En esta página
- Cómo se comporta un hígado inflamado
- Hepatitis A y E: lo que entra por la boca
- Hepatitis B y D: por la sangre y el contacto íntimo
- Hepatitis C: silenciosa pero curable
- Hepatitis alcohólica
- Cuando la culpa es de los medicamentos y las plantas
- Hepatitis autoinmune
- Cómo se averigua de qué hepatitis se trata
- Consulta en línea
La hepatitis no es una enfermedad, sino la palabra general para la inflamación del hígado. Las causas son distintas: cinco virus designados con letras, el alcohol, los medicamentos y suplementos, el propio sistema inmunitario. El curso también varía, de una infección que pasa en dos semanas sin dejar rastro a un proceso silencioso de años que acaba en cirrosis. Distinguirlas importa por un motivo sencillo: unas se curan, contra otras hay vacuna y otras no piden pastillas, sino un cambio de hábitos.
Cómo se comporta un hígado inflamado
La inflamación aguda pasa a menudo inadvertida, sobre todo en los niños. Cuando sí aparecen molestias, se parecen entre sí sea cual sea la causa:
- debilidad y la sensación de que uno va a caer enfermo;
- fiebre y dolor en músculos y articulaciones;
- pérdida de apetito, náuseas y a veces vómitos;
- tirantez o presión bajo las costillas derechas;
- orina oscura como el té cargado y heces claras;
- picor en la piel;
- color amarillo en el blanco de los ojos y después en la piel.
La ictericia asusta a la vista, pero por sí sola no indica gravedad: muchas hepatitis graves cursan sin ella y muchas leves con ella.
La inflamación crónica es traicionera precisamente porque no duele. Durante años la persona nota solo cansancio, o nada, y el problema se descubre por casualidad al ver las enzimas del hígado altas en una analítica. Conviene acudir al médico si el tinte amarillo, la orina oscura o una debilidad tenaz duran más de unos días, o si los parámetros hepáticos salen altos dos veces seguidas.
Se llama a una ambulancia (en Europa, al número único 112) cuando a la ictericia se suman confusión, somnolencia y conducta extraña, temblor con los brazos extendidos, vómitos incoercibles, vómito de sangre, heces negras y pegajosas o dolor abdominal intenso. Son señales de que el hígado ha dejado de dar abasto, y ahí no se espera.
Hepatitis A y E: lo que entra por la boca
Estos dos virus no tienen nada que ver con la sangre y se transmiten con la comida y el agua. Por regla general no dejan forma crónica: se pasa la enfermedad y se acabó.
La hepatitis A vive donde el agua y el saneamiento están mal separados. Se contagia con verduras mal lavadas, hielo, agua del grifo en un viaje, moluscos crudos y también de persona a persona a través de las manos. Dura de unas semanas a un par de meses y se resuelve sola; no hay medicamento específico y se tratan las molestias. Va peor en los mayores y en quienes ya tienen el hígado enfermo, donde rara vez llega a la insuficiencia hepática. Existe una vacuna fiable, que conviene valorar antes de viajar a regiones con mal saneamiento y en cualquier persona con enfermedad hepática crónica.
La hepatitis E hace tiempo que dejó de ser exótica en Europa y no se asocia a los viajes, sino a la comida: cerdo poco hecho, hígado y otras vísceras, carne de jabalí y de venado, con menos frecuencia moluscos. Suele cursar de forma leve y pasar sola. Es peligrosa en dos situaciones: en el embarazo avanzado, donde el cuadro puede ser grave, y en personas inmunodeprimidas, tras un trasplante o con fármacos que frenan la inmunidad, en quienes puede cronificarse. No hay vacuna de amplia disponibilidad; protegen la carne bien cocinada y el agua limpia.
Hepatitis B y D: por la sangre y el contacto íntimo
La hepatitis B se transmite por la sangre, por vía sexual y de la madre al hijo en el parto. El virus es muy contagioso y aguanta bien fuera del organismo. El destino de la infección depende de la edad: un adulto suele resolverla por su cuenta en unos meses, mientras que en lactantes y niños pequeños casi siempre se cronifica. La hepatitis B crónica calla durante años, pero lleva a la cirrosis y eleva el riesgo de cáncer de hígado, un cáncer que a veces aparece incluso sin cirrosis, así que hay que seguir controles aunque uno se encuentre bien.
Todavía no se puede eliminar el virus por completo, pero los antivirales frenan con fiabilidad su multiplicación y detienen el daño hepático. Se toman durante mucho tiempo y no se abandonan por cuenta propia: una retirada brusca puede desencadenar un brote de inflamación.
La noticia principal sobre la hepatitis B es que existe vacuna y funciona. Las primeras dosis se ponen en el primer año de vida y después vienen las de recuerdo; el calendario exacto figura en el programa nacional de su país y varía de uno a otro. Aparte se vacuna a los adultos de los grupos de riesgo: personal sanitario, pacientes en diálisis, parejas de portadores del virus y quienes se marchan largas temporadas a regiones de alta prevalencia. A los hijos de madres con hepatitis B la protección se les inicia en las primeras horas de vida.
La hepatitis D no sabe vivir por su cuenta: necesita la envoltura del virus de la hepatitis B, de modo que solo aparece en quien ya tiene esa infección. A cambio es la forma más agresiva de hepatitis vírica, con una cirrosis que llega antes y más a menudo. No hay vacuna propia frente a ella, pero la de la hepatitis B protege también aquí, y a quien tenga hepatitis B le conviene comprobar al menos una vez este virus.
