Cáncer de riñón
Los riñones están alojados en la profundidad del abdomen, a ambos lados de la columna y por debajo de las últimas costillas.
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Los riñones están alojados en la profundidad del abdomen, a ambos lados de la columna y por debajo de las últimas costillas. Un tumor puede crecer allí durante mucho tiempo sin dar señales: hay espacio de sobra a su alrededor y el otro riñón asume el trabajo sin protestar. Por eso casi la mitad de estos tumores se descubren por casualidad, en una ecografía o un escáner pedidos por un motivo completamente distinto. Aparece sobre todo a partir de los sesenta años y afecta al doble de hombres que de mujeres. Tiene, eso sí, una particularidad importante: mientras no ha salido del riñón se puede extirpar por completo, y la persona sigue viviendo con un solo riñón sin limitaciones.
Qué tipo de tumor crece en el riñón
Casi nueve de cada diez casos son carcinoma de células renales, que nace en las células de los túbulos, los conductos donde el líquido filtrado se convierte en orina. Con menor frecuencia el tumor surge del revestimiento de la pelvis renal, el embudo por donde la orina desciende hacia el uréter; ese tipo se parece más al cáncer de vejiga y se trata de otra manera. En la infancia existe una enfermedad aparte, el tumor de Wilms, que no guarda relación con el cáncer renal del adulto.
No todo lo que se ve en un riñón es maligno. Los quistes simples aparecen en muchísimas personas a partir de los cuarenta y no significan nada. El angiomiolipoma es una lesión benigna formada por grasa y vasos, y el oncocitoma es también un tumor benigno. Lo que permite distinguirlos no es el tamaño, sino cómo se comporta la lesión en el escáner con contraste.
Cómo se manifiesta
- sangre en la orina, de color rosado, rojo o de té cargado, muchas veces sin dolor y una sola vez; precisamente esa única vez engaña y hace que la consulta se aplace;
- dolor en el costado o en la zona lumbar, entre la costilla y la cintura, que dura semanas y no depende del movimiento;
- un bulto palpable en el flanco o bajo las costillas;
- pérdida de peso sin dieta y pérdida del apetito;
- fiebre que se prolonga o vuelve durante semanas, y sudoración nocturna abundante;
- cansancio y palidez, que a menudo corresponden a una anemia detectada en un análisis rutinario;
- unas venas dilatadas en el escroto que antes no existían, con más frecuencia en el lado izquierdo, y que no se vacían al tumbarse: es un signo poco frecuente pero valioso, porque indica que el tumor comprime la vena que drena la sangre del testículo.
El tumor renal es capaz de alterar el metabolismo de todo el organismo: libera sustancias que elevan el calcio en sangre, suben la tensión arterial y mantienen la fiebre. Por eso a veces la enfermedad debuta sin ninguna molestia urinaria, con debilidad inexplicable, sed intensa y estreñimiento propios de un calcio alto. La tríada clásica de sangre en la orina, dolor y bulto es rara en la práctica y aparece cuando el tumor ya está avanzado: no hay que esperar a que se complete.
Lo que no admite espera
Ver sangre en la orina, aunque sea una sola vez, justifica una consulta en los próximos días, incluso si se resolvió sola y nada duele. Hay situaciones en las que no cabe esperar en absoluto:
- sangrado abundante con coágulos, sobre todo si la orina deja de salir y el bajo vientre se distiende: un coágulo ha taponado la salida y la vejiga debe vaciarse en el hospital;
- dificultad respiratoria repentina e intensa, dolor torácico o sangre al toser;
- dolor de espalda que va en aumento con adormecimiento o debilidad en las piernas y retención o incontinencia de orina: en alguien con un tumor conocido indica compresión de la médula espinal y se cuenta por horas;
- confusión, vómitos incoercibles y sed intensa, que es como se manifiesta una subida brusca del calcio;
- fiebre por encima de 38 °C en una persona que está recibiendo tratamiento farmacológico, aunque no haya ninguna otra molestia.
En estos casos hay que llamar a una ambulancia: en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania funciona el número único europeo 112.
Qué desplaza la probabilidad
- Tabaco. Duplica aproximadamente el riesgo, y cuantos más años se lleva fumando, mayor es. Al dejarlo el riesgo baja, pero despacio: hacen falta años.
- Exceso de peso. Uno de los pocos factores con una relación sólidamente demostrada: el tejido graso modifica las hormonas que regulan el crecimiento celular.
- Tensión arterial alta. Aumenta el riesgo por sí misma, con independencia del fármaco con el que se controle.
- Antecedentes familiares. Un padre, una madre o un hermano con cáncer renal elevan la probabilidad. Aparte están los síndromes hereditarios raros: la enfermedad de Von Hippel-Lindau, el síndrome de Birt-Hogg-Dubé o la esclerosis tuberosa, en los que los tumores aparecen pronto, a menudo en ambos riñones y varios a la vez. Si el diagnóstico se hace en una persona joven o se repite en la familia, conviene plantear un estudio genético.
- Diálisis de muchos años. En unos riñones que dejaron de funcionar hace tiempo se forman quistes, y sobre ellos los tumores aparecen con más frecuencia, por lo que estos pacientes se revisan de forma periódica.
- Exposiciones laborales. Tricloroetileno, cadmio y derivados de la industria del coque.
