Espasmos del sollozo en bebés y niños
El niño se golpea o se enfada por algo, coge aire para llorar y de pronto se calla. La boca abierta, ningún sonido, los labios azulados, el cuerpo que se…
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El niño se golpea o se enfada por algo, coge aire para llorar y de pronto se calla. La boca abierta, ningún sonido, los labios azulados, el cuerpo que se afloja y a veces alguna sacudida. Unos segundos después vuelve la respiración, el niño se recupera y en un par de minutos ya está jugando otra vez. Esto es un espasmo del sollozo, conocido también como apnea emotiva. El nombre popular de "aguantar la respiración" despista: el niño no aguanta nada a propósito y no puede detener el episodio por voluntad propia. Le ocurre aproximadamente a uno de cada veinte niños, sobre todo entre los seis meses y los dos años, y casi siempre desaparece solo hacia los cinco o seis años. Para los padres el primer episodio parece el final de la vida, así que conviene saber de antemano qué está pasando y qué hacer con las manos.
Cómo transcurre el episodio segundo a segundo
Casi siempre hay un desencadenante: el dolor de una caída, un susto, una rabieta, un enfado, un ruido brusco. Después se despliega una secuencia corta.
- el niño empieza a llorar, o solo abre la boca como si fuera a llorar, pero no sale ningún sonido;
- la respiración se detiene en la espiración y el tórax se queda inmóvil;
- los labios y luego la cara se ponen azulados o, al contrario, palidecen bruscamente hasta un tono grisáceo, algo más visible en las palmas, las plantas y la cara interna de los labios cuando la piel es oscura;
- el cuerpo se afloja y el niño se desploma en brazos o cae al suelo, o bien se arquea y se pone rígido;
- pueden aparecer unas sacudidas de brazos y piernas, que no son epilepsia sino la respuesta del cerebro a una falta breve de oxígeno;
- la respiración se reanuda sola, el color de la piel se recupera y vuelve la consciencia.
El episodio en sí dura unos segundos y rara vez llega al minuto. Después el niño suele quedarse decaído, somnoliento o desorientado unos minutos, y a veces se duerme. Estos episodios no dejan ninguna secuela en el cerebro ni en el desarrollo.
Por qué ocurre: dos mecanismos distintos
Detrás de una escena de aspecto idéntico hay dos caminos diferentes, y al médico le importa saber cuál fue el de su hijo.
Forma cianótica o azul. Es la más frecuente. Empieza con un llanto intenso por rabia o disgusto. En una espiración larga la respiración se corta y se detiene, baja el oxígeno en la sangre, la piel se vuelve azulada y el niño pierde la consciencia. El organismo hace justo lo que debe: la pérdida de consciencia corta la tensión emocional y la respiración arranca de nuevo.
Forma pálida. La desencadena un dolor repentino o un susto: un golpe en la cabeza, una caída inesperada, el miedo a una inyección. Puede no haber llanto apenas. Aquí actúa el nervio vago: el corazón se frena de golpe o hace una pausa de unos segundos, el cerebro se queda sin riego, y el niño palidece al instante y cae. Visto desde fuera se parece al desmayo de un adulto ante la sangre, y el mecanismo es efectivamente el mismo.
En los dos casos el niño no controla lo que sucede. No son caprichos, ni manipulación, ni consecuencia de errores educativos.
Qué hacer en esos segundos
La tarea principal es no hacer daño y esperar a que el episodio termine. La ayuda se reduce a unos pocos gestos.
- tumbe al niño de lado en el suelo o en otra superficie plana, más seguro y previsor por si vomita;
- retire todo lo duro que haya debajo de la cabeza y alrededor, y sujétele la cabeza para que no se golpee;
- quédese al lado y mire el reloj: la duración real casi siempre resulta ser dos o tres veces menor que la percibida;
- afloje la ropa apretada del cuello;
- cuando todo pase, abrácelo con calma, tranquilícelo, déjelo descansar y compórtese con normalidad.
Qué no hay que hacer
- no lo sacuda, no le dé palmadas en las mejillas, no le eche agua ni le sople en la cara: nada de eso acelera la recuperación;
- no lo levante en vertical ni lo lleve en brazos durante el episodio, porque de pie llega menos sangre al cerebro y en la forma pálida eso alarga directamente el desmayo;
- no le meta en la boca una cuchara, el chupete ni los dedos: la lengua no se traga y quienes salen perdiendo son los dientes del niño y sus dedos;
- no lo riña ni lo castigue después: no eligió hacerlo;
- no empiece a ceder a cualquier petición con tal de que no llore. Los episodios no cesan por eso y los límites se difuminan.
