Cáncer de boca
El cáncer de boca es un tumor maligno que nace del revestimiento interior de la boca: la lengua, el suelo de la boca por debajo de ella, las encías, la cara…
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El cáncer de boca es un tumor maligno que nace del revestimiento interior de la boca: la lengua, el suelo de la boca por debajo de ella, las encías, la cara interna de las mejillas, el paladar y los labios. También se le llama cáncer oral o cáncer de la mucosa oral. Tiene una particularidad poco frecuente en oncología: crece a la vista. Se puede ver en el espejo y notar con la lengua mucho antes de que empiece a molestar, y el desenlace depende casi siempre de si alguien prestó atención a una llaga que no cerraba. Detectado pronto se cura en la mayoría de los casos y casi no deja huella; detectado tarde exige cirugías duras y no siempre responde.
Qué es esta enfermedad y a quién afecta
Casi todos los tumores de la boca se desarrollan a partir del epitelio plano, la capa de células que recubre la mucosa. Los sitios más frecuentes son el borde de la lengua y el suelo de la boca por debajo; en el labio el tumor suele estar relacionado con el sol y se comporta de forma más tranquila.
El riesgo crece con la edad: la mayoría de los afectados tiene más de sesenta años, aunque cada vez se ven más tumores en personas de cuarenta que no fuman. Los hombres se ven afectados bastante más que las mujeres.
La gravedad depende sobre todo del tamaño del tumor cuando se encontró y de si ha alcanzado los ganglios del cuello. La diferencia entre una mancha del tamaño de un guisante y un bulto en el cuello es la diferencia entre una intervención pequeña y meses de tratamiento.
Conviene conocer aparte las lesiones precancerosas. Una mancha blanca que no se desprende al frotarla (leucoplasia) y, sobre todo, una mancha roja aterciopelada (eritroplasia) no son cáncer, pero señalan una zona donde puede aparecer. Esas lesiones se vigilan y a veces se extirpan por adelantado.
Qué cambios en la boca deben alertar
El signo principal es una llaga o herida que no cicatriza en más de tres semanas. Una afta corriente, un mordisco en la mejilla o una quemadura por algo caliente se curan en una semana o diez días. Todo lo que dure más hay que enseñárselo al médico aunque no duela: en las fases iniciales este tumor lo habitual es que no duela nada.
Lo demás que conviene notar:
- una mancha roja o blanca en la mucosa que no desaparece;
- un bulto, una induración o un engrosamiento en la boca, en el labio o en el cuello;
- dolor siempre en el mismo punto de la boca, que se irradia al oído, sobre todo al tragar;
- adormecimiento del labio, del mentón o de parte de la lengua;
- dientes que empiezan a moverse sin motivo, o una prótesis que de pronto ha dejado de encajar;
- sangrado de una zona concreta sin relación con el cepillado;
- dificultad para tragar o una boca que ya no abre tanto como antes;
- ronquera de más de tres semanas o pérdida de peso sin explicación.
Todos estos signos se deben mucho más a menudo a algo inofensivo: el roce de una prótesis, el borde afilado de un diente, una inflamación, una infección vírica. Un síntoma por sí solo no significa cáncer. Pero ni el paciente ni un buscador pueden distinguir una cosa de otra a simple vista, así que tiene que mirarlo un médico.
La regla de las tres semanas: a quién acudir y qué pasa en la consulta
Tres semanas es el límite a partir del cual esperar deja de tener sentido. La cuenta no empieza el día en que empezó a doler, sino el día en que apareció el cambio.
Sirve el dentista, el médico de cabecera o el otorrinolaringólogo: lo importante no es la especialidad, sino que se explore la boca entera. El dentista mira la mucosa más que ningún otro profesional, y una revisión cada seis o doce meses es la forma más fiable de detectar pronto este tumor.
En la consulta preguntarán por el tabaco, el alcohol y desde cuándo está el cambio, mirarán la boca con buena luz, apartarán la lengua y las mejillas, palparán el suelo de la boca por dentro y por fuera y palparán siempre el cuello. La exploración dura un par de minutos y no duele. Si hay dudas, le derivarán al cirujano maxilofacial o al oncólogo: la derivación por sí misma no es un diagnóstico.
Hace falta una ambulancia (en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania el número europeo único es el 112) si:
- sale sangre abundante de la boca y no se consigue detener;
- cuesta respirar o la entrada de aire suena silbante;
- la persona no puede tragar ni su propia saliva.
Qué aumenta el riesgo
Rara vez puede señalarse la causa exacta en una persona concreta, pero el conjunto se conoce y es, para un cáncer, poco corriente por lo previsible.
Lo primero es el tabaco en cualquier forma: cigarrillos, liado, pipa, cachimba y también las formas masticadas, el tabaco de mascar, el betel y el paan. Las mezclas para mascar son más peligrosas de lo que parecen porque permanecen horas apoyadas en el mismo punto de la mejilla.
Lo segundo es el alcohol, sobre todo el destilado y habitual. Y lo tercero, importante: tabaco y alcohol juntos no suman el riesgo, lo multiplican varias veces respecto a cada uno por separado, porque el alcohol facilita que los carcinógenos penetren en la mucosa.
Qué más cuenta:
- el virus del papiloma humano: algunos tipos se asocian a tumores de la boca y sobre todo de la faringe;
- el sol en el labio inferior: el cáncer de labio es bastante más frecuente en quienes trabajan al aire libre;
- las lesiones precancerosas: leucoplasia, eritroplasia y algunas formas de liquen plano oral;
- las defensas bajas: tras un trasplante de órgano, con VIH o con medicación inmunosupresora prolongada;
- haber tenido antes un tumor de cabeza o cuello;
- una alimentación pobre, con pocas verduras y frutas;
- la lesión constante de la mucosa por el borde afilado de un diente o una prótesis mal ajustada.
