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La sangre se renueva sin descanso y todo ese trabajo ocurre en la médula ósea. En la leucemia mieloide aguda se rompe la rama mieloide: la que da neutrófilos, glóbulos rojos y plaquetas. Las células dejan de madurar pero siguen dividiéndose y en pocas semanas desplazan de la médula todo lo demás. Es la leucemia aguda más frecuente en el adulto.
Dónde se produce exactamente el fallo
Una célula mieloide sana sube varios escalones hasta ser un neutrófilo maduro u otra célula útil. En la leucemia la maduración se corta a mitad de camino: la célula sufre un daño en sus genes, se queda en blasto y pierde su función. Dividirse, en cambio, lo hace mejor que las sanas.
A partir de ahí manda la aritmética. La médula es un espacio cerrado y el sitio que ocupan los blastos se lo quitan a la producción normal: baja la hemoglobina, desaparecen las plaquetas, se agotan los leucocitos. Es esa carencia, no la masa tumoral, la que dibuja el cuadro.
Bajo un mismo nombre se esconden más de una decena de variantes con alteraciones genéticas distintas. La diferencia no es académica: de ella dependen el esquema y el pronóstico.
Cómo se ve desde fuera
Las molestias se acumulan durante semanas, rara vez meses, y casi todas se explican por la falta de una u otra célula sanguínea.
- debilidad agotadora, palidez, mareo, falta de aire con esfuerzos que antes costaban poco;
- moratones donde uno no se ha golpeado, puntitos rojos en las piernas, encías que sangran, sangrados de nariz largos, reglas muy abundantes;
- fiebre, escalofríos y sudores nocturnos sin catarro, infecciones que no ceden;
- pérdida de peso y de apetito, sensación de plenitud en el abdomen;
- dolor de huesos y articulaciones, pesadez bajo las costillas;
- con menos frecuencia, nódulos bajo la piel, encías que crecen, ganglios aumentados.
Ningún signo por sí solo apunta a una leucemia. Apunta la rapidez: si en un mes la persona ha decaído de forma visible y el hemograma se desvía en varios parámetros a la vez, no se puede esperar más.
Cuándo no toca pedir cita sino llamar a urgencias
Algunas complicaciones se desarrollan a toda velocidad y aquí importa más la rapidez que la exactitud del diagnóstico.
- más de 38 °C en alguien con quimioterapia obliga a ir al hospital de inmediato: con los neutrófilos bajos una infección llega a sepsis en horas y el primer antibiótico debe ponerse en la primera hora;
- una hemorragia que no se detiene, sangre en la orina, heces negras y pegajosas, vómitos con sangre;
- dolor de cabeza muy intenso, rigidez de nuca, vómitos, confusión, convulsiones: puede haber una hemorragia cerebral;
- tos con sangre, falta de aire brusca, piel azulada;
- confusión, visión alterada y embotamiento con recuentos de leucocitos muy altos: la sangre se espesa y deja de circular por los vasos finos.
Caso aparte es la leucemia promielocítica aguda. Su peligro no está en la velocidad a la que crece el tumor, sino en que altera gravemente la coagulación y puede matar por hemorragia en los primeros días. En cambio responde mejor que ninguna otra variante si se trata a tiempo, y por eso ante la sospecha se cuenta por horas.
Por qué aparece
En la mayoría de los casos no se encuentra la causa, y es una respuesta honrada y no una evasiva: el daño surge en una única célula mientras se divide. Solo se conocen con certeza los factores que elevan el riesgo:
- la edad: la probabilidad crece con los años y la mayoría de los enfermos pasa de sesenta;
- el tabaco: el benceno y otros cancerígenos del humo llegan a la médula por la sangre;
- quimioterapia o radioterapia recibidas antes por otro tumor;
- contacto laboral prolongado con benceno y disolventes;
- enfermedades previas de la sangre, como el síndrome mielodisplásico y algunas crónicas;
- ciertos síndromes congénitos, entre ellos el de Down;
- irradiación importante.
