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Cáncer de cuerpo uterino (cáncer de endometrio)

El útero tiene dos partes: el cuerpo, dentro del cual se gesta el bebé, y el cuello, la salida estrecha hacia la vagina.

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Esta página ofrece información general y no sustituye la consulta médica. Si los síntomas son graves, persistentes o empeoran, busca atención médica.

El útero tiene dos partes: el cuerpo, dentro del cual se gesta el bebé, y el cuello, la salida estrecha hacia la vagina. Cuando se dice «cáncer de útero» casi siempre se habla del cáncer del cuerpo uterino, que crece a partir de su revestimiento interno, el endometrio. Es el tumor maligno más frecuente de los órganos genitales femeninos, y con el cáncer de cuello de útero solo comparte la palabra «útero»: causas distintas, prevención distinta, formas distintas de encontrarlo. Confundirlos sale caro, porque lleva a muchas mujeres a esperar un mal resultado de la citología allí donde la citología no va a mostrar nada. La buena noticia es que este cáncer avisa pronto y, cuando se detecta a tiempo, se cura en la mayoría de los casos.

Por qué no es lo mismo que el cáncer de cuello de útero

La diferencia no está en los matices, sino en lo que a usted le toca hacer.

  • El cáncer de cuello de útero está causado casi siempre por el virus del papiloma humano. Se previene con la vacuna y se detecta en fase precancerosa mediante la citología y la prueba de ese virus, que es justamente el cribado al que se cita a las mujeres con regularidad.
  • El cáncer de cuerpo uterino no tiene relación con el virus. Crece del endometrio y su motor principal es la acción prolongada de los estrógenos sin nada que la contrarreste. No hay vacuna, y tampoco hay cribado poblacional para mujeres sanas, porque no hace falta: la enfermedad se anuncia con un sangrado, y eso funciona mejor que cualquier programa.

De ahí la consecuencia práctica que conviene memorizar: la citología no está pensada para detectar el cáncer de cuerpo uterino y se le escapa. Una citología normal hecha hace un mes no anula ni una gota de sangre aparecida después de la menopausia. A veces la citología muestra por casualidad células glandulares atípicas, y eso motiva estudiar la cavidad uterina, pero no se puede contar con esa casualidad.

Del mismo modo, una exploración de rutina o una ecografía «por si acaso» no sustituyen al estudio que exige un síntoma. Aquí el síntoma pesa más que cualquier revisión programada.

El sangrado que no debería existir

Ocho o nueve de cada diez mujeres acuden al médico precisamente por sangre, y esa es la razón de que la enfermedad se detecte tan a menudo en fase temprana.

Si la menopausia ya ha llegado, es decir, si hace un año o más que no hay reglas, la norma es sencilla y no admite excepciones: cualquier sangrado o manchado después de la menopausia obliga a consultar, sea cual sea la cantidad. Una gota rosada en la ropa interior, un manchado marrón una sola vez, un agua rosácea al lavarse: todo eso cuenta. Da igual que haya ocurrido una vez o que se repita, que duela o no, que haya o no otras molestias. En la mayoría de las mujeres la causa resultará benigna: adelgazamiento de la mucosa, un pólipo, un mioma, un efecto secundario de un tratamiento hormonal. Pero hay que estudiar todos los casos, porque así es como se encuentra un tumor de unos pocos milímetros.

Si la menopausia todavía no ha llegado, la señal es más difícil de reconocer, porque de por sí hay sangre. Deben alertar:

  • el sangrado entre reglas;
  • reglas que se han vuelto inusualmente abundantes o largas, sobre todo si es algo nuevo en usted;
  • el manchado después de las relaciones sexuales;
  • un ciclo que ha perdido todo orden, si antes era regular.

La referencia es sencilla: no se compare con la normalidad ajena, sino con la suya de antes. Un cambio que se mantiene más de dos o tres ciclos merece comentarse con el médico.

Otros signos y con qué se confunden

Además de la sangre hay molestias en las que se repara con menos frecuencia:

  • flujo acuoso, rosáceo o de mal olor sin sangre;
  • dolor sordo en la parte baja del vientre o en la zona lumbar, sin relación con el ciclo;
  • dolor durante las relaciones sexuales;
  • sensación de presión en la pelvis, necesidad de orinar a menudo o un cambio en el ritmo intestinal;
  • pérdida de peso sin motivo y cansancio, que ya son signos tardíos.

Todo ello aparece en procesos benignos muchísimas más veces que en un cáncer, así que no hay razón para alarmarse. Pero tampoco conviene atribuirlo a la edad, al estrés o «a la menopausia», sobre todo si la molestia es nueva y no se va.

Un apunte sobre lo urgente. Requiere atención inmediata el sangrado abundante que empapa una compresa en una hora y se repite, y también el sangrado acompañado de debilidad intensa, mareo, palidez, palpitaciones o pérdida de conocimiento. En esa situación se llama a una ambulancia (el número europeo único es el 112). Todo lo demás de la lista no es una urgencia vital, sino una consulta médica en los próximos días.

Qué aumenta el riesgo y sobre qué se puede actuar

Casi todos los factores tienen un mismo sentido: cuanto más tiempo pasa el endometrio bajo la acción de los estrógenos sin la progesterona que los equilibra, mayor es la probabilidad de que sus células empiecen a crecer mal. De ahí esta lista, cuya primera mitad sí se puede modificar.

