Arteritis de células gigantes (arteritis temporal)
La arteritis de células gigantes es una inflamación de la pared de las arterias grandes y medianas, sobre todo de las que discurren bajo la piel de las sienes.
En esta página
- Si la visión se nubla o desaparece, el tiempo se cuenta en horas
- Un dolor de cabeza nuevo en la sien: así suele empezar
- Hombros y caderas por la mañana: la relación con la polimialgia reumática
- Qué muestra la sangre y qué no muestra
- Ecografía y biopsia de la arteria temporal
- El tratamiento empieza ya, sin esperar la confirmación
- Corticoides para largo: bajar la dosis, los huesos y el azúcar
- Cuando la enfermedad vuelve
- Consulta en línea
Medicamentos comúnmente prescritos para Arteritis de células gigantes (arteritis temporal)
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de usar cualquier medicamento.
Forma farmacéutica: SOLUCION/SUSPENSION GOTAS ORALES, 13,3 mg prednisolona esteaglato/ mlPrincipio activo: PrednisolonaFabricante: Laboratorios Sonphar S.L.Requiere recetaForma farmacéutica: SOLUCIÓN/SUSPENSIÓN ORAL, 4 mg/mlPrincipio activo: PrednisolonaFabricante: Laboratorio Aldo Union S.L.Requiere receta
La arteritis de células gigantes es una inflamación de la pared de las arterias grandes y medianas, sobre todo de las que discurren bajo la piel de las sienes. De ahí su otro nombre: arteritis temporal. Afecta a personas mayores de cincuenta años y casi siempre se anuncia con un dolor de cabeza que antes no existía. Es una de las pocas enfermedades reumáticas que se considera urgente: una arteria inflamada puede cortar el riego del nervio óptico, y entonces la visión se pierde de golpe, sin dolor y, por regla general, para siempre. Esa pérdida se puede evitar; recuperarla después, no. Por eso esta página no empieza por las definiciones, sino por aquello que no admite esperar a mañana.
Si la visión se nubla o desaparece, el tiempo se cuenta en horas
Cualquier alteración nueva de la visión en una persona con dolor de cabeza en la sien obliga a buscar atención de inmediato, esa misma hora, y no a pedir cita para la semana siguiente. Hablamos de cosas como estas:
- la visión de un ojo se ha ido durante unos segundos o minutos y ha vuelto, como una cortina que baja y sube;
- se ve doble;
- falta una parte del campo visual, o se ha vuelto gris u oscura;
- la visión de un ojo ha caído bruscamente o se ha perdido del todo, por lo general sin ningún dolor en el propio ojo.
La pérdida pasajera de visión no es grave por sí misma, sino porque es un aviso: en los días siguientes, a veces en horas, llega la ceguera definitiva de ese ojo. Y si un ojo ya está perdido, sin tratamiento el otro puede quedarse ciego en veinticuatro horas.
En la práctica esto significa acudir a urgencias o llamar a una ambulancia (en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania funciona el número europeo único 112) y decirlo con claridad: «sospecha de arteritis temporal, con alteración de la visión». Esa frase cambia el orden de atención: a la persona se la valora ese mismo día y el tratamiento se inicia enseguida, sin esperar a los análisis ni a que la vea el reumatólogo.
Un dolor de cabeza nuevo en la sien: así suele empezar
El comienzo clásico es este: alguien de más de cincuenta años, que apenas ha sufrido dolores de cabeza en su vida, empieza a notar un dolor constante, sordo o quemante, en la zona de la sien, casi siempre de un solo lado. Los analgésicos apenas ayudan, o alivian poco tiempo. Lo importante no es la intensidad, sino que sea nuevo: a esta edad, un dolor de cabeza distinto a todo lo anterior siempre merece una consulta.
A ese dolor se le suma lo que la persona no suele considerar un síntoma y no cuenta hasta que se lo preguntan:
- Dolor del cuero cabelludo. Duele peinarse, ponerse las gafas, apoyar ese lado de la cabeza en la almohada. La piel sobre la sien puede resultar sensible al simple roce.
- Dolor de la mandíbula al masticar. Es el signo más revelador de la enfermedad. La persona empieza a comer y, al cabo de unas decenas de segundos, aparece en la mandíbula —a veces en la lengua— un cansancio doloroso que obliga a parar; tras la pausa puede seguir masticando. No es dolor de muela ni de articulación: aparece precisamente con el esfuerzo, porque a los músculos masticadores les falta sangre.
- Una arteria dura, tortuosa y dolorosa junto a la sien. A veces se ve y se palpa, y el pulso en ella está débil o ausente.
