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El pie caído no es una enfermedad en sí misma, sino un signo: la parte delantera del pie deja de levantarse, la punta cae hacia el suelo y al caminar el pie se engancha con el pavimento. Suele afectar a un solo lado. El signo en sí no duele ni asusta, pero el abanico de causas que hay detrás es enorme, desde un nervio comprimido durante un par de horas en una postura incómoda hasta una hernia discal o enfermedades que conviene detectar pronto. La causa más frecuente es también la más benigna y se resuelve sola; el problema es que la debilidad del pie, por sí sola, no permite distinguirla de las demás, y de eso depende si toca esperar o actuar.
Qué se nota primero
A menudo lo ven antes los de alrededor que la propia persona. La forma de andar cambia de manera característica: para no rozar el suelo con la punta hay que levantar la rodilla más de lo habitual, como quien pasa por encima de un escalón, y el pie cae de golpe y golpea con toda la planta. De ahí las quejas con las que se llega a la consulta.
- Tropiezos en terreno llano, sobre todo con el borde de una alfombra, un umbral o el primer peldaño.
- El calzado se desgasta por la puntera mucho antes en un pie que en el otro.
- No se consigue apoyar solo el talón ni caminar de talones: el pie se vence.
- La piel de la cara externa de la pierna y del dorso del pie está dormida u hormiguea.
Puede no haber dolor en absoluto. Y si lo hay, importa dónde: un dolor lumbar que baja por la cara externa del muslo y la pierna hasta el dedo gordo señala un nivel de avería muy distinto que un dolor localizado en la propia pierna.
Dónde se corta la señal
La orden de levantar el pie recorre un camino largo: cerebro, raíz nerviosa en la zona lumbar, nervio ciático, su rama peronea y, por fin, los músculos de la cara anterior de la pierna. Puede interrumpirse en cualquier tramo, y según dónde lo haga las causas se agrupan así.
Compresión del nervio peroneo por debajo de la rodilla. Es la variante más frecuente. El nervio rodea la cabeza del peroné justo por debajo de la piel, sin ninguna protección, y ahí se aplasta con facilidad. Situaciones clásicas: estar mucho rato con las piernas cruzadas, trabajar en cuclillas o de rodillas, una escayola apretada, dormir en mala postura tras beber, una anestesia o un ingreso largo encamado. Mención aparte merece el adelgazamiento rápido: la grasa que cubre el nervio se afina y comprimirlo resulta más fácil.
El nivel lumbar. Una hernia discal que atrapa la raíz L5 produce exactamente la misma debilidad, aunque casi siempre con dolor de espalda y de pierna. Hay un detalle que ayuda a diferenciarlas: cuando el problema está en la raíz también se debilitan el giro del pie hacia dentro y la separación de la cadera, mientras que en la compresión por debajo de la rodilla esos movimientos se conservan.
Causas metabólicas y generales. Polineuropatía diabética, déficit de vitamina B12, consumo excesivo de alcohol, efecto de algunos fármacos. Aquí lo habitual es que se afecten los dos pies, de forma simétrica y progresiva.
Hereditarias, musculares y cerebrales. La enfermedad de Charcot-Marie-Tooth, en la que el pie de arco alto se va formando durante años, las distrofias musculares, la atrofia muscular espinal, y también las secuelas de un ictus, la esclerosis múltiple, la parálisis cerebral infantil o la enfermedad de Parkinson.
Hay además causas raras que conviene conocer, porque son las que más tardan en identificarse. Una es la vasculitis que daña los nervios de uno en uno: tras el pie se debilitan una mano o la otra pierna. Otra es un tumor o un quiste sinovial del propio nervio junto a la cabeza del peroné, sugerido por un bulto palpable y por dolor al percutir ese punto. Y la tercera es la esclerosis lateral amiotrófica, que en algunas personas empieza precisamente por un pie caído, sin dolor ni adormecimiento, pero con fasciculaciones y afectación progresiva de otros músculos.
Cuándo no se puede esperar
La mayoría de las veces el pie caído se consulta de forma programada. Pero hay combinaciones en las que el tiempo se cuenta en horas: en ellas hay que llamar a la ambulancia (en los países europeos el número único 112) o acudir directamente a urgencias.
- La debilidad aparece junto con adormecimiento del periné y de la cara interna de los muslos, retención de orina o incontinencia: así se manifiesta la compresión de la cola de caballo, que se opera con urgencia.
- La debilidad surge de golpe y se acompaña de desviación de la cara, dificultad para hablar o pérdida de fuerza en un brazo: son signos de ictus.
- La debilidad progresa en horas o días, asciende desde abajo, alcanza la otra pierna y las manos, y desaparecen los reflejos.
- Tras un golpe en la pierna o un esfuerzo intenso, la pierna se hincha a tensión, el dolor es fuerte y no cede, la piel está tirante y el pie se duerme: así se comporta la compresión de los músculos dentro de su compartimento.
- La debilidad va con fiebre alta, dolor intenso de espalda o pérdida de peso.
