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Caerse le puede pasar a cualquiera, pero a partir de los sesenta una caída deja de ser una simple torpeza. A esa edad el hueso se rompe desde la propia altura, y unas horas en el suelo sin ayuda hacen a veces más daño que la fractura misma. Hay además otra cara de la que se habla menos: una caída casi nunca es pura casualidad. Detrás suele haber algo corregible, como una bajada de tensión al levantarse, una pastilla de más para dormir, unas gafas sin graduar o unas piernas débiles. Cuando se aclara la causa, las caídas se reducen de forma apreciable, y esa es una de las pocas intervenciones de la medicina con efecto demostrado.
Los primeros minutos en el suelo
No se levante de golpe. Quédese un minuto tumbado, recupere el aliento y compruébese: si mueve brazos y piernas, dónde le duele, si hay sangre, si le da vueltas la cabeza. Solo después decida si se levanta por su cuenta.
Si nota que puede, levántese por partes y no de un tirón: gire sobre un costado, empuje con los brazos hasta ponerse a cuatro patas y gatee hasta algo estable, un sillón pesado, la cama, la bañera. Adelante la pierna más fuerte apoyando toda la planta e incorpórese sujetándose con las manos. Arriba no se apresure: siéntese y descanse hasta que se le pase la flojera.
Si no consigue levantarse, la tarea cambia: ahora lo importante es pedir ayuda y no enfriarse. Coja el teléfono o pulse el botón de alarma. Si no los tiene a mano, golpee el radiador, la pared o el suelo y llame a los vecinos; los golpes atraviesan los forjados mejor que la voz. Tápese con lo que alcance, una manta, un abrigo, un mantel, una alfombra enrollada: el suelo roba calor más deprisa de lo que parece. Mueva brazos y piernas, agite los dedos y cambie de postura al menos cada media hora. Pasar horas apoyado sobre el mismo costado es peligroso por sí solo: el músculo comprimido empieza a morir, los productos de su destrucción castigan al riñón, el cuerpo pierde agua y calor y en los salientes óseos se forman úlceras por presión en pocas horas. Por eso el teléfono se lleva en el bolsillo y no se deja en la mesilla de la habitación de al lado.
Cuándo llamar a la ambulancia
Llame a una ambulancia (en Europa funciona el número único 112) si tras la caída aparece cualquiera de estas cosas:
- la persona no puede levantarse o no puede apoyar la pierna;
- una pierna parece más corta que la otra y el pie queda girado hacia fuera: así se coloca la pierna en una fractura de cadera;
- ha habido un golpe en la cabeza, sobre todo con pérdida de conciencia, vómitos, confusión, dolor de cabeza intenso, somnolencia o pupilas desiguales;
- la persona toma anticoagulantes o antiagregantes y se ha golpeado la cabeza, aunque por fuera esté todo bien: la sangre bajo las cubiertas del cerebro puede acumularse despacio y dar síntomas días o semanas más tarde;
- antes de la caída hubo pérdida de conciencia, o la persona no recuerda cómo acabó en el suelo;
- aparecen dolor en el pecho, falta de aire, palpitaciones irregulares, debilidad de un brazo o una pierna, boca torcida o dificultad para hablar;
- hay dolor fuerte de espalda o de cuello, con hormigueo o adormecimiento en las extremidades;
- la herida es profunda o el sangrado no cede haciendo presión;
- la persona ha pasado varias horas en el suelo.
Mientras llega la ayuda no se levanta a la fuerza a quien ha caído ni se le arrastra: con una fractura de cadera o una lesión de columna eso empeora las cosas. Tápelo, póngale algo blando bajo la cabeza y quédese a su lado.
Una caída rara vez es casualidad
«Me tropecé y ya está» es la explicación más frecuente y la más engañosa. Lo que conviene mirar es el segundo anterior a la caída. Si se le nubló la vista al ponerse de pie, es probable que la tensión baje con el cambio de postura. Si todo empezó a girar al darse la vuelta en la cama o al mirar hacia un estante alto, se parece al vértigo posicional benigno, causado por unos cristales desplazados dentro del oído interno; es desagradable, pero se corrige con maniobras de cabeza en una o dos sesiones. Si no recuerda nada, hubo un desmayo, y eso ya es asunto del corazón: una arritmia o una válvula aórtica estrechada tumban a la persona sin ningún aviso. Y una tanda repentina de caídas y confusión en una persona mayor con frecuencia significa una infección de orina o una neumonía, que a esa edad cursan sin fiebre ni tos.
Entre las causas más lentas las habituales son la debilidad de los músculos del muslo y la pantorrilla, la artrosis de rodillas y pies, las secuelas de un ictus, la enfermedad de Parkinson, la demencia, el daño nervioso de la diabetes, la pérdida de vista y de oído, la deshidratación y la desnutrición. Renglón aparte para el alcohol: afecta al equilibrio más que en los jóvenes y se lleva peor con los medicamentos.
Las pastillas que hacen caer
Es la causa más infravalorada y a la vez la más fácil de corregir. Tumban a la persona los somníferos y los ansiolíticos, los antidepresivos y los antipsicóticos, los analgésicos potentes, los fármacos para la tensión y los diuréticos, los que se usan en la próstata agrandada, los del azúcar cuando la glucosa baja demasiado y los que tienen efecto anticolinérgico y dejan la cabeza espesa. El riesgo crece no solo por cada uno de ellos, sino por el número total: cuanto más larga es la lista, mayor es la probabilidad de caer.