  • El exceso de peso es el factor modificable de mayor peso. El tejido graso produce estrógenos por su cuenta y después de la menopausia se convierte en la fuente principal, de modo que el riesgo sube con los kilos.
  • La diabetes de tipo 2 y la resistencia a la insulina añaden riesgo por sí mismas, no solo a través del peso.
  • Tomar estrógenos sin gestágeno teniendo el útero. La terapia hormonal con estrógeno solo está indicada únicamente en mujeres a las que se ha extirpado el útero; en los demás casos se le añade un gestágeno que protege el endometrio. Si le han prescrito hormonas, pregunte con qué se está protegiendo el endometrio: es una pregunta legítima.
  • El tamoxifeno, usado para tratar y prevenir el cáncer de mama. Salva vidas y no debe suspenderse por cuenta propia, pero sobre el útero actúa como un estrógeno débil. En las mujeres que lo toman, cualquier sangrado debe estudiarse con especial rapidez.
  • El síndrome de ovario poliquístico, en el que las ovulaciones son escasas y hay poca progesterona.
  • La primera regla temprana y la menopausia tardía, no haber tenido embarazos y una radioterapia pélvica previa son, en cambio, cosas que no se pueden cambiar.

Lo que actúa en sentido contrario: un peso normal, el movimiento regular, los embarazos y la lactancia previos, varios años de anticonceptivos combinados y el dispositivo intrauterino con gestágeno. Nada da garantías, pero el peso y la actividad física sí están de verdad en sus manos.

Síndrome de Lynch: motivo para empezar antes

Una pequeña parte de los casos es hereditaria. En el síndrome de Lynch se transmite en la familia una avería en los genes encargados de reparar el ADN, y eso eleva de forma notable el riesgo de cáncer de intestino, de endometrio y de ovario. Lo particular es que en las mujeres el cáncer de cuerpo uterino suele ser el primer tumor de su vida, incluso antes que el intestinal.

Conviene sospecharlo si hubo cáncer de intestino, de útero o de ovario en familiares próximos, sobre todo antes de los cincuenta años, o si una misma persona de la familia tuvo varios de esos tumores. En ese caso se plantea una consulta de genética y un análisis. Con el síndrome confirmado, el seguimiento empieza antes de lo habitual y se hace con regularidad, y una vez que la mujer ha resuelto sus planes de maternidad se valora la extirpación preventiva del útero y los ovarios. Es una decisión difícil que se toma junto al médico, pero conviene saber de antemano que existe.

Cómo se estudia

El estudio de un sangrado está bien rodado y no lleva mucho tiempo.

  • Exploración y ecografía por vía vaginal. Una sonda del tamaño de un dedo permite medir el grosor del endometrio. En una mujer menopáusica una mucosa fina es un argumento fuerte en contra del tumor; una engrosada significa que hay que seguir mirando.
  • Biopsia de endometrio. Se introduce una cánula fina a través del cuello y se toma un fragmento de mucosa para analizar. Se hace en la consulta, en unos minutos y sin anestesia general; la sensación se parece a un dolor menstrual intenso, y se puede pedir analgesia.
  • Histeroscopia. Se lleva una cámara fina hasta la cavidad uterina y se mira por dentro, aprovechando para tomar muestras dirigidas o retirar un pólipo. Se realiza con anestesia local o general.
  • Análisis de sangre, para comprobar si se ha instalado una anemia y valorar el estado general.
  • Si el diagnóstico se confirma, se añade una resonancia magnética o una tomografía para ver hasta dónde ha penetrado el tumor y si ha salido del útero. El tejido tumoral se estudia también en sus características moleculares, de las que depende la elección del tratamiento.

El resultado de la biopsia suele estar en una o dos semanas. La espera se hace dura, pero unos días de retraso no cambian el pronóstico.

Tratamiento y pronóstico

La base del tratamiento es la cirugía: se extirpan el útero junto con el cuello, las trompas y los ovarios, y si es necesario se examinan los ganglios linfáticos, entre otras formas mediante la técnica del ganglio centinela, que evita tener que quitarlos todos. A muchas mujeres se les opera a través de pequeñas incisiones, lo que acelera bastante la recuperación. Si los ovarios se extirpan antes de la menopausia natural, esta llega de golpe, y cómo llevar sus manifestaciones se habla aparte con el médico.

Según el estadio y las características del tumor, a la cirugía se le añade radioterapia, incluida la que se aplica dentro de la vagina, quimioterapia o una combinación de ambas. En la enfermedad avanzada se emplean gestágenos y, ante determinadas características moleculares del tumor, inmunoterapia. En mujeres jóvenes con la forma más incipiente se valora en casos seleccionados un tratamiento con gestágenos conservando el útero, para permitir un embarazo; no siempre es posible y exige un seguimiento estrecho.

Del pronóstico hay que hablar con claridad, porque la palabra «cáncer» asusta más de lo que esta situación merece. Gracias al sangrado precoz, alrededor de tres cuartas partes de los casos se detectan cuando el tumor no ha salido del útero, y en ese estadio la inmensa mayoría de las mujeres se cura: se habla de una supervivencia por encima del noventa por ciento. La distancia entre el estadio temprano y el tardío es enorme, y la determina casi por completo la rapidez con que la mujer acudió con el primer sangrado.

Consulta en línea

A distancia se resuelve la pregunta principal: si lo que usted ha notado entra en los signos de alarma y con qué urgencia hay que estudiarlo. El médico valorará el tipo de pérdida teniendo en cuenta su edad, su ciclo y los fármacos que toma, le explicará en qué se diferencia una terapia hormonal con gestágeno de una de estrógeno solo, y le indicará qué prueba conviene pedir primero para no perder semanas. En línea también resulta cómodo repasar un informe de ecografía o de biopsia ya emitido, comentar los antecedentes familiares y ver si hay motivo para una consulta de genética, y después del tratamiento plantear las dudas sobre el seguimiento. Un sangrado abundante con debilidad y mareo no se valora en línea: eso es motivo para llamar a una ambulancia.

Este material es informativo y no sustituye la consulta médica.

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