Tensión arterial alta
La tensión alta es uno de los pocos trastornos que durante años no molesta en absoluto y, mientras tanto, desgasta las arterias día tras día.
En esta página
- Por qué sube sin que se note
- Cómo medir para que las cifras sirvan
- Qué cifras se consideran altas
- Quién tiene más papeletas
- Cuando detrás de la tensión hay otra enfermedad
- Qué ocurre si no se trata
- Qué baja la tensión de verdad
- Los fármacos y lo que cabe esperar de ellos
- Cuándo llamar a urgencias
- Consulta en línea
Medicamentos comúnmente prescritos para Tensión arterial alta
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de usar cualquier medicamento.
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La tensión alta es uno de los pocos trastornos que durante años no molesta en absoluto y, mientras tanto, desgasta las arterias día tras día. Casi siempre se descubre por casualidad: en un reconocimiento laboral, antes de una operación, en la farmacia. Para entonces las cifras llevan mucho tiempo elevadas. La cara amable del asunto es que la hipertensión responde bien: bajar diez puntos la cifra alta reduce de forma apreciable la probabilidad de un ictus, y buena parte del trabajo la hacen los hábitos, no los comprimidos. A continuación, cómo obtener cifras fiables, qué hay detrás de ellas y cuándo no conviene esperar.
Por qué sube sin que se note
La tensión es la fuerza con la que la sangre empuja la pared de las arterias. Cambia sola a lo largo del día: es más baja durante el sueño, más alta por la mañana y con el esfuerzo, y se dispara con el enfado o el dolor. Lo que se considera enfermedad no es un pico aislado, sino un nivel alto mantenido.
Por regla general no da ningún síntoma. La pared arterial se distiende despacio, el organismo se acostumbra, y quien tiene 170/100 puede encontrarse exactamente igual que con 120/70. En cifras muy elevadas aparecen a veces dolor de cabeza, visión borrosa, opresión en el pecho o hemorragias nasales, pero eso es la excepción.
De ahí el error más extendido: «yo noto cuándo la tengo alta». Los estudios en grandes grupos de personas muestran que el dolor de cabeza, la cara enrojecida, los zumbidos y el cansancio coinciden con las cifras reales poco más que el azar. No se puede confiar en las sensaciones en ninguna de las dos direcciones: uno puede encontrarse fatal con la tensión normal y estupendamente con la tensión disparada. La única manera de saberlo es medir.
Cómo medir para que las cifras sirvan
La mitad de los resultados extraños no los explica la enfermedad, sino la forma de medir. Un tensiómetro doméstico cuesta poco y compensa si se usa bien.
- Elija un aparato con manguito de brazo, no de muñeca: los de muñeca responden más a la postura de la mano que a la tensión.
- El manguito debe corresponder al contorno del brazo. Uno estrecho en un brazo grueso infla el resultado en decenas de puntos, y esa es la causa más frecuente de hipertensión aparente.
- Antes de medir, siéntese cinco minutos en silencio, con la espalda apoyada, los dos pies en el suelo y las piernas sin cruzar. El brazo descansa en la mesa de modo que el manguito quede a la altura del corazón.
- En la media hora previa no fume, no tome café y no haga ejercicio. Vaya al baño: la vejiga llena eleva las cifras.
- No hable durante la medición ni mire la pantalla del aparato.
- Haga dos o tres tomas separadas por un minuto y anote la media de las dos últimas. La primera suele ser la más alta y eso es normal.
- Para diagnosticar hace falta una serie: mañana y noche durante una semana. Un valor suelto no significa nada.
Las mediciones en casa importan además por dos motivos. En algunas personas la tensión sube solo en la consulta: es el efecto de la bata blanca y no se trata con pastillas. En otras ocurre lo contrario: en la consulta las cifras son correctas y en casa o en el trabajo están altas. Esa forma enmascarada solo se descubre con el diario domiciliario o con un registro de veinticuatro horas, en el que el aparato se lleva puesto un día entero y mide también de noche.
Qué cifras se consideran altas
El resultado se escribe con dos números, por ejemplo 130/80. El primero es la presión en el momento en que el corazón se contrae; el segundo, la que queda entre latidos, mientras el corazón se llena.
- En la consulta se habla de hipertensión con valores repetidos de 140/90 o más.
- En casa el mismo diagnóstico corresponde a un umbral más bajo, 135/85, porque en casa uno está más tranquilo.
- La franja que va aproximadamente de 130/85 a 139/89 no es enfermedad, pero sí motivo para cambiar hábitos y medirse con regularidad.