No suspenda nada por su cuenta, porque retirar de golpe un somnífero o un fármaco para la tensión es más peligroso que el propio fármaco. Lo correcto es otro camino: llevar al médico de cabecera o al farmacéutico todas las cajas juntas, incluidas las de venta libre y los suplementos, y pedir que revise la lista precisamente desde el punto de vista de las caídas. A menudo se puede retirar algo, pasar otra cosa a la noche o sustituir una tercera.
Lo que comprueba el médico
La valoración de las caídas es sencilla y rinde mucho. El médico pide levantarse de la silla sin ayuda de los brazos, caminar unos metros, girar y volver a sentarse: en esa prueba corta se ven a la vez la fuerza de las piernas, el equilibrio y la manera de andar. La tensión se mide dos veces, tumbado y un par de minutos después de ponerse de pie, porque de otro modo la bajada ortostática no se detecta. Después, según el caso, un electrocardiograma si se sospecha desmayo, una analítica con hemoglobina, glucosa, sodio, calcio y vitamina D, una revisión de vista y oído y un vistazo a los pies.
Los huesos se valoran aparte. Una fractura por caída desde la propia altura en alguien de más de cincuenta años es por sí sola un motivo para buscar osteoporosis y no un simple traumatismo. La densidad ósea se mide con densitometría y, si el diagnóstico se confirma, se trata, porque la fractura siguiente casi siempre es peor que la anterior.
Una casa en la que no se cae
La mayor parte de las caídas ocurre en el propio domicilio, y los arreglos que hacen falta allí son baratos.
- Despeje el suelo de cables, pilas de periódicos y bolsas; las alfombrillas o se fijan o se tiran, porque una alfombra que resbala tumba más que cualquier mueble.
- Suba la iluminación en todos los recorridos y ponga una luz de noche camino del baño: la mitad de las caídas nocturnas se producen en ese trayecto.
- Asideros en la bañera y junto al inodoro, alfombrilla antideslizante en la ducha y una silla dentro de ella son la mejor inversión en seguridad.
- La escalera necesita pasamanos a los dos lados y un borde de peldaño bien visible; en el primer y el último escalón conviene pegar una banda de color contrastado.
- Lo que usa a diario colóquelo entre la altura de la cintura y la del hombro. No se suba a sillas ni a escaleras de mano: pida ayuda.
- En casa hace falta calzado cerrado, con talón sujeto y suela antideslizante. Las chanclas sin talón, andar en calcetines y pisar descalzo un suelo liso son causa frecuente de caídas.
- Lleve el teléfono encima y no sobre la mesa. Un botón de aviso colgado del cuello o en la muñeca tiene sentido si vive solo.
Fuerza y equilibrio
De todo lo que se propone contra las caídas, lo que mejor funciona es el ejercicio, y no cualquiera, sino el de fuerza de piernas y el de equilibrio. Caminar es bueno para el corazón, pero apenas entrena el equilibrio. Hacen falta sesiones al menos dos veces por semana con levantadas de silla, medias sentadillas, elevaciones de talones, apoyo sobre una pierna junto a un respaldo y marcha en línea recta; el taichí y los programas de grupo para mayores encajan bien. El efecto no aparece enseguida, sino hacia el tercer mes, y a cambio se mantiene mientras se siga practicando.
El resto acompaña. Revise la vista una vez al año y tenga presente la trampa de las gafas progresivas: en la escalera desdibujan los peldaños, de modo que para la calle a muchos les resultan más cómodas unas gafas solo de lejos. Revise el oído, que no sirve únicamente para escuchar. Coma suficiente proteína y alimentos con calcio, vigile que no le falte vitamina D y beba agua a lo largo del día, porque la deshidratación por sí sola da debilidad y mareo. Y enseñe los pies a un profesional si le duelen, están deformados o han perdido sensibilidad.
El miedo a caerse también tumba
Después de la primera caída mucha gente se protege: sale menos, renuncia a los paseos, se queda en casa. La lógica se entiende, pero el resultado es el contrario. En unos meses sin actividad los músculos se debilitan, el equilibrio empeora y el riesgo de caer queda más alto que al principio. El círculo se cierra: el miedo lleva a la quietud y la quietud a la caída siguiente.
Conviene romperlo pronto. Cuente la caída a su médico aunque no haya habido lesión: de la mayoría de las caídas nunca se entera nadie, y son precisamente esas las que anuncian la próxima, ya con fractura. Empiece a ejercitarse poco a poco y en condiciones seguras, y use bastón o andador ajustado a su estatura si hace falta: un apoyo bien elegido no es señal de debilidad, sino la manera de seguir andando más lejos y más tiempo.
Consulta en línea
A distancia se repasa bien lo que suele perderse en una visita corta: en qué circunstancias exactas se cayó, qué ocurrió el segundo anterior, si le dio vueltas la cabeza o se le nubló la vista. El médico recorrerá con usted la lista de medicamentos y le señalará cuáles conviene plantear en la consulta presencial, le explicará cómo medir la tensión tumbado y de pie, qué cambiar en casa y con qué ejercicios empezar. También sirve para decidir si merece la pena una revisión presencial tras una caída que no dejó lesión aparente. Las señales urgentes de la lista anterior no se valoran a distancia: con ellas se llama directamente a una ambulancia.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
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