Ninguno de estos puntos hace inevitable la enfermedad ni explica la mayoría de los casos. La leucemia no se contagia ni se hereda como rasgo familiar.
Qué se hace para aclararlo
El primer paso es el hemograma. Rara vez sale normal: anemia, plaquetas bajas, un recuento raro de leucocitos, blastos en el frotis. No es aún un diagnóstico, pero sí motivo para derivar al hematólogo con urgencia y no por orden de lista.
El diagnóstico se establece en la médula: con una aguja se toma una muestra de la cresta ilíaca con anestesia local. Se nota como una presión fuerte y deja un moratón unos días.
Las células se estudian desde varios ángulos: se cuentan al microscopio, se identifican las proteínas de superficie y se buscan reordenamientos cromosómicos y mutaciones. La genética divide la enfermedad en grupos de riesgo y decide si hará falta un trasplante. Aparte se comprueban corazón, riñones e hígado, y con síntomas neurológicos se obtiene líquido cefalorraquídeo. Parte de los resultados llega en un día, otra en semana y media; el tratamiento no los espera todos.
Cómo se trata
El tratamiento va en dos fases. La inducción debe eliminar los blastos y alcanzar la remisión. La consolidación evita que la enfermedad vuelva: las células supervivientes no se ven ni al microscopio ni en la analítica, pero sin esos ciclos de refuerzo casi siempre dan una recaída.
La base de ambas fases es la quimioterapia. Los esquemas intensivos exigen semanas de ingreso: mientras la médula está vacía, la persona vive de transfusiones de sangre y plaquetas y bajo cobertura antimicrobiana. A quien no puede con esa carga por la edad u otras enfermedades se le dan pautas más suaves, a menudo ambulatorias.
En algunas variantes genéticas se añaden fármacos dirigidos contra esa mutación concreta. La variante promielocítica se trata de otro modo: no tanto con quimioterapia como con fármacos que obligan a madurar a las células inmaduras, y sus resultados son los mejores de todas las formas.
El trasplante de células madre de donante se ofrece a quien tiene alto riesgo de recaída. Es la manera más eficaz de sostener la remisión y la más dura: primero se destruye la médula y luego se esperan meses a que prenda la del donante. Al donante se le busca entre los hermanos y después en los registros.
Complicaciones que conviene conocer de antemano
Unos problemas los crea la enfermedad y otros el tratamiento, y distinguirlos no es sencillo.
- las infecciones son el peligro principal: con pocos neutrófilos un catarro corriente puede volverse amenazante, por eso cualquier fiebre se considera urgente;
- las hemorragias por falta de plaquetas; las más graves son las intracraneales, las pulmonares y las digestivas;
- la destrucción masiva de células tumorales en los primeros días sobrecarga el riñón: entonces se bebe mucho y se analiza a diario;
- náuseas, llagas en la boca, diarrea, caída del pelo y cansancio son efectos manejables de los que hay que hablar enseguida;
- infertilidad: en unos transitoria y en otros permanente, con más riesgo si se prepara un trasplante.
La conservación de semen u ovocitos hay que plantearla antes del primer ciclo: después ya no habrá ocasión. Las vacunas vivas no se ponen durante el tratamiento; el resto del calendario, también el de los convivientes, se revisa con el hematólogo.
Consulta en línea
La visita a distancia encaja cuando hay que entender las alteraciones de un hemograma y saber con qué urgencia hace falta el hematólogo. El médico explica los informes ya emitidos, ayuda con los efectos secundarios entre ciclos, señala qué síntomas indican urgencia y ordena las preguntas para el equipo que trata. La punción, las transfusiones y los fármacos se administran solo en el centro: ante la sospecha de leucemia, la consulta a distancia no sustituye al ingreso, solo evita la espera en la lista.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.






