Síndrome de DiGeorge (deleción 22q11.2)
Es una condición congénita en la que falta un fragmento pequeño de ADN en el cromosoma 22.
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Es una condición congénita en la que falta un fragmento pequeño de ADN en el cromosoma 22. El fragmento es diminuto, pero contiene varias decenas de genes de los que depende cómo se forman en el embrión el corazón, el paladar, el timo y las glándulas paratiroides. De ahí la enorme variedad de presentaciones: un bebé nace con una cardiopatía grave y convulsiones en los primeros días, otro solo tiene voz nasal y dificultades escolares, y un tercero se entera del diagnóstico a los cuarenta años, cuando estudian a su propio hijo. La misma alteración genética, gravedades muy distintas, y no hay forma de anticiparlo.
Qué hay detrás del diagnóstico
Esta condición ha recibido muchos nombres: síndrome de DiGeorge, síndrome velocardiofacial, síndrome de Shprintzen. Todos describen el mismo hallazgo genético, y hoy se prefiere nombrarlo por lo que es: deleción 22q11.2. Aparece en torno a uno de cada dos mil a cuatro mil recién nacidos, lo que la convierte en una de las microdeleciones más frecuentes en la especie humana.
Casi siempre surge por azar, durante la formación del óvulo o del espermatozoide, y no es consecuencia de ninguna enfermedad, medicamento, disgusto ni de nada que los padres hicieran durante el embarazo. En nueve de cada diez casos ni el padre ni la madre tienen la deleción. En el décimo la ha heredado de un progenitor que puede incluso desconocer su propio diagnóstico, porque en él todo se quedó en un habla poco clara o en una estatura baja.
Hay un detalle importante: el tamaño del fragmento perdido es prácticamente igual en todas las personas, mientras que la gravedad es completamente distinta, incluso entre parientes de una misma familia. Por eso la historia de otro paciente no dice nada sobre su hijo.
De qué se compone el cuadro
Casi nadie presenta el conjunto completo. Lo que más se repite:
- cardiopatías congénitas, en aproximadamente la mitad de los casos, y suelen ser de un tipo concreto que afecta a la salida de los grandes vasos del corazón;
- alteraciones del paladar, como una fisura oculta bajo la mucosa o una debilidad del velo; de ahí la voz nasal, la leche o la comida que vuelven por la nariz y el atragantamiento al comer;
- calcio bajo por unas paratiroides poco desarrolladas, desde temblor y hormigueo hasta convulsiones;
- defensas debilitadas por un timo pequeño, con infecciones de oído, garganta y bronquios frecuentes y que se alargan;
- retraso del lenguaje y dificultades de aprendizaje, déficit de atención y, con menos frecuencia, trastorno del espectro autista;
- pérdida de audición, casi siempre transitoria, ligada a las otitis repetidas;
- alteraciones renales, como un solo riñón o un riñón de tamaño reducido, que suelen aparecer en una ecografía;
- estatura baja, desviación de la columna y particularidades de las vértebras cervicales.
Los rasgos faciales también son algo peculiares, pero el diagnóstico no se apoya en ellos: son sutiles y los aprecia sobre todo un profesional.
Qué vigilar en los primeros meses
Un niño con este diagnóstico no necesita angustia sino señales concretas. Consulte sin demora si aparecen:
- sacudidas, temblor, espasmo de las manos, hormigueo alrededor de la boca y, con mayor motivo, convulsiones: así se manifiesta la caída del calcio;
- labios azulados, sudoración abundante y cansancio rápido durante las tomas, respiración acelerada, poca ganancia de peso: eso apunta al corazón;
- fiebre con decaimiento y rechazo del alimento, sobre todo en un lactante de los primeros meses;
- hongos persistentes en la boca, diarrea que no cede e infecciones que no se resuelven con el tratamiento habitual.
Una convulsión, un color azulado, la respiración que se detiene o cuesta visiblemente y una somnolencia extraña son motivo de ambulancia, no de esperar una cita. En España y en la mayoría de los países europeos funciona el número único 112.
Existe además una forma rara y la más grave de todas: aquella en la que el timo falta por completo. Estos niños nacen prácticamente sin inmunidad celular y una infección corriente puede matarlos. Ocurre en menos del uno por ciento, y precisamente por eso se estudia la inmunidad de todos los niños con la deleción confirmada cuanto antes: hoy esta forma se trata con un trasplante de tejido tímico o de médula ósea, y el resultado depende directamente de si se llegó a tiempo, antes de la primera infección grave.
Defensas: vacunas, infecciones y transfusiones
En la mayoría el defecto inmunitario es parcial y con los años se atenúa por sí solo. Aun así, hay dos decisiones que no se toman sin un inmunólogo.
