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Obesidad

La obesidad no es una cuestión estética ni una falta de voluntad. Es un estado en el que se ha acumulado tanta grasa corporal que empieza a interferir en el…

Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

La obesidad no es una cuestión estética ni una falta de voluntad. Es un estado en el que se ha acumulado tanta grasa corporal que empieza a interferir en el trabajo de otros órganos: sube la tensión, altera el metabolismo del azúcar, carga las articulaciones, dificulta la respiración durante el sueño y afecta al ánimo y a la fertilidad. El beneficio llega mucho antes que el «peso ideal»: se nota ya con el primer cinco por ciento perdido.

Cuándo el exceso de peso se llama obesidad

La medida más sencilla es el índice de masa corporal: el peso en kilogramos dividido por el cuadrado de la estatura en metros. Con 1,70 m y 90 kg sale alrededor de 31.

  • por debajo de 18,5: peso insuficiente;
  • 18,5–24,9: peso saludable;
  • 25–29,9: sobrepeso;
  • 30–39,9: obesidad;
  • 40 o más: obesidad grave.

Esta medida tiene un punto débil: no distingue la grasa del músculo. En una persona muy musculada sale alto sin que sobre grasa; en una persona mayor que ha perdido músculo, sale bajo aunque la grasa sobre. Por eso junto al índice se mira el abdomen. Mida la cintura en el punto medio entre la última costilla y el borde de la cadera, respirando con normalidad y sin meter tripa, y divida el resultado por su estatura en las mismas unidades. Un cociente de 0,5 o más significa que hay demasiada grasa abdominal, aunque el índice parezca correcto. Es precisamente esa grasa, y no la de las caderas, la que se relaciona con la diabetes y las enfermedades del corazón.

Hay una corrección por origen: en personas del sur y el este de Asia, de Oriente Medio, de África y del Caribe las complicaciones aparecen con menos peso, así que en ellas se considera sobrepeso desde un índice de 23 y obesidad desde 27,5. En los niños estas cifras no sirven: su peso lo valora el pediatra con las tablas de crecimiento por edad.

Por qué sube el peso

El mecanismo es uno solo: entra más energía de la que se gasta y el sobrante se guarda. Pero detrás de esa igualdad hay muchas cosas que dependen de la persona solo en parte.

  • El entorno. La comida calórica es más barata y accesible que cualquier otra, y el trabajo y el trayecto hasta él transcurren sentados.
  • Las calorías líquidas. Los refrescos, los zumos y el alcohol casi no sacian, pero suman con facilidad cientos de calorías al día.
  • La herencia. Los genes influyen en el apetito y en la rapidez con que llega la saciedad; hacen que adelgazar cueste más, no que sea imposible.
  • El sueño y el estrés. Dormir poco y vivir tenso aumentan las ganas de dulce y de grasa: es fisiología, no dejadez.
  • Comer para gestionar emociones. Si la ansiedad o el desánimo terminan de forma habitual en la nevera, una dieta sola no va a resolverlo.
  • Los medicamentos. Hacen ganar peso los corticoides, parte de los antiepilépticos, algunos antidepresivos y antipsicóticos y la insulina.
  • Las enfermedades. Hipotiroidismo, síndrome de ovario poliquístico, el infrecuente síndrome de Cushing, síndromes genéticos aún más raros y las lesiones del hipotálamo.

Aparte: al dejar de fumar se suelen ganar unos kilos. No es motivo para volver al tabaco, cuyo daño es incomparablemente mayor.

Qué riesgos trae y cómo reconocerlos

La obesidad no duele, y ahí está su trampa: las complicaciones avanzan en silencio. Una lista de enfermedades sin señales no sirve de nada, así que aquí van las señales.

