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Cáncer de pene

Es uno de los tumores masculinos más raros. Casi siempre empieza en la piel: una mancha, un bultito o una llaga en el glande o en la cara interna del prepucio.

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Es uno de los tumores masculinos más raros. Casi siempre empieza en la piel: una mancha, un bultito o una llaga en el glande o en la cara interna del prepucio. Por eso se ve pronto, y por eso mismo se pasa por alto tan a menudo: una mancha parecida aparece en una docena de trastornos banales, y enseñarla al médico da apuro. A continuación, en qué fijarse, con qué se confunde, cómo se distingue una cosa de otra y qué se consigue conservar hoy con el tratamiento.

Qué aparece en el pene

Los cambios casi siempre se ven o se notan al tacto, y casi siempre se asientan en el glande o en el prepucio por dentro, donde la piel es fina y está húmeda de forma permanente.

  • Una llaga, una herida o una grieta que no cicatriza en más de cuatro semanas.
  • Un nódulo, un abultamiento o un crecimiento parecido a una verruga o a una coliflor.
  • Una placa roja, plana y aterciopelada, de borde nítido, que puede pasar años sin doler.
  • Una zona de piel blanca y engrosada, o un cambio de color: blanquecino, pardo, rojo azulado.
  • Sangre en la ropa interior o por debajo del prepucio sin una causa clara.
  • Secreción con olor pútrido que no desaparece al lavarse.
  • Un prepucio que ha dejado de retraerse cuando antes se retraía.

Al principio no suele doler, y eso es lo que más despista. Uno espera que el cáncer duela, y no duele; por eso la referencia aquí no es el dolor, sino el tiempo. Cualquier cambio en la piel del pene que lleve un mes sin intención de irse hay que enseñarlo al médico.

Más adelante pueden sumarse bultos duros e indoloros en una o ambas ingles, cansancio inexplicable y pérdida de peso. Son ya signos tardíos y no conviene esperar a que lleguen.

Con qué se confunde, y qué es cien veces más frecuente

Casi todo lo que asusta al mirarse resulta no ser un tumor. A simple vista no siempre se distingue, así que esta lista no sirve para tranquilizarse solo, sino para entender de qué se hablará en la consulta.

  • Balanitis y balanopostitis: inflamación del glande y del prepucio. Enrojecimiento, picor, placas blanquecinas, a menudo por hongos o por azúcar alto en sangre. Cede en días o semanas con tratamiento.
  • Liquen escleroso: áreas blancas y duras, estrechamiento del prepucio y del meato urinario. Necesita tratamiento y seguimiento, porque sobre él el riesgo de tumor es mayor de lo habitual.
  • Verrugas genitales: crecimientos blandos y papilares, también causados por el virus del papiloma humano, pero por otros tipos del mismo.
  • Chancro sifilítico: úlcera dura, indolora y de bordes lisos. Por fuera puede ser indistinguible de un tumor y se trata de forma completamente distinta; por eso se pide la prueba de sífilis.
  • Herpes genital: vesículas agrupadas que dejan erosiones dolorosas, escozor y episodios que se repiten.
  • Psoriasis, liquen plano, eccema: enfermedades de la piel que con frecuencia se manifiestan justo en esta zona.
  • Pápulas perladas del surco balanoprepucial: una variante de la normalidad que a menudo se toma por algo grave.

Existe además un estado intermedio: las lesiones precancerosas de la piel del pene. Se ven como esa misma placa roja aterciopelada o blanquecina, todavía no son malignas, pero sin tratamiento una parte de ellas acaba convirtiéndose en tumor con el tiempo. Se descubren con la biopsia y se tratan con cremas o láser; es el mejor de los escenarios posibles.

Qué aumenta el riesgo

En aproximadamente la mitad de los casos se encuentran rastros del virus del papiloma humano, el mismo que provoca el cáncer de cuello uterino en las mujeres. Se transmite con cualquier contacto de piel en la zona genital y con cualquier tipo de relación sexual. Lo contraen muchísimas personas y el tumor aparece en unas pocas: el virus por sí solo no garantiza la enfermedad.