Basta con que se supere cualquiera de los dos números. En las personas mayores es frecuente que suba solo el primero mientras el segundo se mantiene normal: eso no es una variante inocente de la normalidad, sino una forma plena de hipertensión que también hay que tratar. En cambio, en edades muy avanzadas los objetivos se relajan y la tensión se baja con más prudencia, porque los mareos y las caídas pesan más que cinco puntos de más.
El diagnóstico casi nunca se establece en una sola visita. Lo habitual es observar durante unas semanas, salvo que las cifras sean muy altas o ya se aprecien cambios en el corazón, el riñón o el fondo de ojo.
Quién tiene más papeletas
El riesgo es mayor si hay hipertensión entre los familiares directos, si se han pasado los cincuenta, si el peso sobrante se acumula en el abdomen, si la comida lleva mucha sal y el movimiento escasea. Suman el alcohol habitual, el tabaco, dormir poco, los ronquidos nocturnos con pausas respiratorias y la tensión emocional sostenida sin descanso. En personas con origen africano, caribeño o del sur de Asia la hipertensión empieza antes y evoluciona peor, algo que conviene tener en cuenta al decidir a qué edad hacerse la primera medición.
Hay una causa aparte que se pasa por alto muy a menudo: los medicamentos. Suben la tensión los antiinflamatorios tomados con regularidad, los descongestivos nasales en gotas o comprimidos, los anticonceptivos hormonales, los corticoides y algunos antidepresivos; fuera del botiquín, las bebidas energéticas y el regaliz en cantidad. Si la tensión ha subido en los últimos meses, merece la pena repasar qué es lo nuevo que se está tomando.
Cuando detrás de la tensión hay otra enfermedad
En aproximadamente una de cada diez personas la tensión alta no es una enfermedad en sí, sino un síntoma. Vale la pena buscar esas formas: algunas se curan por completo y, resuelta la causa, la tensión se normaliza sin tratamiento de por vida.
Conviene sospecharlo si:
- la tensión sube por primera vez en una persona joven o, al contrario, aparece de golpe tras muchos años de cifras normales;
- es muy alta desde el principio;
- tres fármacos a dosis plenas no la controlan;
- los análisis muestran el potasio bajo;
- hay crisis con palpitaciones, temblor, sudoración abundante y dolor de cabeza, en las que la tensión se dispara y luego cae;
- existen ronquidos fuertes con pausas respiratorias y somnolencia durante el día;
- el análisis de orina o la ecografía revelan alteraciones renales.
Lo que suele haber detrás: estrechamiento de una arteria renal, enfermedad renal crónica, exceso de la hormona aldosterona —la más frecuente entre las causas curables—, apnea del sueño, alteraciones del tiroides y, en gente joven, una coartación congénita de la aorta. Un hallazgo raro pero peligroso es un tumor de la glándula suprarrenal productor de hormonas: da precisamente esas crisis y se resuelve con cirugía.
Qué ocurre si no se trata
La tensión permanentemente alta somete a un esfuerzo extra a las arterias y a los órganos que dependen de ellas. Las paredes arteriales se engrosan y pierden elasticidad, las placas se depositan antes, y el corazón trabaja contra una resistencia y acaba agrandándose.
Con los años eso se traduce en infarto, ictus, insuficiencia cardíaca, arritmias, pérdida de función renal que puede llegar a la diálisis, demencia vascular, aneurisma de aorta y daño de los vasos del fondo de ojo con pérdida de visión. De todas las causas de ictus, la tensión alta es la de mayor peso.
Lo alentador es que la relación funciona también en sentido inverso y sin umbral alguno: cualquier descenso sostenido reduce el riesgo, y hasta un cambio modesto de las cifras se nota.
Qué baja la tensión de verdad
Los hábitos no son aquí un complemento del tratamiento, sino parte de él, y en las fases iniciales a veces son el tratamiento entero.
- Menos sal. La palanca más potente. El salero tiene menos culpa de la que parece: la mayor parte llega con el pan, el queso, los embutidos, las salsas, los platos preparados y los aperitivos. Acostumbrar el paladar a comer menos salado lleva un par de semanas.
- Perder peso. Cada kilo se refleja en el tensiómetro, y los primeros se notan enseguida.
- Moverse a diario. La referencia son unas dos horas y media de actividad moderada a la semana, y caminar a buen paso cuenta perfectamente.