- Malestar general. Debilidad, agotamiento, pérdida de apetito y de peso, sudores nocturnos, febrícula sin causa aparente, ánimo bajo. A veces todo empieza así, y a la persona se la estudia durante semanas por una fiebre y un adelgazamiento sin explicación.
Menos a menudo aparecen dolor de lengua al hablar, dolor de cuello, debilidad y dolor en los brazos al esforzarse o una diferencia de tensión entre ambos brazos: eso indica que la inflamación no se limita a las sienes y alcanza vasos de mayor calibre.
Hombros y caderas por la mañana: la relación con la polimialgia reumática
En una parte de los pacientes la arteritis temporal va de la mano de la polimialgia reumática, y no pocas veces es esta la que aparece primero. Su aspecto es muy característico: por la mañana duelen y no responden los hombros, el cuello, la parte alta de la espalda y las caderas. La rigidez no dura cinco minutos, sino media hora, una hora o más. Cuesta levantar los brazos para peinarse o coger algo de un estante, cuesta levantarse de la silla o de la bañera, cuesta darse la vuelta en la cama. Al atardecer se alivia y a la mañana siguiente vuelve a empezar.
No es «desgaste» ni cosa de la edad. La polimialgia es la misma inflamación en otro sitio, y se trata con los mismos corticoides, aunque a dosis menores. La relación funciona en los dos sentidos. Si ya hay una polimialgia diagnosticada y de pronto aparece dolor en la sien, molestia del cuero cabelludo, dolor de mandíbula al masticar o algo en la visión, hay que avisar al médico de forma urgente y no esperar a la revisión prevista. Y al revés: la rigidez matutina de hombros y caderas en alguien con un dolor de cabeza nuevo es un argumento fuerte a favor de este diagnóstico.
Qué muestra la sangre y qué no muestra
Lo primero que se mira son los marcadores de inflamación: la velocidad de sedimentación globular (VSG) y la proteína C reactiva (PCR). En la arteritis de células gigantes suelen estar muy elevados, y es una de esas situaciones en las que una VSG muy alta sí dice mucho. En el hemograma se ve con frecuencia una anemia moderada y las plaquetas altas; en la bioquímica, alteración de los parámetros hepáticos.
Pero una VSG y una PCR normales no descartan el diagnóstico. En una minoría de personas la enfermedad cursa con análisis tranquilos, y esos casos no son más benignos que los demás: también pierden la vista. Si el cuadro es típico (la edad, el dolor nuevo en la sien, el dolor de mandíbula al masticar, el cuero cabelludo dolorido), un análisis normal no debe tranquilizar ni al paciente ni al médico. Tampoco conviene creer lo contrario: una VSG alta por sí sola no demuestra nada, porque la elevan infecciones, tumores y una decena de causas más.
La utilidad principal de estos análisis es otra: dan un punto de partida con el que después se juzga si el tratamiento funciona y si la inflamación reaparece al bajar la dosis.
Ecografía y biopsia de la arteria temporal
La ecografía de las arterias temporales y axilares se hace rápido, no duele y, cuando hay inflamación, muestra un engrosamiento característico de la pared del vaso. En muchos centros es la primera prueba y se intenta hacer en los primeros días, porque con los corticoides la imagen se va difuminando.
La biopsia de la arteria temporal sigue siendo la prueba de referencia: con anestesia local, a través de una pequeña incisión junto a la sien, se extrae un fragmento corto de arteria y se examina al microscopio. No perjudica ni a la visión ni al riego de la cabeza, porque los vasos vecinos asumen el trabajo.
De la biopsia conviene saber dos cosas. La primera: no se espera a ella para empezar el tratamiento. Los corticoides se pautan en cuanto hay una sospecha fundada, y la biopsia se realiza ya con el tratamiento en marcha, porque los cambios en la pared se mantienen el tiempo suficiente para verlos. La segunda: una biopsia negativa tampoco descarta el diagnóstico. La inflamación se distribuye por tramos a lo largo de la arteria, y el fragmento puede proceder de un tramo sano; si el cuadro clínico es convincente, el tratamiento continúa pese a la biopsia «limpia». Para valorar los vasos grandes a veces se añaden pruebas de imagen, y eso lo decide el especialista.
El tratamiento empieza ya, sin esperar la confirmación
La base del tratamiento son los glucocorticoides, antiinflamatorios hormonales. Se empieza con una dosis alta por vía oral; si la visión ya se ha resentido o corre peligro, se inicia en el hospital por vía intravenosa. Las dosis las ajusta el médico y no deben cambiarse por cuenta propia.
Su efecto es rápido y llamativo: el dolor de cabeza y la sensibilidad del cuero cabelludo suelen ceder en el primer día o dos, y el estado general mejora en pocos días. Esa mejoría es en sí misma una confirmación indirecta del diagnóstico. Pero hay algo que conviene entender de antemano: los corticoides protegen la visión que aún queda y casi nunca devuelven la que ya se ha perdido. En eso consiste toda la prisa.
