Fibrilación auricular
La fibrilación auricular es la alteración duradera del ritmo cardíaco más frecuente. Las cámaras superiores del corazón dejan de contraerse de forma…
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Medicamentos comúnmente prescritos para Fibrilación auricular
Solo con fines informativos. Consulta siempre a un médico antes de usar cualquier medicamento.
Forma farmacéutica: COMPRIMIDO, 10 mgPrincipio activo: RivaroxabanFabricante: Sun Pharmaceutical Industries (Europe) B.V.Requiere recetaForma farmacéutica: COMPRIMIDO, 2,5 mgPrincipio activo: RivaroxabanFabricante: Towa Pharmaceutical Europe S.L.Requiere recetaForma farmacéutica: CAPSULA, 10Principio activo: RivaroxabanFabricante: Adamed Laboratorios S.L.U.Requiere receta
La fibrilación auricular es la alteración duradera del ritmo cardíaco más frecuente. Las cámaras superiores del corazón dejan de contraerse de forma coordinada y solo tiemblan, de modo que el pulso se vuelve irregular y a menudo también rápido. Por sí misma rara vez pone en peligro la vida en los primeros minutos, pero es la responsable de una parte importante de los ictus graves, y precisamente eso se puede evitar.
Por qué el pulso pierde el compás
En un corazón sano el ritmo lo marca una pequeña zona de la aurícula derecha y el impulso baja en ondas regulares. En la fibrilación, en cambio, por las aurículas corren de forma caótica cientos de impulsos pequeños: no llega a haber una contracción coordinada, la sangre se remansa y a los ventrículos solo pasa una parte al azar. De ahí ese pulso desigual.
La arritmia se clasifica por cómo se comporta. La paroxística cede sola, casi siempre en un día o en unos pocos días. La persistente no termina por su cuenta: el ritmo hay que devolverlo con fármacos o con una descarga. Se llama permanente cuando el médico y el paciente han decidido no volver a restablecer el ritmo. Con el tiempo una forma pasa a otra.
Cada persona lo nota de una manera: el corazón golpea o «tropieza», falta el aire al caminar como siempre, aparece un cansancio poco habitual, la cabeza da vueltas, el pecho aprieta. Pero una parte nada pequeña de la gente no siente nada y la arritmia aparece por casualidad, en un electrocardiograma previo a una cirugía o en una revisión. No notarla no significa que el riesgo sea menor.
El pulso puede comprobarlo uno mismo: dos dedos en la muñeca, del lado del pulgar, y contar los latidos durante un minuto exacto. En la fibrilación los intervalos entre latidos tienen distinta duración y la fuerza de cada uno cambia.
El peligro mayor es el coágulo, no las palpitaciones
Cuando las aurículas tiemblan en lugar de contraerse, la sangre se remansa en un pequeño saco de la aurícula izquierda. Allí se forma un coágulo que un día la corriente sanguínea arrastra hasta los vasos del cerebro. Esos ictus son de media más graves y dejan con más frecuencia una discapacidad permanente.
Lo esencial: el riesgo de coágulo no depende de cuánto se note la arritmia. Con crisis cortas y esporádicas puede ser el mismo que con la forma permanente. Se calcula a partir de la edad, el sexo, la tensión arterial, la diabetes, la insuficiencia cardíaca, la enfermedad de los vasos y un ictus previo.
Cuando ese riesgo es apreciable, el médico pauta anticoagulantes, fármacos que dificultan la coagulación de la sangre. La aspirina corriente no ofrece esa protección y no puede sustituirlos. Saltarse tomas es peligroso, porque la protección desaparece deprisa. Moratones sin motivo, sangre en la orina o en las heces, una hemorragia larga por la nariz o por las encías obligan a contactar cuanto antes con el médico, no a dejar el fármaco en silencio.
Qué desencadena las crisis
- la tensión arterial alta, el terreno más habitual para esta arritmia;
- la insuficiencia cardíaca, un infarto previo, las lesiones de las válvulas;
- el exceso de peso, que carga de trabajo a las aurículas;
- las pausas respiratorias durante el sueño, sobre todo con ronquido fuerte;
- el alcohol, incluidas las cantidades grandes de una sola vez en personas sanas;
- el exceso de función de la glándula tiroides;
- la diabetes, la enfermedad renal crónica, el tabaco;
- muchos años de ejercicio de resistencia: maratones, salidas largas en bicicleta, esquí de fondo;
- situaciones agudas como una neumonía, una infección grave, una cirugía o la deshidratación; aquí el ritmo suele normalizarse al recuperarse la persona.
