Leucemia linfocítica crónica
La leucemia linfocítica crónica es un tumor de la sangre en el que se acumulan en la médula ósea, la sangre y los ganglios linfáticos unos linfocitos B de…
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La leucemia linfocítica crónica es un tumor de la sangre en el que se acumulan en la médula ósea, la sangre y los ganglios linfáticos unos linfocitos B de aspecto maduro pero incapaces de trabajar. Más que dividirse deprisa, lo que hacen es negarse a morir a su debido tiempo, así que la enfermedad avanza despacio, durante años y a veces décadas. De ahí su gran paradoja: el diagnóstico suena alarmante, pero a muchas personas no se les indica tratamiento alguno y solo se las vigila con regularidad. Eliminarla del todo se consigue pocas veces, aunque mantenerla controlada con los fármacos actuales sí resulta posible durante mucho tiempo, y para buena parte de los pacientes la esperanza de vida no difiere de la habitual.
Qué ocurre en la sangre
Los linfocitos B sanos reconocen microbios y ponen en marcha la producción de anticuerpos. En esta enfermedad un linfocito alterado empieza a copiarse sin control y su descendencia llena la médula ósea, la sangre, los ganglios y el bazo. Defender no saben, pero ocupan sitio, de modo que con el tiempo faltan glóbulos rojos, plaquetas y células inmunitarias normales; de ahí la palidez, los hematomas y las infecciones repetidas.
No se conoce la causa de esa alteración. Afecta sobre todo a personas mayores de sesenta años, a los hombres alrededor del doble que a las mujeres, y antes de los cuarenta es rarísima. Si un familiar cercano ha tenido esta leucemia u otro tumor del sistema linfático, el riesgo es algo mayor de lo normal, pero tan poco que no se indican revisiones especiales a la familia. No se contagia, y su aparición no se relaciona con el estilo de vida, la alimentación ni el estrés.
Cómo suele descubrirse
La historia típica es esta: alguien se hace un hemograma antes de una operación, en una revisión de empresa o por un motivo completamente distinto, y el médico ve un número elevado de linfocitos. No hay ninguna molestia. Así se detecta la mayoría de los casos, y ese hallazgo casual es más bien una buena noticia: la enfermedad se ha visto en su fase más tranquila.
Bastante menos a menudo el motivo es un ganglio linfático agrandado que la propia persona se ha notado. En esta enfermedad los ganglios son indoloros, blandos y móviles, aparecen en el cuello, las axilas o las ingles y no disminuyen después de un catarro, sino que persisten durante semanas.
Signos que no conviene achacar a la edad
Los síntomas no aparecen en todo el mundo y suelen llegar más tarde que los cambios en los análisis. Merece la pena comentar con el médico lo siguiente:
- ganglios linfáticos agrandados e indoloros que duran más de tres o cuatro semanas;
- cansancio que no se pasa después de dormir y descansar bien;
- sudores nocturnos que obligan a cambiar la ropa de cama;
- pérdida de peso sin estar a dieta;
- fiebre por encima de 38 grados que se mantiene varios días sin signos de catarro;
- infecciones encadenadas: bronquitis que no acaban, herpes zóster, heridas que tardan en cerrar;
- hematomas y sangrado de encías sin causa, y pequeños puntos rojos en la piel;
- palidez y falta de aire con un esfuerzo que antes se toleraba sin problema;
- sensación de peso o plenitud bajo las costillas izquierdas, que es como se manifiesta el bazo agrandado.
Todos estos signos aparecen también en una decena de situaciones banales, y lo más probable es que la causa sea una de ellas. Aun así conviene comprobarlo, y la comprobación empieza por un simple análisis de sangre.
Qué análisis dan la respuesta
El primer paso es un hemograma completo con fórmula. En esta enfermedad los linfocitos están altos de forma mantenida y en el frotis el laboratorio ve unas células características que se rompen al preparar la muestra. Con eso solo no basta: los linfocitos también suben con las infecciones víricas, así que el análisis suele repetirse unas semanas después.