  • Diabetes tipo 2. Sed, orinar mucho, sobre todo de noche, cansancio, picor de piel, heridas que no cierran, visión que se emborrona.
  • Tensión alta. Casi nunca da síntomas y solo se descubre midiéndola: el tensiómetro es más honesto que las sensaciones.
  • Apnea del sueño. Ronquido fuerte con pausas que notan los que duermen cerca, levantarse molido y con dolor de cabeza, somnolencia diurna que llega a dormirse al volante.
  • Hígado graso. Casi siempre mudo; se descubre en los análisis y la ecografía, a veces da pesadez bajo las costillas derechas.
  • Corazón y arterias. Falta de aire con esfuerzos que antes se hacían sin problema, dolor opresivo en el pecho, hinchazón de los tobillos.
  • Articulaciones y espalda. Dolor de rodillas y caderas, rigidez matutina, dolor lumbar.
  • Digestivo y hormonas. Ardor de estómago, piedras en la vesícula; en ellas, reglas irregulares y dificultad para concebir; en ellos, testosterona baja.

También sube el riesgo de varios tumores: intestino, mama después de la menopausia, útero, riñón y páncreas.

Cuándo acudir al médico y qué va a comprobar

El motivo para pedir cita no es la cifra de la báscula, sino querer entender qué está pasando. No lo demore si el peso sube deprisa sin cambios en la alimentación, si la ganancia va con hinchazón de piernas y falta de aire, si aparecen sed y viajes nocturnos al baño, si se queda dormido de día contra su voluntad o si en casa le dicen que deja de respirar mientras duerme.

La ambulancia se llama por las complicaciones: dolor opresivo en el pecho de más de unos minutos, falta de aire intensa y repentina en reposo, debilidad súbita de un brazo o una pierna, boca torcida. Ahí se cuenta por minutos; en la mayoría de los países europeos el número de emergencias es el 112.

En la consulta el médico le pesará, medirá su estatura y su cintura y preguntará por su forma de vida, por los medicamentos que toma, por cómo ha cambiado su peso a lo largo de la vida, por lo que ya ha intentado y por su relación con la comida. Después vienen los análisis: glucosa en ayunas o hemoglobina glicosilada, perfil lipídico, enzimas del hígado, hormonas del tiroides. La tensión se mide con un manguito del tamaño adecuado: uno estrecho en un brazo grueso da cifras falsamente altas.

También conviene saber lo contrario: no hace falta buscar una causa hormonal rara en todo el que no consigue adelgazar. Esos análisis tienen sentido cuando hay otras señales: estrías moradas y anchas, piel fina, debilidad de los muslos, grasa concentrada en el tronco con brazos y piernas delgados. Así se presenta el síndrome de Cushing, contra el que ninguna dieta puede.

La comida: lo que de verdad mueve el peso

Solo funciona aquello que podrá sostener durante años; los planes rígidos dan una bajada rápida y una recuperación igual de rápida. La referencia es de 0,5 a 1 kg por semana, y para eso se come unas 500–600 calorías diarias menos de las que se gastan. La cifra exacta conviene calcularla con el médico de cabecera o con un dietista.

  • La base del plato: verduras y fruta, cereales integrales, legumbres.
  • Proteína en cada comida: pescado, aves, huevos, queso fresco. Es lo que más sacia y lo que protege el músculo.
  • Menos ultraprocesados, bollería, comida rápida, bebidas azucaradas y alcohol: una copa de vino tiene las calorías de un pan.
  • La sal se limita aparte de las calorías, porque sube la tensión.
  • Vigile el tamaño de la ración: la misma comida en un plato más pequeño son menos calorías.

Lo que no conviene: ayunar días enteros, eliminar grupos enteros de alimentos y comprar «quemagrasas». Las dietas de menos de 800 calorías diarias existen, pero se usan por indicación médica y bajo vigilancia: por su cuenta llevan a perder músculo y a formar piedras en la vesícula.

Movimiento

Adelgazar solo con ejercicio es difícil: lo comido se acumula más rápido de lo que se quema. En cambio, mantener lo conseguido sin moverse es casi imposible, y la tensión, el azúcar y el ánimo mejoran antes de que la báscula se mueva.

