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La médula ósea fabrica cada día miles de millones de células nuevas. En la leucemia linfoblástica aguda una rama de esa fábrica se descontrola: los precursores inmaduros de los linfocitos se multiplican sin freno y llenan la médula por dentro, sin dejar sitio a la sangre normal. El cuadro de la enfermedad no lo forma lo que sobra, sino lo que empieza a faltar.
Qué se estropea en la médula ósea
El linfocito recorre un largo camino hasta madurar. La avería ocurre al principio: la célula sufre un fallo en sus genes, se queda atascada en un escalón temprano y ya no llega a adulta. Pero conserva la capacidad de dividirse, y se divide sin parar.
A esas células se las llama blastos. No sirven para defender de las infecciones, pero ocupan espacio. En pocas semanas desplazan a las líneas que fabrican glóbulos rojos, plaquetas y glóbulos blancos sanos; luego salen a la sangre y se instalan en hígado, bazo y ganglios y, a veces, en meninges y testículos.
La palabra «aguda» no habla de gravedad, sino de ritmo: entre las primeras molestias vagas y el cuadro completo pasan semanas, no años.
Cómo empieza a notarse
Al principio todo parece un catarro que no termina o cansancio acumulado, y eso es lo que más despista.
- debilidad que no mejora con el descanso, falta de aire al caminar, palidez: faltan glóbulos rojos;
- moratones ante roces mínimos, puntitos rojos en las piernas, encías que sangran, sangrados de nariz largos: faltan plaquetas;
- fiebre sin motivo claro, infecciones seguidas, recuperaciones lentas: apenas quedan glóbulos blancos sanos;
- dolor sordo en los huesos de brazos y piernas; en un niño suele verse como cojera sin golpe previo o rechazo a caminar;
- ganglios indoloros en cuello, axilas e ingles, y pesadez bajo las costillas izquierdas;
- pérdida de apetito y de peso, sudores nocturnos.
Cada signo por separado aparece en decenas de situaciones banales. Alerta la suma de varios y que en dos o tres semanas vaya a peor en lugar de a mejor.
Señales que no admiten espera
Hay situaciones en las que esperar es más peligroso que la enfermedad. Se pide asistencia urgente, sin aguardar a la cita, si:
- se hinchan cara, cuello y brazos, se marcan las venas del cuello y del pecho y cuesta respirar tumbado: unos ganglios crecidos en el tórax pueden comprimir una vena gruesa;
- hay más de 38 °C en alguien que ya recibe quimioterapia: la fiebre con las defensas bajas es una urgencia y el antibiótico debe ponerse en las primeras horas;
- una hemorragia no se detiene: nariz durante más de veinte minutos, encías, sangre en la orina, heces negras y pegajosas;
- dolor de cabeza brusco con vómitos, confusión, convulsiones o visión doble;
- falta de aire en reposo, dolor en el pecho, piel grisácea o azulada.
Si nada de esto ocurre pero el cansancio, los moratones y la febrícula duran semanas, hay que ver al médico de cabecera esta semana, no dentro de un mes. Un simple hemograma con fórmula resuelve buena parte de las dudas.
A quién le ocurre con más frecuencia
Es una enfermedad rara y casi nunca se puede señalar una causa: el fallo aparece por azar al dividirse una célula, no por la alimentación, el modo de vida ni el descuido de nadie. A los padres de un niño enfermo conviene decírselo sin rodeos: no había forma de evitarlo. Solo se conocen circunstancias que elevan el riesgo:
- la edad: el pico está en niños de dos a cinco años y hay un segundo repunte a partir de los cincuenta;
- el síndrome de Down y otras alteraciones genéticas congénitas;
- quimioterapia o radioterapia recibidas antes por otro tumor;
- irradiación importante, como la de un accidente, no la de una radiografía corriente;
- contacto laboral prolongado con benceno;
- inmunidad profundamente debilitada.
La leucemia no se contagia ni se hereda en el sentido corriente: tener un enfermo en la familia casi nunca supone una amenaza para el resto.
Qué muestran las pruebas
Se empieza por un hemograma. Puede llamar la atención cualquier combinación: hemoglobina baja, pocas plaquetas, un recuento raro de leucocitos y, sobre todo, blastos en el frotis, que en sangre no deberían existir.
El diagnóstico solo lo confirma el estudio de la médula ósea. Con una aguja se toma un poco de médula líquida de la cresta ilíaca: en adultos con anestesia local, en niños con sedación corta. Casi todos notan molestia en el momento y les queda un moratón unos días.
Después la muestra se analiza de varias formas a la vez: al microscopio, por las proteínas de superficie y por cromosomas y genes. No es exceso de celo: de la alteración que se encuentre depende el esquema elegido. Aparte se obtiene líquido cefalorraquídeo por punción lumbar, porque los blastos saben esconderse en las meninges, donde los fármacos penetran mal. El cuadro completo tarda una o dos semanas, pero el tratamiento empieza antes.
En qué consiste el tratamiento
No es un ciclo corto, sino un programa de dos o tres años por etapas. La primera es la más intensa y se hace ingresado: corticoides y varios citostáticos deben vaciar la médula de blastos y devolver la producción normal de sangre.
Siguen los ciclos de consolidación y, tras ellos, un mantenimiento largo con pastillas, ya en casa y con analíticas periódicas. Durante todo ese tiempo se repiten los fármacos en el canal medular para que la enfermedad no vuelva por el sistema nervioso.
En algunas variantes genéticas se añaden fármacos dirigidos, que bloquean esa alteración concreta, o inmunoterapia. El trasplante de médula no se plantea a todo el mundo, sino a quien tiene alto riesgo de recaída o ya ha recaído.
En niños los resultados están entre los mejores de la oncología. En adultos el pronóstico es más modesto y depende mucho de la genética del tumor, pero también aquí se trata con intención de curar.
Cómo atravesar los meses de tratamiento
Lo que más desgasta no son los ciclos, sino los huecos entre ellos: mientras la médula se recupera, la persona queda indefensa ante las infecciones.
- tómese la temperatura a diario y tenga a mano el teléfono de su unidad;
- higiene dental cuidadosa y cepillo blando: la boca es una puerta de entrada para las infecciones;
- evite el trato con personas en fase aguda de una infección, sobre todo si es varicela o sarampión;
- las vacunas vivas están prohibidas durante el tratamiento; el calendario se revisa con el hematólogo, también el de los convivientes;
- la preservación de semen u ovocitos hay que plantearla antes de empezar, después ya es tarde;
- cualquier producto nuevo, incluidos los de venta libre y los de herbolario, consúltelo primero.
El cansancio, las náuseas, la caída del pelo y las llagas son desagradables, pero manejables: para casi todo efecto secundario hay algo que ayuda. No hace falta callárselo ni esperar a la próxima cita.
Consulta en línea
En la consulta a distancia el médico revisa el hemograma y orienta sobre qué prueba toca después. Ayuda a entender el esquema pautado, a manejar los efectos secundarios, a preparar preguntas para el hematólogo y a distinguir qué exige una valoración presencial urgente. La punción de médula, las transfusiones y la administración de fármacos se hacen siempre en persona.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.