Qué reduce el riesgo de verdad
No hay garantía absoluta, pero aquí, a diferencia de muchos tumores, el margen para cambiar las probabilidades es enorme: dejar el tabaco y moderar el alcohol eliminan la mayor parte del riesgo de llegar a padecerlo. Qué conviene hacer:
- dejar de fumar y abandonar el tabaco de mascar, el betel y el paan: el riesgo empieza a bajar en pocos años y sigue bajando;
- reducir el alcohol y, mejor todavía, dejarlo;
- proteger los labios: cacao con filtro solar y sombrero de ala ancha para el trabajo al aire libre;
- poner en orden dientes y prótesis para que nada roce la mucosa a diario;
- vacunarse frente al virus del papiloma humano si corresponde por edad y no se hizo antes: los plazos y las indicaciones los fija el calendario nacional de vacunación;
- comer más verduras, fruta y hortalizas de hoja;
- acudir al dentista cada seis o doce meses aunque no moleste nada.
Una costumbre útil es mirarse la boca una vez al mes: con buena luz, separar las mejillas, levantar y girar la lengua, revisar el suelo de la boca y pasar el dedo por él. Lleva un minuto, y saber cómo es la propia mucosa es justamente lo que hace que destaque cualquier novedad.
Cómo se confirma el diagnóstico
La única manera de establecer el diagnóstico es la biopsia: se toma un fragmento de tejido de la zona sospechosa y se examina al microscopio. Todo lo demás solo completa el cuadro. Ningún análisis de sangre detecta el cáncer de boca, y los marcadores tumorales no se usan para esto.
La radiografía dental corriente tampoco muestra un tumor de la mucosa: los rayos ven el hueso, no los tejidos blandos. Se hace con otro fin: comprobar si el tumor ha invadido el maxilar y valorar los dientes antes del tratamiento.
Confirmado el diagnóstico, se averigua hasta dónde se ha extendido. Para ello se emplean:
- la resonancia magnética, que es la que mejor delimita el tumor en los tejidos blandos;
- la tomografía computarizada de cabeza, cuello y tórax;
- la ecografía del cuello, con punción de un ganglio sospechoso si hace falta;
- a veces la tomografía por emisión de positrones;
- el estudio del tejido tumoral frente al virus del papiloma humano, que influye en el pronóstico y en la elección del tratamiento.
Esperar los resultados es la parte más dura. Conviene acordar de antemano quién los dará y cómo, y no acudir solo a esa conversación: entre dos se retiene bastante más.
Cómo se trata y qué viene después
El plan depende del tamaño y la localización del tumor, de si hay ganglios afectados, de la edad y de otras enfermedades. La decisión no es de un solo médico, sino de un equipo: cirujano, oncólogo radioterápico, oncólogo médico, dentista, logopeda y especialista en nutrición.
El pilar es la cirugía. El tumor se extirpa con un margen de tejido sano alrededor y a menudo se retiran a la vez los ganglios del cuello. Si hay que quitar una parte grande de la lengua o del maxilar, se reconstruye con tejido de otra zona del cuerpo en la misma intervención.
La radioterapia se usa tanto como tratamiento único en tumores pequeños como después de la cirugía para reducir la probabilidad de recaída. La quimioterapia suele acompañar a la radioterapia o emplearse cuando el tumor se ha extendido; en las recaídas y las metástasis también se recurre a fármacos dirigidos e inmunoterapia.
Hay algo importante que saber por adelantado: los dientes se ponen en orden antes de empezar la radioterapia, no después. Un maxilar irradiado cicatriza mal, y extraer una pieza tras la radioterapia puede acabar en una complicación grave. El dentista debe revisar la boca antes de la primera sesión.
El tratamiento deja secuelas que se abordan por su cuenta: sequedad de boca, cambios en el gusto, dificultad para hablar y tragar, limitación de la apertura bucal. Ayudan los ejercicios con el logopeda, la higiene de la boca y los sustitutos de la saliva. Dejar de fumar después del tratamiento reduce la probabilidad de un segundo tumor más que cualquier fármaco.
Si el tumor se descubre tarde y no puede curarse, el tratamiento continúa igualmente: frena el crecimiento, calma el dolor y facilita la deglución. De ello se ocupa el equipo de cuidados paliativos, y conviene recurrir a él pronto.
Consulta en línea
Mirar dentro de la boca y palpar el cuello no se puede hacer a través de una pantalla, de modo que cualquier lesión sospechosa necesita siempre una exploración presencial. La consulta a distancia, en cambio, es muy útil en la antesala.
Ayuda a resolver la pregunta principal: esperar o ir. El médico repasará cuánto lleva ahí el cambio, si hay al lado un diente o una prótesis que roce y cuál ha sido la historia con el tabaco y el alcohol, y dirá si conviene verse hoy, dentro de una semana o si se puede vigilar con calma. Una buena fotografía con luz intensa suele aportar mucho.
El segundo uso es el acompañamiento. Por videoconsulta se explica bien qué significa un informe, a qué especialista acudir después, qué pruebas hacen falta antes de la cita, cómo manejar la sequedad de boca y el dolor tras el tratamiento y qué comer cuando tragar cuesta. Revisar un plan elaborado por otro médico y plantear las preguntas que no dio tiempo a hacer en la consulta presencial es un motivo habitual para esta conversación. Ante un sangrado abundante por la boca o dificultad para respirar, la llamada es a la ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.




