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La enfermedad que todo el mundo conoce como enfermedad del beso está montada de forma engañosa. Empieza como una amigdalitis corriente, el antibiótico no hace nada, la fiebre sigue ahí en la segunda semana, el cuello se hincha y no quedan fuerzas ni para llegar a la cocina. No hay motivo para asustarse: la mononucleosis se cura sola, sin tratamiento alguno. Pero trae consigo dos cosas que conviene saber de antemano: un bazo agrandado que obliga a dejar el deporte durante más de un mes, y una erupción provocada por el antibiótico más recetado del mundo que después se apunta de por vida, y por error, como alergia.
Cómo se contagia y si se puede proteger a los demás
El culpable es el virus de Epstein-Barr, uno de los virus del grupo herpes. Vive en la saliva, así que pasa de una persona a otra al besarse y a través de un vaso compartido, una cuchara, una botella, un cepillo de dientes, un cigarrillo y, en ocasiones, con la sangre de una transfusión. Por el aire de una habitación, un apretón de manos o el asiento del autobús no se transmite.
Entre el contagio y las primeras molestias pasan alrededor de mes y medio, y por eso recordar dónde se cogió resulta casi siempre imposible.
Con este virus se encuentra prácticamente todo el mundo. En los niños pequeños el encuentro pasa desapercibido o se disfraza de catarro leve, de modo que en la edad adulta la mayoría lleva mucho tiempo protegida. La enfermedad visible les toca a quienes se cruzan con el virus más tarde, sobre todo adolescentes y personas de poco más de veinte años; de ahí la edad de los pacientes y el sobrenombre.
Cortar la transmisión por completo no es posible ni es un objetivo realista: el virus se elimina con la saliva durante meses después de la curación y, en portadores sanos, de forma intermitente toda la vida. Lo razonable es otra cosa: mientras dure la enfermedad y algún tiempo después, no besar, no beber del vaso de nadie ni ofrecer el propio y usar un cepillo de dientes exclusivo. Donar sangre queda descartado durante unos meses, y el plazo lo indica el banco de sangre. Volver al trabajo o a clase se puede en cuanto haya fuerzas, sin esperar a ningún análisis. Vacuna contra la mononucleosis no existe.
Qué aspecto tiene
Lo habitual es empezar con unos días de malestar y febrícula, y que luego el cuadro se despliegue:
- dolor de garganta intenso, con amígdalas grandes cubiertas de una placa blanquecina, indistinguible a simple vista de una amigdalitis bacteriana;
- fiebre que dura una o dos semanas y baja mal con los antitérmicos;
- ganglios aumentados, sobre todo en la parte posterior del cuello y bajo la nuca, dolorosos al tacto; el cuello se ve más grueso de lo normal;
- un cansancio agotador que no cede con el sueño y molesta más que la propia garganta;
- párpados hinchados en los primeros días, un detalle discreto pero reconocible;
- dolor de cabeza, dolores musculares, pérdida del apetito;
- erupción en la piel, puntitos rojos en el paladar y, a veces, un tinte amarillo en los ojos y pesadez bajo las costillas izquierdas.
La garganta suele soltar en una semana, la fiebre cede en una o dos y los ganglios tardan más en bajar. Lo que más se alarga es la debilidad: en una parte de los pacientes dura uno o dos meses, alguna vez más, y eso forma parte del curso normal de la enfermedad, no es una complicación.
Cuándo hace falta una ambulancia
La mononucleosis se pasa casi siempre en casa, pero hay tres situaciones en las que hay que llamar a emergencias (en Europa, al número único 112) sin esperar a la mañana siguiente:
- Vía respiratoria comprometida. Unas amígdalas muy grandes y el edema pueden llegar a cerrar la faringe. Preocupa que la persona no consiga tragar su propia saliva y esta le caiga por la boca, que le cueste respirar, que la respiración se vuelva ruidosa y silbante, que la voz cambie y que sentada esté mejor que tumbada.
- Rotura del bazo. Dolor repentino e intenso en la parte alta izquierda del abdomen, que sube hacia el hombro izquierdo, junto con palidez, sudor frío, mareo o desmayo. Ocurre pocas veces, pero pone en peligro la vida y se resuelve en el quirófano.
- Empeoramiento brusco del estado general. No se logra despertar a la persona, está confusa, tiene convulsiones o un dolor de cabeza fuerte con el cuello rígido, o no consigue beber por los vómitos y aparecen signos de deshidratación.
En ese estado no conduzca ni lleve a nadie en coche: pida ayuda. Y hay que ser visto el mismo día, por la vía ordinaria, si la fiebre supera las dos semanas, si los ojos se ponen amarillos, si la garganta empeora después de la primera semana, si el dolor impide beber o si al empezar un antibiótico ha salido una erupción por el cuerpo.