Para no mantener a nadie durante años con dosis altas, al tratamiento se suman a menudo fármacos que permiten bajar los corticoides antes y con más seguridad: puede ser un inmunosupresor clásico como el metotrexato o un fármaco biológico que bloquea la interleucina-6. Se indican cuando hay recaídas frecuentes, mala tolerancia a los corticoides, diabetes u osteoporosis grave. La aspirina a dosis baja se recomendaba antes de forma sistemática; hoy la decisión es individual y pesa el riesgo de trombosis frente al de sangrado, así que es una cuestión para hablar con el médico y no para resolver por cuenta propia.
Corticoides para largo: bajar la dosis, los huesos y el azúcar
El tratamiento no se mide en semanas, sino en meses y casi siempre en años: dosis alta hasta que los síntomas se apagan y después una reducción lenta y escalonada, guiada por cómo se encuentra la persona y por los análisis. Suele llevar uno o dos años, y una parte de los pacientes se queda mucho tiempo con una dosis pequeña de mantenimiento.
Nunca se dejan los corticoides de golpe. Después de una toma prolongada, las glándulas suprarrenales trabajan a medio gas, y una retirada brusca puede provocar un cuadro grave con bajada de tensión, vómitos y debilidad. Esto vale también para el día en que sencillamente se acaban las pastillas. Lleve encima una tarjeta o una nota que indique que toma corticoides: es información importante para cualquier médico que le atienda en una urgencia. Ante una infección grave, un traumatismo o una operación, la dosis a veces se sube de forma temporal, y eso también lo decide el médico.
En los efectos secundarios se piensa desde el primer día, no cuando ya han aparecido:
- Huesos. Los corticoides aceleran la pérdida de masa ósea. Suelen pautarse desde el principio calcio y vitamina D y, si el riesgo de fractura es alto, fármacos que refuerzan el hueso; conviene medir la densidad ósea al inicio.
- Azúcar en sangre. Los corticoides lo elevan. En quien tiene diabetes casi siempre hay que revisar el tratamiento, y en el resto se controla con regularidad, porque puede subir por primera vez.
- Tensión y peso. El apetito aumenta, el peso sube, la tensión también: se vigila y se trata con los medios habituales. Si hace falta, se añade un protector gástrico.
- Infecciones. Las defensas están bajas y los corticoides amortiguan la fiebre, así que una infección puede parecer engañosamente leve. Conviene hablar de vacunas con el médico.
- Ojos, sueño y ánimo. Con el tiempo aumenta el riesgo de cataratas y glaucoma, de modo que hacen falta revisiones oftalmológicas. El insomnio y la irritabilidad con dosis altas son frecuentes y hay que comentarlos, no aguantarlos.
Cuando la enfermedad vuelve
Las recaídas al bajar la dosis le ocurren a una parte importante de los pacientes y no significan que el tratamiento haya fracasado. Regresan los mismos signos del principio: dolor en la sien, dolor de mandíbula al masticar, rigidez de hombros y caderas, debilidad, fiebre. La regla es sencilla: si vuelven los síntomas de antes, hay que ver al médico sin esperar a la cita prevista, y ante cualquier alteración de la visión, de inmediato. Lo habitual es volver al escalón anterior de dosis y bajar después más despacio.
En las personas que han pasado una arteritis de células gigantes es más frecuente la dilatación de la aorta, que durante años no da señal alguna; por eso el seguimiento continúa incluso después de retirar los corticoides. Tratada, la enfermedad no acorta la vida de forma apreciable: su amenaza principal sigue siendo la misma con la que empezó todo.
Consulta en línea
La situación aguda no se resuelve a distancia: si la visión se nubla, desaparece o se ve doble, hace falta atención urgente presencial esa misma hora. Pero la consulta en línea tiene aquí tres usos claros. El primero, aclarar un dolor de cabeza nuevo en alguien de más de cincuenta años: el médico preguntará por el cuero cabelludo, por la mandíbula al masticar, por los hombros y por el estado general, y dirá si hay que estudiarlo con urgencia. Esa conversación es lo que más veces lleva a la persona al especialista a tiempo, incluidos quienes llevan años oyendo que su dolor es «de tensión» o «cervical». El segundo, acompañar un tratamiento largo con corticoides: cómo va el descenso de dosis, qué hacer si se olvida una toma, qué análisis pedir y cada cuánto, cómo manejar el azúcar, la tensión, el peso y los huesos. El tercero, ordenar situaciones confusas: análisis normales con síntomas sospechosos, biopsia negativa, síntomas que reaparecen al bajar la dosis.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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