- Más verdura, fruta y legumbre. Aportan potasio, que contrarresta al sodio. La excepción son la enfermedad renal y algunos diuréticos: entonces el potasio se habla con el médico.
- Menos alcohol. Hay personas cuya tensión se normaliza solo con este paso. Beber a diario mantiene las cifras altas por muchas pastillas que se tomen.
- Dejar de fumar. Sobre las cifras influye de forma moderada, pero es el tabaco junto con la tensión lo que destroza las arterias más deprisa.
- Dormir. La falta crónica de sueño y la apnea sin tratar elevan la tensión nocturna, y las cifras de la noche predicen las complicaciones mejor que las del día.
Conviene decir también dónde está el límite: con valores muy por encima del umbral rara vez bastan los hábitos, y aplazar la medicación por aquello de «primero lo intento yo solo» sale caro. No se trata de elegir entre una cosa y la otra.
Los fármacos y lo que cabe esperar de ellos
Se indican cuando las cifras son altas, cuando el riesgo cardiovascular global es elevado o cuando el cambio de vida no ha sido suficiente. Los grupos principales son varios: inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina y antagonistas de sus receptores, antagonistas del calcio y diuréticos de tipo tiazídico; los betabloqueantes se reservan para situaciones concretas. La elección depende de la edad, el origen, el estado de los riñones, la presencia de diabetes y los planes de embarazo.
Conviene saber de antemano que:
- suelen recetarse dos fármacos a dosis bajas en lugar de uno a dosis máxima, porque así funciona mejor y con menos efectos adversos; muchas veces es un solo comprimido con la combinación ya hecha;
- se toman durante mucho tiempo, casi siempre una vez al día y por regla general de por vida. Que las cifras estén bien con el tratamiento significa que el tratamiento funciona, no que ya sobre: al suspenderlo, la tensión vuelve en semanas;
- los inhibidores de la enzima convertidora pueden dar tos seca, que no es peligrosa pero justifica cambiar a un fármaco emparentado; los antagonistas del calcio a veces hinchan los tobillos y los diuréticos obligan a orinar más. Todo eso se comenta con el médico en lugar de abandonar el tratamiento;
- los analgésicos antiinflamatorios restan eficacia a casi todos los fármacos para la tensión;
- si se planea un embarazo, la pauta se cambia antes: parte de estos medicamentos está contraindicada en la mujer embarazada.
Cuándo llamar a urgencias
Unas cifras altas sin ninguna molestia son motivo para acudir al médico ese mismo día, no para llamar a una ambulancia. Y mucho menos para tomar comprimidos de más con la idea de bajar el número rápido: una caída brusca de la tensión es más peligrosa que la propia subida.
La ambulancia hace falta de inmediato si aparece algo de esto (en España y en el resto de Europa el número es el 112):
- dolor opresivo o quemante en el pecho que dura más de unos minutos y se corre al brazo, el cuello, la mandíbula, la espalda o el abdomen, sobre todo con sudor frío, náuseas y falta de aire;
- una comisura de la boca caída, un brazo que no se levanta, el habla pastosa o la persona deja de entender lo que se le dice: son señales de ictus y ahí cuentan los minutos;
- dolor de cabeza súbito y de una intensidad nunca sentida, como un golpe en la nuca;
- pérdida brusca de visión o visión doble;
- ahogo intenso en reposo, imposibilidad de estar tumbado, esputo espumoso y rosado;
- dolor desgarrador en el pecho que atraviesa hacia la espalda, entre los omóplatos;
- convulsiones o confusión;
- en una embarazada, tensión alta acompañada de dolor de cabeza, destellos en la vista, dolor en la boca del estómago o hinchazón repentina de cara y manos.
En estos casos no conduzca. Lleve consigo la lista de los medicamentos que toma y el registro de las mediciones domiciliarias, si lo tiene.
Consulta en línea
Con la tensión se puede hacer a distancia más de lo que parece, porque aquí lo decisivo no es la exploración, sino las cifras y su lectura. El médico revisará su diario de mediciones, le dirá si de verdad se trata de hipertensión o si el problema está en la técnica y en los nervios, y decidirá qué análisis y pruebas hacen falta para no pasar por alto una forma secundaria y valorar el estado de los órganos. La consulta en línea es además cómoda para repasar efectos adversos, entender por qué la tensión no baja con la pauta actual y ajustarla a partir de sus anotaciones sin gastar la visita en recitar números. Las señales urgentes de la lista anterior no se atienden a distancia: con ellas se llama directamente a una ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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