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El habla nace de la coordinación entre la respiración, las cuerdas vocales, el paladar blando, la lengua y los labios. La disartria aparece cuando la idea está formada y las palabras elegidas, pero los músculos que deben pronunciarlas no dan abasto: se han debilitado, se han vuelto lentos o han perdido precisión. A quien escucha le parece que no encuentra las palabras, y no es eso: la comprensión, la lectura, la escritura y la capacidad de razonar siguen intactas. Es lo primero que conviene saber alrededor.
Cuando cuentan los minutos
Llame a la ambulancia de inmediato (en los países europeos funciona el número único 112) si el habla se ha vuelto pastosa de forma repentina, sobre todo junto a alguno de estos signos:
- un lado de la cara se ha caído, con la comisura de la boca o el párpado descolgados;
- la persona no puede levantar los dos brazos y mantenerlos en alto, uno se le baja;
- el habla se ha vuelto confusa e incoherente, o no entiende lo que se le dice;
- ha aparecido de golpe debilidad o adormecimiento en un brazo o una pierna;
- la visión se ha alterado bruscamente, hay visión doble, mareo o pérdida del equilibrio.
Así se presenta un ictus. Se trata tanto mejor cuanto antes se empiece, y el tiempo perdido no se recupera. No conduzca ni lleve a la persona al hospital por su cuenta: quien atiende la llamada dirá qué hacer hasta que llegue la unidad. Y aunque todo haya pasado solo en unos minutos, se avisa igual: un episodio breve anuncia a menudo un ictus verdadero en los días siguientes.
Cómo suena la disartria
El rasgo principal es la pronunciación borrosa. Puede ser apenas perceptible, de modo que el interlocutor solo pregunta más veces, o tan marcada que solo un familiar acostumbrado logra entender. Por la forma en que está alterada el habla, el médico a menudo intuye qué parte del sistema nervioso está afectada.
- el habla se enlentece y se arrastra, cada palabra cuesta un esfuerzo;
- o al revés, se acelera y se atropella hacia el final de la frase;
- la voz suena nasal, el aire se escapa por la nariz porque el paladar blando no cierra el paso;
- el volumen se descontrola: se habla demasiado bajo sin darse cuenta, o de pronto muy alto;
- la voz se vuelve ronca, apretada, monótona, y pierde expresión;
- las frases se acortan y se rompen porque el aire no alcanza para una oración larga;
- aparece babeo, cuesta más masticar y la comida se queda en el carrillo.
El cansancio, los nervios y el ruido empeoran el habla de forma notable. No es señal de que la enfermedad avance, sino una propiedad de la disartria, y las conversaciones importantes conviene dejarlas para el momento del día con más fuerzas.
En qué se diferencia de la afasia
Se confunden a menudo, y a veces coinciden, por ejemplo después de un ictus.
- Disartria: falla la ejecución. La persona sabe exactamente qué quiere decir y, si se le da un bolígrafo, lo escribe sin ningún error.
- Afasia: falla el lenguaje mismo. Se resienten la búsqueda de palabras, la construcción de la frase y la comprensión de los demás, y con ello la lectura y la escritura.
- Apraxia del habla: falla la programación del movimiento. Los errores son inconstantes: la misma palabra sale unas veces bien y otras no, y la persona parece tantear la posición de la lengua.
- Trastorno de la voz: afecta a las cuerdas vocales, de modo que la voz es ronca o desaparece, pero los sonidos se articulan con nitidez.
La distinción no es académica: de ella depende en qué trabajará el logopeda y cómo conviene hablar con la persona en casa.
Por qué se debilitan los músculos del habla
La disartria no es una enfermedad sino una consecuencia, y puede surgir a cualquier edad. De forma repentina la provocan un ictus, un traumatismo craneal grave, una infección o una inflamación del sistema nervioso central. De forma gradual, las situaciones que van dañando ese sistema año tras año:
- la enfermedad de Parkinson, en la que el habla se vuelve baja y monótona;
- la esclerosis múltiple;
- la esclerosis lateral amiotrófica, donde a veces el habla y la deglución son lo primero en resentirse;
- los tumores del tronco cerebral y del cerebelo;
- las lesiones del cerebelo, que dan un habla entrecortada, como escandida sílaba a sílaba;
- la parálisis cerebral y el síndrome de Down, con la alteración presente desde temprano.
También un medicamento puede alterar el habla: antiepilépticos, tranquilizantes, algunos antipsicóticos y el litio producen esa pastosidad como efecto secundario. Lo importante es no abandonar el tratamiento por cuenta propia sino decírselo al médico: muchas veces la dosis se ajusta de otro modo.