El resto se compone de situaciones en las que la piel del glande lleva años irritada:

  • un prepucio que no se retrae, bajo el cual se acumula esmegma y se mantiene una inflamación crónica;
  • balanitis de repetición, sobre todo sin tratar;
  • liquen escleroso;
  • tabaco: multiplica el riesgo y actúa con independencia del virus;
  • inmunidad debilitada, por el VIH o por fármacos que frenan las defensas tras un trasplante;
  • tratamiento PUVA recibido en el pasado —psoriasis tratada con fármacos fotosensibilizantes y luz ultravioleta— si los genitales no iban cubiertos;
  • la edad: la mayoría de los casos se dan en la segunda mitad de la vida, aunque la enfermedad también aparece antes.

Qué se puede hacer por adelantado

Nada da una garantía completa, pero lo que sigue reduce la probabilidad y de paso evita problemas mucho más frecuentes.

  • Vacuna frente al virus del papiloma humano. Protege de los tipos del virus responsables de la mayor parte de estos tumores y también de las verrugas genitales. El máximo efecto se logra antes de iniciar la vida sexual, aunque en muchos países se administra también a adultos; los límites de edad varían de un país a otro, pregunte a su médico.
  • Preservativo. Reduce la transmisión del virus, aunque no la elimina: el virus vive también en la piel que el preservativo no cubre.
  • Dejar de fumar. El único factor de la lista que está por completo en sus manos.
  • Higiene sin exageraciones. Lavado diario con agua tibia, retrayendo el prepucio y secando después. Los antisépticos agresivos y los jabones perfumados provocan inflamación por sí mismos.
  • No aguantar la fimosis ni el liquen. Si el prepucio no se retrae o aparecen en él zonas blancas y duras, eso se trata con pomadas y, si fallan, con circuncisión, que además elimina parte del riesgo oncológico.

Cómo se llega al diagnóstico

La exploración da la sospecha, no el diagnóstico. El diagnóstico se establece únicamente con un fragmento de tejido.

  • Biopsia: la prueba decisiva. Con anestesia local se toma un fragmento de la zona alterada y el patólogo lo examina al microscopio. Sin este paso no se inicia ningún tratamiento: demasiadas cosas se parecen entre sí.
  • Exploración con el prepucio totalmente retraído. Si no se retrae, la lesión que hay debajo es invisible, y a veces la circuncisión se hace precisamente para poder mirar.
  • Análisis de sangre: los generales, más las pruebas de sífilis y VIH, porque ambas producen úlceras parecidas y cambian la conducta a seguir.
  • Ecografía o resonancia del pene: para saber hasta qué profundidad llega el tumor y si están afectados los cuerpos cavernosos. De ello depende el alcance de la cirugía.
  • Valoración de los ganglios inguinales. Palparlos no es fiable: un ganglio puede estar aumentado por inflamación y, al revés, estar afectado con un tamaño normal. Por eso se recurre a la ecografía con punción y, en riesgo alto, a la biopsia del ganglio centinela, el primero al que drena la linfa.
  • TC o PET: cuando se sospecha extensión más allá de la ingle.

El resultado de la biopsia suele tardar una o dos semanas. Pregunte a su médico para qué fecha se espera la respuesta y adónde llamar si se retrasa.

Cómo se trata

Conviene saber una cosa de antemano: el tratamiento actual intenta conservar el órgano. Extirpar el pene no es la primera opción, sino la última, a la que se recurre cuando no hay forma de salvar el tejido.