La primera son las vacunas de virus vivos atenuados. Las del sarampión, las paperas y la rubéola, la de la varicela, la del rotavirus y la BCG contienen un microorganismo debilitado pero vivo. Con un déficit importante de linfocitos T resultan peligrosas; con uno leve se administran con normalidad. La decisión se toma con un análisis de sangre en la mano, no mirando al niño. Las vacunas inactivadas, en cambio, no solo se pueden poner sino que hay que ponerlas: son la protección principal, y la de la gripe cada año entra en esa lista.
La segunda son las transfusiones. Mientras la inmunidad no esté evaluada, los componentes sanguíneos deben ser irradiados; de lo contrario los linfocitos del donante pueden implantarse y atacar al organismo del niño. Conviene tenerlo presente antes de cualquier intervención y decírselo al cirujano y al anestesista, junto con el dato de que el niño puede tener el calcio bajo.
Cómo se confirma y qué se revisa después
El diagnóstico lo da un análisis genético en sangre: un array cromosómico o una prueba dirigida a esta deleción concreta. El estudio clásico de cromosomas no la detecta, porque el fragmento es demasiado pequeño. El motivo para pedirlo aparece cuando en un recién nacido se encuentra una cardiopatía de ese tipo, un calcio inexplicablemente bajo o una fisura del paladar, y más adelante cuando el retraso del lenguaje se junta con infecciones repetidas. Durante el embarazo la sospecha puede surgir en un cribado en sangre materna o en una ecografía, pero la confirmación exige estudiar el líquido amniótico o las vellosidades coriales.
Una vez confirmado, al niño se le estudia en todos los frentes a la vez: ecocardiografía, calcio y hormona paratiroidea, parámetros inmunitarios en sangre, ecografía renal, revisión de la audición, exploración del paladar y valoración de la columna. A los padres también se les ofrece un análisis, porque de él depende el riesgo para los siguientes hijos.
Después el seguimiento se vuelve programado, y tiene sentido: el calcio sabe volver a caer años más tarde, coincidiendo con una enfermedad, una cirugía, la pubertad o un embarazo, así que no se mide una sola vez en la vida sino de forma periódica y obligatoriamente en esos momentos. Con la misma regularidad se vigilan la tiroides, el hemograma y cómo va el niño con el programa escolar.
Crecer con el síndrome y la salud mental
Con los años muchas cosas se allanan: el corazón ya está operado, el logopeda ha corregido el habla, el calcio está controlado. Y pasa a primer plano otra cosa: el aprendizaje, la conducta y la mente.
No es un tema delicado que convenga esquivar, sino el conocimiento más práctico que existe sobre este síndrome. Alrededor de uno de cada cuatro adultos con la deleción 22q11.2 desarrolla un trastorno psicótico, casi siempre una esquizofrenia; la ansiedad y la depresión son bastante más frecuentes que entre sus coetáneos. Suele empezar en la adolescencia o en la juventud y casi nunca de golpe: primero la persona se encierra, deja de dormir, abandona los estudios, se vuelve desconfiada, oye o ve cosas que no están. Consultar ante los primeros cambios de este tipo no es exagerar: cuanto antes empieza el tratamiento, mejor funciona, y conviene que toda la familia reconozca esas señales.
Con menos frecuencia se añaden enfermedades autoinmunes: de la tiroides, de las articulaciones, o un descenso de las plaquetas. La mayoría de las personas con este síndrome llega a la edad adulta, estudia, trabaja y vive de forma independiente; la esperanza de vida es en promedio algo menor de lo habitual, y quien más pesa en ese dato es el corazón, no el resto.
Si se plantea otro hijo
Aquí lo decide un solo análisis. Si ninguno de los progenitores tiene la deleción, la probabilidad de que aparezca en el siguiente hijo es inferior al uno por ciento. Si uno de ellos la tiene, el riesgo de transmitirla es del cincuenta por ciento en cada embarazo, y no disminuye porque el hijo anterior naciera sano.
Por eso las familias que ya tienen un hijo con este diagnóstico, o que lo conocen en algún pariente, deberían acudir a genética antes del embarazo y no durante. Se puede hablar de diagnóstico prenatal y, donde esté disponible, del estudio de los embriones antes de transferirlos. Sobre una cosa se advierte con honestidad de antemano: la prueba dirá si la deleción está o no está, pero no dirá con qué gravedad va a afectar al niño.
Consulta en línea
A distancia se resuelve bien justo aquello que suele quedar sin respuesta entre una cita con el especialista y la siguiente. El médico ayuda a reunir los informes sueltos del cardiólogo, del otorrino y del genetista en un plan de seguimiento comprensible, explica qué análisis tocan ahora y en qué plazos, y aclara la cuestión de las vacunas vivas y qué hay que decirle al anestesista antes de una cirugía. También es el sitio para traer los cambios de conducta que preocupan en un adolescente y la duda sobre el riesgo en un próximo embarazo. Una convulsión, un color azulado, la dificultad para respirar o la fiebre alta en un lactante no se manejan por videollamada: eso es ambulancia directamente.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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