En esta página
- Regurgitar y vomitar no son lo mismo
- Por qué ocurre y cuándo termina
- Señales que obligan a consultar
- Vómito a chorro en las primeras semanas
- Lo que sí ayuda en casa
- Dormir sólo boca arriba y en plano
- Cuando detrás del reflujo hay alergia a la proteína de la leche de vaca
- Medicamentos: por qué se recetan más de lo necesario
- Consulta en línea
Casi todos los bebés regurgitan, y casi siempre eso no significa nada. El estómago de un recién nacido es diminuto, la comida es totalmente líquida, las tomas son muchas y el anillo muscular de la entrada del estómago todavía cierra mal: con ese montaje, parte de la leche vuelve inevitablemente hacia arriba. Lo que asusta suele ser el volumen, porque una mancha extendida sobre la ropa parece toda la toma cuando en realidad es una cucharadita. Lo que sigue no es un intento de convencerle de que no se preocupe, sino un límite: por qué señales se ve que detrás de la regurgitación hay algo más, y cuándo hay que llevar al bebé al médico sin aplazarlo.
Regurgitar y vomitar no son lo mismo
La diferencia no está en la cantidad, sino en el esfuerzo. La regurgitación ocurre sola: el bebé acaba de comer, se gira o se estira y la leche sale por la boca, a veces por la nariz, normalmente sin ruido y sin ningún gesto en la cara. El bebé no se disgusta y al minuto vuelve a estar dispuesto a mamar.
El vómito se ve distinto. Va precedido de tensión: el bebé palidece, se inquieta, la barriga se contrae y el contenido sale con fuerza. Después de vomitar suele llorar, se le ve agotado y no quiere comer enseguida.
Vale la pena aprender a distinguirlos, porque todo lo demás se apoya en esa diferencia. La regurgitación en el primer año es una propiedad de la edad. El vómito repetido es un síntoma, y parte de sus causas exige que le vean el mismo día.
Por qué ocurre y cuándo termina
La regurgitación tiene tres motivos, y los tres desaparecen solos con la edad.
- El anillo muscular entre el esófago y el estómago del recién nacido no funciona como una válvula estanca, sino más bien como una puerta entornada; hacia el año cierra ya con firmeza.
- La alimentación del primer semestre es completamente líquida, y un líquido sube más fácilmente que algo espeso. Sólo con empezar la alimentación complementaria las regurgitaciones bajan de forma notable.
- El bebé pasa casi todo el tiempo tumbado. En cuanto empieza a sentarse y luego a ponerse de pie, la gravedad pasa a jugar a su favor.
Lo habitual es que las regurgitaciones se noten desde las primeras semanas, se acentúen hacia los tres o cuatro meses y vayan cediendo en la segunda mitad del año; al cumplir el año han desaparecido en casi todos los niños. Para eso no hace falta ningún tratamiento: hace falta tiempo.
La referencia que usan los médicos es sencilla: hay que mirar al bebé, no a la ropa manchada. Si gana peso, coge el pecho o el biberón con ganas, moja los pañales como siempre, está tranquilo entre tomas y crece según su edad, la regurgitación no exige pruebas, ni medicamentos, ni cambios de leche, por mucha que parezca. De un bebé así se puede decir con honestidad que quien sufre con la regurgitación no es él, sino la lavadora.
Señales que obligan a consultar
Esto, en cambio, ya no entra en «es cosa de la edad» y obliga a llevar al bebé al médico sin esperar a la revisión programada:
- gana poco peso, ha dejado de ganarlo o adelgaza;
- rechaza la comida, llora y aparta la cara del pecho o del biberón;
- el vómito sale a chorro, a distancia, y esos episodios son cada día más frecuentes;
- hay sangre en el vómito, roja o parecida a posos de café;
- el vómito tiene color verde;
- hay sangre o moco en las heces;
- el bebé se arquea y grita durante la toma o justo después;
- aparece tos, respiración ruidosa o con silbidos, o bronquitis de repetición;
- la barriga está hinchada y dura al tacto;
- fiebre, decaimiento, somnolencia inusual;
- los pañales se quedan secos mucho tiempo, la fontanela está hundida, el bebé llora sin lágrimas;
- la regurgitación empieza por primera vez después de los seis meses o sigue después del año.