Solo tres puntos están en manos de cada uno: no fumar, mantener el peso y tratar la tensión. Ninguno ofrece garantías, porque el cáncer renal también aparece en personas sin un solo factor de riesgo; por eso los síntomas hay que consultarlos en cualquier caso.
Cómo se confirma el diagnóstico
Se empieza por lo sencillo: análisis de orina buscando sangre, analítica con creatinina, calcio y hemoglobina, y ecografía. La ecografía ve bien una masa, pero no responde a la pregunta de qué es. La prueba decisiva es la tomografía computarizada con contraste intravenoso: por la forma en que la lesión capta el contraste, el radiólogo distingue un quiste de un tumor y valora si ha invadido la vena o la grasa que rodea al riñón. En el mismo estudio se incluye el tórax, porque el pulmón es el destino más frecuente de las metástasis. Si el contraste está contraindicado por mala función renal, se recurre a la resonancia.
El cáncer de riñón es uno de los pocos cuyo diagnóstico se establece con frecuencia por imagen, sin biopsia: la imagen del escáner es bastante característica y la aguja no siempre alcanza la zona representativa. La biopsia se reserva para los casos dudosos, para cuando se planea destruir el tumor sin cirugía o para cuando va a iniciarse un tratamiento farmacológico y hace falta conocer el subtipo con exactitud. La gammagrafía ósea y las pruebas de imagen craneales no se hacen a todo el mundo, sino cuando hay síntomas que apuntan a esas zonas.
La espera de los resultados es la parte más dura. Unas semanas son lo normal y no significan que se haya encontrado algo malo. A la consulta en la que se comunican los resultados conviene acudir acompañado: lo que se oye ese día se recuerda después a medias.
En qué consiste el tratamiento
La elección depende del tamaño del tumor, de su localización, de si ha salido del riñón y del estado general de la persona. La decisión no la toma un solo médico, sino un equipo: urólogo, oncólogo, radiólogo y patólogo.
- Cirugía. Es el pilar mientras el tumor no ha salido del riñón. Si el tamaño lo permite se extirpa solo el tumor con un margen de tejido sano y se conserva el órgano, algo especialmente valioso en quien ya tiene los riñones tocados. En caso contrario se retira el riñón entero. Se puede vivir con normalidad con uno solo: el que queda aumenta de tamaño y asume la carga.
- Destrucción del tumor sin incisión. Se introduce una aguja a través de la piel y se congela el tejido o se calienta con ondas de radio. Sirve para tumores pequeños, sobre todo en personas mayores o que tolerarían mal una operación.
- Vigilancia activa. Un tumor pequeño en una persona mayor con otras enfermedades importantes suele crecer muy despacio, y resulta más sensato seguirlo con pruebas de imagen que operarlo. No es renunciar a tratar, sino una decisión meditada.
- Embolización. Se deja al tumor sin riego tapando la arteria que lo alimenta. Se emplea para detener un sangrado o reducir su tamaño cuando la cirugía no es posible.
- Tratamiento farmacológico de la enfermedad extendida. Hoy se basa en la inmunoterapia: fármacos que retiran al tumor la protección frente al propio sistema inmunitario. Se usan solos o junto a fármacos dirigidos que le cortan la formación de vasos nuevos. Esa combinación ha cambiado el pronóstico de la enfermedad metastásica en la última década.
- Radioterapia. El tumor renal responde poco a la radiación, así que se aplica de forma selectiva: para calmar el dolor de una metástasis ósea o tratar una lesión cerebral.
- Quimioterapia. En el carcinoma de células renales apenas funciona y se usa poco; su sitio está sobre todo en los tumores de la pelvis renal.
Después del tratamiento
A quien ha sido operado se le sigue durante varios años con pruebas de imagen de tórax y abdomen, a intervalos que dependen del estadio y de lo agresivo que resultara el tumor al microscopio. Las recaídas pueden aparecer muchos años después, así que no conviene espaciar las revisiones por cuenta propia.
La segunda tarea es cuidar lo que queda. Una vez al año se comprueban la creatinina y las proteínas en orina y se vigila la tensión arterial. Los antiinflamatorios no esteroideos —ibuprofeno, diclofenaco, naproxeno— con un solo riñón se toman únicamente si el médico los indica y durante poco tiempo; para el dolor y la fiebre habituales encaja mejor el paracetamol. Dejar de fumar después de la cirugía influye no solo en la recaída, sino también en el riesgo de un segundo tumor.
Cuando la enfermedad no se puede detener, el tratamiento no termina: cambia de objetivo y pasa a contener el tumor y aliviar los síntomas. El control del dolor y los cuidados paliativos forman parte del plan con pleno derecho, no son la señal de que se ha renunciado a alguien, y tiene sentido incorporarlos pronto, sin esperar a que la situación se vuelva muy difícil.
Consulta en línea
En una consulta en línea el médico analizará con detalle lo que le ha alarmado: cuándo apareció la sangre en la orina, cuánto llevan el dolor o la fiebre, qué muestran los análisis y las pruebas ya realizadas. Le explicará qué exploraciones hacen falta primero y en qué orden, le ayudará a interpretar el informe del escáner y le indicará a qué especialista acudir presencialmente y con cuánta urgencia. Si el tratamiento ya está en marcha, es el momento de comentar los efectos secundarios y distinguir cuáles pueden esperar a la revisión prevista y cuáles obligan a consultar el mismo día.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.





