Malnutrición (desnutrición)
No se trata solo del hambre ni de la pobreza, aunque también. Lo más frecuente es que la persona coma y aun así reciba menos de lo que necesita: se le ha ido…
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No se trata solo del hambre ni de la pobreza, aunque también. Lo más frecuente es que la persona coma y aun así reciba menos de lo que necesita: se le ha ido el apetito por una enfermedad, le duele masticar, el intestino ha dejado de absorber. El cuerpo responde consumiendo sus propios músculos, y a partir de ahí todo gira en círculo: debilidad, menos movimiento, todavía menos apetito. Detectado pronto, esto se corrige cambiando la alimentación; detectado tarde, ya hay que tratar las consecuencias, desde fracturas por caídas hasta heridas que no cierran.
Cómo se manifiesta en el adulto
El signo más fiable es un peso que baja solo, sin dieta y sin intención de adelgazar. Se considera significativa una pérdida de alrededor del cinco al diez por ciento del peso corporal en tres a seis meses. Muchas veces la persona no lo nota, pero sí nota lo indirecto: el cinturón se abrocha dos agujeros más allá, el anillo se sale del dedo, la dentadura postiza baila, la camisa de siempre cuelga de los hombros.
Después vienen los signos que es fácil achacar a la edad: debilidad constante, frío incluso en una habitación cálida, dificultad para levantarse de la silla sin apoyarse, inestabilidad y caídas. Las heridas tardan semanas en curar y los catarros se encadenan uno tras otro. Empeoran la atención y el ánimo: la apatía acompaña al deterioro nutricional con la misma regularidad que la debilidad.
Cada carencia concreta tiene sus propias señales: palidez y falta de aire cuando falta hierro, lengua dolorida y lisa, grietas en las comisuras de los labios, hormigueo en manos y pies, encías que sangran, mala visión en penumbra, uñas quebradizas y pelo ralo.
Desnutrición con peso normal o alto
La delgadez no es un requisito. Una persona con peso normal, o incluso alto, puede estar desnutrida, y esos casos se detectan los últimos porque ni ella ni quienes la rodean sospechan nada.
Ocurre por dos motivos. El primero: la dieta aporta calorías suficientes pero es pobre en proteínas, hierro, vitamina B12, ácido fólico y vitamina D. Comer a base de pan, té con azúcar y galletas es el ejemplo típico: el estómago está lleno y no hay materia prima. El segundo: el peso se mantiene a costa de la grasa y de la retención de líquidos mientras se pierde músculo. Comprobarlo es más fácil de lo que parece: si con el mismo peso cuesta levantarse de la silla sin las manos, llevar la bolsa de la compra o abrir un bote, lo que hay es pérdida de músculo.
Una trampa aparte son el estado tras cirugía de estómago o de intestino, las dietas estrictas hechas por cuenta propia y la alimentación monótona sin productos de origen animal: ahí las carencias aparecen con una dieta de apariencia normal.
Qué mirar en un niño
En los niños lo que cuenta no es el peso en sí, sino el crecimiento y las ganancias a lo largo del tiempo. Preocupa que se detenga la ganancia de peso y después se enlentezca la talla; en la gráfica se ve como un salto a líneas más bajas, así que conviene llevar a la consulta la cartilla con las medidas.
También cambia el comportamiento: el niño se vuelve apático, irritable o, al contrario, demasiado callado, se cansa antes jugando, pierde interés por lo que le gustaba, y en los más pequeños se retrasa la adquisición de habilidades nuevas. En los adolescentes la desnutrición se relaciona sobre todo con un trastorno de la conducta alimentaria, y ahí hace falta una conversación aparte, cuidadosa y sin reproches.
No retrase la consulta si el niño rechaza grupos enteros de alimentos, si comer se acompaña de dolor, regurgitaciones, tos o atragantamiento, si las deposiciones son abundantes, grasientas y malolientes, porque así se manifiestan las enfermedades en las que la comida no se absorbe, y tampoco si las ganancias se han parado tras introducir la alimentación complementaria o después de una infección intestinal.
