectores acolchados, peluches, cojines antivuelco y cuñas posturales, doseles y cualquier cosa con cintas o cordones largos. Todo eso puede taparle la cara, y un lactante no sabe liberarse.
En lugar de manta resulta cómodo un saco de dormir infantil de la talla y el grosor adecuados. Si aun así lo tapa con una manta fina, debe quedar remetida bajo el colchón y no llegar más arriba del pecho, con los pies del bebé tocando el extremo inferior de la cuna para que no se deslice por debajo.
No lo abrigue de más. Un lactante necesita aproximadamente una capa de ropa más que la que resulta cómoda a un adulto en la misma habitación, y ni una más. Una habitación fresca es mejor que una calurosa: como referencia, entre 16 y 20 °C. El gorro dentro de casa no hace falta para dormir, porque el bebé elimina el calor sobrante por la cabeza. Para comprobar si tiene calor conviene fijarse en el cuello y en la espalda entre los omóplatos, no en las manos y los pies, que siempre están frescos. El pelo húmedo, la cara enrojecida y la respiración rápida son señal de destaparlo y ventilar.
Si envuelve al bebé, hágalo holgado a la altura de las caderas, acuéstelo siempre boca arriba y deje de envolverlo en cuanto empiece a intentar darse la vuelta.
Dormir juntos: dónde está el límite
Aquí conviene hablar claro y sin sermones. Muchos padres se quedan dormidos con el bebé, sobre todo en las tomas nocturnas, y fingir que eso no ocurre no sirve de nada; es mucho más útil saber qué situaciones son realmente peligrosas.
No se duerma nunca con el bebé en un sofá o en un sillón. Es la situación más peligrosa de todas: el lactante se desliza al hueco entre el cuerpo y el respaldo, o queda con la cara contra la tapicería. Si nota que le vence el sueño, pase al bebé a la cuna aunque no haya terminado de mamar y le dé pena moverlo.
No lleve al bebé a la cama si usted o su pareja:
- fuman, con independencia de dónde lo hagan;
- han bebido alcohol;
- han tomado somníferos, tranquilizantes u otros medicamentos que dan sueño, o cualquier sustancia estupefaciente;
- están muy agotados y duermen más profundamente de lo habitual;
- tienen un bebé nacido antes de tiempo o con bajo peso.
Si aun así el bebé duerme a su lado, retire de la cama almohadas, edredones y todo lo que sobre en la zona donde él está, no lo deje solo en una cama de adulto, no lo coloque entre dos personas, y asegúrese de que no pueda caerse ni quedar atrapado contra la pared. Y no lo deje dormir en la cama con otros niños.
Qué más reduce el riesgo
Dejar de fumar es lo más eficaz que se puede hacer. Fumar durante el embarazo y el humo del tabaco cerca del bebé elevan el riesgo de manera notable, y cuanto menos humo, mejor; esto vale también para los cigarrillos electrónicos, para fumar en el balcón y para el olor que queda en la ropa. Si dejarlo no sale, cualquier reducción y la prohibición total de fumar en casa y en el coche ya tienen efecto. Se puede pedir ayuda al médico de cabecera para dejarlo, y no hay nada de que avergonzarse.
La lactancia materna reduce el riesgo, y de forma más marcada cuanto más se prolonga. Aquí hace falta una aclaración, sin la cual la frase suena injusta: no es un reproche a quien no ha podido. Dar el pecho no le sale a todo el mundo, y a menudo por motivos que no dependen de la madre. Un bebé alimentado con fórmula, en una cuna segura, boca arriba y en una habitación sin humo está mucho mejor protegido que un bebé amamantado en condiciones de sueño peligrosas. Las medidas se suman, y cada una tiene valor por sí misma.
Ayudan también otras cosas: las vacunas al día según el calendario nacional, ya que los bebés vacunados tienen menor riesgo de SMSL, y evitar el alcohol durante el embarazo. Parte de los estudios asocian un menor riesgo al uso del chupete al inicio del sueño; si el bebé no lo quiere o se le cae, no hay que insistir, y con lactancia materna conviene esperar a que las tomas estén bien establecidas.
Monitores domésticos de respiración: la respuesta honesta
A los padres se les ofrecen a menudo aparatos que vigilan la respiración, el pulso o el oxígeno en sangre: esterillas bajo el colchón, calcetines, pulseras, pinzas para el pañal. La pregunta es lógica y la respuesta es esta: ningún monitor doméstico ha demostrado que reduzca el riesgo de SMSL. Vale tanto para los aparatos médicos como para los dispositivos de consumo con aplicación en el móvil.