Si el bebé ha tenido un episodio en el que se ha puesto azulado, se ha quedado sin fuerzas o ha dejado de respirar, eso es una llamada a la ambulancia (en Europa el número único es el 112), no una cita para la consulta.
Vómito a chorro en las primeras semanas
Esta señal merece capítulo aparte, porque detrás hay un cuadro que se confunde con facilidad con un reflujo corriente y que se resuelve con cirugía. La estenosis pilórica es un engrosamiento del músculo de la salida del estómago que impide que la comida siga su camino. Suele manifestarse entre la segunda y la octava semana de vida, más en niños que en niñas y más en primogénitos.
Se reconoce porque va a más. Al principio el bebé regurgita como cualquier otro; después el vómito se hace más fuerte y abundante, sale despedido a distancia y se repite casi después de cada toma. No lleva sangre ni verde, pero en cuanto vomita el bebé vuelve a pedir comida enseguida: tiene hambre, porque el alimento no llega al intestino. Más adelante deja de ganar peso, adelgaza, los pañales se quedan secos y casi no hay deposiciones.
El diagnóstico se hace con una ecografía en unos minutos, la operación no es complicada y después el bebé come con normalidad. Aquí lo único peligroso es esperar: en una semana de observación el bebé se deshidrata. Por eso un vómito a chorro que va en aumento en un bebé de menos de dos meses obliga a consultar el mismo día.
Lo que sí ayuda en casa
- Ofrezca tomas más frecuentes y más pequeñas: un estómago lleno hasta arriba devuelve leche por puro volumen.
- Mantenga al bebé erguido durante la toma y al menos veinte o treinta minutos después, en brazos o en portabebés, pero no en la silla del coche ni en una hamaquita, donde queda doblado y se aprieta la barriga.
- Haga pausas para que salga el aire, a mitad de la toma y al final.
- Revise el agarre al pecho: si el bebé coge sólo el pezón, traga mucho aire. Con biberón, fíjese en el agujero de la tetina, porque uno demasiado grande da un chorro que el bebé no puede manejar y uno demasiado pequeño le obliga a succionar con esfuerzo y a tragar aire. Mantenga la tetina siempre llena de leche.
- No lo zarandee, no lo bañe ni lo ponga boca abajo justo después de comer.
- No apriete el pañal ni la goma de la ropa sobre la barriga.
- En una casa donde vive un bebé no se fuma: el humo del tabaco, entre otras cosas, aumenta la regurgitación.
Lo que no conviene hacer: ir probando una leche tras otra con la esperanza de dar con la buena, dar agua de anís y otros remedios «para los cólicos» sin efecto demostrado, o añadir espesantes por cuenta propia. La leche se cambia por decisión del médico y con un objetivo concreto, no a ciegas.
Dormir sólo boca arriba y en plano
Este es el punto donde la intuición falla más. Parece lógico levantar la cabecera de la cuna, poner algo debajo del colchón o acostar al bebé de lado para que la leche no vuelva. No se debe hacer: el reflujo no es una excepción a las reglas del sueño seguro.
- Un bebé sano duerme boca arriba, en todas las siestas y también por la noche.
- La superficie debe ser plana y firme. La inclinación del colchón, los rulos, los cojines posicionadores y las cuñas no reducen la regurgitación y en cambio permiten que el bebé resbale y quede en una postura de la que no puede salir.
- La silla del coche, la hamaquita, el columpio y el carrito no son sitio para un sueño largo en casa: en ellos la cabeza cae hacia delante y cierra la vía aérea.
