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La dispraxia es una particularidad innata del funcionamiento del cerebro que hace que los movimientos se organicen mal. En los informes médicos suele figurar como trastorno del desarrollo de la coordinación. La intención es normal y las ganas están, pero la orden que va de la idea al músculo llega con interferencias: la mano falla el picaporte, el pie tropieza con el escalón, la letra se descompone y una tarea aparentemente sencilla consume el doble de tiempo y de energía que a la persona de la mesa de al lado. No es una enfermedad que empezó un día y puede pasarse, ni una consecuencia de la pereza. La dispraxia está desde la primera infancia y sigue en la vida adulta; lo que cambia no es ella, sino la habilidad con la que cada uno aprende a rodearla.
Cómo se manifiesta en la vida adulta
Casi nadie llega a la consulta diciendo «tengo mala coordinación». Se llega con cansancio y con una lista larga de incomodidades pequeñas, cada una de las cuales por separado parece una tontería:
- movimientos amplios: inestabilidad en terreno irregular, choques con marcos de puertas y esquinas de mesas, rechazo a los deportes de equipo, una forma de correr que desde fuera llama la atención;
- motricidad fina: una letra que al final de la página ya no se lee, cierres y cordones, el afeitado, el maquillaje, montar cualquier cosa siguiendo instrucciones;
- espacio: cuesta calcular si el coche cabe en el hueco, es fácil perderse en un edificio desconocido, la vajilla se cae y se rompe más de lo que debería;
- conducir: el aprendizaje se alarga, aparcar y cambiar de carril exigen una tensión enorme, y el trayecto agota más que la propia jornada de trabajo;
- tiempo y orden: lo que se calculó en una hora ocupa tres; las llaves y los papeles desaparecen; un asunto de cinco pasos se desmorona por la mitad;
- habla: en algunas personas, pronunciación poco nítida, ritmo entrecortado, dificultad para encontrar deprisa la palabra;
- trato con la gente: cuesta sostener a la vez la conversación, la expresión del interlocutor y la taza en la mano;
- reservas: al final del día no queda energía, porque los movimientos no se han automatizado y cada uno reclama atención.
Dos personas con el mismo diagnóstico pueden tener listas que casi no coinciden, y esas listas cambian con los años: alguien conduce mejor a los treinta que a los veinte y sigue sin poder anudarse una corbata. Ningún punto es por sí solo un diagnóstico; también existe la gente torpe sin ninguna dispraxia. Lo que cuenta es la combinación, desde cuándo está ahí y cuánto estorba en la vida real.
Por qué no es pereza ni falta de inteligencia
La inteligencia no está afectada en absoluto: entre las personas con dispraxia hay investigadores, médicos, programadores, músicos. La diferencia está en otro sitio. Lo que en la mayoría se automatiza y deja de notarse, aquí sigue siendo trabajo consciente. Cada vez que hay que abrochar un puño o meter el coche en una curva se gasta una atención que en los demás va al fondo del asunto. De ahí las dos cosas que ve el entorno, el cansancio y la lentitud, y la que no ve: cuánto esfuerzo ha costado.
De la infancia mucha gente se lleva una colección de etiquetas: descuidado, distraído, no se esfuerza. Las etiquetas se pegan, y de adulto la persona acude al médico a menudo no por la coordinación, sino con ansiedad y con la convicción de valer menos que los demás. Conviene tratar eso aparte, porque es justamente la parte que responde bien.
Qué suele venir acompañando
La dispraxia rara vez viene sola. Una misma persona puede tener varias particularidades del desarrollo a la vez, y eso es lo habitual, no una rareza:
- trastorno por déficit de atención e hiperactividad;
- dislexia, es decir dificultades con la lectura y la escritura;
- discalculia, dificultades con los números y el cálculo;
- trastorno del espectro autista;
- dificultades del lenguaje arrastradas desde la infancia;
- trastornos de ansiedad y depresión.
Merece la pena revisarlo todo a la vez, porque la ayuda es distinta en cada caso: a quien junto a la dispraxia arrastra una ansiedad sin tratar, trabajar solo el movimiento no le va a aligerar la vida.
De dónde viene
La causa exacta se desconoce. Se trata de cómo se formaron, en el desarrollo temprano, las conexiones entre las zonas del cerebro que planifican el movimiento y lo comparan con el resultado. La probabilidad es mayor en quienes nacieron muy prematuros y con bajo peso; con frecuencia se rastrea una línea familiar, con dificultades parecidas en el padre o en un hermano. El diagnóstico se hace más a menudo en varones, aunque en parte se debe a que en las niñas se detecta menos: una niña callada con mala letra no molesta en clase y no llega a la consulta.
Lo que la dispraxia no hace: no progresa, no se convierte en otra enfermedad y no acorta la vida. No la provoca la educación recibida y no se contagia.
Cuando la torpeza aparece por primera vez ya no es dispraxia
Esta es la parte más importante de la página. La dispraxia acompaña a la persona desde la infancia y se mantiene estable. Si la coordinación se ha estropeado en un adulto que antes era hábil, o empeora despacio año tras año, la causa es otra y hay que buscarla. Ocurre en la esclerosis múltiple, en tumores del cerebelo, en el déficit de vitamina B12, en enfermedades del tiroides, con el consumo prolongado de alcohol, como efecto adverso de algunos fármacos y en las ataxias hereditarias.