El diagnóstico lo confirma la citometría de flujo, un estudio que, a partir de las proteínas de la superficie celular, demuestra que todos esos linfocitos proceden de un mismo precursor alterado. Basta con un tubo de sangre venosa. La punción de médula ósea hoy no se hace a todo el mundo y se reserva para los casos poco claros o para el momento previo al tratamiento.
Además se estudian las particularidades genéticas de las células tumorales, sobre todo las alteraciones que afectan al gen TP53. No es un trámite: de ese resultado depende directamente la elección de los fármacos. También se exploran y palpan todos los grupos ganglionares y se valora el tamaño del hígado y del bazo; con el conjunto se establece el estadio. La tomografía computarizada no se hace de forma sistemática a todos.
Cuándo se empieza a tratar y con qué
Adelantar el tratamiento en esta enfermedad no alarga la vida: se ha comprobado en estudios amplios. Por eso en la fase tranquila se opta por vigilar, con un análisis de sangre y una revisión cada pocos meses. Es una estrategia dura de llevar en lo psicológico, pero ahorra años de efectos adversos innecesarios.
Se empieza a tratar cuando hay motivos: bajan la hemoglobina o las plaquetas, crecen deprisa los ganglios o el bazo, el número de linfocitos se duplica en poco tiempo, persisten la fiebre, los sudores nocturnos y la pérdida de peso, o las infecciones se vuelven insoportables.
La base de la terapia actual son los fármacos dirigidos, que bloquean de manera selectiva los mecanismos de supervivencia de la célula tumoral: los inhibidores de la tirosina cinasa de Bruton y los medicamentos que liberan el freno de la muerte celular programada. Se toman en comprimidos, muchas veces de forma prolongada o en tandas de duración fija, y se les añaden anticuerpos contra la proteína CD20. La quimioterapia clásica se emplea ahora menos y en situaciones concretas. La radioterapia se usa poco, por ejemplo sobre un ganglio grande que molesta; la extirpación del bazo y el trasplante de médula ósea quedan para unos pocos. Los nombres y los esquemas son muchos y la elección siempre es individual: depende de la genética del tumor, de la edad, de los riñones, del corazón y de las demás enfermedades.
Complicaciones que conviene conocer de antemano
El peligro principal no es el tumor en sí, sino las infecciones, porque el organismo deja de fabricar anticuerpos válidos. Un catarro corriente se convierte con facilidad en una neumonía, y ante cualquier fiebre no toca esperar, sino llamar al médico. Se recomiendan las vacunas de la gripe, el neumococo y el coronavirus; las vacunas vivas, no.
El sistema inmunitario también puede volverse contra las propias células sanguíneas: de vez en cuando se destruyen glóbulos rojos o plaquetas, lo que se traduce en palidez brusca, tono amarillento, orina oscura o hematomas repentinos. Aparte conviene recordar el mayor riesgo de tumores de piel, así que tomar el sol sin protección y las cabinas de bronceado quedan descartados, y una mancha nueva o una costra que no cura son motivo para consultar.
La complicación rara pero más temible es la transformación de una enfermedad lenta en un linfoma agresivo. Hace sospecharla un cambio brusco del estado general: en pocas semanas crece rápido un solo ganglio, sube la fiebre, se pierde peso y llega un agotamiento intenso. Esa situación no espera a la cita programada: hay que acudir al médico de inmediato.
Consulta en línea
El médico en línea resulta útil justo donde más tiempo se pierde: revisa el análisis de sangre con los linfocitos altos y explica qué significa y si hay que repetirlo, cuenta qué pruebas hacen falta realmente y en qué orden, y ayuda a preparar las preguntas para el hematólogo antes de la visita presencial.
El formato también encaja durante el seguimiento. Se pueden comentar con calma los resultados sucesivos, los efectos adversos de los comprimidos, las vacunas, los viajes o el ejercicio, y entender a tiempo si un síntoma nuevo es de los que obligan a llamar hoy mismo. Establecer el diagnóstico, indicar los fármacos antitumorales y dirigir el tratamiento corresponde solo al hematólogo de forma presencial: lo que hace la consulta es que llegue usted preparado y no más tarde de lo debido.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.




