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Hipermetropía

La hipermetropía es una forma de estar construido el ojo: de lejos se ve mejor que de cerca. También se la llama hiperopía.

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La hipermetropía es una forma de estar construido el ojo: de lejos se ve mejor que de cerca. También se la llama hiperopía. Es muy frecuente y en la inmensa mayoría de los casos las gafas la resuelven por completo. Aun así conviene saber dos cosas de antemano. La primera: se confunde continuamente con la presbicia de la edad, y son estados distintos con destinos distintos. La segunda: en los niños sabe esconderse mientras estropea la vista de forma irreversible, así que ahí todo lo deciden los plazos.

Por qué el ojo no consigue enfocar de cerca

El ojo funciona como un objetivo: la córnea y el cristalino desvían los rayos para que la imagen caiga exactamente sobre la retina. En la hipermetropía el foco queda por detrás de la retina y la imagen sale desenfocada. La causa suele ser sencilla: el globo ocular es algo más corto de lo habitual. Menos veces se debe a una córnea demasiado plana o a un cristalino que desvía la luz con menos fuerza de la necesaria.

Y aquí empieza lo interesante. El cristalino puede cambiar de forma y añadir potencia óptica, una capacidad que se llama acomodación. Un ojo joven con hipermetropía leve se saca del apuro con esa reserva: la persona ve bien de lejos y de cerca y está convencida de que su vista es estupenda. Lo paga con un esfuerzo permanente. De ahí el cansancio, la pesadez ocular y el dolor de cabeza en alguien que lee el panel de la consulta de arriba abajo. A esto se le llama hipermetropía latente.

La reserva de acomodación se agota con los años en todo el mundo, y en el hipermétrope antes, porque parte de ella se ha gastado toda la vida en compensar. En algún momento lo oculto se hace evidente: primero no llega para leer y después tampoco para lejos. De ahí la impresión de que la hipermetropía «empieza a los cuarenta». En realidad estaba desde el nacimiento y solo ha dejado de esconderse.

Qué se nota

  • Las letras de cerca se emborronan, apetece alejar el libro o el móvil, y con el brazo estirado el texto se lee de verdad mejor.
  • Al final del día se ve peor de cerca que por la mañana: la jornada ha consumido la reserva.
  • Los ojos se cansan, escuecen y pesan tras leer, coser o trabajar con pantallas.
  • Duele la frente y la zona de las cejas después del trabajo de cerca, y en vacaciones el dolor desaparece.
  • En trabajos largos de cerca a veces se ve doble, se enrojecen los párpados y apetece frotarse los ojos.

Los niños casi nunca se quejan: no han visto otra cosa y dan por normal su imagen. Hay que fijarse en la conducta: el niño evita libros y dibujo, se cansa enseguida en clase, se pega al cuaderno o, al contrario, lo aparta, al atardecer se le desvía un ojo hacia la nariz y le duele con frecuencia la cabeza.

En qué se diferencia de la presbicia

Son los dos cuadros que más se confunden, y algunos manuales antiguos llegan a poner la presbicia entre las causas de la hipermetropía. Eso es un error.

  • La hipermetropía es una propiedad óptica de ese ojo concreto, normalmente su longitud corta. Está desde el nacimiento, la fija la anatomía y por sí sola no se va a ninguna parte.
  • La presbicia es el endurecimiento del cristalino con la edad, que deja de cambiar de forma. Llega a todo el mundo sin excepción: a los miopes, a los hipermétropes y a quien tiene una vista perfecta. No es una enfermedad, sino el envejecimiento normal de un tejido.

La diferencia práctica es esta. A la presbicia le bastan unas gafas de cerca que se ponen para leer. La hipermetropía a menudo necesita corrección también a otras distancias, y en un niño no se puede dejar sin más. Y algo más: el hipermétrope llega antes a la presbicia y la lleva peor, porque se le acaban las dos reservas a la vez.

La hipermetropía en la infancia

Todos los bebés son hipermétropes: su ojo es corto y crece durante los primeros años, llevando poco a poco el foco a la retina. Una hipermetropía moderada en un preescolar es una variante normal y no necesita gafas. Lo peligroso son los grados altos, que el niño compensa con un esfuerzo enorme. Entonces aparecen dos problemas.

  • Estrabismo convergente. Para enfocar, el ojo se va a la vez y con esfuerzo hacia la nariz: así están enlazados el enfoque y la convergencia. Ese estrabismo desaparece muchas veces solo con las gafas bien graduadas, pero únicamente si se detecta a tiempo.
  • Ambliopía, el ojo vago. Si un ojo es más hipermétrope que el otro, el cerebro deja de usar su imagen borrosa y poco a poco la anula. El niño no se queja de nada: el otro ojo trabaja por dos y por fuera todo parece correcto. Hacia la edad escolar la diferencia se fija, y a partir de cierta edad ya no hay gafas ni cirugía que devuelvan la visión a ese ojo.

De ahí la regla central de este tema: a los niños se les revisa de forma programada, no cuando se quejan. Las revisiones oculares preventivas de los primeros años existen justamente para pillar lo que un niño nunca contará; las edades concretas figuran en el calendario nacional de revisiones. Y un detalle que importa: la exploración infantil se hace con gotas que dilatan la pupila y apagan un rato el enfoque. Sin ellas la hipermetropía latente sencillamente no aparece, y es la latente la que hace daño.

