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Meningitis

La meningitis es la inflamación de las membranas que envuelven el cerebro y la médula espinal.

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Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

La meningitis es la inflamación de las membranas que envuelven el cerebro y la médula espinal. Casi siempre la provoca una infección, y de cuál se trate depende todo: la meningitis vírica suele resolverse sola en una semana o diez días, mientras que la bacteriana puede convertirse en una amenaza vital en cuestión de horas. Distinguir una de otra por el aspecto no es posible, así que ante la sospecha de meningitis no se espera ni se vigila en casa: se llama a una ambulancia.

Por qué se cuenta por horas

Las membranas del cerebro están bañadas por el líquido cefalorraquídeo. Una vez dentro de él, las bacterias se multiplican casi sin freno, porque allí hay pocas células defensivas. Las membranas se inflaman, la presión dentro del cráneo sube y sufren los nervios y los vasos que pasan cerca.

En paralelo, esas mismas bacterias pueden pasar a la sangre y provocar una sepsis, con caída de la tensión y mala circulación en las extremidades y los órganos. La infección meningocócica a veces cursa sin meningitis alguna, solo como sepsis, y entonces lo que domina no son el dolor de cabeza y la rigidez de nuca, sino la piel pálida y moteada, unas manos y unos pies helados, el dolor muscular y las manchas en la piel. De ahí la regla principal: el estado empeora muy deprisa, a veces literalmente en horas, y una hora de retraso cambia el desenlace más que cualquier esfuerzo posterior.

Signos en adolescentes y adultos

La enfermedad suele empezar de golpe y avanzar a ojos vistas. Deben alertar:

  • fiebre alta, a menudo con escalofríos, con las manos y los pies fríos;
  • dolor de cabeza intenso, distinto del habitual;
  • rigidez de nuca: no se consigue llevar la barbilla al pecho;
  • intolerancia a la luz fuerte, ganas de volverse hacia la pared;
  • náuseas y vómitos;
  • dolor intenso en músculos, piernas y articulaciones;
  • somnolencia, confusión, dificultad para despertar, conducta extraña;
  • respiración acelerada, una crisis convulsiva;
  • manchas en la piel, de las que se habla aparte más abajo.

Rara vez aparecen todos los signos a la vez, y el orden puede ser cualquiera. La combinación clásica de fiebre, dolor de cabeza y nuca rígida puede faltar por completo, sobre todo en personas mayores y en quienes tienen la inmunidad debilitada por una enfermedad o por medicamentos. En ellos la meningitis se presenta muchas veces solo como confusión o una somnolencia inusual sin fiebre, y por eso es justamente en ellos donde más se pasa por alto.

Cómo se ve en un lactante

Un niño pequeño no va a quejarse de dolor de cabeza ni de molestia con la luz, de modo que los padres tienen que guiarse por su conducta y su aspecto.

  • rechaza el alimento, regurgita, vomita;
  • llora de forma rara: agudo, monótono, distinto de siempre;
  • se irrita cuando lo cogen en brazos o, al contrario, está flácido, decaído, no reacciona;
  • la fontanela de la cabeza está abombada y tensa;
  • el cuerpo está rígido, la cabeza se echa hacia atrás, hay sacudidas;
  • piel pálida y moteada, manos y pies fríos;
  • respira deprisa, de forma irregular, con quejido;
  • fiebre alta o, en los más pequeños, temperatura por debajo de lo normal.

La impresión de los padres de que el niño «no está como en ninguna enfermedad anterior» es un argumento de peso, y no hay por qué avergonzarse de exponerlo.

Las manchas y la prueba del vaso

El exantema de la infección meningocócica empieza con puntitos rojos o morados, parecidos a pinchazos de alfiler, que después confluyen en manchas y hematomas. Su rasgo característico es que no palidece: al apretar contra él un vaso transparente, los puntos siguen viéndose a través del cristal.

De esta prueba hay que entender dos cosas. La primera: unas manchas que no palidecen bajo el cristal indican una infección grave de la sangre y obligan a llamar a una ambulancia de inmediato. La segunda, mucho más importante: el resultado contrario no demuestra nada. El exantema aparece tarde, al principio sí palidece al apretar y en una parte de los enfermos no llega a salir nunca. Esperar a que aparezcan manchas para decidirse a pedir ayuda es el error más peligroso de esta página.

En la piel morena y oscura cuesta más verlo. Mírelo donde la piel es más clara: palmas, plantas, abdomen, cara interna de los párpados, mucosa de la boca, blanco de los ojos.