Qué hace el médico y por qué el antibiótico no sirve
El diagnóstico se apoya en un análisis de sangre. En el hemograma se ven muchos linfocitos de aspecto poco habitual, los llamados mononucleares, y aparte se buscan anticuerpos propios del virus de Epstein-Barr. Durante la primera semana la prueba rápida puede salir negativa aunque la enfermedad esté clara, por lo que a veces se repite. De paso se miran las enzimas hepáticas: en la mayoría están algo elevadas, porque el hígado participa casi siempre, y eso se normaliza solo.
Otras infecciones cursan de forma parecida, así que ante un cuadro atípico el médico pensará en citomegalovirus, en toxoplasmosis y, sobre todo, en la fase aguda de la infección por VIH, que empieza exactamente igual: fiebre, garganta, ganglios y erupción. Si en las últimas semanas ha habido relaciones sin protección u otro riesgo de contagio, dígalo desde el principio: la prueba del VIH no es aquí un trámite, sino la parte más valiosa del estudio, porque empezar pronto el tratamiento cambia mucho las cosas.
Los antibióticos no actúan contra los virus y la mononucleosis no se trata con ellos. Hay además una trampa muy concreta: si a alguien con mononucleosis se le da un antibiótico del grupo de las penicilinas, casi siempre amoxicilina, a los pocos días la mayoría cubre el cuerpo de una erupción abundante que pica. No es una verdadera alergia a la penicilina, pero queda escrita para siempre en la historia clínica y priva a esa persona de los antibióticos más sencillos y cómodos durante el resto de su vida. Por eso, ante un dolor de garganta que no cede y que se acompaña de ganglios y cansancio, lo sensato es sacar sangre antes que tratar a ciegas. Y si el antibiótico ya se había indicado y la erupción salió, cuéntelo: esa etiqueta de alergia conviene aclararla más adelante.
Los corticoides se emplean pocas veces y solo en situaciones concretas, por ejemplo cuando la hinchazón amenaza la respiración. No se dan de forma rutinaria porque no aportan nada.
El bazo y la vuelta al esfuerzo
En torno a la mitad de los enfermos tiene el bazo agrandado. Está a la izquierda, debajo de las costillas, y distendido se vuelve frágil: un golpe en el costado, un tirón brusco, unas pesas, un combate o una caída de la bicicleta pueden desgarrarlo. Las roturas son raras, pero son lo más peligroso que puede pasar en esta enfermedad y casi todas ocurren en las primeras semanas.
De ahí una regla sencilla: mientras dure la enfermedad, y como mínimo un mes desde su inicio, nada de deportes de contacto, artes marciales, cargas pesadas ni esfuerzos explosivos. Para los deportes de contacto y el levantamiento de pesas la pausa suele ser más larga, y conviene reincorporarse después de que el médico le explore. Caminar, subir escaleras y hacer la vida de casa no entran en la prohibición: pasar el día entero en la cama no ayuda y alarga la debilidad.
El alcohol también conviene aparcarlo esas primeras semanas, mientras el hígado está ocupado con la infección.
Cómo llevar mejor estas semanas en casa
No hay ningún tratamiento que acorte la enfermedad, así que todo lo casero va dirigido a pasarla con menos incomodidad.
- Descanse lo que el cuerpo pida, pero levántese y muévase un poco cada día.
- Beba a menudo y en pequeñas cantidades. Si tragar duele, las bebidas frescas entran mejor que las calientes, y el helado también vale.
- La comida blanda, tipo sopa, yogur o puré, se tolera mejor que la seca y la picante.
- Para el dolor y la fiebre sirven los analgésicos habituales sin receta; cuál elegir se lo dirá el médico de cabecera o el farmacéutico. A niños y adolescentes no se les da aspirina.
- Hacer gárgaras con agua tibia y sal alivia la garganta durante un rato.
- Vuelva a clase o al trabajo de forma gradual y no se sorprenda si las primeras semanas se cansa antes de lo normal. Negocie una jornada más ligera si es posible.
Si al cabo de uno o dos meses las fuerzas siguen sin volver, coméntelo: lo más frecuente es una recuperación que se alarga, pero de paso se descartan otras causas de cansancio, como una hemoglobina baja o un problema de tiroides.
Consulta en línea
A distancia esta enfermedad permite resolver varias cosas a la vez. La primera, si esa amigdalitis que no acaba puede ser una mononucleosis y qué análisis pedir para dejar de suponer; el médico repasará cuántos días lleva la fiebre, qué se ve en la garganta, dónde están los ganglios y cómo se tolera el esfuerzo. La segunda, qué hacer con un análisis ya hecho en el que inquietan los linfocitos o las enzimas del hígado. La tercera, la más práctica, cuándo se puede volver a entrenar y a estudiar, y es aquí donde la consulta remota ahorra más tiempo. También es el sitio adecuado para hablar de la erupción que apareció con el antibiótico, para que no quede anotada como alergia sin motivo. La dificultad para respirar, la imposibilidad de tragar la saliva y el dolor abdominal intenso no se valoran por pantalla: con eso hay que llamar de inmediato a una ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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