Además tienen una cara oculta. Las falsas alarmas agotan y quitan el sueño a toda la familia, y la sensación de estar protegido sustituye a veces a lo que de verdad funciona: los padres se relajan y dejan de vigilar la postura del bebé y lo que hay dentro de la cuna. Comprar uno de estos aparatos o no es una decisión personal y no tiene nada de malo; lo importante es no tomarlo por un sustituto del sueño seguro. Caso aparte son los bebés con enfermedades a los que el médico indica una monitorización: ahí el aparato tiene otra función y otras indicaciones.
Cuándo el bebé necesita ayuda urgente
Llame a una ambulancia (en Europa funciona el número único 112) si el bebé:
- ha dejado de respirar, respira con pausas, se pone azulado o de un color grisáceo;
- respira con dificultad: se le hunden los espacios entre las costillas y el hueco del cuello, se le oye quejarse al respirar, se le abren las aletas de la nariz;
- está flácido, como un trapo, o al contrario, rígido y en tensión;
- no se despierta, no reacciona, mira fijamente a un punto;
- tiene convulsiones por primera vez, aunque después parezca recuperarse.
Mientras llega la ambulancia le irán guiando por teléfono y, si hace falta, le explicarán cómo hacer la respiración de rescate y las compresiones torácicas. Un curso de primeros auxilios para padres es una inversión de tiempo muy sensata: no va del miedo, va de la seguridad en uno mismo.
Conviene que un médico vea al bebé ese mismo día si tiene fiebre, si rechaza el alimento, si está claramente decaído o inusualmente irritable, si moja menos pañales de lo habitual, si le ha salido una erupción, si respira más deprisa o si el llanto ha cambiado. Los bebés enferman con frecuencia y casi siempre son cosas menores, pero los primeros meses tienen una particularidad: el empeoramiento puede ser rápido, y «me parece que le pasa algo» es un motivo legítimo para consultar aunque no se sepa explicar con palabras.
Si el bebé ha muerto
Tras la muerte súbita de un lactante siempre se abre una investigación y se realiza una autopsia. Es duro y a menudo se vive como una sospecha, pero en el fondo es un procedimiento obligatorio: sirve para entender qué ocurrió y, en la mayoría de los casos, es precisamente lo que libera a los padres de una culpa que no existe. Las conversaciones con los médicos y con la policía forman parte de ese trámite, no son un juicio sobre cómo cuidaron a su hijo.
No es culpa suya. Los pensamientos del tipo «no estuve atenta», «me quedé dormida», «tenía que haber ido a mirar otra vez» le llegan a casi todo el mundo y no tienen relación con lo que realmente sucedió. El duelo por un hijo no sigue un calendario: llega en oleadas, vuelve meses después, lo viven de manera distinta la madre y el padre, y alcanza a los hermanos mayores y a los abuelos. Se puede pedir ayuda en cualquier momento, a la semana, al año o diez años después, y no hay que esperar a que la situación se vuelva insoportable. Ayudan hablar con un psicólogo especializado en duelo, los grupos de padres que han pasado por lo mismo y el apoyo de un médico que sencillamente responda a las preguntas acumuladas. Y algo más: si el miedo aparece ante un nuevo embarazo, conviene decirlo en voz alta a un profesional desde el principio, porque eso se trabaja.
Consulta en línea
Una urgencia se resuelve llamando a la ambulancia, no escribiendo a un médico. Pero la mayoría de las dudas sobre sueño seguro no son urgentes y se resuelven bien a distancia. En una consulta en línea se puede repasar con calma cómo organizar el sueño de su bebé en concreto: qué hacer con las tomas nocturnas, cómo actuar si el niño se niega en redondo a dormir boca arriba, si su cuna y su colchón sirven, cómo vestirlo por la noche cuando hace calor. El médico ayuda a entender qué significan las regurgitaciones y las pausas respiratorias que ha observado, y si un síntoma concreto merece atención hoy o puede esperar a mañana. En línea se aborda también el abandono del tabaco antes del parto y la puesta en marcha de la lactancia. Y a los padres que han perdido a un hijo, a veces les resulta más llevadera una conversación a distancia que una presencial; también esa es posible, incluso mucho tiempo después.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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