Cuándo llamar a una ambulancia

Llame a una ambulancia (en los países europeos, el 112) o lleve a la persona al servicio de urgencias más cercano si sospecha meningitis o infección de la sangre. No espere a que se reúnan todos los signos. Motivos para llamar de inmediato:

  • fiebre junto a dolor de cabeza intenso, nuca rígida o intolerancia a la luz;
  • manchas que no palidecen bajo el vaso, o hematomas que se extienden deprisa;
  • confusión, delirio, somnolencia inusual, imposibilidad de despertar a la persona;
  • una crisis convulsiva;
  • en un niño: llanto agudo, fontanela abombada, cuerpo flácido, extremidades frías con fiebre alta;
  • cualquier empeoramiento rápido en cuestión de horas.

Mientras llega la ayuda, coloque a la persona de lado si vomita o pierde el conocimiento, baje la luz y no le dé de comer ni de beber.

Existe además un escalón intermedio. Consulte el mismo día si un niño mantiene la fiebre y está apagado pero no presenta los signos anteriores, o si un dolor de cabeza intenso con fiebre aparece en alguien con la inmunidad debilitada, tras un traumatismo o una operación craneal. Y recuerde: el consejo de «vigilar en casa» deja de valer en cuanto la situación empeora. Entonces se vuelve a consultar, sin sentirse pesado.

Por qué se produce

La meningitis vírica es la más frecuente y la más leve. La causan enterovirus, virus del herpes simple y el virus de la parotiditis, y suele resolverse en una o dos semanas.

La bacteriana es menos habitual, pero es la que hace que esta enfermedad se considere peligrosa. Los responsables más frecuentes son el meningococo, el neumococo y el Haemophilus influenzae de tipo b. En los recién nacidos aparecen el estreptococo del grupo B y la Escherichia coli, y en mayores, embarazadas y personas inmunodeprimidas, la listeria.

Capítulo aparte merece la meningitis tuberculosa: se desarrolla en semanas y no en horas, comienza con dolor de cabeza creciente, decaimiento, pérdida de peso y febrícula, y por eso es especialmente fácil confundirla con otra cosa. En personas con inmunodepresión grave se ve meningitis por hongos, también de curso lento. Por último, la inflamación de las membranas puede darse sin infección: como reacción a ciertos medicamentos, en enfermedades autoinmunes o por tumores. Son casos raros, pero explican por qué en el hospital se estudia el líquido cefalorraquídeo y no basta con un análisis de sangre.

Cómo se contagia y quién tiene más riesgo

Las bacterias que causan meningitis viven en la nariz y la garganta de muchísimas personas sanas sin dar ningún síntoma. Se transmiten con las gotitas de saliva y moco: al toser, al estornudar, al besar, al compartir un cigarrillo o al beber de la misma botella. También cabe contagiarse de un enfermo, pero eso ocurre menos que a partir de un portador sano, y solo enferman unos pocos de los que reciben la bacteria.

El riesgo es mayor:

  • en lactantes y niños menores de cinco años;
  • en adolescentes y adultos jóvenes, sobre todo los que viven en residencias y cuarteles;
  • en personas mayores;
  • en quienes no tienen bazo o lo tienen alterado, y en la anemia falciforme;
  • con inmunodeficiencia, tratamiento inmunosupresor o quimioterapia;
  • tras un traumatismo craneal con salida de líquido por la nariz o el oído, tras cirugía de cabeza o columna, y con implante coclear;
  • al viajar a zonas donde la infección meningocócica es frecuente y a concentraciones multitudinarias.

Haber pasado una meningitis no protege: se puede volver a tener, y las repeticiones son por sí solas motivo para buscar la causa, sea un defecto de las membranas tras un golpe o una particularidad congénita de la inmunidad.

Cómo se llega al diagnóstico

En el hospital el médico explora a la persona, valora el nivel de conciencia, busca los signos meníngeos y las manchas y extrae sangre: hemograma, marcadores de inflamación, cultivo e identificación del germen por su material genético.

Quien decide el diagnóstico, sin embargo, es la punción lumbar. Con una aguja fina, entre las vértebras de la zona lumbar, se obtiene un poco de líquido cefalorraquídeo y se mira cuántas células tiene y de qué tipo, cuánta proteína y cuánta glucosa; luego se cultiva y se busca en él el ADN de los gérmenes. Es esa prueba la que separa la meningitis bacteriana de la vírica y la que indica con qué antibiótico tratar; ni el análisis de sangre ni la tomografía la sustituyen. No conviene rechazarla por miedo a que «dañen la médula»: el pinchazo se hace en la zona lumbar, por debajo del nivel donde la médula termina.

La tomografía craneal antes de la punción no se hace a todo el mundo, sino solo ante ciertos hallazgos: focalidad neurológica, convulsiones, alteración profunda de la conciencia, inmunodepresión marcada. Y aquí la regla es estricta: la espera de la tomografía no debe retrasar el antibiótico. Primero se extraen los hemocultivos y se administra el fármaco, y las pruebas van después.

