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Embarazo molar

El embarazo molar es un fallo poco frecuente que ocurre al principio de la gestación. En lugar del embrión y de una placenta normal, en el útero crece un…

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Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

El embarazo molar es un fallo poco frecuente que ocurre al principio de la gestación. En lugar del embrión y de una placenta normal, en el útero crece un tejido formado por multitud de pequeñas vesículas que recuerda a un racimo de uvas. La prueba de embarazo da positiva, los signos de gestación están ahí y a veces son más intensos de lo habitual, pero un embarazo así no puede llegar a término: o no hay feto, o no es viable. Sucede aproximadamente una vez de cada seiscientos a mil embarazos. El tejido se retira y después se sigue a la mujer durante un tiempo con análisis de sangre, porque en una parte de los casos esas células no desaparecen solas. Su otro nombre es mola hidatiforme, y los médicos la incluyen dentro de la enfermedad trofoblástica gestacional.

Qué es lo que crece en el útero

Las vesículas que componen la mola son vellosidades hinchadas de lo que iba a ser la placenta. Se llenan de líquido y proliferan porque en la fecundación se produjo un error en la dotación de cromosomas. Se distinguen dos formas, y se comportan de manera distinta.

  • Mola completa. Un espermatozoide fecunda un óvulo que ha perdido su propio núcleo, de modo que todo el material genético es de origen paterno. En este caso no llega a formarse embrión: en el útero solo hay tejido vesicular.
  • Mola parcial. Dos espermatozoides fecundan a la vez un mismo óvulo y el número de cromosomas resulta una vez y media superior al normal. En la ecografía puede verse un esbozo de feto, pero no es capaz de seguir desarrollándose.

La diferencia no es un detalle académico. Tras una mola completa, la probabilidad de que queden células activas y haga falta tratamiento es bastante mayor: alrededor de una mujer de cada siete, frente a una de cada cien o doscientas después de una mola parcial. Por eso el seguimiento posterior es obligatorio en ambos casos, aunque su duración no sea la misma.

Las señales por las que se descubre

La mayoría de las veces no se detecta por los síntomas, sino en la primera ecografía, que suele hacerse entre las semanas ocho y catorce. A una parte de las mujeres no le molesta nada hasta ese momento.

Cuando hay síntomas, el más frecuente es el sangrado vaginal: desde un manchado pardo en la ropa interior hasta una hemorragia evidente, a menudo con pausas de varios días. A veces salen junto con la sangre pequeñas vesículas translúcidas parecidas a granos de uva, y eso es casi siempre una mola.

El resto de los signos resulta menos evidente. Las náuseas y los vómitos pueden ser más intensos de lo que suele ocurrir en el embarazo: no se retiene ni el agua y se pierde peso. El abdomen parece mayor de lo que correspondería a esas semanas, porque lo que crece no es un bebé, sino el propio tejido molar. De forma excepcional aparecen signos que no deberían darse tan pronto: palpitaciones, temblor de manos, sudoración e intolerancia al calor (la hormona del embarazo, en concentraciones altas, estimula la tiroides), o tensión arterial alta con hinchazón antes de la semana veinte.

Hay además una situación aparte: el embarazo termina con el aspecto de un aborto espontáneo corriente y la mola se descubre después, al analizar el tejido expulsado.

Cuándo no se puede esperar

Llame a una ambulancia (en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania funciona el número único europeo 112) si la embarazada presenta:

  • una hemorragia abundante: la compresa se empapa por completo en una hora o menos y salen coágulos grandes;
  • debilidad brusca, palidez, sudor frío, desmayo;
  • dificultad respiratoria repentina, dolor en el pecho, tos con sangre;
  • dolor de cabeza intenso con alteraciones de la visión, vómitos y tensión alta antes de la semana veinte;
  • palpitaciones rápidas con temblor, fiebre y agitación;
  • fiebre por encima de 38 grados con dolor en la parte baja del abdomen y flujo maloliente.

La falta de aire y el dolor torácico en una mola no son nerviosismo: fragmentos del tejido proliferado pueden alcanzar los vasos pulmonares. El dolor de cabeza con tensión alta e hinchazón tan pronto tampoco se ve prácticamente nunca en un embarazo normal, y en la mola sí ocurre. En el resto de las situaciones —un manchado escaso, náuseas que se agravan, un vientre que parece grande para las semanas— no hace falta ambulancia, pero sí acudir al médico ese mismo día, sin esperar a la cita programada.

Cómo se llega al diagnóstico

La primera prueba es la ecografía, casi siempre transvaginal: en las primeras semanas una sonda pequeña ofrece una imagen mucho más nítida que la exploración a través del abdomen. En la mola completa el útero aparece ocupado por vesículas menudas de aspecto característico y no hay feto. La mola parcial cuesta más de ver, y al principio se confunde fácilmente con una gestación detenida o con un aborto espontáneo.

La segunda prueba es el análisis de sangre de gonadotropina coriónica, la hormona del embarazo. En la mola suele estar bastante por encima de lo esperable para esas semanas. Una cifra alta por sí sola no diagnostica nada —también ocurre en los embarazos gemelares—, pero junto a la imagen ecográfica inclina la balanza.

