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El pie plano es aquel cuyo arco interno está descendido, de modo que al apoyarlo la planta toca el suelo casi por completo. Por sí solo no es una enfermedad ni una sentencia: muchísimas personas tienen los pies así y la mayoría camina, corre y hace deporte sin haber reparado nunca en ello. Lo que conviene aclarar es otra cosa: por qué falta el arco, si algo ha cambiado en los últimos meses y si el pie duele. Esas tres preguntas separan una variante normal de una situación que sí hay que tratar, y sin demorarlo.
Cómo mirarse los pies
Lo más sencillo es valorar el pie de pie y no sentado: con el peso del cuerpo el arco cede y la imagen resulta sincera.
- Colóquese descalzo ante un espejo y observe el borde interno del pie. En un pie plano marcado no queda ningún hueco entre el suelo y el pie.
- Mójese las plantas y pise un suelo seco o un papel. La huella de un pie con arco se estrecha en su parte media hasta casi la mitad de su anchura; la de un pie plano deja una banda ancha y continua.
- Pida a alguien que le mire desde atrás. En el pie plano el talón se vuelca hacia fuera y desde la espalda se ven más dedos en un pie que en el otro, una asimetría que no debería existir.
- Póngase de puntillas. Si en ese momento el arco aparece y el talón se endereza, el pie es flexible, que es la variante más frecuente y más benigna. Si el arco no aparece, el pie es rígido, y ese sí requiere médico.
- Mire las suelas del calzado viejo. Un desgaste intenso en el borde interno del tacón indica que la carga se reparte de forma desigual.
Compruebe además si puede ponerse de puntillas sobre un solo pie apoyándose en la pared. No poder hacerlo es un dato importante, y a él volvemos enseguida.
En los niños casi siempre es normal
Casi todos los pequeños parecen tener los pies planos, y hay dos motivos: a esa edad el arco todavía no está formado y una almohadilla blanda de grasa rellena la planta y lo esconde incluso allí donde ya existe. El arco va apareciendo poco a poco, más o menos entre los tres y los diez años, y en algunos niños no termina de definirse hasta la adolescencia. En otros no aparece nunca, y eso también es una forma de construcción heredada.
De ahí sale una conclusión práctica que ahorra bastante dinero a las familias: un niño que no se queja, que corre igual que sus compañeros y que no se cansa más que ellos no necesita botas ortopédicas, ni plantillas rígidas, ni sesiones de masaje para el arco. Las plantillas no forman arcos, y eso se ha comprobado más de una vez. Resulta más útil lo contrario: andar descalzo sobre superficies irregulares, hierba, arena o grava, y llevar calzado ligero de suela flexible que no impida trabajar al pie.
Sí conviene mostrar al niño al médico si le duelen los pies, si rehúye los paseos y pide brazos más que otros de su edad, si el pie plano es de un solo lado, si está rígido y no se corrige de puntillas, si camina de puntillas habitualmente o si se le nota muy torpe. Esos rasgos no hablan del pie plano en sí, sino de la causa que se esconde debajo.
Cuando el pie plano empieza a molestar
En el adulto las molestias no vienen del arco en sí, sino de la sobrecarga de los tejidos que trabajan en su lugar. El cuadro típico es este: al final del día duelen el borde interno del pie y el tobillo, tira la cara interna de la pierna y por la mañana los primeros pasos duelen en el talón. Puede fatigarse y doler la rodilla, y con menos frecuencia la cadera y la zona lumbar, porque el pie se vuelca hacia dentro, la pierna gira detrás de él y la cadena sigue hacia arriba. En la planta y bajo el dedo gordo crecen durezas, el calzado se deforma torcido y por la tarde los pies se hinchan.
El detonante casi nunca es el pie en sí, sino un cambio en la carga: un trabajo nuevo de pie, unos kilos ganados, un embarazo, un aumento brusco de kilómetros de carrera, el paso a un calzado plano sin sujeción. En muchos casos el dolor se va en cuanto la carga vuelve a lo de antes y se elige mejor el zapato.
Cuando detrás del pie plano hay otra enfermedad
Hay varias situaciones en las que el pie plano no es una peculiaridad de la anatomía sino un síntoma. Conviene reconocerlas, porque aquí el tiempo juega en contra.
