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Hay intolerancia alimentaria cuando el organismo no consigue digerir un alimento o una sustancia contenida en él. El sistema inmunitario no interviene, no existe riesgo de anafilaxia y la vida no corre peligro, pero el abdomen responde con hinchazón, ruidos, dolor y alteración del ritmo intestinal, y la calidad de vida se resiente de verdad. La dificultad principal es otra: bajo la etiqueta de intolerancia se esconden enfermedades que se tratan de manera muy distinta, así que retirar alimentos a ciegas es mala idea.
Por qué un alimento deja de asimilarse
Las causas son varias y no se parecen entre sí.
- Falta una enzima. Es el caso más frecuente: hay poca lactasa en el intestino delgado y el azúcar de la leche llega sin digerir al colon, donde las bacterias se ocupan de él. De ahí los gases, la hinchazón y las heces sueltas.
- Ciertos azúcares se absorben mal. La fructosa, el sorbitol, el xilitol y parte de los hidratos de carbono de las legumbres, la cebolla, la col y el trigo atraen agua hacia el interior del intestino y fermentan con facilidad. En unas personas eso pasa desapercibido y en otras no.
- La sustancia actúa como un fármaco. La cafeína, la histamina, la tiramina y el alcohol influyen directamente sobre los vasos, el sistema nervioso y el movimiento intestinal, sin que el sistema inmunitario tenga nada que ver.
- Reacción a un aditivo. Los sulfitos del vino, la sidra y la fruta desecada pueden desencadenar una crisis en una persona con asma.
Caso aparte es la intolerancia a la lactosa en el adulto. La capacidad de digerir leche después de la primera infancia no se fijó en todos los pueblos: en el sur de Europa y en el Mediterráneo hay bastantes más adultos que toleran mal la leche que en el norte, y eso es lo normal, no una enfermedad. También existe una variante pasajera: tras una infección intestinal la lactasa tarda semanas en recuperarse, y durante ese tiempo la leche sienta mal y después vuelve a sentar bien.
Qué nota la persona
Los síntomas suelen aparecer unas horas después de comer y duran desde unas horas hasta un par de días.
- hinchazón, sensación de tripa a punto de estallar, ruidos intestinales fuertes;
- exceso de gases;
- dolor abdominal en retortijones o sordo;
- heces sueltas o, al contrario, estreñimiento;
- náuseas.
Con menos frecuencia se suma lo que no se asocia enseguida con el aparato digestivo: dolor de cabeza, agotamiento, molestias articulares, erupciones difusas, irritabilidad. Aquí un diario ayuda más que darle vueltas al asunto.
Un rasgo esencial: todo depende de la cantidad. Una cucharada de nata en el café suele pasar inadvertida, mientras que un vaso de leche en ayunas tumba a cualquiera. De ahí la conclusión práctica: el objetivo casi nunca es la prohibición total, sino encontrar el propio umbral.
En qué se diferencia de una alergia
Las palabras se parecen, el fondo no, y confundirlas sale caro.
- Mecanismo. La alergia es un error del sistema inmunitario; la intolerancia, una dificultad digestiva.
- Tiempos. La alergia se desencadena en minutos; la intolerancia, en horas.
- Dosis. En la alergia bastan trazas del alimento para provocar una reacción grave; en la intolerancia una ración pequeña suele pasar sin castigo.
- Manifestaciones. En la alergia sufren la piel y la respiración: ronchas, hinchazón de labios y párpados, pitidos al respirar. En la intolerancia todo se concentra en el abdomen.
- Peligro. La intolerancia desgasta, pero no mata. La alergia puede terminar en anafilaxia.
Si después de comer se hinchan de golpe los labios o la lengua, la voz se apaga, cuesta respirar o tragar, la piel se pone azulada o pálida o llega una debilidad brusca, eso no es una intolerancia. Así se presenta una reacción alérgica grave, y hace falta una ambulancia: en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania se marca el número europeo único 112.
Los culpables más habituales
La lista de sospechosos le resulta familiar a casi todo el mundo.
- Lactosa: leche, nata, quesos frescos, helados. Los quesos curados y los yogures se toleran mucho mejor porque contienen poca lactosa.
- Fructosa y polialcoholes: miel, manzanas, peras, zumos y también chicles y caramelos sin azúcar, ya que el sorbitol y el xilitol sueltan el vientre incluso a quien está sano.
- Cafeína: café, té, bebidas energéticas, refrescos de cola; produce palpitaciones, ansiedad, insomnio y un intestino acelerado.
- Histamina y sustancias afines: quesos curados, embutidos curados, verduras fermentadas, vino tinto, pescado ahumado. Pueden aparecer sofocos, dolor de cabeza y congestión nasal.
- Alcohol: irrita la mucosa y acelera el tránsito intestinal; en parte de las personas de origen asiático provoca además enrojecimiento facial por una particularidad del metabolismo.
- Sulfitos: vino, sidra, cerveza, fruta desecada; peligrosos sobre todo en el asma.
- Trigo: aquí conviene ser prudente con las conclusiones, porque las causas pueden ser tres: enfermedad celíaca, alergia al trigo y reacción a los hidratos de carbono poco absorbibles que contiene. Son cuadros distintos con manejos distintos.
