En esta página
- Por qué la infección pasa años inadvertida
- Cómo llega el virus a la sangre
- Quién debería hacerse la prueba aunque se encuentre bien
- Dos análisis que dan la respuesta
- El tratamiento: comprimidos en lugar de inyecciones
- En qué acaba una infección sin tratar
- Más allá del hígado
- Lo que está en su mano
- Consulta en línea
Medicamentos comúnmente prescritos para Hepatitis C
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de usar cualquier medicamento.
Forma farmacéutica: COMPRIMIDO, 100/40 mgPrincipio activo: glecaprevir and pibrentasvirFabricante: Abbvie Deutschland Gmbh & Co. KgRequiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO, 400/100/100 mgPrincipio activo: sofosbuvir, velpatasvir and voxilaprevirFabricante: Gilead Sciences Ireland Unlimited CompanyRequiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO, 90mg/400mgPrincipio activo: sofosbuvir and ledipasvirFabricante: Gilead Sciences Ireland Unlimited CompanyRequiere receta
La hepatitis C es una infección vírica que se instala en el hígado y puede pasar años sin dar señales. Ahí está su peculiaridad: uno se encuentra bien mientras el tejido que trabaja va siendo sustituido por tejido cicatricial. La buena noticia pesa más que la mala: en la última década la hepatitis C ha dejado de ser un diagnóstico de por vida y se cura con comprimidos en dos o tres meses en casi todos los que llegan a tratarse. La dificultad ya no está en los fármacos, sino en hacerse el análisis a tiempo.
Por qué la infección pasa años inadvertida
Los primeros seis meses tras el contagio se llaman fase aguda. Solo una de cada tres o cuatro personas nota algo entonces, y por lo general al cabo de unas semanas: decaimiento, fiebre, pérdida de apetito, náuseas, molestia bajo las costillas derechas. A algunos se les oscurece la orina, se les aclaran las heces y se les ponen amarillentos los ojos. Se confunde fácilmente con una intoxicación o con un catarro que se alarga.
En aproximadamente una de cada cuatro personas el sistema inmunitario elimina el virus por sí solo en unos meses. En el resto la infección se queda: es la hepatitis C crónica, y sus molestias son poco específicas.
- Cansancio que no se arregla descansando.
- Dolor difuso en articulaciones y músculos.
- Náuseas, pesadez o hinchazón después de comer.
- Dificultad para concentrarse y para retener lo reciente, una sensación que muchos describen como niebla mental.
- Irritabilidad, ánimo bajo, ansiedad.
- Picor en la piel sin erupción.
Todo esto desaparece durante meses y vuelve, y suele atribuirse a la edad o al mal dormir. Ningún signo señala por sí mismo a la hepatitis C, y muchos no tienen ninguno. La respuesta solo la da un análisis de sangre.
Cómo llega el virus a la sangre
La hepatitis C se transmite por la sangre. La cantidad de virus que contiene es tan alta que basta un resto invisible, y en una mancha seca sigue vivo hasta varias semanas. De ahí sale toda la lista de vías de contagio:
- compartir agujas y jeringuillas al consumir drogas, y con ellas cucharas, filtros y canutos para inhalar polvos: basta una vez;
- procedimientos médicos y dentales realizados donde el instrumental se esteriliza mal;
- transfusiones y trasplantes anteriores al cribado del virus en la sangre donada, que en la mayoría de los países arrancó a principios de los noventa;
- tatuajes, piercings, micropigmentación y manicura con material no estéril, y en casa la maquinilla de afeitar, el cepillo de dientes o las tijeras compartidas;
- pinchazo accidental con una aguja en el trabajo: en el personal sanitario el riesgo se calcula en torno a un caso de cada cincuenta;
- de la madre al bebé en el parto, en torno a uno de cada veinte casos. La leche materna no transmite el virus y se puede dar el pecho; la excepción son las grietas con sangre en el pezón;
- por vía sexual el riesgo es bajo, pero sube donde hay contacto con sangre: sexo anal, relaciones durante la menstruación, llagas de otras infecciones o infección por VIH en la pareja.
En cambio nada hay que temer de los besos, los abrazos, la vajilla común, el inodoro, la piscina, la tos o las picaduras de insectos: así el virus no se transmite. En la convivencia diaria una persona con hepatitis C no es ningún peligro y no necesita vajilla aparte.
Quién debería hacerse la prueba aunque se encuentre bien
El análisis sirve para encontrar la infección antes de que estropee el hígado. Debería hacérselo cualquiera a quien le afecte un punto de la lista anterior, y con más motivo si ocurrió hace mucho y una sola vez: esos son los casos que se pierden. A ellos se suman otros motivos:
- haber nacido o vivido mucho tiempo en una región donde la infección es frecuente;
- tener hepatitis C la madre, la pareja estable o alguien con quien se convive;
- tener las enzimas hepáticas altas sin explicación, o convivir con el VIH o con la hepatitis B;
- planear un embarazo cuando algo de lo anterior le concierne.
Hacérselo una vez tiene sentido incluso sin motivo, para cerrar el tema. A quien mantiene el riesgo, su médico de cabecera le dirá con qué frecuencia repetirlo.
Dos análisis que dan la respuesta
El diagnóstico se apoya en dos pruebas que conviene no confundir: esa confusión es fuente habitual de sustos.
Los anticuerpos frente al virus indican si el organismo se ha encontrado alguna vez con la hepatitis C. No aparecen enseguida: hacen falta de semanas a meses, así que ante un riesgo reciente la prueba se repite. Un positivo todavía no significa enfermedad, porque los anticuerpos permanecen de por vida también en quien se curó solo o ya se trató.
La PCR del ARN del virus responde a la pregunta que importa: si el virus está ahora en la sangre. Es la prueba que confirma o descarta el diagnóstico.