Sobre la reanimación cardiopulmonar hace falta una matización. En un episodio típico no se necesita, porque la respiración arranca sola. Pero si el niño no ha vuelto a respirar en un minuto aproximadamente, sigue pálido o azulado y no responde, eso ya no es un episodio corriente: avise a los servicios de urgencia y empiece las maniobras de reanimación tal como se enseñan en los cursos de primeros auxilios.
Cuándo hay que pedir ayuda urgente
Llame a urgencias sin pensarlo si:
- es el primer episodio de su vida y nadie ha establecido antes el diagnóstico;
- el niño no vuelve en sí en uno o dos minutos, o la respiración no se ha restablecido;
- las sacudidas duran más de un minuto, se repiten una tras otra o el niño queda confuso durante largo rato;
- antes del episodio hubo un traumatismo craneal, o el niño se ha golpeado fuerte al caer;
- el tono azulado o grisáceo persiste después de que la respiración haya vuelto;
- el episodio ocurrió corriendo, nadando, en plena excitación o sin ningún motivo aparente.
El último punto es el más importante de todos. Un espasmo del sollozo corriente siempre tiene un desencadenante: dolor, susto, rabia. Una pérdida de consciencia sin causa, con esfuerzo, dentro del agua o ante un ruido fuerte puede ser la manifestación de una alteración del ritmo cardíaco y no una reacción inofensiva.
Qué comprueba el médico y por qué el electrocardiograma es obligatorio
El diagnóstico se hace con el relato de quien lo vio: circunstancias, orden de los hechos, duración, color de la piel, comportamiento posterior. Ayuda mucho un vídeo si alguien llegó a grabarlo: treinta segundos grabados valen media hora de explicaciones. Suelen pedirse dos pruebas, cada una por su motivo.
- Análisis de sangre con hemoglobina y reservas de hierro. En los niños con episodios frecuentes el déficit de hierro aparece bastante más a menudo. Al reponer las reservas, en una parte de ellos los episodios se espacian o desaparecen. Los preparados de hierro los indica el médico según el resultado: darlos a ciegas no tiene sentido y no es inocuo.
- Electrocardiograma. No se pide por rutina, sino para descartar alteraciones congénitas raras del ritmo, en primer lugar el síndrome de QT largo. Son poco frecuentes, pero se manifiestan de forma parecida: pérdida súbita de consciencia en un niño, a veces con sacudidas. Cuente aparte al médico si en la familia ha habido muertes súbitas en edad joven, ahogamientos inexplicables de alguien que nadaba bien o desmayos en algún familiar, porque eso obliga a estudiar el caso con más detalle.
Si el cuadro es atípico se añade un electroencefalograma para diferenciarlo de una crisis epiléptica. Con una descripción clásica no suele hacer falta.
Cómo convivir con ello y cuándo termina
No existe un tratamiento específico, y por lo general tampoco se necesita: los medicamentos casi no se emplean en los espasmos del sollozo. Lo que funciona es otra cosa.
- Reduzca el terreno en el que los episodios se disparan con más facilidad: falta de sueño, hambre, sobreexcitación al final del día, jornadas demasiado largas sin descanso.
- Detecte la escalada antes de que el niño llegue al llanto: desviar la atención es más fácil en el primer segundo del berrinche que en el quinto.
- Mantenga las normas de siempre. Los niños notan enseguida que después de un episodio consiguen lo que querían y, aunque no lo provoquen a propósito, los motivos para estallar se multiplican.
- Cuente lo que pasa a todos los que se quedan con el niño: abuelos, canguro, educadores. El peor momento lo pasa quien lo ve por primera vez y no sabe qué hacer.
- Anote con qué frecuencia ocurre y en qué circunstancias: de memoria esos datos se reconstruyen mal y son justo los que el médico necesita.
Con la edad los episodios se espacian y desaparecen: en la mayoría de los niños hacia los cuatro o cinco años, en algunos algo más tarde. Conviene volver a consultar si se han hecho más frecuentes, más largos o más intensos, si empiezan a ocurrir sin motivo claro o si condicionan la vida de la familia.
Consulta en línea
En una consulta en línea el médico repasará qué aspecto tuvo el episodio, qué hubo antes y después, verá el vídeo si existe y ayudará a distinguir un espasmo del sollozo típico de aquello que exige estudio. Sirve también para decidir qué análisis merece la pena hacer, si el electrocardiograma es urgente y qué hacer con resultados ya obtenidos, y para repasar las normas de casa: cómo actuar durante el episodio y cómo no construir alrededor de él toda la vida familiar. El primer episodio de la vida se valora en persona y sin demora: ese es el caso en que la consulta a distancia no sirve.
Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.
Médicos online para Espasmos del sollozo en bebés y niños
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