Merecen mención aparte dos causas raras, fáciles de pasar por alto y que además tienen tratamiento. La primera es la miastenia: el habla es clara al empezar la conversación y se va cayendo a medida que la persona habla, y se recupera con el descanso. Suele acompañarse de visión doble, párpado caído y una debilidad que crece hacia la tarde. La segunda es la enfermedad de Wilson, un trastorno del metabolismo del cobre que aparece en gente joven y que, además del habla, da temblor, torpeza, cambios de carácter y daño hepático. Ambas se detectan con análisis y se manejan tanto mejor cuanto antes se encuentran.
Qué obliga a buscar la causa deprisa
Al médico sin dilación si:
- el habla empeora a lo largo de semanas o meses;
- junto al habla han aparecido atragantamientos, tos al comer y beber o sensación de que la comida se queda parada: hay riesgo de que pase a la vía respiratoria y cause neumonía;
- el habla está claramente peor al final del día y tras hablar largo rato, y hay visión doble o párpado caído;
- un niño ha dejado de hablar como ya sabía hacerlo;
- a la alteración del habla se han sumado dolor de cabeza matutino, vómitos o inestabilidad al caminar;
- el habla cambió poco después de empezar un medicamento nuevo o de modificar la dosis.
La ambulancia no hace falta solo cuando el comienzo es brusco. Llámela si la persona empieza a respirar con dificultad, si no consigue tragar su propia saliva, o si tras un atragantamiento aparecen fiebre y falta de aire.
Cómo se estudia
La consulta empieza con la conversación y la exploración: el neurólogo comprueba los músculos de la cara, la lengua y el paladar, la fuerza, los reflejos y la coordinación, y valora cómo traga. El alcance de las pruebas depende de lo que se encuentre: por lo general una resonancia magnética craneal, análisis de sangre, con anticuerpos si se sospecha miastenia, y un estudio de la conducción por nervios y músculos. Si hay atragantamientos, la deglución se examina aparte, por vía radiológica o endoscópica.
En paralelo, el logopeda hace su propia valoración: mide la inteligibilidad, analiza qué sonidos fallan y comprueba la respiración, la voz y la movilidad de los órganos de la articulación. Esa valoración es el punto de partida con el que después se compara el progreso.
En qué ayuda el logopeda
No existe el ejercicio mágico que devuelva el habla, pero la inteligibilidad casi siempre se puede subir, a veces de forma llamativa. El plan depende de la causa y de si espera una recuperación o un aumento progresivo de la debilidad.
- ejercicios de labios, lengua y paladar, para ganar fuerza, precisión y amplitud de movimiento;
- trabajo con la respiración y el apoyo de la voz, para que las frases no se corten;
- bajar el ritmo, el recurso más sencillo y más eficaz: hablar despacio se entiende incluso con debilidad muscular marcada;
- articular de forma marcada, casi exagerada, y partir las palabras largas;
- programas específicos de entrenamiento del volumen, que funcionan especialmente bien en la enfermedad de Parkinson;
- un amplificador de voz cuando alcanza para emitir sonido pero no para el volumen;
- un tablero alfabético, tarjetas o una aplicación con voz sintética en el móvil.
En las situaciones que van a progresar, las sesiones se desplazan hacia formas complementarias de comunicación, y conviene introducirlas pronto, mientras queda habla. Si la voz puede perderse con el tiempo, se graba: las frases guardadas de antemano permiten después hablar con un sintetizador que suena propio y no impersonal.
Cómo facilitar la conversación
La mitad del resultado no depende de quien habla, sino de quien escucha.
Para quien habla: apague el televisor y quite el ruido de fondo; siéntese de cara al interlocutor; capte su atención antes de empezar la frase; anuncie el tema con una palabra antes de desarrollarlo; tome aire antes de cada oración y hable en tramos cortos; apóyese sin reparos en gestos, escritura o el móvil; y haga una pausa al cansarse, porque forzar el final no añade claridad.
Para quien escucha: mire a la cara de quien habla; déjele terminar y no le sople las palabras si no se lo pide; no asienta cuando no ha entendido, que es lo más desagradable para el otro; pregunte de forma concreta repitiendo lo que sí ha captado; ofrezca respuestas de sí o no cuando la conversación no avanza; y no levante la voz, porque la persona no es sorda y le oye bien.
Consulta en línea
A distancia se aclara bien con qué se está tratando y adónde ir después: el médico escucha el habla, pregunta cómo empezó y si cambia a lo largo del día, y ayuda a separar la disartria de la afasia y de un trastorno de la voz. Veremos si el cambio tiene que ver con su medicación; prepararemos la lista de pruebas para el neurólogo; hablaremos de qué hacer con los atragantamientos hasta la cita y de cómo comer con más seguridad; y elegiremos los recursos que suben la inteligibilidad desde hoy, explicando cómo prepararse para la logopedia. Un habla pastosa de aparición repentina no se valora a distancia: eso es motivo para llamar de inmediato a la ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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