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Medicamentos comúnmente prescritos para Pancreatitis crónica
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de usar cualquier medicamento.
Forma farmacéutica: SOLUCION/SUSPENSION GOTAS ORALES, 100 mg/mlPrincipio activo: tramadolFabricante: Industria Quimica Y Farmaceutica Vir S.A.Requiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO, 40 mgPrincipio activo: PantoprazolFabricante: Tarbis Farma S.L.Requiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO LIBERACION MODIFICADA, 150 mgPrincipio activo: tramadolFabricante: Grünenthal Pharma S.A.Requiere receta
El páncreas es un órgano pequeño situado detrás del estómago que hace dos trabajos a primera vista incompatibles: fabrica un jugo con enzimas para digerir los alimentos y vierte insulina a la sangre. En la pancreatitis crónica su tejido se va sustituyendo por cicatriz a lo largo de los años. La diferencia con la pancreatitis aguda es de fondo: la aguda es un episodio grave tras el cual la glándula suele recuperarse, mientras que la crónica es un daño acumulado que no se rebobina. Suena sombrío, pero detrás de esa frase se esconde una buena noticia: la velocidad de la destrucción depende casi por completo de lo que ocurra a partir de ahora, y las dos decisiones más eficaces las toma la propia persona, no el médico.
El dolor que vuelve
La queja principal son las crisis de dolor en la parte alta del abdomen, más a menudo en el centro o a la izquierda, y con frecuencia se va hacia la espalda. Cada uno lo describe a su manera: quemante, taladrante, como un aro que aprieta. Puede durar horas o mantenerse varios días seguidos. A mucha gente le alivia sentarse e inclinarse hacia delante, o recoger las rodillas contra el pecho; tumbado boca arriba casi siempre va a peor.
A veces la crisis llega claramente después de una comida copiosa o grasa, o de beber alcohol, pero otras tantas no hay motivo que encontrar, y eso desconcierta: la persona repasa alimentos, busca un patrón y no da con él. Suelen sumarse náuseas y vómitos que no alivian.
Con el tiempo las crisis se hacen más frecuentes y entre ellas queda un dolor sordo permanente. Aquí hay un detalle del que rara vez se avisa: el dolor deja de ser un simple reflejo del estado de la glándula. Las vías nerviosas que llevan años transmitiendo la señal se convierten ellas mismas en su origen, de modo que puede persistir aunque la inflamación se haya apagado. No es psicosomático, es un mecanismo conocido, y se trata de otra manera que el dolor corriente.
Cuando la comida deja de aprovecharse
El páncreas fabrica enzimas con un margen enorme, así que los problemas de digestión aparecen tarde, a menudo una década después de las primeras crisis. Eso sí, cuesta confundirlos con otra cosa:
- las heces se vuelven voluminosas, claras, con brillo aceitoso, cuesta que se vayan por el desagüe y huelen muy mal;
- el vientre se hincha, suena, y después de comer aprieta la urgencia de ir al baño;
- el peso se pierde aunque se coma igual que siempre;
- aparecen debilidad, huesos frágiles, ceguera nocturna, piel seca y encías que sangran: así se manifiesta la falta de vitaminas liposolubles y de proteínas.
Más adelante se resiente también la segunda función de la glándula y aparece una diabetes que se llama pancreatógena, o de tipo 3. Tiene una particularidad que conviene conocer: junto con la insulina el páncreas deja de producir también la hormona que sube el azúcar, por eso esta diabetes tiende a bajadas de glucosa inesperadas y profundas. En la pancreatitis crónica el azúcar se controla con regularidad, incluso sin ninguna molestia.
Señales con las que no se puede esperar
Busque atención urgente si aparece aunque sea una sola de estas cosas:
- dolor abdominal intenso que no afloja durante horas, sobre todo con vómitos repetidos, hinchazón e imposibilidad de beber: puede ser un brote con necrosis del tejido;
- la piel y el blanco de los ojos amarillos, la orina oscura y las heces decoloradas: algo está comprimiendo la vía biliar y hay que aclararlo deprisa;
- fiebre con escalofríos junto a dolor abdominal, señal de supuración o de inflamación de las vías biliares;
- vómito con sangre o heces negras como el alquitrán;
- debilidad brusca, temblor, sudoración y confusión en una persona con diabetes: una bajada de azúcar que en esta forma de diabetes puede ser grave.