- Un arco que se hunde ya en la edad adulta, casi siempre en un solo pie. Detrás suele estar el desgaste del tendón tibial posterior, justo el que sostiene el arco. Empieza con dolor e hinchazón en la cara interna del tobillo y después el pie se aplana despacio y gira hacia fuera. El signo precoz es no poder ponerse de puntillas apoyando solo esa pierna. En fase temprana ayudan plantillas, una órtesis y ejercicios; en fase tardía la articulación se vuelve rígida y solo queda la cirugía. Entre una fase y otra median meses, así que no conviene esperar.
- Un pie rígido y doloroso en un adolescente que no se corrige de puntillas. Así se manifiesta la fusión de huesos del tarso, una particularidad congénita que se hace notar cuando esos huesos se osifican.
- Un pie que se aplana tras un traumatismo del mediopié: una torcedura, una caída de altura sobre él, un golpe. La lesión de los ligamentos pasa desapercibida con facilidad y, sin tratar, deja una deformidad permanente.
- Articulaciones hinchadas y dolorosas, rigidez matutina y pies planos en ambos lados apareciendo en un adulto pueden corresponder a una artritis reumatoide.
- Aparte y con detalle, la diabetes. Si una persona con diabetes y sensibilidad disminuida en los pies nota que uno de ellos está caliente, rojo e hinchado y que su forma cambia a ojos vistas en pocas semanas, con poco o ningún dolor, se trata de un pie de Charcot. Los huesos de ese pie se rompen y se colapsan bajo el peso del cuerpo. Es raro, pero es precisamente lo que acaba en deformidades graves y en amputaciones, y se trata tanto mejor cuanto antes se descargue el pie. No espere a una cita programada: acuda de inmediato.
Tampoco hay que atribuir al pie plano el adormecimiento, el hormigueo o el dolor quemante en la planta: eso ya es cosa del nervio y se estudia por separado.
Qué ayuda cuando el pie duele
La forma del pie adulto no se cambia ni con ejercicios ni con plantillas; lo que se maneja con ellos son los síntomas, y en eso funcionan bien.
- El calzado. Hace falta una horma ancha con contrafuerte firme que impida que el talón se vuelque, una suela estable y poco tacón. Bailarinas, chanclas y zapatos totalmente planos sin sujeción no sirven mientras haya dolor.
- Las plantillas. Las prefabricadas con soporte de arco alivian a menudo de forma clara, y es razonable empezar por ellas; las hechas a medida se reservan para cuando aquéllas no bastan o la deformidad es marcada. Hay que acostumbrarse poco a poco, empezando por una o dos horas al día.
- Los ejercicios. Estiramiento diario de los gemelos, ya que un tendón de Aquiles corto acompaña a menudo al pie plano, elevaciones de talón, el ejercicio del pie corto, rodar una pelota bajo la planta, caminar por el borde externo del pie. Hay que sostenerlo durante meses para notar el resultado.
- La carga y el peso. Cada kilo de más atraviesa el pie miles de veces al día. Mientras duela conviene cambiar carrera y saltos por bicicleta o piscina, y volver después de forma gradual.
- El dolor. Ayudan el frío tras el esfuerzo y tandas cortas de analgésicos sin receta; cuál le conviene a usted es mejor preguntarlo al médico de cabecera o al farmacéutico.
- Los profesionales. El podólogo y el fisioterapeuta ajustan calzado, plantillas y programa de ejercicios. La cirugía se emplea poco: en deformidades rígidas y dolorosas, en fusiones óseas o en lesiones tendinosas avanzadas cuando lo anterior ha fallado.
Consulta en línea
A distancia se resuelve bien la pregunta principal: si esto es una variante anatómica con la que no hay nada que hacer o una situación que pide exploración e imagen. El médico repasa desde cuándo ha cambiado el pie, si es uno o los dos, qué ocurre al ponerse de puntillas, cómo se desgasta el calzado y con qué coincidió el inicio del dolor, y unas fotografías del pie de frente y de espaldas muestran bastante. En la consulta se explica qué calzado y qué plantillas comprar y qué ejercicios hacer, se planifica la vuelta a correr y se aclara si hace falta una visita presencial y con quién. Merece la pena preguntar también si es usted madre o padre y duda de si los pies de su hijo son normales, porque evita gastos inútiles en calzado llamado ortopédico. Un pie caliente e hinchado en una persona con diabetes, o un pie deformado tras un traumatismo, exigen exploración presencial y no admiten espera.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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