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Deficiencia de la visión del color (daltonismo)

Al oír la palabra «daltonismo» casi todo el mundo imagina una vida en blanco y negro, y ahí empieza precisamente el malentendido.

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Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

Al oír la palabra «daltonismo» casi todo el mundo imagina una vida en blanco y negro, y ahí empieza precisamente el malentendido. La inmensa mayoría de quienes tienen alterada la visión del color ven color de sobra: lo que les ocurre es que ciertos tonos se les funden en uno solo, y donde los demás dicen «rojo» o «verde» sin pensarlo, ellos tienen que adivinar. Hay, eso sí, una distinción que importa mucho más que la anterior. Una cosa es ver así desde que se nace: es un rasgo, no cambia y estorba poco. Otra muy distinta es que los colores se hayan apagado o desplazado en las últimas semanas. Entonces ya no se trata de un rasgo, sino de un síntoma, y conviene averiguar deprisa de qué avisa.

Tres tipos de conos y una cuenta que sale mal

El color depende de los conos, unas células sensibles a la luz que se concentran sobre todo en el centro de la retina. Los hay de tres clases y cada una responde a una franja del espectro: en términos sencillos, la «roja», la «verde» y la «azul». El cerebro compara con qué intensidad ha respondido cada tipo y, de esa proporción entre tres señales, deduce el tono. Basta con que una de las clases trabaje con menos fuerza o desplace su sensibilidad hacia la vecina para que un grupo de tonos deje de distinguirse: colores distintos acaban entregando al cerebro exactamente la misma proporción.

De ahí salen las variantes.

  • Alteración del rojo y el verde: la más frecuente con diferencia. Se confunden el rojo, el verde, el marrón, el naranja y los tonos oliva; el rosa puede parecer gris y el violeta, simplemente azul. Los genes de los conos «rojos» y «verdes» están en el cromosoma X, de modo que este rasgo aparece aproximadamente en uno de cada doce hombres y en una de cada doscientas mujeres: para que se manifieste en ellas tienen que coincidir las dos copias.
  • Alteración del azul y el amarillo: rara, se hereda con independencia del sexo y afecta por igual a hombres y mujeres. Aquí se confunden el azul con el verde y el amarillo con el rosa o con un gris claro.
  • Ausencia completa de visión del color: muy poco frecuente y llamativa ya en los primeros meses de vida, aunque no por los colores. Al bebé le tiemblan los ojos, entorna los párpados y aparta la cara de la luz intensa, y ve mal los detalles pequeños.

Una mujer con una sola copia alterada del gen distingue los colores con total normalidad, pero transmite el rasgo a sus hijos varones. Por eso en las familias el daltonismo parece saltarse una generación: quien ve igual es el abuelo materno, mientras que en el padre no hay nada que señalar.

Lo que se nota en el día a día y lo que delata a un niño

La forma congénita no duele, no emborrona la imagen y no reduce la agudeza visual. Muchos adultos se enteran por casualidad, en un reconocimiento médico o al no conseguir leer la cifra de un test que abrieron por curiosidad. Las molestias reales se concentran en un puñado bastante estrecho de situaciones:

  • la luz del semáforo, sobre todo si está lejos o dispuesta en horizontal, aunque ayuda mucho que la posición de las luces sea siempre la misma;
  • el punto de maduración de la fruta y las bayas, o el punto de la carne al hacerla;
  • el enrojecimiento de la piel: un sarpullido, una quemadura solar, una herida que se está inflamando. Pueden pasar sencillamente desapercibidos, y esto es lo único de la vida corriente que resulta de verdad poco seguro;
  • los gráficos, esquemas, mapas y rotuladores de colores, o los pilotos rojo y verde de un aparato;
  • la elección de la ropa, que a veces provoca miradas de reojo alrededor.

Un niño no se queja de nada de esto por una razón muy simple: no sabe que ve distinto a los demás. La sospecha suele surgir entre los cuatro y los ocho años, y siempre por vías indirectas. Las hojas de los árboles le salen marrones o rosas en el dibujo, colorear no le apetece en absoluto, las tareas de «agrupa por colores» le dejan inesperadamente bloqueado, nombra los colores con inseguridad y mira de reojo al compañero, y del rotulador de color en la pizarra dice que «no se ve». Conviene añadir algo: las notas pueden bajar por este motivo y no por lo que el niño sabe, y esto no tiene nada que ver ni con la falta de atención ni con su capacidad.

Cuando los colores han cambiado hace poco

La forma congénita es idéntica en ambos ojos, se mantiene igual toda la vida y no viene acompañada de nada más. Todo lo que se salga de esa descripción es adquirido, y eso significa que hay una causa detrás, que casi siempre importa más que el color en sí. Motivos para estar alerta:

  • los colores han cambiado en cuestión de días o semanas y antes se distinguían con normalidad;
  • cada ojo ve de forma distinta: si se tapan por turnos, con uno de ellos el rojo se ve descolorido y apagado;
  • junto al color ha bajado la agudeza visual, ha aparecido una mancha en el centro del campo o la imagen se ha vuelto mate, como si alguien hubiera bajado el brillo;
  • el ojo duele al moverlo.

Hay que llamar de inmediato al servicio de emergencias, en Europa el 112, o acudir a urgencias si la visión de un ojo cae bruscamente en minutos u horas; si un dolor intenso del ojo se acompaña de enrojecimiento, halos alrededor de las luces, náuseas y vómitos; o si la percepción del color cambia a la vez que aparece debilidad en un brazo o una pierna, desviación de la cara o habla confusa. Detrás de estas combinaciones están el glaucoma agudo, la obstrucción de un vaso de la retina y el ictus, situaciones en las que se cuenta por horas.