Sobre el glutamato monosódico conviene ser honesto: en los estudios donde los participantes no sabían si el plato llevaba el aditivo no se pudo confirmar su relación con el dolor de cabeza ni con el cansancio. Los síntomas de la persona son reales, pero la causa hay que buscarla, muy probablemente, en otra parte.
Cuando bajo la intolerancia se esconde una enfermedad
Esta es la parte más importante del asunto. Un cuadro parecido aparece en trastornos que no se resuelven solos.
- Enfermedad celíaca. Daño inmunitario del intestino delgado causado por el gluten. Da la misma hinchazón y las mismas heces sueltas, pero con el tiempo añade pérdida de peso, anemia, falta de hierro y, en los niños, retraso del crecimiento. Se trata únicamente con una dieta sin gluten de por vida, no con restricciones intermitentes.
- Enfermedad inflamatoria intestinal. La enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa empiezan de manera solapada y requieren tratamiento.
- Giardiasis y otras infecciones intestinales. Diarrea prolongada con hinchazón tras un viaje o tras beber agua dudosa.
- Síndrome del intestino irritable. El diagnóstico se establece cuando se ha descartado lo demás.
- Falta de enzimas del páncreas. Heces abundantes y grasientas, pérdida de peso.
- Tiroides hiperactiva. Deposiciones frecuentes junto con palpitaciones, sudoración y adelgazamiento.
Hay señales que impiden achacárselo todo a la comida:
- sangre en las heces o heces negras;
- pérdida de peso sin proponérselo;
- palidez, falta de aire al esfuerzo, signos de anemia;
- dolor y diarrea que despiertan por la noche;
- fiebre que se prolonga durante semanas;
- primeras molestias intestinales persistentes en la edad adulta;
- cáncer de intestino o celiaquía en familiares directos.
Otra regla que conviene tener presente de antemano: las pruebas de celiaquía se hacen antes de retirar el gluten. Con una dieta sin gluten se vuelven negativas, y entonces el diagnóstico se pierde durante años o hay que devolver el pan a la mesa para repetir el estudio.
Cómo averiguar qué es lo que sienta mal
El orden es este: primero se descartan enfermedades y después se busca el alimento.
El médico suele pedir un análisis de sangre con ferritina y marcadores de inflamación, un estudio de heces y, ante la sospecha, las pruebas de celiaquía. Después entran en juego:
- El diario de comidas y síntomas durante dos o tres semanas: qué se comió, cuánto, cuánto tardó en empezar, cuánto duró. Es la herramienta más barata y la más útil.
- La retirada de prueba. Se elimina un único alimento sospechoso durante dos a cuatro semanas y después se reintroduce. La reintroducción es obligatoria: sin ella no se sabe si el culpable era ese alimento.
- La prueba del aliento ante la sospecha de intolerancia a la lactosa o de sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado.
- El trabajo con un dietista-nutricionista cuando hay que retirar muchas cosas, sobre todo para que la dieta no se empobrezca.
Lo que no conviene hacer es comprar test caseros que prometen una lista de alimentos intolerados a partir de una gota de sangre, un cabello o un aparato. El análisis de anticuerpos de clase G solo indica que usted ha comido ese alimento. Las listas que salen de ahí son larguísimas, la dieta se empobrece y la causa sigue sin aparecer.
Cómo seguir comiendo bien
La idea no es prohibir, sino encontrar la ración que uno tolera.
- reducir en lugar de eliminar: muchas veces basta con la mitad de la cantidad habitual;
- tomar el alimento sospechoso acompañado de otras comidas y no en ayunas;
- en la intolerancia a la lactosa, elegir quesos curados, yogur y leche sin lactosa; los preparados de lactasa se toman junto con el alimento lácteo;
- leer la lista de ingredientes: la lactosa aparece en embutidos, salsas y pan, y el sorbitol en chicles y dulces dietéticos;
- no suprimir para siempre un grupo entero de alimentos sin hablarlo con el médico.
Esto último importa sobre todo en los niños. Dejar los lácteos sin sustituirlos golpea el aporte de calcio; dejar los cereales, el de fibra y vitaminas del grupo B; dejar las legumbres, el de proteínas y hierro. Encontrar recambios no es difícil, pero hay que pensarlo antes y no cuando ya han aparecido el cansancio y el pelo quebradizo.
Y una cosa más: la intolerancia no siempre es para siempre. Después de una infección intestinal desaparece sola, y en el síndrome del intestino irritable el umbral sube a medida que el cuadro se controla. Por eso la lista de prohibiciones merece revisarse al menos una vez al año.
Consulta en línea
En la consulta en línea el médico revisa su diario de comidas, valora si el cuadro encaja en una intolerancia o exige descartar otra enfermedad y le indica qué análisis pedir, en qué orden y cuáles hay que hacer necesariamente antes de empezar cualquier dieta. Además le ayuda a preparar una retirada de prueba con reintroducción posterior, para que el resultado se pueda interpretar sin ambigüedades y la alimentación no pierda lo que necesita.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
Médicos online para Intolerancia alimentaria
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