Merece mención aparte una combinación que no se puede achacar a la enfermedad de siempre: adelgazamiento rápido, ictericia y una diabetes que debuta en alguien de más de cincuenta años. La propia pancreatitis crónica aumenta el riesgo de cáncer de páncreas, y las primeras manifestaciones de ambos se parecen. No es motivo para vivir con miedo, la probabilidad sigue siendo baja, pero sí para no dejar el estudio para más adelante.
Por qué se destruye la glándula
Detrás de un curso de muchos años suele estar el alcohol, y no hace falta beber hasta perder el sentido: basta con beber con regularidad. El segundo factor en importancia es el tabaco, y es un hallazgo de los últimos años: antes se lo tomaba por un simple acompañante del alcohol y resulta que daña la glándula por su cuenta y acelera la cicatrización con independencia de lo que se beba. Después vienen causas menos frecuentes que, sin embargo, cambian por completo el tratamiento:
- alteraciones hereditarias en los genes que gobiernan el funcionamiento de las enzimas, que se sospechan si la enfermedad empezó en la juventud o hay casos en la familia;
- la fibrosis quística, la causa más habitual en los niños;
- una inflamación autoinmunitaria en la que la defensa del organismo ataca al propio páncreas; responde bien a los fármacos hormonales, así que es importante no pasarla por alto;
- cálculos y estrecheces que bloquean la salida del jugo pancreático;
- un traumatismo abdominal antiguo o una irradiación;
- cifras persistentemente altas de triglicéridos o de calcio en sangre.
En una de cada cinco personas, aproximadamente, la causa no se encuentra. El diagnóstico sigue siendo el mismo y esa forma se trata igual.
Cómo se confirma el diagnóstico
En fase temprana la ecografía corriente y los análisis a menudo no muestran nada, y la amilasa y la lipasa, en contra de lo que se cree, pueden ser normales en el curso crónico. Por eso un análisis no basta y el estudio se plantea de otro modo:
- tomografía computarizada con contraste, que ve las calcificaciones, el conducto dilatado y los quistes;
- colangiopancreatografía por resonancia magnética, que muestra los conductos sin radiación y sin ninguna maniobra;
- ecoendoscopia, el método más sensible en las fases iniciales: la sonda se acerca al páncreas a través del estómago;
- elastasa pancreática en heces, una forma sencilla de saber si las enzimas alcanzan;
- azúcar y hemoglobina glicosilada, vitamina D y densidad ósea.
A veces la imagen se parece tanto a un tumor que se toma un fragmento de tejido con aguja guiada por ecoendoscopia. Eso no significa que el médico sospeche lo peor: significa que no quiere fiarse de una suposición.
Qué frena la destrucción
Las cicatrices no se reabsorben, pero la velocidad del daño posterior sí se puede gobernar. Dos decisiones dan más que todos los medicamentos juntos: dejar por completo el alcohol y el tabaco. Por completo, porque para una glándula dañada no existe una dosis segura, y esto vale incluso para quien tuvo una causa totalmente distinta. Si no sale dejarlo por cuenta propia, no es debilidad de carácter sino motivo para pedir ayuda: hay terapias basadas en la conversación y hay fármacos que reducen las ganas, y con la nicotina ocurre exactamente lo mismo.
Después vienen las enzimas en cápsulas. No se toman por ciclos, sino en cada comida, incluidos los tentempiés, repartiendo las cápsulas a lo largo de la comida en lugar de tragarlas todas antes o después. Si no hacen efecto, casi siempre la dosis se queda corta o el ácido del estómago destruye el preparado; entonces se añade un fármaco que reduce la acidez. Aparte se pautan las vitaminas liposolubles y se vigilan la vitamina D y el calcio.