¿Qué más desplaza la percepción del color en alguien que antes veía con normalidad?

  • la inflamación del nervio óptico, más propia de personas jóvenes, casi siempre en un solo ojo y con dolor al mover el globo ocular; a veces es la primera manifestación de una esclerosis múltiple;
  • el glaucoma, la afectación de la retina por la diabetes y la degeneración macular asociada a la edad;
  • la catarata: el cristalino que se enturbia amarillea y amortigua los tonos azules, y por eso después de la operación no es raro que la gente se sorprenda de lo azul que resulta el mundo;
  • los medicamentos. El etambutol, un fármaco antituberculoso, puede dañar el nervio óptico, y la pérdida de la distinción entre rojo y verde llega a ser el primer aviso: por eso con ese tratamiento la visión se revisa según un calendario fijado. Los preparados de digital, cuando se acumulan en la sangre, tiñen de amarillento todo el entorno y dibujan halos alrededor de las luces. La hidroxicloroquina, tomada durante años, obliga a revisiones periódicas con el oftalmólogo;
  • un traumatismo del ojo o de la cabeza, un ictus en el lóbulo occipital, un tumor que comprime el nervio óptico;
  • la falta de vitamina B12, y también la combinación de un abuso prolongado de alcohol con el tabaco: así es como se daña el nervio óptico.

Existe una regularidad que los médicos aprovechan: las enfermedades de la retina estropean más bien la distinción entre azul y amarillo, mientras que las del nervio óptico afectan sobre todo al rojo y al verde. Por eso la pregunta «qué colores exactamente ha empezado a confundir» no se hace en la consulta por pura fórmula.

Qué pruebas lo miden y por qué las de internet no valen

La primera es el test de las láminas con cifras o caminos formados por puntos de colores: es rápida y detecta bien la alteración del rojo y el verde, pero se le escapa la del azul y el amarillo y no mide el grado. Después se usan juegos de fichas de colores que hay que ordenar según el tono; por el punto exacto en el que la serie se descoloca se ve qué eje está alterado y hasta dónde. El aparato más preciso se llama anomaloscopio: determina el tipo y la intensidad, y su resultado suele exigirse allí donde la visión del color condiciona el acceso a una profesión.

Los test de internet sirven justo para una cosa: hacer pensar y pedir cita. La pantalla, su brillo y su perfil de color modifican la imagen mucho más que la propia particularidad de la vista, y sobre todo, con una prueba así es imposible separar lo congénito de lo adquirido, que es precisamente la cuestión importante. Si se sospecha una alteración adquirida, el oftalmólogo explorará el fondo de ojo, comprobará el campo visual y, si hace falta, pedirá imágenes de la retina y del nervio óptico.

A un niño conviene revisarlo antes de empezar el colegio, hacia los cinco o seis años, y si ya hay daltonismo en la familia, sin dejarlo para más adelante.

Colegio, profesión y rodeos que sí funcionan

La alteración congénita de la visión del color no tiene tratamiento: los conos que faltan o que están desplazados no se pueden sustituir por nada, y las técnicas de las que se habla como terapia del futuro siguen siendo, por ahora, investigación. La adquirida, en cambio, es reversible con frecuencia: si se retira la causa, el color puede volver, y cuanto antes se encuentre esa causa, mayores son las probabilidades.

Sobre las gafas y las lentillas con filtros de color conviene hablar con franqueza. Aumentan el contraste entre los tonos que se confunden y a una parte de las personas les resultan más cómodas, pero no crean conos nuevos, no restauran la visión del color y con ellas no se puede superar una selección profesional. Las promesas de «gafas que curan el daltonismo» son publicidad.

Lo que de verdad funciona es esto:

  • avisar en el colegio. El profesor puede duplicar el color con una etiqueta, una forma o una trama, no montar la tarea sobre la sola distinción de tonos y no escribir lo importante con tiza o rotulador de color;
  • informarse con antelación de los requisitos de visión del color en cada profesión. Piloto, maquinista, patrón de barco, parte de las especialidades militares y policiales, el montaje eléctrico y determinados trabajos de laboratorio y sanitarios los exigen, pero las normas cambian de un país a otro y dependen del tipo y del grado de alteración. Esto hay que averiguarlo antes de presentar la solicitud y antes de elegir centro de estudios, no el día del reconocimiento médico;
  • etiquetar todo aquello que solo se distinga por el color: cables, pinturas, etiquetas de la ropa;
  • usar los modos de corrección de color del móvil y del ordenador, y las aplicaciones que nombran el color a partir de una foto;
  • guiarse por la posición y no por el color: la luz del semáforo, el orden de los botones, la forma del icono;
  • pedir ayuda allí donde equivocarse sale caro, por ejemplo para valorar si la piel alrededor de una herida se ha enrojecido.

Consulta en línea

A distancia se resuelven bien dos asuntos. El primero y principal es aclarar si se trata de un rasgo de nacimiento o de un cambio reciente. El médico repasará si ha sido así desde la infancia, si ocurre igual en los dos ojos, qué ha cambiado exactamente y cuándo, qué enfermedades hay y qué medicamentos se están tomando, y dirá si hace falta una exploración con el oftalmólogo en los próximos días o si el asunto puede esperar. El segundo es la vida con un daltonismo ya conocido: qué contar en el colegio y cómo, a qué pruebas hay que prepararse en un reconocimiento, cómo tener en cuenta esta particularidad al elegir profesión, si conviene revisar a los hijos. Las señales de la lista anterior no se valoran por pantalla: con ellas hace falta atención urgente presencial.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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