Cómo se trata

Ante la sospecha de meningitis bacteriana el antibiótico se administra por vía intravenosa de inmediato, sin esperar resultados. Si más adelante los análisis muestran un origen vírico, se retira; las horas perdidas, en cambio, no se recuperan. A la vez, cuando se sospecha neumococo se administra un corticoide: reduce la inflamación alrededor de las membranas y disminuye la probabilidad de pérdida de audición.

El resto del tratamiento es de sostén: sueros, oxígeno, analgesia, antieméticos y anticonvulsivos si hacen falta. Si la respiración se altera o la tensión cae, la persona pasa a cuidados intensivos. El tratamiento de la meningitis bacteriana dura como mínimo una semana, a veces bastante más, y todo ese tiempo transcurre ingresado.

Si se sospecha un origen herpético se añade un antivírico, y ese caso tampoco admite demora. La meningitis tuberculosa se trata con una combinación de fármacos antituberculosos durante meses.

La meningitis vírica leve se trata en casa: reposo, líquidos, analgésicos y algo para las náuseas. Pero esa decisión la toma el médico tras explorar al paciente, no el propio enfermo.

Qué queda después

Tras una meningitis vírica la mayoría se recupera por completo, aunque el dolor de cabeza y el cansancio pueden durar varias semanas.

Tras una bacteriana quedan secuelas en una parte apreciable de quienes la pasan. La más frecuente es la pérdida de audición, que puede llegar a la sordera total. Por eso a todo el que ha tenido una meningitis bacteriana se le hace un estudio auditivo, y cuanto antes: si la pérdida es profunda, la decisión sobre un implante coclear tiene un plazo limitado, mientras la cóclea no se haya osificado, y aquí la demora vuelve a salir cara.

También aparecen crisis convulsivas repetidas, problemas de memoria y concentración, cansancio fácil, alteraciones del equilibrio, pérdida de visión y, en los niños, dificultades de aprendizaje y de conducta. Tras una sepsis meningocócica pueden quedar cicatrices profundas, daño renal y, si la circulación se comprometió gravemente, la pérdida de dedos o de algún miembro. Queda además una huella psicológica: miedo a los médicos y a los hospitales, trastornos del sueño, enuresis en el niño, ansiedad en los padres. Es una reacción normal a lo vivido y se aborda igual que las demás secuelas.

Vacunas y protección de los allegados

Frente a los gérmenes más peligrosos existen vacunas, y siguen siendo la mejor protección. Las hay contra varios grupos de meningococo, contra el neumococo y contra el Haemophilus influenzae de tipo b, y también las que previenen enfermedades en las que la meningitis puede ser una complicación: sarampión, parotiditis, rubéola y varicela. Las primeras dosis se ponen en el primer año de vida, después vienen las de refuerzo, y a adolescentes y jóvenes se les añade una dosis frente al meningococo. Los plazos exactos y el conjunto de vacunas cambian de un país a otro: consulte el calendario nacional y pregunte a su médico de cabecera si usted y su hijo lo tienen todo.

Se valoran aparte las vacunas antes de viajar a zonas donde la infección meningocócica es frecuente y antes de instalarse en una residencia; hay dosis adicionales previstas para personas sin bazo y con alteraciones de la inmunidad.

Cuando se confirma una infección meningocócica, a quienes han tenido contacto estrecho se les da un antibiótico en pauta corta: convivientes, pareja, compañeros de habitación y a veces el grupo de la guardería. Debe empezarse cuanto antes, y quién entra en ese círculo lo decide el servicio de vigilancia epidemiológica, no los propios allegados. Los contactos casuales, como compañeros de viaje o de despacho, no necesitan profilaxis. En el día a día, cosas sencillas reducen el riesgo: no beber de la botella de otro, no compartir cigarrillos, no fumar cerca de un niño y ventilar los espacios donde vive o estudia mucha gente.

Consulta en línea

Lo primero y más importante: ante la sospecha de meningitis la consulta en línea no sirve. Aquí hacen falta una exploración y un estudio del líquido cefalorraquídeo, y el tiempo dedicado a escribir juega en contra del enfermo. Si están los signos del apartado sobre la ambulancia, llame al 112.

En cambio, la consulta en línea encaja bien con todo lo que rodea a esa situación. Antes: repasar qué vacunas tienen ya usted y su hijo, qué falta, qué conviene antes de un viaje o de una mudanza a una residencia, y qué hacer si alguien del entorno ha enfermado. Después: comentar el informe de alta y las indicaciones, saber cuándo y dónde hacerse la prueba de audición, qué hacer con el cansancio y el dolor de cabeza que persisten y cómo volver a los estudios y al trabajo. Tenga a mano el informe de alta, el carné de vacunación y la lista de medicamentos.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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