Hepatitis C: silenciosa pero curable
La hepatitis C se transmite por la sangre: agujas compartidas al consumir drogas, material no estéril en un estudio de tatuajes o en el dentista, transfusiones anteriores al cribado de la sangre donada. Por vía sexual se transmite pocas veces.
Normalmente no da ningún síntoma, y hasta tres cuartas partes de los infectados conviven años con el virus sin saberlo. Por eso vale la pena hacerse el análisis una vez a todo el que haya tenido un solo episodio de riesgo. El diagnóstico dejó hace tiempo de dar miedo: los antivirales de acción directa curan a más de nueve de cada diez personas con un ciclo de comprimidos de dos o tres meses. No hay vacuna contra la hepatitis C y haberla pasado no protege de volver a contagiarse.
Hepatitis alcohólica
El alcohol daña el hígado de manera directa, y ese daño se acumula durante años sin queja ninguna. La forma grave de la hepatitis alcohólica tiene otro aspecto: en pocas semanas aparecen ictericia, dolor bajo las costillas derechas, fiebre y líquido en el abdomen. Es un cuadro que pone en peligro la vida y se trata en el hospital.
No existe una dosis de alcohol segura para el hígado; hay cantidades más y menos arriesgadas, y cuanto menos, mejor. La buena noticia es que en las fases tempranas el hígado se recupera: dejando el alcohol por completo la inflamación remite y la cicatrización iniciada puede retroceder en parte. Si dejarlo por cuenta propia no sale, eso es motivo para pedir ayuda médica, no una señal de debilidad.
Cuando la culpa es de los medicamentos y las plantas
De esta causa se acuerda poca gente y, sin embargo, es la que más veces está detrás de una insuficiencia hepática grave y repentina. El primer puesto lo ocupa la sobredosis de paracetamol, casi siempre accidental: alguien toma a la vez varios preparados para el catarro que contienen todos paracetamol, o supera la dosis en ayunas y con alcohol de por medio.
También pueden dañar el hígado medicamentos corrientes: algunos antibióticos, los fármacos antituberculosos y antifúngicos, los antiepilépticos, los esteroides anabolizantes. Un grupo aparte e infravalorado son los productos de herboristería y los suplementos para el deporte y el adelgazamiento: se les supone inocuos porque se venden sin receta, pero una parte de ellos es seriamente tóxica.
La conclusión práctica es sencilla: trate los suplementos como medicamentos, no supere la dosis de los antitérmicos y lea la composición de los preparados combinados para el catarro. Si con un fármaco nuevo aparecen náuseas, picor, orina oscura o ictericia, hay que comentarlo con el médico y no limitarse a aguantar.
Hepatitis autoinmune
A veces el sistema inmunitario empieza, por motivos que no se conocen, a tomar por ajenas las células del hígado y a atacarlas. Es una enfermedad rara, más frecuente en mujeres, y no pocas veces convive con otros procesos autoinmunes como la afectación del tiroides, la celiaquía o la artritis reumatoide.
Se manifiesta de formas distintas: en unos el cansancio y el dolor articular crecen a lo largo de meses, en otros todo empieza de golpe con una ictericia. El diagnóstico se apoya en la combinación de análisis de sangre, anticuerpos específicos y, por lo general, una biopsia. No se puede prevenir, pero responde bien al tratamiento: los fármacos que amortiguan la respuesta inmunitaria apagan la inflamación en la mayoría e impiden que llegue la cirrosis. El tratamiento es largo y dejarlo por cuenta propia casi siempre trae un brote.
Cómo se averigua de qué hepatitis se trata
Se empieza por un análisis de sangre: las enzimas hepáticas dicen si hay inflamación, y la bilirrubina y los parámetros de coagulación, si el hígado cumple con su trabajo. Después el círculo se estrecha:
- serologías de los virus de las hepatitis A, B, C y E, y ante una hepatitis B encontrada, también de la D;
- una conversación detallada sobre lo que bebe, qué medicamentos y suplementos toma, dónde ha estado y qué ha comido;
- anticuerpos autoinmunes y niveles de proteínas en sangre;
- ecografía del hígado y, para valorar la cicatrización, elastografía, que mide la rigidez del tejido sin pinchar;
- a veces una biopsia, cuando el cuadro sigue sin aclararse.
Nada de esto conviene pedirlo por adelantado: el conjunto de pruebas depende de lo que le haya ocurrido a cada uno y el médico lo elige con puntería.
Consulta en línea
La visita a distancia encaja bien para repasar una analítica con cifras incomprensibles y decidir qué sigue: unas enzimas hepáticas descubiertas en un chequeo son el motivo más frecuente de esa conversación. El médico revisará si hubo riesgo de contagio, qué pruebas tienen sentido en su caso, si hace falta vacunarse frente a las hepatitis A y B antes de un viaje o de un trabajo, y ayudará a ver si la subida de los valores tiene que ver con algún medicamento o suplemento. En línea también resulta cómodo llevar una infección crónica: comentar los controles y fijar los plazos del seguimiento. Los signos del párrafo de la ambulancia no se valoran a distancia: con ellos se pide ayuda de inmediato.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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