Enfermedades y medicamentos que llevan a ello
La causa más frecuente no es la falta de comida, sino la enfermedad. Unas quitan el apetito: el cáncer, la insuficiencia cardíaca y respiratoria graves, las enfermedades del hígado y del riñón, las infecciones crónicas. Otras impiden aprovechar lo que se come: la enfermedad celíaca, la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, la insuficiencia del páncreas, las secuelas de la cirugía intestinal. Otras aumentan el gasto: quemaduras extensas, traumatismos graves, recuperación de operaciones mayores, hipertiroidismo.
Un grupo aparte y numeroso son los trastornos de la deglución tras un ictus y en las enfermedades neurológicas, y también la demencia, en la que la persona olvida comer o no reconoce la comida. La depresión y la ansiedad reducen el apetito, los trastornos de la conducta alimentaria llevan a la desnutrición por la vía más directa, y la dependencia del alcohol es doblemente peligrosa: hay calorías, pero no hay vitaminas ni proteínas.
Los medicamentos ponen su parte: náuseas, boca seca, cambios del gusto y saciedad precoz pueden ser efectos adversos, y algunos fármacos tomados durante mucho tiempo reducen la absorción de vitamina B12 y de hierro. No hay que suspender nada por cuenta propia, pero sí vale la pena repasar la lista completa con el médico.
Causas de las que se habla menos
Una persona sana que vive sola puede desnutrirse sin ninguna enfermedad de por medio, y esas causas son las más fáciles de corregir.
La primera son los dientes. Los dientes en mal estado, la falta de muelas y una prótesis que no ajusta reorientan sin que se note la dieta hacia comida blanda y pobre en proteínas, de modo que aquí se acude al dentista igual que al médico de cabecera.
La segunda son las dificultades para comprar y cocinar: dolor articular, falta de aire, temblor, debilidad tras una enfermedad, no poder cargar con las bolsas ni estar de pie ante el fuego. La tercera son la soledad y el duelo: tras la muerte de un ser querido mucha gente deja de cocinar y come cualquier cosa; el apetito mejora claramente en compañía, y comer acompañado funciona tan bien como los suplementos. A esto se suman el dinero justo, la falta de costumbre y de destreza para cocinar, y el estar cuidando a un familiar enfermo, cuando la propia comida queda en último lugar.
Cuándo acudir al médico
Conviene pedir cita si el peso baja solo, si el apetito lleva más de un par de semanas ausente, si aparecen debilidad e infecciones frecuentes, o si observa esto en un familiar mayor o en un niño. La pérdida de peso junto con sangre en las heces o en el esputo, sudores nocturnos, tos prolongada, dificultad para tragar o dolor persistente exige estudio sin demora: detrás puede haber un tumor o una infección crónica.
Llame a una ambulancia (en los países europeos, al número único 112) si:
- la persona lleva más de un día sin poder comer ni beber y además está somnolienta, confusa o no hay forma de despertarla;
- aparecen signos de deshidratación grave: lengua seca, ausencia de orina durante muchas horas, pulso rápido y débil, mareo al intentar levantarse;
- durante la comida se ha producido un atragantamiento, tos con amoratamiento o la comida ha pasado a la vía respiratoria;
- un niño está apático e indiferente, rechaza la bebida y lleva muchas horas con el pañal seco;
- aparecen convulsiones, alteraciones del ritmo cardíaco o una debilidad muscular brusca en alguien que ha empezado hace poco a comer de forma intensiva tras un ayuno prolongado.
En el resto de los casos no hace falta una ambulancia, sino una consulta médica en los días siguientes.
Cómo se estudia
Se empieza por lo sencillo: se miden el peso y la talla y se calcula el índice de masa corporal, pero lo importante es comparar el peso con el anterior y saber en cuánto tiempo ha cambiado. El médico preguntará qué come realmente la persona en un día, no qué cree que debería comer, y preguntará por los dientes, la deglución, las deposiciones, el ánimo y por quién hace la compra y cocina. Ayuda llevar los pesos anotados de los últimos meses y la lista de medicamentos.
También se valora el músculo: el perímetro del brazo, la fuerza de la mano, la capacidad de levantarse de una silla sin ayudarse con los brazos. Para saber quién necesita a un dietista se emplean escalas breves de cribado.