Sin estos signos conviene igualmente ver al médico en los días siguientes, y no dejarlo «a ver si se pasa»: cuanto antes se retire la compresión, más completa será la recuperación del nervio.
Cómo se busca la causa
La exploración aporta más de la mitad de la respuesta. El médico comprueba la fuerza de cada movimiento del pie, la sensibilidad y los reflejos, y observa la marcha. Palpa además la zona de la cabeza del peroné y percute sobre ella: un calambre que se dispara hacia el pie indica que hay que buscar ahí. Después, según el caso, se piden pruebas.
- Electroneuromiografía: es la prueba clave, porque muestra a qué nivel y con qué gravedad está lesionado el nervio y distingue una compresión reversible de la vaina de una rotura de las fibras. Un matiz importante: en los primeros días no muestra todavía nada, por eso se realiza al cabo de dos o tres semanas, y un resultado demasiado precoz induce a error.
- Ecografía del nervio: localiza rápido y sin molestias el punto de compresión, un quiste o una cicatriz.
- Resonancia magnética lumbar: cuando el cuadro apunta a la raíz.
- Analítica: glucosa y hemoglobina glucosilada, vitamina B12, marcadores de inflamación y, si se sospecha vasculitis, pruebas inmunológicas.
La radiografía aporta poco en esta situación y se reserva sobre todo para los traumatismos.
Con qué se recupera el paso
El tratamiento tiene dos partes: quitar la causa y evitar que el pie se estropee mientras el nervio se repara.
La primera depende del hallazgo. La compresión se retira cambiando la postura, la escayola o la costumbre de cruzar las piernas. La hernia discal se trata de forma conservadora o se opera si la debilidad avanza. La diabetes y el déficit de B12 se corrigen. Un quiste o una cicatriz junto al nervio a veces se extirpan. Si el nervio está seccionado se valora suturarlo o injertarlo, y también aquí manda el calendario: una señal devuelta demasiado tarde ya no revive al músculo.
La segunda parte se hace siempre y empieza de inmediato.
- Ortesis de tobillo y pie. Una férula ligera mantiene el pie en ángulo recto y devuelve la marcha normal el mismo día. No hay que renunciar a ella «para que los músculos trabajen solos»: no entorpece la recuperación y evita caídas.
- Estiramiento de la parte posterior de la pierna. Con el tiempo, el pie caído acorta el tendón de Aquiles y entonces, aunque el nervio se recupere, el pie sigue sin levantarse. El estiramiento diario y la férula nocturna son la parte más infravalorada del tratamiento.
- Rehabilitación. Ejercicios para la musculatura anterior, trabajo del equilibrio y reeducación de la marcha.
- Estimulación eléctrica funcional. Un pequeño dispositivo lanza un impulso en la fase adecuada del paso y levanta el pie; se emplea sobre todo tras un ictus y en la esclerosis múltiple.
- Cirugía de tendones y articulaciones. Cuando queda claro que el nervio no se va a recuperar, se traslada el tendón de un músculo sano para que sea él quien levante el pie, o se fija la articulación en una posición cómoda.
Los plazos dependen de la causa. Una compresión leve, en la que solo ha sufrido la vaina, se resuelve en semanas, a veces en un par de meses. Si han muerto las fibras, el nervio crece a razón de un milímetro al día y la espera se cuenta en meses. En las enfermedades cerebrales y en las formas hereditarias no se habla de curación, sino de caminar con seguridad, y eso sí se consigue.
Cómo evitar las caídas mientras el pie no obedece
El riesgo de tropezar y fracturarse algo es aquí mayor de lo que suele pensarse, y las medidas para reducirlo son sencillas.
- Calzado con contrafuerte firme, cordones que sujeten y suela antideslizante; las zapatillas abiertas y las chanclas, mejor guardarlas.
- Retire de casa aquello con lo que se engancha el pie: bordes levantados de alfombras, cables, umbrales, objetos por el suelo.
- Luz en el recorrido que hace de noche, pasamanos en la escalera, cinta de color en el primer y último peldaño, alfombrilla de goma en el baño.
- Un bastón las primeras semanas no es señal de debilidad, sino un seguro en la calle irregular.
- No cruce las piernas ni trabaje mucho rato en cuclillas: eso presiona el mismo nervio. Si pasa horas tumbado, vigile que la cara externa de la rodilla no se apoye contra nada.
- Revise el pie a diario: la piel dormida se roza o se quema con facilidad sin que uno se dé cuenta a tiempo.
Consulta en línea
A distancia se resuelve bien la pregunta principal: a qué nivel hay que buscar la avería y con cuánta urgencia. El médico preguntará cómo empezó todo y qué ocurrió los días previos, si hay dolor de espalda o adormecimiento, pedirá ver la marcha y comprobará los movimientos que separan la raíz del nervio comprimido bajo la rodilla. Después indicará qué pruebas tienen sentido y en qué plazo, explicará cómo elegir la ortesis y cómo estirar, y revisará la analítica y el informe de electroneuromiografía si ya están hechos. Los signos del apartado de urgencia no se valoran por pantalla: con ellos hace falta atención presencial sin demora.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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