De la alimentación conviene hablar sin rodeos, porque el consejo antiguo ha quedado obsoleto. La dieta estricta sin grasa ya no se recomienda: deja a la persona sin calorías ni vitaminas y agrava el deterioro, mientras que las grasas, con las enzimas bien ajustadas, se aprovechan. El planteamiento razonable es comida normal y completa en raciones pequeñas, cinco o seis veces al día, con proteína suficiente y sin alcohol. Limitar la grasa solo tiene sentido si las heces siguen siendo grasas a pesar de las enzimas, y eso es mejor resolverlo con un dietista. La forma autoinmunitaria va por libre: responde rápido a los fármacos hormonales, pero tiende a volver, así que exige seguimiento permanente.
Cómo se maneja el dolor
Se empieza por los analgésicos sencillos. Los antiinflamatorios tomados mucho tiempo aumentan el riesgo de úlcera y de daño renal, así que no se construye con ellos un plan a largo plazo y, si se pautan, se añade un protector gástrico.
Cuando el dolor ya es permanente y en él participan las propias vías nerviosas, los analgésicos corrientes rinden poco. Ahí ayudan fármacos creados en su origen contra la depresión y la epilepsia: en esta situación se prescriben precisamente como analgésicos y se ajustan poco a poco. Los opioides se usan, pero con cautela y a ser posible poco tiempo, porque en una enfermedad que dura décadas acumulan problemas propios: dependencia, estreñimiento y un aumento paradójico del dolor. A muchas personas les ayudan bastante las técnicas de manejo del dolor crónico, que no sustituyen al tratamiento sino que forman parte de él.
Cuando los medicamentos no bastan, se habla de intervenciones. Si el conducto está bloqueado por un cálculo o estrechado, se coloca una prótesis por endoscopia y los cálculos se fragmentan. Si el dolor procede de una zona limitada de la glándula, esa zona se extirpa. En los casos más graves se extirpa el páncreas entero y, para que la persona no se quede sin insulina, del órgano retirado se aíslan de antemano las células de los islotes y se introducen en el hígado, donde prenden y siguen trabajando. Estas operaciones se hacen en centros especializados y la decisión se toma con el cirujano después de hablar de los riesgos.
Los controles que se suelen olvidar
La pancreatitis crónica no pide solo tratar las crisis, sino también un seguimiento programado, que es justo lo que evita aquello que se acerca sin avisar:
- azúcar en sangre y hemoglobina glicosilada, más o menos cada seis meses;
- valoración de la alimentación y del peso y nivel de vitaminas, una vez al año y más a menudo en niños;
- densidad ósea cada dos años: cuando las grasas se aprovechan mal, los huesos se debilitan pronto;
- vacunas, en especial la de la gripe y la del neumococo;
- si la pancreatitis es hereditaria, se plantea un seguimiento anual por el mayor riesgo de tumor.
Conviene acordarse también del bienestar en sentido amplio. El dolor continuo desgasta y con frecuencia lleva a la ansiedad y al desánimo, y estos a su vez hacen que el dolor se sienta más. De ese círculo se sale con ayuda y no a fuerza de voluntad, y hablarlo con el médico es tan apropiado como hablar de las heces o del peso.
Consulta en línea
A distancia se resuelve bien todo lo que se pierde entre una visita y otra. Si aún no hay diagnóstico, el médico repasa cómo son el dolor y las heces y dice qué pruebas hacen falta y en qué orden, para no dar vueltas en círculo. Si ya hay diagnóstico, se puede comprobar si toma bien las enzimas y si le alcanzan, hablar de la alimentación sin extremos, entender por qué los analgésicos han dejado de servir y prepararse para hablar de una intervención. En línea también va bien el control programado: repasar el calendario de análisis, ver los resultados recientes, ajustar la pauta. Las señales del apartado de urgencia no se manejan por pantalla: con ellas hay que ir al hospital.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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