Los análisis responden a dos preguntas: qué falta y por qué. Suelen pedirse hemograma, hierro y ferritina, vitamina B12 y ácido fólico, vitamina D, calcio, glucosa, pruebas de hígado, riñón y tiroides, marcadores de inflamación y serología de enfermedad celíaca. Según la sospecha se añaden estudios de heces, endoscopia, pruebas de imagen y valoración de la deglución. Ante una pérdida de peso mantenida y sin explicación, el estudio continúa en lugar de atribuirlo todo a los nervios.
Qué ayuda en la alimentación
Primera regla: primero la comida, después los suplementos. No se trata de comer más cantidad, algo imposible con poco apetito, sino de hacer que cada cucharada alimente más: a las papillas y los purés se les añade aceite, nata, queso rallado, leche en polvo o yema, y a las sopas frutos secos molidos. Los productos desnatados y las versiones ligeras aquí no sirven.
Segunda regla: poco y a menudo. Cinco o seis comidas pequeñas se toleran mucho mejor que tres grandes, y en cada una conviene incluir proteína (carne, pescado, huevo, queso fresco, legumbres) y entre ellas colocar tentempiés calóricos. Mejor beber después de comer, porque el líquido ocupa sitio en el estómago; las bebidas, eso sí, pueden alimentar: leche, cacao, batidos lácteos.
Ayuda también lo que no tiene que ver con la composición de la comida: comer acompañado, pasear antes de la comida, organizar la entrega de la compra a domicilio, cocinar por adelantado, arreglar la boca, ajustar la prótesis. Si masticar o tragar cuesta, se modifica la textura, pero conviene decidirla con un profesional para no provocar el paso de comida a la vía respiratoria. Basta con pesarse una vez por semana, siempre a la misma hora.
Cuando la comida corriente no basta
Si la alimentación no consigue enderezarse, el médico o el dietista añaden preparados nutricionales, bebidas y polvos con alto contenido en proteínas y calorías. Se toman entre las comidas y no en lugar de ellas. Las vitaminas y los minerales no se toman «para el apetito», sino ante una carencia demostrada: algunos son perjudiciales en exceso.
Cuando comer por la boca resulta imposible o peligroso, por un trastorno grave de la deglución, una obstrucción o una estancia larga en cuidados intensivos, la alimentación se administra por sonda: un tubo fino por la nariz hasta el estómago o, si va para largo, a través de la pared del abdomen. Si el intestino no funciona, la solución nutritiva se administra por vena. Este tipo de alimentación se inicia en el hospital y se continúa en casa, y se puede vivir así durante años.
Hay un peligro importante que poca gente conoce. Si tras un ayuno prolongado se empieza a alimentar de golpe y en gran cantidad, en los primeros días caen bruscamente el fósforo, el potasio y el magnesio en sangre, y eso amenaza con arritmias, edemas y debilidad de los músculos respiratorios. Por eso, en la desnutrición marcada la alimentación se aumenta despacio, con controles analíticos y administrando vitamina B1. No se debe «cebar» por cuenta propia a alguien que lleva mucho tiempo sin comer.
Consulta en línea
La consulta a distancia encaja bien para empezar a ordenar el problema. El médico preguntará cuánto peso se ha perdido y en cuánto tiempo, qué pasa con el apetito, los dientes, la deglución y las deposiciones, qué medicamentos se toman y quién cocina en casa. Con esa conversación ya se ve dónde buscar la causa y se prepara la lista de análisis, para no hacer pruebas de más ni tener que volver dos veces.
En línea se lleva bien también el seguimiento: comentar los resultados, ver cómo hacer más nutritivos los platos de siempre, fijar un plan de ganancia de peso y comprobarlo con los pesajes en casa, decidir si hacen falta preparados nutricionales. Es especialmente útil hablar con los familiares de una persona mayor que ven que «come poco» y no saben por dónde empezar. Pero ante signos de deshidratación grave, atragantamiento al comer o confusión no se puede esperar a una consulta en línea: ahí hace falta atención urgente.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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