Dos causas merecen mención aparte. La primera, el exceso de hormonas tiroideas: la arritmia puede ser su único signo y, tratado el tiroides, el ritmo es capaz de volver por sí solo, por eso a todo diagnóstico nuevo se le pide la hormona estimulante del tiroides. La segunda es una alteración congénita poco frecuente de las vías de conducción, el síndrome de preexcitación ventricular. Aparece en gente joven y con ella una parte de los fármacos habituales para frenar el pulso no solo es inútil, sino peligrosa: el ritmo puede acelerarse hasta cifras amenazantes. Por eso en una persona joven el electrocardiograma se lee con especial atención.
Señales que obligan a llamar a emergencias
- dolor opresivo o quemante en el pecho, más aún con sudor y náuseas;
- la cara torcida hacia un lado, debilidad de un brazo o una pierna, habla confusa, pérdida repentina de visión, aunque ya haya pasado;
- pérdida de conocimiento o sensación de que va a producirse;
- ahogo intenso, imposibilidad de estar tumbado, respiración ruidosa y borboteante;
- pulso muy rápido que no cede, junto con palidez, sudor frío y sensación de desfallecimiento;
- la primera crisis de la vida, si dura más de un día o se tolera mal.
Llame al servicio de emergencias, el 112 o el número local. En ese estado no se debe conducir.
Cómo se confirma el diagnóstico
El diagnóstico solo lo da un electrocardiograma registrado durante la arritmia. Ahí está la dificultad: la crisis termina muchas veces de camino a la consulta y el trazado corriente sale normal.
Por eso, cuando las crisis son esporádicas se recurre al registro de un día o de varios, y si son muy raras, a un dispositivo que el propio paciente activa cuando nota algo. Los relojes inteligentes y los sensores portátiles a veces son los primeros en detectar un ritmo irregular, pero su registro es un motivo para hacer un electrocardiograma, no un diagnóstico.
Además se hace una ecografía del corazón: tamaño de las cámaras, válvulas, función de bombeo. De los análisis interesan la hormona estimulante del tiroides, la hemoglobina, el potasio, el magnesio, la función renal y la glucosa, porque cambian la elección de los fármacos.
Hasta dónde llega el tratamiento
El tratamiento avanza por dos vías independientes y ninguna anula a la otra.
La primera es la protección frente a los coágulos: anticoagulantes y, si están contraindicados por hemorragias, se valora cerrar con un dispositivo ese mismo saco de la aurícula.
La segunda es el trabajo sobre el ritmo, y aquí caben dos caminos. Se puede no restablecerlo y limitarse a mantener el pulso dentro de un margen razonable con betabloqueantes, algunos bloqueantes de los canales del calcio y a veces glucósidos cardíacos. O bien recuperar y sostener el ritmo correcto con antiarrítmicos, con una descarga bajo anestesia breve o con una ablación con catéter, en la que desde dentro del corazón se tratan punto por punto las zonas de donde salen los impulsos sobrantes. La ablación rinde mejor en la forma paroxística y con aurículas poco dilatadas.
Hay una tarea aparte: quitar lo que alimenta la arritmia. Bajar la tensión, corregir el tiroides, tratar las apneas del sueño y la insuficiencia cardíaca. Sin eso las crisis regresan, se haga lo que se haga con el ritmo.
Ningún método garantiza que la arritmia no vuelva a aparecer. El objetivo es otro: quitar los síntomas, devolver la tolerancia al esfuerzo y reducir la probabilidad de un ictus.
Lo que depende de usted cada día
- bajar de peso si sobra: las crisis se espacian de forma notable;
- dejar el alcohol o reducirlo al mínimo; el efecto se ve en los primeros meses;
- estudiar la respiración durante el sueño si hay ronquido fuerte con pausas y tratar la apnea si se confirma;
- mantener la tensión arterial controlada y medirla en casa;
- moverse de forma regular y moderada, sin entrenamientos agotadores ni maratones;
- no abandonar el anticoagulante por cuenta propia ni saltarse tomas;
- avisar de que se toma un anticoagulante a cualquier médico y al dentista;
- consultar los fármacos y complementos nuevos: los analgésicos, algunos antibióticos y los productos de herboristería cambian su efecto.
Consulta en línea
En la consulta en línea el médico repasa cómo son las crisis y qué las provoca, revisa los electrocardiogramas y los análisis que ya tenga, indica qué pruebas conviene hacer a continuación, explica el sentido de la pauta prescrita y las reglas de toma del anticoagulante, y orienta sobre cuándo hay que ver al médico de cabecera o al cardiólogo en persona.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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