- En la cuna no debe haber almohadas, edredones, protectores ni peluches.
El miedo a que el bebé se atragante boca arriba es comprensible, pero no se confirma: en esa postura la leche regurgitada vuelve al esófago y no a la vía respiratoria. Dormir boca abajo o de lado no reduce el riesgo, lo aumenta de forma apreciable.
Cuando detrás del reflujo hay alergia a la proteína de la leche de vaca
Hay un cuadro que parece un reflujo grave y se trata de forma completamente distinta: la alergia a la proteína de la leche de vaca. Aparece tanto en bebés con leche de fórmula como en los que maman, porque la proteína llega al niño a través de la leche materna.
Lo que permite sospecharla es que la queja nunca va sola. Además de regurgitaciones abundantes e inquietud en las tomas, suele haber algo más: erupción o eccema persistente, moco y hebras de sangre en las heces, diarrea o estreñimiento que no ceden, mala ganancia de peso, nariz tapada. Con frecuencia hay alguien en la familia con asma, eccema o alergia alimentaria.
Sólo se comprueba con una exclusión de prueba: la madre que amamanta retira los lácteos de su dieta o se elige para el bebé una fórmula de proteína extensamente hidrolizada, y a las dos o cuatro semanas se valora el resultado. No conviene hacerlo por cuenta propia ni sin plazo, porque una dieta sin lácteos hay que montarla bien y también terminarla a tiempo, y lo que confirma el diagnóstico es precisamente reintroducir el alimento bajo control médico. Las pruebas de alergia habituales aportan poco en este caso.
Medicamentos: por qué se recetan más de lo necesario
Los fármacos que reducen el ácido, los inhibidores de la bomba de protones y los antagonistas de los receptores H2, se han empezado a recetar a lactantes de forma muy amplia, y este es un caso en el que conviene preguntar al médico. En la mayoría de los bebés el problema no es el ácido, sino el volumen y una válvula inmadura: el fármaco hace que la leche que sube sea menos ácida, pero no deja de subir. En niños que simplemente regurgitan mucho y lloran mucho, los estudios no han encontrado un beneficio sostenido.
Tampoco son inofensivos. El ácido gástrico forma parte de la defensa frente a las infecciones, y cuando se suprime durante mucho tiempo los lactantes presentan con más frecuencia infecciones intestinales y respiratorias; también se discute su efecto sobre la absorción de hierro y calcio.
Eso no significa que no hagan falta nunca. Tienen sentido cuando hay daño confirmado del esófago, dolor al tragar, rechazo del alimento con pérdida de peso, es decir, cuando el reflujo ha dejado de ser cosa de la edad y se ha convertido en enfermedad. Se pautan como un ciclo con una fecha de revisión fijada de antemano, no «hasta que se pase».
En cuanto al resto: los espesantes y las fórmulas ya espesadas reducen la regurgitación visible, pero influyen poco en cómo se encuentra el bebé y no van bien a todos. La cirugía del reflujo en lactantes es rara y se reserva a casos graves con complicaciones, cuando todo lo demás se ha probado ya.
Consulta en línea
A distancia se resuelve bien la pregunta principal: lo que le pasa a su bebé es una regurgitación propia de la edad o ya es otra cosa. El médico repasará cómo son los episodios y cómo se comporta el bebé durante la toma y después, comparará la ganancia de peso con la curva de crecimiento, verá cómo lo pone al pecho o cómo le da el biberón y le dirá qué se puede corregir hoy mismo. Es también una forma cómoda de valorar si hay motivos para sospechar alergia a la proteína de la leche de vaca y cómo hacer bien la exclusión de prueba, o de revisar un medicamento ya pautado: para qué es, durante cuánto tiempo y cuándo retirarlo. Las señales urgentes de la lista de arriba no se valoran a distancia: exigen ser visto el mismo día, y ante una parada de la respiración o un color azulado, ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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