Cómo es la revisión de la vista

La exploración es corta e indolora. Suele incluir:

  • la lectura del panel con cada ojo por separado, de lejos y de cerca;
  • la prueba de lentes: se van cambiando cristales delante del ojo y usted dice con cuál ve más nítido;
  • la medida instrumental de la potencia del ojo, un dato objetivo rápido y muy útil en niños pequeños;
  • las gotas que relajan el enfoque, paso obligatorio en niños y adultos jóvenes;
  • la exploración del fondo de ojo y la medida de la presión intraocular;
  • la valoración del ángulo por donde drena el líquido del ojo: en los hipermétropes es de media más estrecho, y conviene saberlo de antemano.

Las gotas dilatan la pupila durante varias horas, a veces un día entero: después todo lo cercano se emborrona y la luz molesta. Ese día es mejor no conducir y salir con gafas de sol.

Gafas y lentes de contacto

Las gafas siguen siendo la solución más sencilla y más segura. Cuando la hipermetropía coincide con la presbicia hacen falta o dos pares o lentes progresivas, a las que uno se acostumbra en una o dos semanas; eso es normal.

Las lentes de contacto no le van bien a todo el mundo y exigen disciplina. Unas cuantas reglas cuyo incumplimiento sale caro: no dormir con lentes que no están pensadas para ello; no enjuagarlas ni guardarlas jamás en agua del grifo, donde vive un microorganismo capaz de provocar una infección grave de la córnea que tarda meses en curar y deja cicatriz; cambiar el estuche a tiempo y no alargar el periodo de uso. Si el ojo duele, se pone rojo o la visión se enturbia, se retira la lente y se acude al médico.

Y conviene desmontar un temor frecuente: las gafas no estropean la vista ni vuelven vago al ojo. En los niños ocurre justo lo contrario, porque unas gafas bien puestas evitan la ambliopía y el estrabismo. La graduación cambia con el tiempo, así que a los adultos les compensa revisarse cada uno o dos años, y a los niños con la frecuencia que indique el médico.

Cirugía láser y sustitución del cristalino

Ambas intervenciones se hacen con gotas anestésicas, despierto y sin dolor, pero ninguna vale para todos.

La cirugía láser remodela la córnea para llevar el foco a la retina. En la hipermetropía su alcance es más modesto que en la miopía: el rango de dioptrías corregibles es menor, el resultado menos previsible y con los años puede recuperarse en parte. Solo se hace sobre una graduación estable, es decir, cuando el ojo ha terminado de crecer y las cifras no cambian desde hace al menos un año. Una córnea fina o irregular, una inflamación, el embarazo y varias enfermedades generales son motivos para decir que no.

La sustitución del cristalino por uno artificial se plantea en hipermetropías altas y en edades mayores, sobre todo si a la vez está madurando una catarata: entonces una sola operación resuelve dos asuntos. Una lente multifocal puede librar además de las gafas de lectura, pero trae sus propias peculiaridades visuales —halos alrededor de las farolas, algo menos de contraste— y no encaja con cualquier carácter ni con cualquier oficio.

Y de cualquiera de las dos operaciones hay que entender una cosa: libran de las gafas, pero no rehacen la anatomía del ojo. El ojo corto sigue corto, el ángulo de drenaje estrecho sigue estrecho, y las revisiones oftalmológicas continúan igual.

Cuándo la visita no puede esperar

La hipermetropía en sí cambia a lo largo de años. Todo lo que ocurre deprisa no tiene que ver con ella, y nada de lo siguiente debe aguantarse:

  • Dolor intenso y súbito en el ojo y alrededor, enrojecimiento, visión bruscamente nublada, halos de colores alrededor de las luces, náuseas y vómitos, un globo ocular duro al tacto. Es un ataque agudo de glaucoma de ángulo cerrado, y los hipermétropes lo sufren bastante más: el ojo es más corto, hay menos sitio dentro y el ángulo de drenaje es más estrecho. El reloj corre en horas y el tiempo perdido es visión perdida. Hace falta atención urgente, un servicio de oftalmología o una ambulancia, no una cita para la semana que viene.
  • Pérdida súbita de visión en un ojo, desaparición de una parte del campo visual, una cortina oscura que entra por un lado.
  • Destellos como relámpagos y una lluvia repentina de puntos flotantes: así se anuncia un desprendimiento de retina.
  • Visión doble, un estrabismo que aparece por primera vez en un adulto, un párpado caído, pupilas de distinto tamaño: aquí la causa no está en la óptica, sino en el sistema nervioso.
  • Un empeoramiento claro de la vista en días o semanas, sobre todo junto a sed, orina abundante y pérdida de peso. Así debuta a veces la diabetes: el azúcar alto cambia el modo en que el cristalino desvía la luz. La visión vuelve cuando el azúcar se controla, pero el diagnóstico hay que hacerlo.
  • En un niño, un reflejo blanco o amarillento de la pupila en las fotos con flash en lugar del rojo habitual. Ese signo se revisa sin demora.

Consulta en línea

Graduar unas gafas exige aparatos y exploración presencial, así que la receta se obtiene en persona. Pero mucho de lo que la rodea se resuelve a distancia y deprisa. En una consulta en línea el médico repasará las molestias y dirá si esto se parece a una hipermetropía, a una presbicia, a un ojo seco o a algo que hay que ver hoy mismo. Explicará la receta que ya tenga en la mano —qué significan las dioptrías positivas, qué es la parte astigmática, por qué los dos ojos difieren— y por qué las gafas nuevas resultan extrañas los primeros días. Con los padres se habla aparte de por qué el niño necesita gotas antes de la prueba, por qué las gafas se llevan todo el día y no «para clase», y cuándo volver. En línea también es cómodo comparar gafas y lentillas, repasar la higiene de las lentes, valorar si la cirugía compensa y preparar las preguntas para el cirujano. Y si han aparecido las señales de alarma descritas, el médico al otro lado lo dirá sin rodeos y le enviará donde le atiendan esa misma hora.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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