La respuesta definitiva solo la da el estudio del propio tejido al microscopio una vez retirado: es lo único que distingue la mola completa de la parcial y de un aborto corriente. Por eso el tejido expulsado o extraído en cualquier pérdida temprana se envía a anatomía patológica, y conviene no tomarlo por un trámite, porque todo el plan posterior se apoya en ese resultado. Además se comprueban la función tiroidea, la hepática y la renal, y con cifras hormonales muy altas puede pedirse una radiografía de tórax.

Cómo se retira la mola

El procedimiento habitual es la aspiración por vacío: el contenido del útero se extrae a través de una cánula fina, con anestesia general o sedación profunda, en pocos minutos. El legrado con instrumento cortante se evita en la medida de lo posible. Los fármacos que provocan contracciones uterinas se emplean poco y solo por decisión del especialista: en la mola completa aumentan la probabilidad de necesitar quimioterapia después.

A veces la mola se expulsa sola, igual que un aborto. Incluso entonces hay que avisar al médico y conservar el tejido para su análisis, porque sin él el diagnóstico se queda en una sospecha.

A las mujeres con factor Rh negativo se les administra en determinados casos inmunoglobulina anti-D; conviene preguntarlo al médico que lleva el caso. Durante unos días después del procedimiento hay sangrado y molestias en la parte baja del abdomen, y eso entra dentro de lo previsto. Lo que no entra es que el sangrado aumente, que suba la fiebre o que el flujo huela mal: en ese caso hay que llamar a la clínica de inmediato.

El seguimiento: para qué sirven los análisis

Una vez retirada la mola, lo importante es asegurarse de que no han quedado células activas, y la única manera de verlo es vigilar la hormona del embarazo. Al principio los análisis se repiten con frecuencia, cada una o dos semanas; cuando la cifra llega a valores normales se espacian y continúan varios meses más. La duración total depende del tipo de mola y de la rapidez con que haya bajado la hormona; el calendario concreto lo indica el equipo que hace el seguimiento.

Durante todo ese tiempo no se debe buscar embarazo, y no se trata de una prohibición arbitraria. Un embarazo nuevo eleva por sí mismo la hormona, con lo que resultaría imposible distinguirlo de una recaída y habría que empezar el seguimiento de cero. Por eso la anticoncepción se inicia desde el primer día y conviene elegirla con el médico: el dispositivo intrauterino no suele colocarse hasta que la cifra se normaliza. Las relaciones sexuales pueden retomarse cuando haya cesado el sangrado y apetezca.

Si la hormona no baja

En ocasiones parte de las células permanece en el útero y sigue creciendo. Entonces la hormona se estanca o vuelve a subir y reaparece el sangrado. A esta situación se la llama enfermedad trofoblástica persistente; su forma menos frecuente y más agresiva, capaz de sembrar en los pulmones y otros órganos, es el coriocarcinoma.

El nombre asusta, pero es justo uno de esos casos en los que el pronóstico es mucho mejor de lo que sugiere: la enfermedad responde muy bien a la quimioterapia y se cura en más de noventa y ocho mujeres de cada cien. Suele bastar con un solo fármaco y unos pocos ciclos, no hace falta extirpar el útero y la capacidad de tener hijos se mantiene. Después del tratamiento se aconseja esperar alrededor de un año antes de buscar un embarazo.

Precisamente para esto sirven esos análisis repetidos y agotadores: detectan la recaída mucho antes de que llegue a dar síntomas.

El próximo embarazo y lo que se siente

La mola apenas afecta a la capacidad de concebir. La probabilidad de que se repita es baja, en torno a uno o dos casos de cada cien; después de dos molas seguidas sube, y entonces se ofrece a la pareja una consulta de genética. En el siguiente embarazo se pide acudir a la ecografía antes de lo habitual, hacia las semanas siete u ocho, y unas semanas después del parto o del final de la gestación se vuelve a comprobar la hormona.

Merece la pena hablar aparte de lo emocional. Esto es una pérdida gestacional, y estar de duelo después es normal aunque las semanas fueran muy pocas. Lo que complica las cosas es que al duelo se le suma la incertidumbre: durante meses hay que ir a sacarse sangre, aplazar el siguiente intento, oír la palabra tumor y vivir en suspenso. La pareja lo pasa mal también, solo que a menudo en silencio. Si al cabo de varias semanas la cosa no mejora, si no se consigue dormir ni comer, si la angustia no afloja o aparece la idea de que no merece la pena vivir, hay que buscar ayuda psicológica: no es debilidad.

Consulta en línea

Hablar con un médico a distancia resuelve dos situaciones. La primera, cuando algo está ocurriendo en ese momento y no se sabe hasta qué punto es urgente: por la descripción del sangrado, del dolor y de las semanas, el médico dirá si hay que ir ya, pedir una ecografía para hoy o si se puede esperar tranquilamente a la cita. La segunda, cuando el diagnóstico ya está hecho y hay papeles delante: revisar el informe de la ecografía y el de anatomía patológica, entender la diferencia entre mola completa y parcial, qué significan las cifras hormonales en su evolución y por qué el seguimiento se ha fijado en ese plazo.

Más adelante llegan otras preguntas: qué anticoncepción elegir mientras dura el seguimiento, cuándo se puede planificar un embarazo, qué hacer si la cifra ha dejado de bajar, cómo prepararse para la próxima gestación. Los límites del formato son evidentes: explorar, hacer una ecografía y extraer sangre no se hace a través de una pantalla, y ante una hemorragia abundante, un desmayo o una falta de aire repentina lo que hace falta no es una llamada, sino una ambulancia.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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