Llame a una ambulancia de inmediato —en Europa el número único es el 112— si en minutos u horas ha aparecido:
- desviación de la cara, debilidad de un brazo o una pierna de un solo lado, habla confusa o ausente;
- inestabilidad repentina que impide andar o mantenerse de pie;
- visión doble, pérdida de visión, mareo intenso con vómitos;
- un dolor de cabeza brutal que ha llegado de golpe;
- cualquiera de estas cosas después de un golpe en la cabeza.
No deje la visita al médico para más adelante si:
- la inestabilidad, el temblor o la torpeza aumentan a lo largo de semanas y meses;
- la letra ha cambiado de forma llamativa en el último año;
- a la torpeza se suman hormigueos, debilidad en las piernas o problemas para orinar;
- un niño ha perdido habilidades que ya tenía: ha dejado de andar con seguridad o de hablar con frases.
Cómo se confirma el diagnóstico
No existe ningún análisis de sangre ni ninguna imagen que muestre la dispraxia. El diagnóstico se construye con la historia y la observación, y la mayor parte de esa historia es la infancia: cuándo empezó a andar, a qué edad se subió a una bicicleta, cómo fue la escritura en los primeros cursos, qué escribían los maestros en los cuadernos. Los padres y los papeles viejos del colegio ayudan aquí más que cualquier aparato.
Después entra un profesional del movimiento, terapeuta ocupacional o fisioterapeuta, que valora el equilibrio, la precisión y la secuencia de los actos, y repasa las tareas concretas de su día. El neurólogo explora para descartar otras causas; si sospecha alguna, pedirá análisis o una resonancia magnética. Cuando al lado hay preguntas sobre atención, lectura y cálculo, se añade una evaluación neuropsicológica.
Vale la pena preparar la cita: durante un par de semanas, anotar qué falló exactamente y en qué momento. Para un adulto el diagnóstico no es solo una explicación del pasado; abre adaptaciones justificadas en los estudios y en los exámenes y una conversación concreta con la empresa sobre cómo organizar el puesto de trabajo.
Qué ayuda de verdad
No hay ningún medicamento que actúe sobre la dispraxia en sí, y nadie debería prometérselo. Los fármacos aparecen solo donde al lado hay algo que sí se trata con ellos: una ansiedad marcada o un trastorno por déficit de atención. Todo lo demás es aprendizaje y adaptaciones, y funcionan bien:
- terapia ocupacional, es decir el repaso de sus tareas reales: cómo sujetar el cuchillo, cómo colocar la cocina, cómo acortar la salida de casa por la mañana;
- actividad física regular: natación, bicicleta estática, trabajo de fuerza, yoga o taichí para el equilibrio; el tipo importa menos que la constancia;
- terapia cognitivo-conductual, cuando lo que estorba no es la mano sino el miedo a la mano y un «valgo menos» acumulado durante años;
- logopedia si las dificultades del habla vienen de la infancia;
- mecanografía al tacto y dictado por voz en lugar de pelearse con la letra.
Trucos que las propias personas con dispraxia descubren y que conviene copiar:
- llaves, documentos y teléfono siempre en un único sitio fijo, sin excepciones;
- calendario con avisos y listas escritas para cualquier día con varios pasos;
- calcular el tiempo con margen y no solapar tareas;
- calzado sin cordones o con cordones elásticos, ropa sin botones diminutos;
- vajilla pesada y estable, alfombrilla antideslizante bajo la tabla de cortar, cuchillos y herramientas de mango grueso;
- cinta de color contrastado en el borde de los escalones donde suele tropezar;
- pedir que las instrucciones lleguen por escrito y no dictadas de pasada en el pasillo.
Y algo de lo que se habla menos: el contacto con otras personas que viven lo mismo aporta más que cualquier adaptación aislada. Saber que uno no es el único que a los cuarenta no sabe hacerse el nudo de la corbata quita de en medio la parte del problema que más pesa.
Consulta en línea
La dispraxia no se diagnostica en una sola conversación, y menos a distancia: hace falta valorar los movimientos en persona. Pero en este tema la consulta en línea resuelve varias cosas para las que no hay que desplazarse. La principal es separar una particularidad de toda la vida de una enfermedad neurológica nueva: el médico repasará con usted si siempre fue así o si algo ha cambiado y, si ha cambiado, le dirá cuánta prisa corre. Después, a quién acudir —neurólogo, terapeuta ocupacional, especialista en atención y aprendizaje— y qué preparar para la cita presencial para no desaprovecharla. En línea también es cómodo hablar de lo que viene al lado: el insomnio, la ansiedad, cómo plantear el asunto en el trabajo. Si por su relato el cuadro no encaja con una particularidad innata, le derivarán a una exploración presencial, y ese es el desenlace correcto de la consulta, no una negativa a ayudarle.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
Médicos online para Dispraxia en adultos
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