La referencia para adultos son 150–300 minutos semanales de actividad moderada: caminar rápido, bicicleta, natación, baile. Moderada significa que la respiración se acelera pero todavía puede hablar; la mitad puede sustituirse por actividad intensa. Dos veces por semana añada ejercicios de fuerza: al adelgazar no solo se pierde grasa, también músculo.

Es sensato empezar con diez minutos e ir subiendo poco a poco; tarea aparte es romper las horas sentado levantándose al menos una vez cada hora. Si le duelen las articulaciones, se ahoga mucho o tiene una enfermedad del corazón, hable del ejercicio con su médico: con las rodillas malas ayudan la natación, la gimnasia en el agua y la bicicleta estática.

Medicamentos y cirugía

Ambas se plantean cuando la alimentación y el ejercicio no han dado resultado, y siempre junto a ellos, nunca en su lugar.

El orlistat impide que se absorba parte de la grasa de la comida. Sus efectos son previsibles —heces aceitosas, urgencia para ir al baño, gases— y tanto mayores cuanto más grasa se coma.

Los fármacos basados en hormonas intestinales —liraglutida, semaglutida, tirzepatida— actúan sobre el apetito: la saciedad llega antes y dura más. Se inyectan bajo la piel y funcionan de verdad, pero tienen matices. Las náuseas al principio son habituales. Al suspenderlos el apetito vuelve y con él, a menudo, el peso, así que el tratamiento se planifica a largo plazo. Con vómitos o diarrea intensos las píldoras anticonceptivas pueden fallar y hace falta otro método; el embarazo no se planifica durante el tratamiento. La elección corresponde al médico: en este mercado circulan muchísimas falsificaciones.

La cirugía —reducción del estómago o derivación gástrica— se plantea en la obesidad grave y también desde un índice de 35 si hay una enfermedad que mejore al perder peso: diabetes, apnea, artrosis avanzada. Da el resultado más duradero, pero obliga a tomar vitaminas de por vida y a un seguimiento continuo. Antes de cualquier operación y de cualquier anestesia avise de que usa fármacos para adelgazar: enlentecen el vaciado del estómago.

Cómo mantener lo conseguido

El cuerpo se resiste: cuanto menos pesa, menos energía gasta, así que a los pocos meses la bajada se frena sola. No es un fracaso. Lo que ayuda a sostenerlo:

  • un objetivo realista, un 5–10 % del peso inicial, y no «treinta kilos para el verano»;
  • pesarse siempre en las mismas condiciones y anotar brevemente lo que se come;
  • más movimiento justo en la fase de mantenimiento, cerca de una hora al día;
  • apoyo de la familia, de amigos o de un grupo: en solitario cuesta más;
  • trabajo con un psicólogo si la comida le sirve para gestionar emociones: el trastorno por atracón tiene tratamiento propio.

Incluso un 3–5 % del peso mantenido durante años baja de forma apreciable la tensión, el azúcar y la carga sobre las articulaciones. Recuperar parte de los kilos le ocurre a casi todo el mundo y solo significa una cosa: hay que volver al plan, no abandonarlo.

Consulta en línea con el médico

En la obesidad la consulta a distancia encaja mejor que en muchos otros problemas: aquí se llega con preguntas, no con dolor agudo. El médico revisará sus análisis, valorará los riesgos, ayudará a armar un plan de alimentación y ejercicio adaptado a su vida, explicará qué hacer con los medicamentos que de por sí hacen ganar peso y cómo están las cosas con los fármacos para adelgazar. Además es cómodo para ir dando cuentas: hablar cada pocas semanas disciplina mejor que las promesas hechas a uno mismo.

Lo que no sustituye: la extracción de sangre, la toma de tensión, la ecografía y la valoración previa a una operación. Con falta de aire en reposo, dolor en el pecho o una ganancia rápida de peso con hinchazón hace falta una visita presencial.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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