  • Cremas con acción antitumoral o inmunitaria, para las lesiones precancerosas y los focos más superficiales. Se aplican en ciclos; la piel se inflama y se descama, y eso es esperable.
  • Láser y crioterapia: quemar o congelar un foco pequeño y superficial.
  • Circuncisión: si toda la lesión asienta en el prepucio, puede bastar con ella.
  • Extirpación del tumor con un margen de tejido sano o retirada de la superficie del glande con injerto de piel; si la afectación es más profunda, se extirpa el glande entero y se construye uno nuevo con tejidos del cuerpo del pene.
  • Amputación parcial o total del pene, en tumores grandes y profundos. Tras la total, la orina se desvía por una abertura creada en el periné; más adelante cabe una reconstrucción.
  • Cirugía de los ganglios inguinales, si están afectados o el riesgo es alto: el estado de los ganglios es lo que más pesa en el pronóstico.
  • Radioterapia, incluida la braquiterapia, como alternativa a la cirugía en tumores pequeños, después de operar si hay riesgo de recaída, o para aliviar síntomas.
  • Quimioterapia: antes de la cirugía para reducir el tumor, después de ella si hay ganglios afectados, y cuando la enfermedad se ha extendido a otros órganos.

El tumor detectado antes de crecer en profundidad se cura en la mayoría de los casos. En la enfermedad avanzada el objetivo cambia: frenar el crecimiento, quitar el dolor, mantener la calidad de vida. De eso se ocupan los equipos de cuidados paliativos, y conviene implicarlos en cuanto surge esa conversación, no en las últimas semanas.

Orinar, sexo y aspecto después del tratamiento

Casi nadie pregunta esto en voz alta, pero lo piensa todo el mundo, y hay respuestas.

  • Tras las cirugías conservadoras se suele seguir orinando de pie; el chorro puede cambiar de dirección y uno se adapta.
  • La sensibilidad disminuye si se ha retirado la superficie del glande, pero la erección y el orgasmo se conservan en la mayoría de los casos; las relaciones se reanudan con el permiso del cirujano.
  • Después de una amputación total hay que orinar sentado, y el orgasmo sigue siendo posible: no depende del pene en su conjunto.
  • El aspecto cambia, y angustiarse por ello no es una debilidad. Hablar con un psicólogo ayuda más de lo que suele creerse.
  • Tras la cirugía de los ganglios inguinales es frecuente que se hinche la pierna y el escroto. Las medias de compresión y el drenaje linfático ayudan, pero hay que empezar pronto, no cuando el edema ya está instaurado.

Terminado el tratamiento se programan revisiones periódicas: la recaída se descubre casi siempre en ellas y casi siempre se trata con éxito. No conviene saltárselas aunque uno se encuentre bien.

Cuándo hay que pedir ayuda de inmediato

El tumor en sí crece despacio, pero hay situaciones que no admiten demora. Llame a una ambulancia —en España, Italia, Portugal, Polonia y Ucrania el número único es el 112— si:

  • sangra el tumor o la herida quirúrgica y la hemorragia no se detiene presionando con una gasa limpia;
  • no consigue orinar con la vejiga llena y nota el bajo vientre a punto de estallar;
  • aparece fiebre alta con escalofríos, la piel de la ingle o del pene se pone caliente, roja y muy dolorosa, y surge confusión o debilidad intensa: así se manifiesta una infección que se está extendiendo.

El mismo día, aunque sin ambulancia, conviene acudir al médico si el dolor aumenta de golpe, si la hinchazón crece después de la cirugía, si sale pus de la herida o si los puntos se abren.

Consulta en línea

La lesión de la piel tiene que verla el médico con sus propios ojos, y la biopsia se hace con las manos: eso no lo sustituye nada. Pero alrededor de esa exploración queda mucho para lo que resulta cómodo hablar con un médico desde casa, sin aplazarlo por vergüenza: describir lo que ha encontrado y entender cuánta prisa corre; repasar el informe de la biopsia y el estadio; preparar las preguntas para el cirujano antes de la operación; decidir qué hacer con la hinchazón de la pierna o con la secreción de la herida durante la recuperación; valorar si tiene sentido la vacuna frente al virus del papiloma humano para usted o para sus hijos. Motivo aparte: esa mancha que no cura y con la que lleva medio año pensando en ir al médico sin llegar a hacerlo.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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