Los autotests de punción en el dedo detectan anticuerpos y sirven como primer paso, pero un positivo se comprueba en el laboratorio.
Si se encuentra el virus, se evalúa el hígado con analítica, ecografía y elastografía, que mide su rigidez sin pinchar. De paso se comprueban la hepatitis B y el VIH, porque cambian el plan de tratamiento.
El tratamiento: comprimidos en lugar de inyecciones
La hepatitis C se trata con antivirales de acción directa, que bloquean la multiplicación del virus en varios puntos a la vez. Son comprimidos, el ciclo dura de ocho a doce semanas y se curan más de nueve de cada diez personas. El antiguo esquema de inyecciones semanales de interferón, duro y de resultados escasos, quedó atrás. Conviene saber algunas cosas antes de empezar.
- La tolerancia es buena: los primeros días puede haber dolor de cabeza, náuseas o insomnio, y después la cosa se calma.
- No se pueden saltar tomas ni dejarlo antes de tiempo: el virus puede hacerse resistente y el siguiente intento será más difícil de plantear.
- Enumere a su médico todo lo que toma, incluidos los productos sin receta y las plantas: conviven mal con algunos medicamentos para el corazón, con las estatinas, los antiepilépticos, los protectores gástricos y el hipérico.
- Si en algún momento pasó una hepatitis B, el tratamiento puede reactivarla, y eso se vigila aparte.
- Durante el embarazo el tratamiento se aplaza, porque estos fármacos no se han estudiado en embarazadas.
Doce semanas después del último comprimido se hace una PCR de control: un negativo significa que el virus se ha ido para siempre. Pero no queda inmunidad ni existe vacuna frente a la hepatitis C, así que uno puede volver a contagiarse: si el riesgo sigue en su vida, siguen valiendo las precauciones.
En qué acaba una infección sin tratar
La cicatrización avanza despacio: aproximadamente una de cada tres personas llega a la cirrosis, y suele tardar de veinte a treinta años. Va más rápido en quien bebe alcohol y fuma, en quien vive con sobrepeso, diabetes tipo 2, VIH o hepatitis B, y en quien se contagió ya de adulto.
La cirrosis calla mucho tiempo; después llegan la debilidad, la pérdida de peso, un picor tenaz, las arañas vasculares y el tono amarillento de piel y ojos. En fase avanzada el hígado deja de dar abasto: se acumula líquido en el abdomen, se hinchan las piernas, se enturbia la conciencia y las venas dilatadas del esófago sangran. Hay además un peligro aparte, el cáncer de hígado, y por eso con cirrosis se hace una ecografía cada seis meses de por vida, incluso con el virus ya curado.
Hay que llamar a una ambulancia (en Europa, al número único 112) si aparecen:
- vómito de sangre o de un contenido con aspecto de posos de café;
- heces negras y pegajosas;
- confusión, somnolencia, conducta extraña, temblor con los brazos extendidos;
- un abdomen que crece deprisa junto con fiebre y dolor;
- una ictericia que aumenta con rapidez.
Todo lo demás, del cansancio nuevo al picor, la orina oscura o las piernas hinchadas, es motivo para ver a un médico ese mismo día, pero no para llamar a una ambulancia.
Más allá del hígado
La hepatitis C hace daño también fuera del hígado, aunque de eso se habla poco. El virus empuja al sistema inmunitario a fabricar proteínas que se depositan en los vasos pequeños: de ahí las manchas moradas en las piernas, los dolores articulares, el hormigueo y el ardor en los pies y la afectación renal con proteínas en la orina e hinchazón. Con menos frecuencia se le relacionan algunos linfomas y una enfermedad cutánea en la que el sol provoca ampollas frágiles en el dorso de las manos. En muchos empeora además la sensibilidad a la insulina.
La conclusión es sencilla: cuando una erupción, unas articulaciones o un riñón no encuentran explicación, la serología de la hepatitis C merece estar en la lista. Así se descubre no pocas veces la infección, y tras el tratamiento la mayoría de estas manifestaciones remite.
Lo que está en su mano
Mientras avanzan el estudio y el tratamiento, se le puede aliviar bastante el trabajo al hígado.
- Deje el alcohol: es lo que más influye de todo, porque el alcohol y el virus destruyen el hígado a la vez.
- Cuide el peso, deje de fumar y muévase: todo ello va contra el hígado graso, que acelera la cicatrización. La hepatitis C no exige dieta especial; limitar sal y proteínas solo hace falta en la cirrosis avanzada y por indicación médica.
- Consulte las vacunas frente a la hepatitis A y la hepatitis B: sobre un hígado enfermo esos virus son especialmente peligrosos.
- No tome medicamentos ni suplementos sin que su médico lo sepa, tampoco los de herboristería: una parte son tóxicos para el hígado. Para el dolor, con el hígado enfermo suele elegirse el paracetamol en dosis acordada con el médico.
- Reserve para su uso exclusivo la maquinilla, el cepillo y las tijeras, tape los cortes con un apósito y limpie la sangre derramada con lejía doméstica.
- No done sangre ni órganos y avise a su pareja estable de que debe hacerse la prueba.
Consulta en línea
A distancia se resuelve casi todo, salvo las urgencias. El médico repasará si hubo un riesgo real de contagio y si procede el análisis; le explicará la diferencia entre unos anticuerpos positivos y una infección activa, que es donde más se asusta la gente; leerá los resultados que ya tenga y le dirá qué sigue. Si el tratamiento está en marcha, en línea se comprueba la compatibilidad de su medicación habitual con el ciclo, se comentan los efectos adversos de los primeros días y se fijan los controles. Los signos de la lista de la ambulancia no se valoran a distancia: con ellos se pide ayuda de inmediato.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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